Homilía – Misa exequial por el Ilmo. Sr. D. Pablo Domínguez Prieto, Decano de la Facultad de Teología «San Dámaso»

«Que los que me confiaste estén conmigo»

(Jn 17,24)

Catedral de La Almudena, 18.II.2009; 19’30 h.

(Sab 4, 7-15; Sal 41,2.3.5bcd; 42, 3.4.5; Rom 14, 7-9.10c-12; Jn 17, 24-26)


    Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

    «Padre, éste es mi deseo, que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas antes de la creación del mundo»

    Estas consoladoras palabras de Cristo, poco antes de experimentar su propia muerte, revelan la profundidad del misterio de la muerte y vienen a consolarnos en este doloroso trance por el que pasamos, la muerte de nuestro querido Pablo.  Estamos ciertamente consternados ante lo inesperado de su partida y el dolor de su pérdida en este mundo. Por ello, unidos a sus padres y hermanos, hemos venido para elevar los ojos al cielo, como hizo Jesucristo, en la última cena y escuchar estas palabras, las únicas que pueden confortarnos, porque iluminan la profundidad del morir en Cristo. Elevando los ojos al cielo, Jesús expresa su deseo, su voluntad más íntima: que los suyos, estén con él, contemplando su gloria. ¿Quiénes son los suyos? ¿Dónde está él? ¿Cuál es su gloria?

    ¿Quiénes son los suyos?

    En el contexto de la cena, cuando Cristo pretende consolar a quienes acaban de saber que avanza hacia la muerte, los suyos son los más íntimos, los apóstoles, el grupo de su predilección amorosa, elegidos en una noche de oración, y cuyo nombre fue pronunciado, uno a uno, por labios de Cristo, evocando la elección eterna del Padre. Son los que él llamó para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar y sanar a los afligidos por todo tipo de males. Son los que permanecieron con él, en sus gozos y pruebas, y que ahora, en la última cena han sido constituidos sacerdotes de la nueva alianza. Los que, expropiados de sí mismos, han dejado que su corazón se transformara cada vez más según la medida de Cristo. Digámoslo de una vez: son sus sacerdotes. Unido a ellos tan misteriosamente que puede decir «estoy en ellos», Cristo no quiere desprenderse de los que ama, sino que desea que estén con Él, vivan para siempre en Él. En cierta medida es lo que dice san Pablo en la segunda lectura: La redención de Cristo nos convierte en su posesión. Somos suyos: en la vida y en la muerte somos del Señor. Ya no vivimos para nosotros mismos, para nuestros intereses y beneficios, sino para Cristo; y en la muerte, morimos para Él, es decir, para estar eternamente con Él, que es el destino de los que ama. Morimos para Él y también para su “Cuerpo” que es la Iglesia, cuando en ese preciso momento en que el Señor nos llama, morimos con Él. Para un sacerdote es el momento privilegiado de culminar su vida “pro eis”, por los hermanos.

    En el número de estos escogidos, llamados desde la eternidad con un amor inmensurable, figura nuestro hermano Pablo, a quien queremos aplicar las palabras de Cristo: éste es mi deseo, que donde estoy yo, esté conmigo. También él fue llamado por el Señor, el amor de su vida, y le dedicó sus afectos, sus energías, su inteligencia, sus trabajos y fatigas al servicio de la Iglesia. También él, a imitación del Maestro fue dejando el buen olor de Cristo, en el estudio y la enseñanza, en la dedicación a los jóvenes, en la atención espiritual, en la entrega generosa de sí. Y en el breve tiempo de su vida, como dice el libro de la Sabiduría, «llenó largos años» y «como su alma era agradable a Dios, lo sacó aprisa de en medio de la maldad». Nos cuesta entender estas palabras que suponen un giro brusco en la concepción judía del tiempo en la vida de los hombres. No es maduro el que vive muchos años, ni perfecto el hombre longevo, sino el que vive agradando a Dios. En la muerte prematura de quien vive en Dios, con la prudencia y la justicia del alma, se revela también el amor de quien nos crea y nos saca de este mundo para estar con Él en la contemplación del rostro de Cristo. Por eso decía san Jerónimo: «Lloremos, sí, por los muertos, pero sólo por quienes se precipitan a la gehenna… Pero nosotros, que cuando dejemos esta vida estaremos acompañados por un ejército de ángeles y Cristo mismo vendrá a nuestro encuentro, nosotros debemos más bien entristecernos cuando nuestra existencia se prolonga en esta residencia sepulcral».

    Pablo entendía así la muerte. La contemplaba con mirada sapiencial, como aparece en este párrafo dirigido a unas monjas contemplativas: «No quiero acabar esta carta fraterna –y filial– de gratitud, sin hacer mención a la última de las llamadas de Consagración que para todos está cerca: me refiero a la muerte, que es ese encuentro amorosísimo, en abrazo eterno, con el Esposo. Todos tenemos un “día y hora” que el Padre –en su eternidad– conoce. Me interrogo: ¿no deberíamos esperar ese día con el mismo entusiasmo, ardor, deseo y sobrecogimiento ante el Don que nos espera, con que esperamos los acontecimientos de Consagración de esta vida? Suplico al Espíritu Santo que nos conceda mirar ahora nuestra vida con los ojos y el corazón que tendremos en ese momento último y definitivo: ¡Lo que en el momento de la muerte tiene importancia, la tiene ahora! ¡Lo que en ese momento sea accidental, también lo es ahora! En definitiva: ¡sólo Cristo y sólo el Amor es lo importante! Cuando tengáis momentos de turbación, ¡recordadlo! Que no nos seduzca nunca el maligno con máscaras de falsos amores. ¡Sólo Cristo, y sólo su Amor es la Vida!».

