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Homilía en la Solemnidad de la Sagrada Familia

Catedral de la Almudena; 26.XII.2004; 19’00 horas

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1.    La Sagrada Familia, la formada por Jesús, María y José, es inseparable del Misterio de la Encarnación y de la Natividad del Señor.

La Liturgia de la Iglesia expresa esta pertenencia íntima y constitutiva de la Familia de Nazareth a ese momento inicial del acontecimiento culminante de la historia de nuestra salvación, el Nacimiento del Hijo de Dios del seno de la Virgen María, a través de múltiples y ricas formas: uniendo las dos celebraciones en el calendario litúrgico, en la selección de los textos y de las oraciones para su celebración en la Eucaristía y en el Oficio de las Horas, etc. La finalidad pastoral es evidente: se trata de que  ahondemos más y más en el profundo significado salvífico de esta singular Familia y en su valor inigualable para el itinerario salvador de nuestra propia vida. Pablo VI llegaría a decir en un bello pasaje de su alocución en su memorable visita a Nazareth: “Nazareth es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio”.

La Sagrada Familia ocupa un singularísimo lugar en la vivencia del Misterio de Cristo, Salvador del hombre. Jesús comienza a salvarnos en el seno de María, su Madre, Virgen esposada con José, una doncella de Nazareth, que asume con total fidelidad y obediencia a la voluntad de Dios el misterio de la concepción de ese Hijo, el Mesías y Salvador, por obra y gracia del Espíritu Santo, y se pone incondicionalmente a su servicio. El amor esponsal de María y José, vivido en mutua y total virginidad, alcanza por la acción del Espíritu Santo una insuperable fecundidad: la de un Hijo, el Hijo Unigénito de Dios, llamado a la obra salvífica -incomprensible para la razón humana, pero no para el amor infinitamente misericordioso de su Padre que está en los Cielos- de hacer de todo hombre un hijo adoptivo de Dios. La Familia y la Casa de Nazareth se convierten así, de algún modo, en el hogar espiritual donde toda  persona humana y, sobre todo, las familias encuentran luz, modelo, vigor interior y gracia para acertar con el camino de su auténtica realización. O, dicho con otras palabras, en la Sagrada Familia encuentran plenamente expresado el supremo criterio para conocer la verdad de la familia al servicio del hombre y de su vocación de eternidad en cuanto lugar primigenio e insustituible de la experiencia del amor verdadero del que brota la vida. Si el Hijo de Dios ha necesitado de hecho de la Sagrada Familia para encarnarse, nacer, crecer y prepararse para la realización de su misión como Salvador del hombre, también el hombre como tal necesita de la familia, basada en el matrimonio verdadero, para nacer y educarse de forma plenamente conforme con su dignidad y vocación de hijo de Dios.

La Fiesta de la Sagrada Familia es por todo ello el día por excelencia de la familia; su celebración, momento de gracia para proclamar su verdad, vivirla y testimoniarla gozosamente. Siempre fue necesario hacerlo ante la permanente tentación de su deformación en su sentido auténtico, primera finalidad y esencia misma, a fin de acomodarla a las exigencias egoístas del hombre, sometido a sus pasiones y esclavo de sus comodidades y cobardía. Hoy resulta gravemente urgente. La confusión sobre su configuración constitutiva y su razón de ser ha llegado hasta el punto de que se pretende designar con el nombre de matrimonio lo que por naturaleza no lo es ni puede serlo nunca: la unión homosexual; y lo que es peor, tratando de regular esa unión jurídicamente como si lo fuese, hasta incluir en ella la facultad de la adopción de los hijos. Se vacía así de todo sentido el nombre y la realidad del matrimonio, unión indisoluble del hombre y la mujer en la donación mutua para que, formando “una sola carne”, puedan transmitir la vida humana. Nunca en la historia de la humanidad se había llegado a una propuesta social y cultural semejante sobre una institución tan básica para la supervivencia del hombre y para el recto orden de las sociedades y de los pueblos como son el matrimonio y la familia.

2.    ¡Urge pues el testimonio de la verdad sobre el verdadero matrimonio, raíz primera de la familia, santuario del amor y de la vida y esperanza de la sociedad!

Van en ello el destino y futuro de los hijos, de los niños y de los jóvenes, de que puedan ser engendrados, criados y educados como personas, queridas y amadas por sí mismas, como fruto del amor gratuito y oblativo de su padre y de su madre, que se saben colaboradores en la obra de Dios que ha creado al hombre a su imagen y semejanza y lo ha llamado por el Misterio de Cristo, el Salvador, a ser hijo con el Hijo. Se juega igualmente el futuro de la sociedad como ámbito de las relaciones humanas, planteadas y vividas desde actitudes y conductas, inspiradas en los principios de justicia y de solidaridad, desprendida y noble, sólo viable si se deja empapar del espíritu de la fraternidad. ¿Cómo y en dónde van a adquirir las nuevas generaciones la experiencia de lo que significa y vale para la maduración de la persona y su apertura generosa a los demás el ser y saberse hermano y/o hermana si no es en la familia, surgida del matrimonio del varón y la mujer, unidos en amor para siempre? Nos preguntamos muchas veces por las causas verdaderas de las crisis de violencia y de frustración de nuestros jóvenes, de las conductas insolidarias que se viven en los más diversos campos de la vida y de la actividad social y económica… ¡Busquémoslas en la crisis del matrimonio y de la familia y acertaremos!

