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Homilía en la Eucaristía con ocasión de los atentados terroristas en Madrid ocurridos el 11 de Marzo de 2004

«La misericordia del Señor dura siempre»

Mis queridos Hermanos en el Señor:

Entre el luto y la esperanza cristiana

Los trágicos atentados del pasado 11 de Marzo nos ha sumergido a todos en un profundo dolor que sólo encuentra consuelo y alivio en la oración y en el testimonio de la caridad con que tantos hermanos nuestros se han comportado con las víctimas, sus familiares y los heridos. Los madrileños, bien explícita, bien implícitamente, han respondido desde el mismo momento en que se conoció la tragedia con una pronta y heroica respuesta de fe y de caridad, admirable contrapunto a la conducta asesina de quienes parecen vivir para matar a sus semejantes y luminoso y alentador signo de esperanza en primer lugar para los familiares de las víctimas fallecidas o desaparecidas y los heridos y, por supuesto, para Madrid y para España. Alentaba el alma cristiana de la ciudad y de sus habitantes, como en los mejores y más nobles episodios de su historia multisecular. Desde la misma tarde de los acontecimientos la comunidad cristiana de Madrid envolvía con el hálito espiritual de la oración, privada y públicamente, todo el despliegue de auxilios y socorros humanos que prestaban con tanta abnegación los miembros de las fuerzas de la seguridad del Estado y de las Administraciones públicas, el personal sanitario -ejemplar en su entrega extenuante a los heridos- y muchos, incontables, voluntarios dispuestos a ayudar donde y como fuese posible. Cada vez se conocen más capítulos de esta historia humana y cristiana singular, plenos de conmovedor y anónimo heroísmo.

En aquel atardecer de luto y esperanza tuvieron lugar en esta catedral y en todas las parroquias de Madrid celebraciones eucarísticas en sufragio por los difuntos. El pasado domingo se elevaban súplicas a Dios en todos los lugares de culto a favor de las víctimas y por el fin del terrorismo. Yo mismo presidí la eucaristía en la parroquia del barrio del Pozo con el expreso deseo de celebrar la Vida y Resurrección de Cristo allí donde se había cebado la muerte. Mi presencia y la de mis obispos auxiliares, junto con muchos sacerdotes e innumerables cristianos en los lugares donde las víctimas esperaban su identificación y en los hospitales donde eran atendidos los heridos, ha sido expresión no sólo de la fraterna comunión en el sufrimiento inconmensurable de los familiares sino de la fe que va más allá de la muerte, porque la vence y supera gracias al triunfo del Señor Resucitado. Hoy, por iniciativa de la Comunidad de Madrid, nos reunimos de nuevo junto al altar de Jesucristo para apaciguar nuestro dolor, orar por nuestros hermanos que han sido arrancados violentamente de esta vida temporal y alimentar nuestra esperanza en la vida eterna. Lo hacemos unidos a Cristo, en cuya muerte y resurrección es iluminado el enigma de la muerte.

Es la hora de orar

Es la hora de orar, de acudir al Dios de misericordia y de la vida, al Dios de toda consolación que, en su Hijo Jesucristo, ha querido compartir la muerte del hombre, de cada hombre, por quien Él mismo ha dado la vida. Es la hora, hermanos, de alimentar la certeza de la inmortalidad y de la vida eterna. El nihilismo asesino, del que se alimentan los actos terroristas, no es la última palabra sobre la existencia humana. Sólo los insensatos, los ciegos de ira y violencia, los que viven en oposición a Dios, consideran la muerte como punto final de la existencia humana. «La gente insensata -dice el libro de la Sabiduría- pensaban que morían, consideraba su partida como una destrucción; pero ellos están en paz».

Dios no ha hecho la muerte. Él es un Dios de vivos. La terrible prueba por la que acabamos de pasar no puede quitarnos un ápice de esta verdad esperanzadora: que la vida del hombre tiene su destino en Dios, porque Dios no nos ha creado para la muerte sino para la vida inmortal, la que brota inagotable de la resurrección de Cristo. El terrorismo puede segarnos la vida y arrebatarnos a nuestros seres más queridos; puede lanzarnos al dolor más intenso e inexplicable, pero nunca podrá arrebatarnos la certeza de que la muerte de Cristo, muerte por todos y cada uno de los hombres, nos ha abierto las puertas de una esperanza que se alimenta, incluso contra toda esperanza, de la Vida que nos viene de Dios: de una esperanza cuya simiente divina fructificará -ha fructificado ya- en el sacrificio de nuestros hermanos y en el amor mutuo, de donde nace y se alimenta la paz.

