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Homilía en la Ordenación Episcopal del Excmo y Rvdmo. Sr. D. Alfonso Carrasco Rouco, Obispo de Lugo

Catedral de Lugo, 9.II.2008; 12’00 h.

(Jer 1,4-9; Flp 2,1-13; Jn 15,9-17)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

Querido Alfonso:

1. Esta mañana, en el día de tu ordenación episcopal en esta venerable Iglesia Catedral de Lugo, Diócesis y Ciudad del Sacramento, las palabras dirigidas por el Señor a Jeremías, quizá el profeta más apasionadamente identificado con su misión entre los grandes profetas de Israel, con toda seguridad conocidas y meditadas por ti en otras ocasiones decisivas de tu vida, resuenan en tu alma con un nuevo y apremiante acento: “antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que salieses del seno materno, te consagré” (Jer 1,5).

Ese conocimiento del Señor, del que todos somos objeto antes de que nos forme en el vientre de nuestra madre, y que tú has experimentado a lo largo de toda tu vida con creciente intensidad como una elección, más aún, como una segregación para consagrarte y entregarte a Él y a su Santa Voluntad con todo lo que tienes y eres ya como hijo de Dios y sacerdote de la Nueva Alianza, adquiere hoy su plenitud sacramental.

2. El Señor te quiere no para que lo anuncies y proclames como un Mesías-Salvador que se adivina en la lontananza de un tiempo por venir, sino para que seas testigo de que ha venido ya, de que la salvación de Dios ¡su Reino! está actuando entre nosotros, contemporáneamente, por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para redimirnos del pecado y de la muerte. Él sí es el verdadero Mesías que espera Israel y que San Pablo ensalzaba tan bellamente en el himno de la Carta a los Filipenses: “Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de Cruz”. Ésta es la verdad a la que quiere el Señor que consagres tu vida desde hoy con total dedicación: la dedicación propia de un Sucesor de los Apóstoles. Es la Verdad de Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador del hombre; la verdad de que “Dios lo levantó sobre todo y le concedió el ‘Nombre-sobre-todo-nombre’; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para Gloria de Dios Padre”(Flp 2, 6-11). En resumen: es la verdad de la Cruz y de la Resurrección, “escándalo para los judíos y locura para los paganos”.

3. Apostar toda la existencia personal por la Verdad de Cristo y de su Evangelio y, sobre todo, por el servicio de su proclamación, de su enseñanza y de su testimonio en y con la vida, supera nuestras pobres fuerzas de hombres y de hombres pecadores. No es extraño pues que hoy pueda venir a la memoria de tu corazón la respuesta de  Jeremías a la llamada de Yahvé: “¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho” (Jer 1,6). Y, si él se sentía sobrecogido ante la magnitud sobrehumana de la ardua tarea que Dios le confiaba, la de ser Profeta de la Salvación que estaba por venir, cuánto más deben de haber sentido esa pequeñez los Apóstoles de Jesucristo que anunciaban esa Salvación ya traída y realizada definitivamente por Él y, por supuesto, los que continuaron su misión hasta el fin de los tiempos, los Obispos, sus Sucesores en el ministerio apostólico. ¿Y cómo no vas a sentirte tú pequeño en el momento solemne en que, además, lo que les decía Jesús a los Doce en la noche de la Cena Pascual se hace actual y te interpela también a ti: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure”? Él te ha elegido, querido Alfonso, para que vayas como Sucesor de los Apóstoles y des fruto y tu fruto dure, especialmente en esta porción del Pueblo de Dios que es esta querida Iglesia Diocesana de Lugo “en la que está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica”(ChD 11).

4. El temor deja, sin embargo, inmediatamente plaza a la audacia en Jeremías cuando el Señor le contesta: “No digas: ‘Soy un muchacho’, que a donde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte” (Jer 1,7-8). También cedió el temor cobarde para siempre en los Apóstoles del Hijo a la valentía misionera cuando, enviados por Él antes de ascender al cielo e inundados por la fuerza del Espíritu Santo el día de Pentecostés, tomaron conciencia clara de que ya no eran siervos, sino amigos de Jesús: “Ya no os llamo siervos, porque el Siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 19). Y su temor se disipa totalmente  porque, además, están ciertos de la promesa del Señor Jesús de que lo que pidan al Padre en su nombre se lo dará (Cfr. Jn 15,16). En esta conciencia de haber encontrado la especial amistad con el Señor, descansó luego a lo largo de los siglos de la historia de la Iglesia la fortaleza apostólica de sus Sucesores, los Obispos. También tú, a partir de este momento de tu ordenación episcopal, dentro de unos instantes, podrás sentirte, querido Alfonso, con verdadera razón –la razón del Espíritu Santo y la de la sucesión apostólica–, no ya siervo, sino amigo de Jesucristo, nuestro Señor y Buen Pastor.

