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El Cardenal
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Homilía en el Congreso Eucarístico Internacional

Basílica Santa María La Mayor, 18,00 h

Roma, 20 de junio de 2000

(Is. 61,1-3a.6a.8b-9; Mt. 5,1-12a)

“Comer el Cuerpo de Cristo lleva consigo la audacia del amor divino y el escándalo de la sabiduría celestial, exactamente como la Encarnación y la Cruz” (TB 9).

Queridos Hermanos y Hermanas del Señor:

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos sitúa de inmediato en el clima espiritual del Año Jubilar, es decir, bajo la acción del Espíritu Santo, el mismo que descendió sobre Jesús y le consagró como el Ungido de Dios y Redentor del hombre. Las celebraciones jubilares apuntan todas al misterio fundamental de la fe cristiana, la Encarnación, gracias a la cual, el Hijo de Dios, ungido por el Espíritu Santo, es dado al mundo para librarnos del pecado y de la muerte comunicándonos la vida inmortal. Esta vida es la que se nos ofrece cada día en el sacramento de la Eucaristía, donde “el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina”. La impronta eucarística que el Santo Padre Juan Pablo II ha querido dar a este Año Jubilar nos permite saciar la contemplación del Verbo encarnado en la Eucaristía, que prolonga su existencia entre nosotros bajo los velos de la carne y sangre eucarísticas. El que tomó nuestra carne y sangre en el seno de la Virgen nos las ofrece ahora convertidas en el quicio de nuestra salud. Caro salutis est cardo. En la Eucaristía ciertamente el hombre encuentra la salvación.
SE TRATA DE SALVAR AL HOMBRE
Se trata de salvar al hombre. Esa fue la voluntad de Dios al determinar la Encarnación del Verbo. Es el hombre, condenado a la muerte eterna por el pecado, el que atrae la misericordia de Dios quien, en el acto más audaz del amor, acepta el anonadamiento de su Hijo en vistas a la muerte ignominiosa de la cruz, al escándalo supremo – locura y necedad para el mundo – del Dios crucificado. En la kénosis de Cristo se inicia el movimiento que concluirá en la Eucaristía donde, bajo las especies del pan y del vino, el Hijo de Dios se sirve a sí mismo como alimento de vida eterna. No hay mayor prueba de amor y de servicio a favor del hombre necesitado de salvación.
El profeta Isaías presenta al hombre, el de entonces y el de hoy, bajo los rasgos de esta necesidad radical. Los pobres y heridos, los cautivos y desconsolados, los que visten de luto y los abatidos no son meras descripciones de quienes sufren determinadas carencias físicas, materiales y sociales. Revelan, sobre todo, al hombre en cuanto pobre, ser menesteroso, que espera de Dios la gracia de la salvación integral de su ser, la única que puede saciar sus anhelos de liberación. Es el hombre abandonado a sí mismo y a sus propias fuerzas, que es como decir, atado a su propia fragilidad. Dios, en su Hijo Jesucristo, como Buen Samaritano, se acerca a este hombre, para vendar las heridas de su corazón, ungirle con el óleo de la alegría y ofrecerle la libertad gloriosa de los hijos de Dios, la gracia de la salud. Esta es la alianza eterna que Dios promete, por medio de Isaías, y que se realiza plenamente en la Eucaristía del Señor.
La Eucaristía es, ciertamente, alianza, consorcio, comunión de Dios con el hombre. Es trueque admirable, porque en ella todo el dolor, miseria y pobreza del hombre, representados en el pan y vino, fruto del sudor y trabajo humano, se convierten en el signo eficaz de la presencia misericordiosa de Cristo, en el banquete donde el hombre puede cambiar su duelo en danza, su ceniza en corona, su luto en alegría y su abatimiento en alabanza. En la Eucaristía, Dios nos entrega a su Hijo, el Ungido de Dios, que se dona a sí mismo para que el hombre no carezca de lo único que puede asegurarle la vida eterna: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne para la vida del mundo.
ANUNCIAMOS LA MUERTE DEL SEÑOR HASTA QUE VUELVA
Esta acción de Cristo, en la que se inmola a sí mismo para dar vida, nos remite al misterio de la cruz. En la celebración eucarística, dice san Pablo, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Anunciamos y celebramos, de modo siempre actual, el amor hasta el fin, hasta la plenitud, hasta dar la vida. El horizonte cristológico y eclesial de la eucaristía es el del Amor inmolado, el Cuerpo entregado y la Sangre derramada. Ahí está revelada la audacia del amor de Cristo. El sacrificio, que ocupa el centro de la Iglesia, “es el sacramento de su sacrificio y el memorial de su muerte; por la comunión que lo remata nos alimenta y nos abreva de su Cruz y no tendría valor alguno si en cada uno de los asistentes no suscitara el sacrificio interior”. La comunión en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo nos urge, ciertamente, a la propia autooblación, al sacrificio de nuestra existencia, en la que nuestro cuerpo, en cuanto símbolo de la vida entera, es ofrecido a Dios como víctima santa y agradable. No podemos participar en la eucaristía sin gustar la audacia del amor de Cristo que le impulsa a la entrega por sus hermanos.