    ¿Dónde está Cristo?

    Vivir con esta tensión hacia el amor de Cristo, como la cierva que busca corrientes de agua viva, nos hace plantearnos la segunda pregunta: ¿Dónde está Cristo? Lo sabemos bien: Cristo está junto al Padre, en el seno del Padre, feliz e inmortal. De allí vino y allí retornó. Y allí, en el Padre, origen y fuente de toda Vida, Verdad, Bien y Belleza, Cristo quiere tenernos con Él. El hombre ha sido creado para Dios y anda inquieto hasta reposar en Él. Todo el evangelio de san Juan describe el itinerario hacia Dios. Desde el prólogo, donde Cristo es presentado junto a Dios, trayéndonos la vida, hasta el sígueme final, dirigido a Pedro. Este sígueme marca el horizonte del homo viator, que, tras las huellas del Resucitado, camina hacia la luz de la gloria. Y, con el horizonte, marca también su camino. Sí, hermanos, Cristo está en Dios preparándonos en su infinito amor una morada, como quien no deja de trabajar para que aquellos que le fueron confiados, pasado el umbral de la muerte, tomen posesión de su casa eterna edificada con las manos del Resucitado. Nuestra esperanza en esta tarde es ver cómo Cristo toma de la mano a su sacerdote Pablo y le sitúa con Él, en el Padre que le amó desde antes de la creación del mundo. Ése es su deseo, que se cumple en la muerte: que donde estoy yo, estén conmigo, y contemplen mi gloria, la que me diste porque me amabas, antes de la fundación del mundo.

    ¿Cuál es su gloria?

    Nos hemos preguntado cuál es esa gloria, y hemos de reconocer que no podemos imaginarla ni menos aún describirla. Nadie puede ver a Dios, dice la Escritura, y seguir con vida. ¡Tanta es su gloria! Santa Catalina de Siena creía morir cuando, en éxtasis, contempló la belleza de un alma en gracia. ¡Qué será entonces la gloria del mismo Dios! Sólo sabemos cuáles son sus reflejos, porque Cristo nos ha permitido, en su existencia terrena, contemplar algo de la gloria de Dios siendo como es Él «el resplandor de su gloria» (Heb 1,3). Si los hombres de su tiempo quedaban seducidos por Él, atraídos por la belleza del más hermoso entre los hijos de los hombres, cautivados por la autoridad de sus palabras y llenos de asombro y estremecimiento sagrado ante sus milagros; si con una palabra curó al leproso y con el tacto de su manto a la hemorroísa; si convirtió a la samaritana ofreciéndole un agua que saltaría a la eternidad, y con su paciente sufrir arrancó la confesión de fe del buen ladrón que le ganó el paraíso; si conmovió al pecador Zaqueo y a la pecadora de Magdala e hizo llorar a Pedro con sólo su mirada; si llamando a María por su nombre, le despertó el deseo de abrazarle y tenerle para siempre; y si dejó que Tomas pudiera penetrar su carne gloriosa con sus dedos y mano de incrédulo derrumbándose a sus pies y confesándole como su Señor y su Dios, ¿cuál no será la gloria que ha invadido su carne con el poder de la resurrección? La gloria que tenía junto al Padre, como Hijo muy amado, y de la que nos hará partícipes en nuestra propia carne. A esta gloria nos da acceso la muerte, hermanos, y nos permite saciarnos para siempre de la luz inmortal, de la belleza inmarchitable del rostro del Dios vivo, revelado en Jesucristo. Entendemos, pues, que san Pablo quisiera morir para estar con Cristo, que es sin duda lo mejor. Adivinamos algo de la pasión mística de santa Teresa de Jesús que exclamaba: sufrir o morir, porque el sufrir le asemejaba a Cristo y el morir le abría las puertas de esa última consagración que supone el abrazo definitivo con el esposo. Y comprendemos que en esta muerte de Pablo, que tanto nos sobrecoge, se realiza un eterno designio de amor que Jesús expresó como deseo y voluntad última, como plegaria nacida del amor por los suyos, cuando dijo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la creación del mundo. Es la gloria del Amor, sí, del Amor eterno que explica la vida de cada hombre redimido por Cristo; del amor con que fuimos creados y redimidos, del Amor con el que queremos hacer la singladura de la vida, del Amor que nos llama cuando cruzamos el umbral de la muerte, y que permanece para siempre porque Dios es Amor.

    A este Amor único y eterno encomendamos la vida, el ministerio y la muerte de nuestro querido Pablo y lo ponemos en los brazos de María, Madre del amor hermoso, para que quien un día abrazó el cuerpo de su Hijo bajado de la cruz, conforte ahora a sus padres, hermanos, familiares y amigos, con la esperanza que la mantuvo a ella de ver a su Hijo glorificado y haga de poderosa intercesora ante quien es el Señor de vivos y muertos.

    Amén.