5. Nunca has estado sólo en el camino de tu vocación de cristiano y de sacerdote. Desde el principio de tu vida has encontrado en tu madre, en tu padre , en tu familia más próxima y en tu parroquia de Santa María de Villalba, ambiente humano y espiritual para poder decir “sí” al Señor que te llamaba. Luego en los años de tu formación sacerdotal en Mondoñedo, Santiago de Compostela, Salamanca y Friburgo, has aprendido a conocer cada vez más jugosamente la Comunión del Amor de Cristo del que vive la Iglesia y que constituye la sustancia misma de su ser “en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1). Los años de ministerio parroquial en las costas lucenses entre las gentes del mundo rural y marinero de nuestra querida Diócesis Mindoniense y más tarde el largo período de tu servicio sacerdotal a la Archidiócesis de Madrid en la Parroquia de San Jorge, en la Asociación Católica de Propagandistas y, sobre todo desde el curso 1991/1992, en la Facultad de Teología de “San Dámaso”, te han ayudado a profundizar más hondamente en la comprensión intelectual y en la vivencia del Misterio de Comunión que es la Iglesia, por la vía de la reflexión teológica y de nuevas experiencias espirituales y apostólicas.

6. A Jeremías, Yahvé, el Señor Dios, extendiendo la mano le tocó la boca y le dijo: “Mira: yo pongo mis palabras en tu boca” (Jer 1,9). Y, Jesucristo, el Salvador, les aseguró a los Doce: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y a quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10,16); y, en la despedida de la Última Cena, les confiesa qué es lo que le mueve a revelarles la intimidad de su Corazón: “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud” (Jn 15,11). Entre los destinatarios de estas palabras de Jesús, dirigidas a Pedro y a los demás apóstoles, hay que mencionar de nuevo a los Obispos que iban a sucederles en el transcurso de la historia de la Iglesia. Desde hoy valen también para ti. No, no ha lugar pues para temores y temblores en esta hora en que inicias tu ministerio pastoral de Sucesor de los Apóstoles, miembro del Cuerpo episcopal, Cabeza y Pastor de la Iglesia Diocesana de Lugo, honda y fielmente enraizada en la Comunión de la Iglesia Universal, presidida visiblemente por el Vicario de Cristo en la Tierra, el Sucesor de Pedro, Benedicto XVI ¿Cómo corresponder en la práctica a esta amistad privilegiada del Señor? Ejerciendo con humilde sencillez la misión y oficio del ministerio episcopal y siendo así con fidelidad constante, madurez espiritual y fortaleza apostólica el instrumento ardiente del amor de Cristo para los hermanos. Lo que sólo se logra y prospera si el Obispo es verdadero hombre de oración.

