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Jornada de las Migraciones

Un estatuto digno para el trabajador inmigrante

«Un estatuto digno para el trabajador inmigrante» será el lema del «Día de las migraciones» que el próximo día 7 de febrero celebraremos en nuestra Provincia Eclesiástica de Madrid. Con este motivo, os invitamos a todos a vivir con interés y espíritu fraterno esta Jornada, y a difundir en las celebraciones de todas las parroquias y comunidades este mensaje.

Este «Día de la migraciones» ha de ser para todos, inmigrantes y madrileños, un estimulo para crecer en la verdadera fraternidad que brota de la presencia de Jesucristo entre nosotros, y para trabajar juntos por el reconocimiento de los derechos inalienables de los trabajadores Inmigrantes y de sus familias, para que puedan realizar su proyecto personal y familiar de vida, participar y ser incorporados a nuestra sociedad y a nuestras comunidades cristianas.

Como es conocido, España se ha convertido en un país de inmigración, y nuestra Comunidad Autónoma se encuentra a la cabeza del Estado como receptora de inmigrantes. Hasta ahora, la política migratoria seguida en el Estado Español ha sido de mero control, por medio de la Ley de Extranjería. Creemos que se hace necesaria una ley de integración que preconice la igualdad de oportunidades con los españoles. Con lo que queremos afirmar en este momento, en que en el Congreso de los Diputados se debate la reforma de la citada ley, que un estatuto digno del trabajador inmigrante debe implicar: el reconocimiento del derecho a vivir en familia, «evitando -en palabras de Juan Pablo II- el recurso al uso de reglamentos administrativos encaminados a dificultar el ejercicio de este derecho y a restringir el criterio de pertenencia familiar, que, como consecuencia, impulsan injustificadamente fuera de la legalidad a personas a las que ninguna ley puede negar el derecho a la convivencia familiar»; la estabilidad legal y el derecho a residencia permanente; la equiparación con los españoles en cuanto a los derechos laborales y sociales se refiere: no discriminación en el acceso al trabajo, a la salud, a la vivienda, a la cobertura social, a la asistencia jurídica gratuita, sin olvidar que incluso el proceso sancionador ha de estar informado por estos mismos criterios, con el fin de hacer posible la integración efectiva, y asegurar una convivencia basada en los valores de la fraternidad, igualdad, justicia y libertad.

El fenómeno de las migraciones, como nos recuerda el Papa en sus recientes mensajes, interpela, hoy más que nunca, con su compleja problemática, a la comunidad internacional y a todos y a cada uno de los Estados, que por lo general tienden a intervenir mediante el endurecimiento de las leyes sobre los inmigrantes y el fortalecimiento de los sistemas de control de las fronteras. Sin embargo, ahora se habla más que antes, y cada vez con 1nayor alarmismo, de las migraciones; no sólo porque el cierre de las fronteras ha originado flujos incontrolables de clandestinos, sino también porque las difíciles condiciones de vida, que produce la creciente presión migratoria, muestran síntomas de mayor gravedad.

Nos parece oportuno reafirmar, en este contexto, estas palabras pronunciadas por Juan Pablo II el 9 de octubre del pasado 1998: «Es un derecho primario del hombre vivir en su propia patria. Sin embargo, este derecho es efectivo sólo si se tienen constantemente bajo control los factores que impulsan a la inmigración. También es indispensable llevar a cabo intervenciones oportunas para corregir el actual sistema económico y financiero, dominado y manipulado por los países industrializados en detrimento de los países en vías de desarrollo. El cierre de las fronteras no está motivado a menudo simplemente por el hecho de que ha disminuido -o ya no existe- la necesidad de la aportación de la 1nano de obra de los inmigrantes, sino porque se afirma un sistema productivo organizado según la lógica de la explotación del trabajo».

Nuestras comunidades cristianas, llamadas a ser «sal de la tierra y luz del mundo>> (Mt.5. 1314), han de asumir con mayor claridad y deber1ninación su responsabilidad en el seno de la Iglesia y de la sociedad. «En cuanto ciudadanos de un país de inmigración -decía también el Papa en la citada intervención-, y conscientes de las exigencias de la fe, los creyentes deben mostrar que el evangelio de Cristo está al servicio del bien y de la libertad de todos los hijos de Dios. Tanto individualmente como en las parroquias, asociaciones o movimientos, los cristianos no pueden renunciar a tomar posición a favor de las personas marginadas o abandonadas. Los cristianos deben participar en el debate de la inmigración, formulando propuestas, con el fin de abrir perspectivas seguras que puedan realizarse también en el ámbito político. La simple denuncia del racismo o de la xenofobia no basta>>.

La inmigración es un problema complejo, que no sólo atañe a las personas que buscan condiciones de vida más seguras y dignas, sino también a la propia sociedad de acogida. Por tanto, todo ciudadano ha de formarse un marco adecuado de la situación, comprender y respetar los derechos fundamentales del otro, así como a asumir su parte de responsabilidad en la sociedad para la búsqueda de una solución adecuada, también en el ámbito de la comunidad internacional.

Quisiéramos también recordar a todos, con el Papa, que «el compromiso a favor de la justicia en un 1nundo como el nuestro, marcado por intolerables desigualdades, es un aspecto característico de la preparación para la celebración del Jubileo del año 2000. Ciertamente, resultaría significativo un gesto por el cual la reconciliación -dimensión propia del Jubileo- encontrara expresión en una forma de regularización de un amplio sector de esos inmigrantes que, más que los otros, sufren el drama de la precariedad y de la incertidumbre, es decir, los clandestinos».

Todos somos hijos del mismo Padre. Por ello os pedimos que, comprendiendo con mayor lucidez la vocación a la que estamos llamados los cristianos y en qué consiste el verdadero servicio al hombre y al bien común, trabaje1nos unidos por el reconocimiento del estatuto del trabajador inmigrante y por la regularización de los clandestinos, participando en las iniciativas que promuevan nuestras Delegaciones diocesanas junto con las demás instituciones, que buscan el bien auténtico del hombre, para construir un mundo a la medida de la sagrada dignidad de todo ser humano, que es imagen de Dios.

Con nuestro cordial saludo y bendición.

+ Francisco José Pérez-Fernández y Golfín
Obispo de Getafe

+Manuel Ureña Pastor
Administrador
Apostólico de Alcalá