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El Cardenal
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La victoria de Jesús es nuestra victoria

En el Domingo de Resurrección

Mis queridos hermanos y amigos:

En este nuevo Domingo de Pascua celebramos una vez más la victoria de Jesús, que es también nuestra victoria. Celebración siempre antigua -sucedió hace ya más de dos mil años- y siempre nueva, siempre floreciendo con una inmarchitable frescura, como si tuviese lugar por primera vez, hoy mismo, en este domingo glorioso de la Resurrección del año 2005. Y así es para nosotros en la Iglesia y para el mundo de nuestro tiempo. ¡Hoy ha vencido Cristo Resucitado! ¡Hoy somos llamados nosotros a vencer también con El! ¡Todos!: los que somos suyos por el Sacramento del Bautismo, sea cual sea el actual estado de nuestra relación con El: de negación vergonzosa, de rechazo cobarde, de olvido comodón permanente o pasajero, o de una amistad que quisiera ser más fiel, más activa, más entregada, más contagiosa…; pero también han vencido los no bautizados por la razón que sea, culpable o inculpablemente, a los que no ha llegado todavía la gran noticia de la Resurrección. De esa victoria participará también aquel tipo de bautizados que viven como si nunca lo hubieran sido: los paganos virtuales, tan abundantes en nuestra sociedad… El Santo Padre en su Exhortación Pastoral “Iglesia en Europa” no vacilaba en usar una expresión todavía más dura para caracterizar su situación, tal como se pone de manifiesto en la Europa de hoy que nos incluye a nosotros: la de la apostasía silenciosa.

¿Por qué hemos vencido todos en el día de la Resurrección de Jesucristo? ¿Por qué su Victoria hoy, en este preciso Domingo Pascual, día 27 de marzo del año 2005, es nuestra victoria, ¡más aún! victoria  de toda la humanidad? La respuesta a la luz de la fe es sencilla: “en la singular batalla” en “la que lucharon vida y muerte”, como canta el Himno de la Misa de Resurrección, “muerto el que es la vida triunfante se levanta”. ¿Es que no triunfamos todos definitivamente cuando el hombre que es “La Vida” vence en la pugna decisiva contra la muerte, el enemigo inexorable de todo hijo del hombre? ¿No se abre a todos con esa Resurrección del Hijo de Dios que quiso hacerse Hijo del hombre la puerta del bien más deseado, el bien de la vida verdadera que no perece y, por ello, de la vida que eterna, feliz, el bien más imprescindible para mantenernos en pie con esperanza compartida en el camino de la existencia en esta tierra de la que hemos salido y a la que parece que hubiéramos de retornar fatalmente? Ciertamente, gozosamente: ¡Sí! Esa es la respuesta del Domingo de la Resurrección para toda la humanidad caída.

Importa pues extraordinariamente saber vivir esa Victoria del que es La Vida en el aquí y en el ahora de nuestra experiencia de la existencia concreta, frágil, amenazada por el dolor, por la muerte y por el pecado. Este es también el reto, siempre antiguo y siempre nuevo, que se actualiza para la Iglesia en cada Domingo de Resurrección hasta que el Resucitado vuelva como Juez de vivos y muertos, como lo había anunciado Pedro en su primera predicación a los gentiles (cfr. Hech. 10,37-43). Y este es también el reto para todo hombre que viene a este mundo, ya sea cristiano sea incluso postcristiano, pues en este tiempo, discurre ya, quiérase o no, el curso de la historia futura de toda la familia humana.

Hay una palabra clave para discernir el camino que lleva a la adquisición de la verdadera sabiduría de la vida ¡la única válida!: la palabra PECADO. Detrás de su significado se esconde en toda su crudeza y horror la realidad de la muerte: su origen, su naturaleza, sus consecuencias últimas: en definitiva, lo que encierra de destrucción y aniquilamiento del hombre. Pero también, paradójicamente, desvela la hondura del Misterio de Cristo Crucificado y Resucitado como un misterio de Amor infinitamente misericordioso.

La historia de la muerte ha comenzado en el corazón del hombre cuando se atrevió a ofender a Dios. Muriendo el alma, tenía que morir inevitablemente el cuerpo. La muerte corporal es efecto y aviso permanente de la muerte espiritual. Sólo un amor más grande, infinitamente misericordioso, podría librar al hombre de ese estado de muerte elegida y causada por él rebelándose contra la voluntad amorosa del Padre. Sólo el Padre podría hacerlo: podía, pudo y lo quiso, enviando al mundo al Hijo, a su Unigénito, ungido por el Espíritu Santo como víctima inocente y purísima por nuestros pecados Él, Jesucristo, no dudó en hacerse “uno de tantos”, uno como nosotros, menos en el pecado, yendo voluntariamente a la muerte y una muerte de Cruz. Colgado en ella, venció de raíz al pecado, reparando, suplicando y amando al Padre y a los hermanos como nadie podría hacerlo: ¡hasta el extremo! El Padre acepta la inmolación total de su Hijo, el Sacerdote por excelencia, único y eterno: el sacrificio de su cuerpo y de su sangre, y lo resucita. Vencido el pecado, quedaba vencida la muerte: la muerte temporal y la muerte eterna.

¿Dónde se encuentra pues la fuente de la sabiduría de la Vida? En Cristo Crucificado y Resucitado por nuestra salvación. Si nos abrazamos a El con todo nuestro ser, con todo lo que somos y poseemos; o, lo que es lo mismo, si estamos dispuestos a vivir y a revivir constantemente en nosotros la gracia del Bautismo por el que “fuimos sepultados con El en el muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”, entonces habremos aprendido la sabiduría de la verdadera vida.

¡Saber vivir en la gracia de Cristo! ¡Eh ahí la llave para adquirir la sabiduría de la vida!

La maestra primera de la vida de la gracia es María, su Madre y nuestra Madre.

Con Ella nos alegramos de nuevo en esta Pascua de Resurrección del año 2005 y anunciamos jubilosos al mundo: ¡Aleluya! ¡Jesucristo ha resucitado verdaderamente! ¡Ha vencido quien es la Vida!

Con los augurios de unas muy felices Pascuas de Resurrección y con mi bendición,