7. Porque no se debe olvidar que no hay ninguna otra vocación en la Iglesia –y, no digamos en la sociedad– que esté tan central y exclusivamente orientada y configurada por la dedicación al triunfo del amor verdadero como la de los Sucesores de los Apóstoles. Por la consagración episcopal recibe el Obispo con la plenitud del Sacramento del Orden precisamente lo que los Santos Padres han llamado “sumo sacerdocio y cumbre del ministerio sagrado”, es decir: la capacidad y la misión para hacer presente, asistido por sus presbíteros, en medio de los creyentes, a “Nuestro Señor Jesucristo, Sumo Sacerdote”. Y es precisamente de su Corazón Sacratísimo, herido por la lanza del soldado en el momento en el que ofrecía al Padre la oblación de su Cuerpo y de su Sangre por nosotros, cuando brota, inagotable, la fuente del amor misericordioso que cura y sana al hombre de las heridas de sus pecados y le eleva a la condición de hijo de Dios. Este amor es el que hace posible después construir “la ciudad terrena” según el espíritu y las formas de “la civilización del amor” y el que, de este modo, permite contribuir eficazmente a que toda la humanidad vaya configurándose a través de la historia como una familia de hijos y hermanos que caminan hacía la Gloria. El Obispo deviene por la imposición de manos y las palabras de la consagración episcopal el ministro sacramental por excelencia de ese amor de Cristo, perennemente actual en la Eucaristía ¡“el Amor de los amores”!; y no sólo “como Administrador de la gracia del sumo sacerdocio” sino también como Maestro y Pastor que hace las veces de Cristo y “actúa en su persona” (Cfr. LG 21). El Obispo es el Maestro que proclama y anuncia el Evangelio, es decir: la Buena Noticia de que “Dios es Amor” y de que nos ha donado a su Hijo por puro e infinito amor para que con Él, Jesucristo Señor Nuestro, y con su gracia podamos andar el sendero de la vida según la Ley Nueva del Amor que nos salva: del amor a Dios y del amor al prójimo; y la enseña con toda paciencia y doctrina. El Obispo es igualmente el Pastor que guía, conduce y anima a sus hermanos, los hombres, para que escojan y sigan la misma senda por la que Él transitó hasta el momento de la Cruz: la de amar como el mismo Señor nos amó, dando la vida, si es preciso, por nuestros hermanos para triunfar con Él en la Resurrección.

8. Éste es el eterno programa del Evangelio que no caducará jamás y que habrás de proponer, impulsar y realizar “con los sentimientos propios de Cristo”, querido Alfonso, en esta Iglesia diocesana de Lugo, que el Señor ha querido confiarte mediante la misión canónica recibida del Santo Padre que preside en la Comunión de la gracia, del amor y de la paz de Cristo a toda la Iglesia, a “la Católica”, formada en y de las Iglesias particulares. No te será difícil prestar ese servicio tan propio e insustituible del ministerio episcopal que es el de ser “principio y fundamento visible” de la comunión eclesial (Cfr. LG 23) vivida en la plenitud católica, en una Iglesia Particular como la lucense caracterizada desde tiempo inmemorial por la excepcional devoción de sus hijos e hijas al Santísimo Sacramento de la Eucaristía, expuesto día y noche a la adoración de los fieles en la Catedral Basílica de esta ciudad, insigne, entre otros títulos, por su casi bimilenaria historia cristiana. Una comunidad diocesana, cuya vida espiritual y pastoral ha discurrido siglo tras siglo por la vía de una acendrada piedad eucarística, cultivada primorosamente… ¿cómo no va a poder afrontar con renovada esperanza el reto de la transmisión de la fe a las jóvenes generaciones, o el de robustecer el espíritu de oración, especialmente en las celebraciones litúrgicas,  o el de ser el lugar por excelencia donde se ofrece amor auténtico, amor fraterno a una sociedad tan amenazada de soledades y aislamientos personales, familiares y colectivos, como es la nuestra? La Diócesis de Lugo ha vivido como pocas, a lo largo de su historia, del amor a Cristo-Eucaristía, de la presencia eucarística del amor que nos ha salvado y nos salva sin cesar. Esta experiencia de caridad cristiana, excepcional, ha sido, además, probada y verificada en la acogida proverbial que la comunidad diocesana lucense ha dispensado siempre a los peregrinos de Santiago, procedentes de todos los rincones de España y de Europa, en este trayecto del Camino Francés –¡camino regio de la peregrinación jacobea!– que atraviesa el territorio de la Diócesis desde el Cebreiro hasta Arzúa. El amor cristiano no conoce fronteras, lo saben bien sus fieles. El amor es universal ¡es “católico”! Este amor fraterno ha sido también probado y acrisolado en los momentos y situaciones difíciles por las que han atravesado en modos diversos sus gentes del campo, de las villas y de las ciudades. ¿Cómo no resaltar la benemérita labor de la Cáritas Diocesana de Lugo en el último medio siglo de historia de la ciudad y de la provincia lucenses?

9. En el cuidado pastoral del pueblo de Dios te han precedido en Lugo, en el siglo pasado, hermanos en el episcopado, fieles e incansables en el servicio al Señor y a las almas. Hay una nota personal y pastoral que los distingue a todos: haber comprendido y practicado su ministerio episcopal, a través de sus largos y fecundos pontificados, en “la clave eucarística” del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. D. Rafael Balanza y Navarro, D. Antonio Oña de Echave y, sobre todo, Fray José Gómez nos han dejado un ejemplo admirable de ser buenos Pastores a la medida del Corazón de Cristo. Ejemplo que no podemos ni debemos olvidar. Nuestra “memoria Eucarística” se fija hoy con especial gratitud y afecto en Fray José, a quien el Señor quiso hacer gustar el Cáliz de la cruel enfermedad como culminación de una vida sacerdotal llevada con sencillez franciscana y volcada en el amor a los más necesitados.