Orar es volverse a Dios y reconocer su señorío, su dominio sobre la vida y la muerte. Matar a un semejante, asesinar a un hermano, es atentar contra el mismo Dios, el único que tiene en sus manos las llaves de la vida y de la muerte. Se explica perfectamente que el desprecio de Dios, la negación de su verdadero ser y trascendencia, el rechazo de su verdad amorosa se vuelvan contra el hombre en actitudes de odio y violencia que pueden llegar a crímenes perversos como los que contemplamos en los actos terroristas. El atentado lúcido y premeditado contra la vida del hombre -como el del jueves pasado en Santa Eugenia, el Pozo del Tío Raimundo y Atocha- es un crimen horrendo a los ojos de Dios que, en el caso del fratricida Caín, le lleva a maldecirlo ante toda la faz de la tierra. Volver a Dios, reconocer que sólo Él es el dueño de la vida y, por tanto, Creador y Padre de todos los hombres, someterse a su ley del amor inscrita en el corazón humano es, por ello, la primera exigencia moral y el único camino que conduce al hombre a la regeneración de sí mismo y al respeto de sus semejantes y de la dignidad que les corresponde como hijos de Dios.  ¡Con cuánta fuerza hemos de orar, hermanos, por la conversión de los asesinos, que se denigran y embrutecen a sí mismos y  se precipitan en la eterna condenación si rechazan todo arrepentimiento! ¡Con qué intensidad religiosa suenan las palabras de Cristo anunciando su retorno para el juicio y advirtiendo del peligro de ser sorprendidos en la impiedad y en la dureza de corazón!

Estad vigilantes

Las palabras de Cristo en el evangelio que hemos escuchado nos invitan precisamente a la vigilancia en todos los acontecimientos de la vida en este mundo. Con esta invitación, sin embargo, nos revela que la vida del hombre no se restringe a esta existencia terrena. Cristo nos enseña a vivir en actitud de espera y esperanza, es decir, atentos a la hora de nuestra muerte, siempre incierta. La actitud del hombre sabio y prudente es la vigilancia acerca de esa hora final, en la que el Señor vendrá a pedirnos cuentas de nuestra vida. Con esta enseñanza, Jesús nos recuerda que el hombre depende de su Señor, a quien espera. Que no es dueño de sí mismo, sino que es un siervo que tiene ceñida la cintura y encendida las lámparas para ponerse a servir a su Señor apenas venga y llame. Olvidar esta actitud es creernos dioses y señores de nosotros mismos y de nuestro prójimo; la consecuencia inmediata es subyugar a los demás, dominarlos y maltratarlos, como dice Jesús en otra de sus parábolas. Quien vive así, pronto se olvidará de su destino, se comportará como un enemigo de sus hermanos y se burlará de la salvación eterna. Por el contrario, quienes esperan al Señor, quienes viven atentos a su venida, siempre en vela, experimentarán el gozo de ver que su Señor les sentará a la mesa y los irá sirviendo. Es lo que esperamos y suplicamos para nuestros hermanos, víctimas de la barbarie terrorista del pasado jueves en nuestro querido Madrid. ¿Y que será de los asesinos desalmados que la han causado, los que fueron ejecutores e inductores? Aparte de lo que les depare la justicia humana, si no se convierten y hacen penitencia, la perdición y la muerte eterna.

El banquete anticipado del Reino

La eucaristía que estamos celebrando es el banquete anticipado de aquel banquete definitivo y glorioso al que alude Jesús en el evangelio. Quienes participan en esta mesa acrecientan la esperanza de que un día se sentarán también en la mesa del Reino de Dios. Aquí comemos el pan de la Vida y bebemos el cáliz de la salvación. Aquí el Señor nos sirve el banquete de la inmortalidad y de la vida. Aquí se estrechan los lazos de comunión entre quienes peregrinamos, quienes gozan de Dios y quienes esperan verlo cara a cara después de su purificación. Por ello la Eucaristía es el mayor e inefable de los consuelos, porque en ella se hace presente el misterio de Cristo que dio la vida por los hombres para hacerles más llevadero el paso por el sufrimiento, el dolor y la muerte.

Sí, hermanos, al actualizar ahora el sacrificio de Cristo por las víctimas de los atentados terroristas, afirmamos que Él muere y resucita por ellos; que Él compadece con sus familiares; que Él intercede ante el Padre mostrándole las llagas de su pasión; que Él, en definitiva, ha asumido en su muerte la muerte de todos los hombres para que, con Él, puedan gozar para siempre de la luz inmortal y gloriosa. No hay, por tanto, mejor acto de piedad y compasión con nuestros hermanos que ofrecer el mismo sacrificio de Cristo por los pecados del mundo. Lo hacemos con toda la intensidad de nuestro dolor, pero también con toda la esperanza que Cristo ha sembrado en nuestros corazones al morir y resucitar por nosotros. Que esta eucaristía nos estreche a todos nosotros en la caridad de Cristo para que podamos amar como Él mismo nos ama y ser testigos de su amor ante todos los hombres que sufren las consecuencias del pecado, -hoy y en esta ocasión con suma viveza y emoción con los más de doscientos heridos que se encuentran todavía hospitalizados en los Centros Sanitarios de Madrid-, de forma que el amor de Cristo sea capaz de convertir el corazón de los impíos y este mundo sea renovado por la única fuerza capaz de hacer nuevas todas las cosas: la fuerza de la Resurrección.

Nuestras súplicas

Pidamos a María, Nuestra Señora de la Almudena, que permanezca al pie de la cruz de todas las familias que han perdido un ser querido, que las consuele y fortalezca con su amor de Madre y que aliente en ellas la esperanza de que la muerte es sólo una despedida hasta el momento en que, por la misericordia de Dios, podamos entrar en la plena comunión de la santos en la gloria eterna.

Y pidamos también por nuestra querida ciudad y comunidad de Madrid, y por España. A Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra, Consuelo de los afligidos y Salud de los Enfermos, la Reina de la Paz, le suplicamos: que nos consuele y guarde en su paz, la paz verdadera, la paz de Cristo.

Amén.