No lo olvidemos nunca: Dios creó al hombre a su imagen, “a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gen 1, 27), para que dejando a su padre y a su madre y formando “una sola carne” (Gen 2, 24) pudieran transmitir la vida humana; con un fin evidente: acoger nuevas vidas, educar a los hijos en la verdad y el bien -en las virtudes- como verdaderos esposos y padres, fieles cooperadores de la obra de Dios, y garantizar de este modo el futuro de la humanidad. El hombre necesita desde el principio de su existencia para granar y cuajar en lo más valioso de sí mismo -hijo de Dios para la gloria y la felicidad sin fin- de la paternidad y la maternidad vividas y del conocimiento experiencial -a ser posible compartiendo la misma carne y la misma sangre- de sus hermanos. ¡“ELLA y EL son quienes pueden”!

3.    Por supuesto, lo que afirmamos desde el punto de vista de lo más humano y natural sobre la verdad del matrimonio y de la familia es preciso reiterarlo con más fuerza aún desde la perspectiva del nacimiento y educación en la fe y en la vida cristiana para esa ciudadanía última y decisiva del Reino de Dios y de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, su Pueblo.

¡Sin la familia cristiana cuán difícil resulta transmitir la fe, las virtudes de la esperanza y de la caridad, el amor a Dios y a los hermanos, asumido y ejercido con Cristo, por Él y en Él! No habrá nueva Evangelización sin el concurso decidido y valiente de las familias cristianas! ¡Urge su testimonio de palabra y de obra en la Iglesia y en la sociedad!

Es de suma importancia pastoral y social que se puedan formar y ser vistas dentro y fuera de la Iglesia familias, fecundas en frutos de amor y de vida, revestidas “de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión; sobrellevándose mutuamente y perdonándose “cuando alguno tenga quejas contra el otro”, en las que el amor “es el ceñidor de la unidad consumada”, en cuyos corazones “la paz de Cristo actúe de árbitro”; donde la enseñanza, llena de la sabiduría de Dios, y la corrección mutua entre los esposos y en la relación entre padres, hijos y hermanos, se lleve a cabo según el mandamiento de Dios; en las que se ore en común “con salmos, himnos y cánticos espirituales”, buscando siempre que la realización de toda la vida familiar se haga “en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él” (cfr.  Col 3, 12-21). Muchas son las familias cristianas que se han fundado y fundan con este estilo espiritual paulino, transido de Evangelio, practicado en el día a día de sus proyectos matrimoniales y familiares. En ellas ha puesto la Iglesia sus esperanzas para el futuro de una renovadora evangelización de la vieja Europa y de España, la Iglesia que se siente guiada y alentada por el magisterio luminoso y el impulso pastoral constante de Juan Pablo II. El ejemplo de estas familias cundirá y florecerá en frutos de vida cristiana, apostólicamente dinámica, comprometida con el proyecto de una nueva civilización ¡la civilización del amor!, según la bien conocida expresión de Pablo VI y del propio Juan Pablo II, formulada en la atmósfera espiritual y eclesial de las más bellas y auténticas aspiraciones pastorales, nacidas del Concilio  Vaticano II. En la Sagrada Familia de Nazareth hallan y tienen estas familias su modelo infalsificable, vivo y actual, y muy especialmente su fuente de consuelo, fortaleza y gracia para seguir siendo fieles a su vocación de familias cristianas.

Apoyadas interiormente en la Familia de Jesús, María y José, y contando con la oración y la cooperación de todos los hijos de la Iglesia,  en primer lugar de sus pastores, las familias cristianas serán capaces de ofrecer este testimonio a la sociedad de hoy a pesar de todas las dificultades y trabas de todo orden -económico, cultural, político y de medios de comunicación social…- que se les interponen en su camino. Lo harán incluso con convincente claridad y con abundantes frutos de paz y de bien para todos. La falta de apoyos -por no decir ¡las flagrantes discriminaciones!- que sufren hoy las familias, y de forma dolorosamente desconsiderada las familias numerosas, en Europa y en España, por parte de la sociedad y del Estado, resultan clamorosas cuando no escandalosas, con consecuencias para el futuro de todos de una gravedad que se acrecienta día a día y que sólo no ven los que no quieren ver. ¡No hay pero ciego que el que no quiere ver! El síntoma más evidente de esta alarmante situación es la crisis demográfica. Una sociedad que no quiere tener hijos, que priva a las familias de los medios materiales, morales y espirituales necesarios para que puedan asumir plenamente su función y responsabilidad educadora, anterior y superior a la del Estado, es una sociedad que se avejenta a marchas forzadas y se encamina inevitablemente a su ruina.

4.    ¡No desfallezcamos! La familia cristiana, alentada por esa realidad salvadora y siempre nueva y esperanzada de la presencia de la Sagrada Familia en la Iglesia y en el mundo, rodeada de la estima y el calor humano y espiritual de todos los cristianos y de los hombres de buena voluntad, no cejará en su vocación de ser testigo del Evangelio de la esperanza que supera el mal con el bien y que es instrumento eficacísimo de renovación de las mismas raíces de la familia humana.

A Jesús, María y José, encomendamos nuestras familias con la oración ferviente de esta Eucaristía en la que perseveraremos sin desfallecer a lo largo de todo el año nuevo que comienza y que inspirará hondamente la labor de la Asamblea del Tercer Sínodo Diocesano de Madrid a punto de inaugurarse. ¡La familia pide con toda razón la atención, la cercanía, el cuidado y el amor de todos los cristianos! ¡No la defraudemos!

¡Que toda la Iglesia sepa y quiera proclamar con todas sus fuerzas ante el mundo el Evangelio de la familia y de la vida!

Amén.