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El Cardenal
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En vísperas de la Jornada Mundial de la Paz

La Familia: futuro de paz para los niños.

El último día de este año 1995, que coincide con el domingo octava de la Natividad del Señor -fiesta de la Sagrada Familia-, nos acerca a la jornada Mundial de la Paz, de la mano de la Virgen, Santa María, Madre de Dios, figura central en el Misterio de la Encarnación y Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, con un bellísimo Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II: «¡Demos a los niños un futuro de paz! ».

No habrá paz para los niños del futuro, en Madrid, en España y en el mundo entero, sin familia y sin madre y, en último término, sin María, la Virgen Madre de Jesús, el Hijo del Dios vivo. Es extraordinariamente revelador observar cómo la iconografía mariana de todas las épocas representa a María casi siempre con el Niño, como si a Ella le correspondiese un papel singular en ese momento de la vida de su Hijo en el que se nos muestra especialmente pequeño, indigente, necesitado de cobijo, regazo y cariño; y, por consiguiente, como si a Ella le tocase paralelamente una misión especial respecto a la Iglesia y a sus hijos en los momentos de mayor desvalimiento y pequeñez. Un signo elocuente y una prueba palpable de cómo la fe y la piedad cristianas han ido descubriendo cada vez con mayor nitidez que así como la Sagrada Familia, y en ella la Madre, han sido decisivas para los primeros pasos del Salvador de los hombres, del Niño Jesús; así también lo son para los primeros pasos de la Iglesia -para todo momento de primeras evangelizaciones – y para la vida del cristiano, especialmente de los niños. Más aún es como si en la Familia de Nazaret -Jesus, María y José la intuición sobrenatural del pueblo cristiano percibiese con claridad suma cómo la familia, nacida del amor de los esposos, no sólo es imprescindible para un nacimiento biológico digno de toda persona humana, sino también para su nacimiento humano y espiritual. No, no será posible la paz para los niños -y, por supuesto, para la humanidad en el futuro- sin verdaderas familias, que acojan y cuiden el don de la vida -los hijos- como fruto precioso de la generosidad de un amor completamente fiel.

El Santo Padre nos recuerda en un repaso estremecedor el calvario de millones de niños en las distintas zonas del mundo: niños víctimas de las guerras más crueles; niños forzados a coger las armas, obligándoles a ellos mismos a ser protagonistas activos de la guerra; niños explotados sexualmente, como intermediarios en el comercio de la droga; niños hambrientos, con la calle y la pandilla como casa y hogar… niños destruidos y pervertidos en su cuerpo y en su alma. Este desolador panorama, tiene entre nosotros –el mundo rico y acomodado de Occidente- su versión, una versión más refinada, pero también extraordinariamente dolorosa: en nuestras ciudades -en Madrid- se encuentran niños hambrientos y abandonados; niños maltratados por los mayores que los manipulan como objetos o instrumentos de su placer, de sus negocios y, siempre, de su egoísmo; niños de familias rotas, víctimas de las desavenencias de sus padres; niños, a quienes las televisiones y otros medios de comunicación social agreden una y otra vez humana y espiritualmente con sus programas de sexo y violencia. Niños, sin hermanos, a los que el egocentrismo paterno les priva de la experiencia primera y fundamental de una fraternidad vivida día a día.

Llora el alma ante el dolor de los niños del mundo; pero son lágrimas de esperanza, que se pueden convertir en gozo y en promesas de paz para ellos, cuando también se contempla el extraordinario ejemplo y testimonio de tantos hombres y mujeres, hijos de la Iglesia y personas de buena voluntad que dan su vida por procurar a los más pequeños, los más pobres de la tierra -los niños-, cercanía, amor paterno y fraterno, salud y educación, fe y el consuelo materno de María, la Madre de Jesús y Madre suya. Pero el camino de la esperanza se afirmará más y más, con plena eficacia, si se cura y fortalece el tejido familiar de la sociedad. No hay futuro para los niños, si no hay futuro para la familia; no hay futuro para la humanidad, si no hay futuro para los niños. Su paz, la paz de los niños, es nuestra paz, la paz de todos los hombres y de todos los pueblos de la tierra.

«Los adultos deben aprender de los niños los caminos de Dios: de su capacidad de confianza y de abandono pueden aprender a invocar con justa familiaridad “Abba Padre”», nos recuerda el Papa. Una sociedad y una comunidad eclesial, -¡Dios no lo quiera!- que olvide y desprecie a los niños se clausurará radicalmente para comprender el Evangelio. «Yo os aseguro -dice el Señor-: el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc 10, 14-15).

Santa María, Madre de Dios, con José y el Niño Jesús, en el hogar de Nazaret, nos aclara hoy con nueva actualidad el Evangelio de la infancia. El poeta lo cantaba con genial incisión:

«Eres niño y has amor: ¿qué farás cuando mayor?».

¡Dadle a los niños familias, una familia cristiana; y, así, les daréis un futuro de paz!

Con el deseo de un Año Nuevo, lleno de la paz de Belén y de Nazaret para todos vosotros y para vuestras familias, os bendice.