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El Cardenal
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Homilía en la Eucaristía de corpore insepulto por el Excmo. Sr. D. José Francisco Querol Lombardero y D. Armando Medina Sánchez

Tribunal Supremo, 31-X-2000; 10’00 h.

(Rom 14, 7-9. 10c-12; Sal 24; Jn 14, 1-6)

Mis muy queridos familiares de D. José Francisco QUEROL LOMBARDERO y D. Armando MEDINA SÁNCHEZ:

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Queridos amigos:

De nuevo un coche-boma de ETA en Madrid ha estallado al paso del automóvil de un Magistrado del Tribunal Supremo, el Excmo. Sr. D. José Francisco QUEROL LOMBARDERO, General Togado del Cuerpo Jurídico Militar de la Defensa, en la reserva, asesinándole a él; a su conductor oficial, D. Armando MEDINA SÁNCHEZ; y a su escolta, el policía nacional D. Jesús ESCUDERO GARCÍA. El atentado produce además sesenta y seis heridos. Doce de ellos, graves. Sangre, desolación, indignación a flor de labios, y dolor: muchísimo dolor, que aquí, delante de los cuerpos presentes de nuestros dos hermanos sacrificados por el odio y la vesanía terrorista, y, en este momento, de la celebración de la Eucaristía nos anegaría el alma, llenándola de preguntas y reproches sin respuesta satisfactoria alguna si no levantásemos con fe y esperanza la mirada del corazón a la Cruz de Cristo.
Con respeto y afecto tembloroso quisiéramos acercarnos a sus esposas y a sus hijos, a sus familias, a sus compañeros y amigos, para compartir esas palabras de sobrehumano consuelo que nos vienen de San Pablo, el apóstol apasionado de Cristo: “si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor”. Sí, ellos son del Señor. Un servidor de la Justicia a lo largo de una dilatada vida de servicio íntegro y fiel a lo que es el valor fundamental para el bien común de un pueblo y la razón primera de ser de una patria y de cualquiera comunidad política: la del derecho enraizado en la dignidad inviolable de la persona humana. Y un sencillo y probado servidor de la administración pública que desde la rectitud de un trabajo serio y responsablemente asumido tanto ha contribuido al bien público.
Sí, en su muerte son del Señor. Y si Jesús, sentado en el Monte de los Olivos -como nos refiere San Mateo en su Evangelio- les dice a sus discípulos que cuando el Hijo del hombre venga en su gloria a juzgar a las naciones llamará benditos a los que lo vean en sus hermanos necesitados de alimento, de vestido, de salud etc., cuánto más llamará benditos a los que vean en las víctimas del terrorismo y en sus familiares a Él mismo. ¡Y cómo no aplicarnos a nosotros sus palabras finales: “Os aseguro que cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”! (Mt 25, 45-46).
Que la participación actuosa en el Sacrificio Eucarístico sea muestra verdadera de que estamos con nuestros hermanos asesinados, suplicando al Señor que los haya acogido en su seno, que su sangre no sea baldía. “Para esto murió y resucitó Cristo”. Para que el amor sea más fuerte que el odio y que la muerte. Sea muestra, de que estamos también con sus familiares ahora, cuando duele todo -el alma y el cuerpo-, y siempre, cuando el paso del tiempo, sin el ser querido al lado, nos amenaza con la tristeza y la desesperanza. Es legítimo preguntarse si los creyentes y, en general, los ciudadanos y la sociedad española hemos sabido estar siempre al lado de las víctimas del terrorismo con aquella perseverancia y proximidad realista y generosa que demanda la conciencia a cualquier hombre de bien y, no digamos, a un cristiano. Porque no hay ninguna idea, ningún programa o teoría política que valga una sola vida de una víctima del terrorismo. Nuestra respuesta no será sincera si no la traducimos en un cambio de conducta personal y colectivo; si no la extendemos decididamente y aplicamos a los que sienten día a día la amenaza del terrorismo; si no acabamos de caer en la cuenta a través de un proceso de verdadera conversión moral y espiritual que es precisa la colaboración de todos para conseguir la erradicación del terrorismo. Por aquí pasa hoy para los cristianos en España el primer camino de la prueba del amor. Y para los que no lo son, o no se sienten como tales, el camino insustituible de la más elemental justicia y solidaridad.
No perdamos ni el ánimo, ni la esperanza. Mis queridos hermanos, mis muy queridos familiares y amigos de D. José Francisco y de D. Armando no os dejéis quitar ni la paz del alma, ajena al odio y a la venganza, ni la serenidad de los que saben por la fe que en la Casa del Padre, como nos recuerda Jesús, “hay muchas estancias” y de que Él ha dicho: “cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros”.
Que la Virgen, la Madre de Jesús y Madre nuestra, os consuele como a hijos queridos. Que nos consuele a todos con la certeza de que el triunfo del amor de Dios es irreversible. Que convierta los corazones de los jóvenes terroristas, que cambie la conciencia de los que les adoctrinan, dirigen y encubren. En ella ha visto la Iglesia “la omnipotencia suplicante”. Nuestra plegaria la ponemos en sus manos. Pidámosle que, con amor de madre, cuide de los heridos y vele por su pronto y feliz restablecimiento. De modo que experimentemos una vez más que su ternura y su misericordia reflejan para siempre la ternura y la misericordia de Dios.

Amén.