10. Os teus predecesores, querido Alfonso, co seu labor e exemplo de bos e infatigables pastores, os sacerdotes que serviron sacrificadamente, cercanos e entregados, os fieis das súas comunidades parroquiais, os consagrados e consagradas co seu seguimento radical ó Señor, “pobre, casto e obediente”, os segrares responsables e conscientes da súa vocación e da súa misión na Igrexa e no mundo… estarán ó teu carón –estou certo– no servizo apostólico e pastoral da Diocese de Lugo. O que importa é que todos, xuntos sinceramente na  Comuñón xerárquica da Igrexa, vos dispoñades a dar unha resposta dócil e xenerosa á vontade do Señor, interpretando “os sinais dos tempos” cos criterios inequívocos do Maxisterio e mirando ó futuro con renovada e confiada esperanza. Unha das apartacións evanxelicamente máis valiosas desta antiquísima Diocese luguesa á Igrexa Universal foi a da vivencia compartida da vocación misioneira. Así o testemuñan os seus Santos máis coñecidos e venerados: San Froilán e San Xosé María Díaz Sanxurxo. Así o amosa, tamén, a súa testemuña eclesial, inquebrantablemente mantida época tras época da historia da nosa querida Galicia, de que a alma de Galicia, a súa “intrahistoria”, só pode ser comprendida en toda a profundidade do seu ser histórico pola la Custodia Eucarística que adorna o seu Escudo: signo e proba elocuente das súas fondas raíces cristiás que se asentan nos primeiros séculos da predicación apostólica de Santiago e do primeiro bispo lucense San Capitón. ¡Coidade esas raíces que aínda seguen vivas e vizosas! ¡Regádeas co espírito apostólico da Nova Evanxelización!… e os tempos serán verdadeiramente novos.

[10. Tus predecesores, querido Alfonso, con su labor y ejemplo de buenos e infatigables pastores, los sacerdotes que han servido sacrificadamente, cercanos y entregados, a los fieles de sus comunidades parroquiales, los consagrados y consagradas con su seguimiento radical del Señor, “pobre, casto y obediente”, los seglares responsables y conscientes de su vocación y de su misión en la Iglesia y en el mundo… estarán a tu lado –estoy seguro– en el servicio apostólico y pastoral a la Diócesis de Lugo. Lo que importa es que todos, unidos sinceramente en la Comunión jerárquica de la Iglesia, os dispongáis a responder dócil y generosamente a la voluntad del Señor, interpretando “los signos de los tiempos” con los criterios inequívocos del Magisterio y mirando al futuro con renovada y confiada esperanza. Una de las aportaciones evangélicamente más valiosas de esta antiquísima Diócesis lucense a la Iglesia Universal ha sido la de la vivencia compartida de la vocación misionera. Así lo atestiguan sus Santos más conocidos y venerados: San Froilán y San José María Díez Sanjurjo. Así lo atestigua, también, su testimonio eclesial, inquebrantablemente mantenido época tras época de la historia de nuestra querida Galicia, de que el alma de Galicia, su “intrahistoria”, sólo puede ser comprendida en toda la profundidad de su ser histórico por la Custodia Eucarística que adorna su Escudo: signo y prueba elocuente de sus profundas raíces cristianas que se hunden en los primeros siglos de la predicación apostólica de Santiago y del primer obispo lucense San Capiton. ¡Cuidad esas raíces que aún siguen vivas y vigorosas! ¡Regadlas con el espíritu apostólico de la Nueva Evangelización!… y los tiempos serán verdaderamente nuevos.]

Esta esperanza de un nuevo florecimiento del amor de Cristo en la Iglesia diocesana de Lugo cuenta con un apoyo extraordinario: la plegaria de tantas almas contemplativas de esta querida comunidad diocesana dedicadas a la oblación diaria de toda su vida al Señor y a la oración. Y cuenta, sobre todo, con su Patrona y Madre, la Virgen de los Ojos Grandes, que te mira y nos mira hoy con especial predilección.

Amén.