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LA ALEGRÍA DE LA PASCUA. Nadie nos la puede arrebatar

LA ALEGRÍA DE LA PASCUA

Nadie nos la puede arrebatar

Mis queridos hermanos y amigos:

Hoy es un día de gran alegría. Alegría que nadie ni nunca nos podrán arrebatar: ¡Jesucristo, el Señor, ha resucitado! Desde este primer Domingo jubiloso de la historia, todos los demás domingos de todos y de cualquier año no podrán por menos de recordarnos que la Resurrección de Jesucristo permanece viva y activa en el discurrir de la vida de cada hombre que viene a este mundo y, aún, de la entera humanidad. “Pues sabemos que Cristo una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más. La muerte ya no tiene dominio sobre él” (Ro 6,9). En la singular batalla entablada desde el principio de la creación entre Dios, el Señor de la vida, y Satanás, el príncipe de las tinieblas y autor de la muerte, la victoria del Creador ha quedado definitiva e irreversiblemente sellada en aquel primer día de la semana judía, cuando Jesús de Nazareth, el gran −y para la comprensión mundana− el inexplicable Profeta de Galilea, crucificado ignominiosamente y sepultado, resucita de entre los muertos. “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”, canta jubilosa la Iglesia desde tiempo inmemorial en la Liturgia Pascual del Domingo de Resurrección.

El designio salvador de Dios con respecto al hombre, designio desde el principio de amor infinito, no podía ser frustrado por la insidia del maligno, ni por la debilidad e ingratitud del hombre, a quien había confiado su creación. El Amor de Dios, siempre más grande y desbordante de misericordia, se nos da en ese Hijo Único que no considera que sea indigno del amor de Dios el rebajarse, hacerse hombre y morir en la Cruz por ese hombre que le ha abandonado, roto con él, incluso, traicionado tantas veces desde los albores mismos de su historia. La búsqueda de ese hombre perdido, que se resiste a la fe, por parte de Dios, se hace espiritualmente visible y constatable en esa historia sagrada del Pueblo de la Antigua Alianza, que en la Liturgia de la Palabra en la Vigilia Pascual se va desgranando como la historia de una ternura divina que no conoce límites. Se trata de librar al hombre del abismo del pecado y de la muerte eterna, al hombre creado por amor a imagen y semejanza de Dios. Dios se dispone a pagar el precio de la Encarnación del Hijo amado desde toda la eternidad y de su muerte ignominiosa en la Cruz: ¡su amor se ha desbordado en un inmenso torrente de misericordia! Su amor, ¡el Amor!, ha triunfado el Domingo de Resurrección. Sí, hoy ha triunfado para nosotros, los que vivimos y caminamos en esta hora y en estas circunstancias de una humanidad tan agitada y agobiada por los golpes materiales y espirituales de una crisis, a la que cuesta comprender y ver el fin y, más aún, el superarla y vencerla en su raíz. ¿No nos estará ocurriendo de nuevo que nos resistimos a creer en Dios? ¿en el Dios que nos salva y el único que nos puede salvar? Sí, la salida de nuestras crisis personales −¡pueden ser tantas y tan variadas!− y de la crisis general que nos envuelve no se logrará del todo y a fondo si no nos abrimos al anuncio de la verdad de Jesucristo Crucificado y Resucitado. Sobre todo, si nosotros, los cristianos, nos negamos a reconocer y a confesar con nuestros labios, con nuestro corazón y con nuestras obras lo que San Pablo recordaba con insistencia a los fieles de Colosas: “ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios, aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3, 1/2).

No hay mucho tiempo que perder en el anuncio vibrante y convincente del Resucitado. Si nunca un cristiano −y menos la Iglesia− pueden dejarse escapar los frutos de gracia y de santidad de una Pascua de Resurrección −frutos y cosecha de la auténtica alegría−, menos en este tiempo de un Año de la Fe y de respuesta fiel y entregada a la llamada del papa que la convocó, Benedicto XVI, y del Papa Francisco que nos continúa alentando en su vivencia eclesial y en su configuración espiritual y pastoral como un gran compromiso y empeño misioneros. La “Misión-Madrid” habrá pues de mostrarse en las próximas semanas del nuevo tiempo pascual en la forma de un gran testimonio público y privado de que Jesucristo ha resucitado, de que ha llegado la hora de la salvación y de la alegría para todos: los que están cerca y los que están lejos de nosotros.

“Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ázimos. Porque ha sido inmolado nuestra víctima pascual: Cristo” (1 Cor 5,7). Demos una parte en la victoria de Cristo Resucitado a todos nuestros hermanos de Madrid: a los alejados de Dios y de su Iglesia, a los que sufren las decepciones y las heridas del corazón y del alma, a los que padecen enfermedad, soledad, ancianidad, a los que han perdido su puesto de trabajo o no lo encuentran, a los jóvenes y a los niños, las víctimas primordiales de la crisis moral de los matrimonios y de las familias: ¡los primeros en ser sacrificados tantas veces en aras de una comodidad egoísta, a la que se disfraza de mil argumentos falaces, es decir, sin justificación verdadera! Démosles parte en nuestra gozosa y jubilosa alegría pascual, ofreciéndoles al menos un poco de ese mucho e infinito amor que nos ha sido donado para siempre, victoriosamente, el Domingo de la Resurrección del Señor.

Con María, la Madre de Jesucristo Resucitado, la Madre nuestra −de todos los que hemos muerto y resucitado con Él el día de nuestro Bautismo−, Virgen de La Almudena, ofrezcamos “ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua”.

Con mis mejores y más sentidos deseos de una santa, gozosa y feliz Pascua de Resurrección para todos los madrileños y con mi bendición,