La Eucaristía, entendida así, es el lugar donde la Iglesia alimenta su amor a los hombres y acrecienta la misma pasión evangelizadora que devoraba al Señor. En la hora presente, la alianza de Dios con los hombres, que se perpetúa en el sacrificio del altar, debe avivar en todos los cristianos la conciencia explícita, de la que habla Isaías, de ser para la humanidad entera “Sacerdotes del Señor”, “Ministros de nuestro Dios”. Es la conciencia de mediación sacramental que constituye a la Iglesia como Cuerpo de Cristo en orden a la salvación universal; la conciencia de ser la descendencia de Cristo, la estirpe bendecida por el Señor. Participar de la Eucaristía es tomar parte en los trabajos del Reino de Dios que sólo tendrá su plenitud cuando Cristo beba de nuevo, para consumarlo, del cáliz que nos dejó como alianza perpetua.
SABOREAR LA SABIDURIA CELESTE ESCONDIDA EN LA ENTRAÑA DEL SACRIFICIO DE CRISTO
Para vivir con tal audacia necesitamos saborear la sabiduría celeste escondida en la entraña del sacrificio de Cristo, y que desmenuza el texto de las bienaventuranzas. Esta carta magna del cristianismo nos introduce en la paradoja de Cristo, el Bienaventurado por excelencia, que ha pasado por todas las pruebas del amor, para revelarnos los secretos del Reino de los cielos. El es, en la Eucaristía, el pobre, afligido y paciente; la víctima misericordiosa, pura, e injustamente sacrificada. En la cruz, pasó hambre y sed de justicia y santidad. Por este camino, que le sentó a la derecha del Padre, nos abrió la inteligencia de la sabiduría celeste, la que, como El, desciende de lo alto. Sólo por el camino de esta sabiduría, que para el mundo es necedad, podemos abrigar la esperanza de amar y servir a los hombres como Él. Sólo esta sabiduría nos dará su audacia.
La vida espiritual de muchos cristianos, atraviesa, según Juan Pablo II, “un momento de incertidumbre que afecta no sólo a la vida moral, sino incluso a la oración y a la misma rectitud teologal de la fe”. Esta incertidumbre refleja, en realidad, la duda sobre el ser de Cristo, sobre su condición de único Redentor del hombre, sobre su origen celeste. Es una duda semejante a la de aquellos primeros discípulos que, en el discurso del Pan de vida en Cafarnaúm, se echaron atrás ante la autorevelación de Cristo que hacía patente el escándalo de la cruz. En realidad, la crisis de fe es una crisis acerca de la verdad, de la sabiduría revelada. Por eso, ante la duda de sus contemporáneos, Pedro – siempre Pedro – formula la definitiva cuestión cristológica: Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.
¿A DÓNDE IREMOS?
¿A dónde iremos? ¿A dónde irá el mundo si se queda sin Dios y sin Cristo? ¿Hacia dónde dirigirá sus pasos ese hombre del que habla Isaías si nadie le muestra el camino de la alianza eterna que Dios le ofrece? ¿Qué sería de la Iglesia si dejara de mirar a Cristo, de escuchar su Palabra y de participar en su banquete? Una tremenda desolación y llanto afligiría al hombre si por un momento despuntara en el horizonte la posibilidad de perder la alianza que Dios ha pactado con su pueblo. De aquí nace la responsabilidad de la Iglesia, de cada cristiano, de vivir de esa alianza para que otros entren en ella y pasen a ser miembros de la estirpe del Señor. Por eso, necesitamos pedir y recibir la sabiduría de Cristo para no dudar nunca de su verdad ni de la salvación que ofrece. Necesitamos ser transformados por esa sabiduría, la única que puede a sostener día a día nuestra propia ofrenda en favor de los hombres. En verdad necesitamos sentarnos en la mesa de Cristo, mesa de la Palabra y del Sacrificio, donde Él sostiene a la Iglesia con la ofrenda de sí mismo. Es en esa mesa donde el Señor nos revela los secretos del Reino de Dios y nos hace concorpóreos y consanguíneos suyos dándonos la capacidad de entregar nuestra vida, eucarísticamente, con la misma audacia de su amor.
Participemos ahora de la eucaristía, agradeciendo al Señor, esta alianza que levanta al hombre y al mundo de su postración en el pecado y en la muerte. Alabemos el amor de Cristo y anunciemos su muerte salvadora. Y supliquemos que “aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestros propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir crucificados para el mundo … y, llenos de caridad, muertos para el pecado, vivamos para Dios”.
Que Santa María, Madre del Verbo encarnado, nos ayude a alcanzar y gustar esta sabiduría que ella recibió como luz para su fe y fruto de sus entrañas.

Amén.