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El Cardenal
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Carta Pastoral en el Día Nacional del Apostolado Seglar y de la Acción Católica

“Cristianos laicos, Iglesia en el mundo”

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Así lleva invocando la Iglesia al Espíritu Santo desde hace muchos siglos, y así lo seguimos haciendo los cristianos del tercer milenio, con la conciencia de que sin el don del Espíritu es imposible asumir los retos y las tareas que el mundo de hoy nos exige.

Este primer domingo del mes de junio es la fiesta de Pentecostés con la que concluimos la Pascua de Resurrección. La venida del Espíritu sobre los apóstoles es la coronación del triunfo de Cristo sobre la muerte y sobre el pecado. Él obró maravillas en el corazón de los apóstoles, que dejaron los miedos para entregarse a la labor encomendada por el Señor, y también obró maravillas en aquellos que observaban y oían el testimonio de los discípulos. Maravillas que pedimos al Señor repita en este momento de la historia: “no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica” (Oración colecta del día de Pentecostés).

Este año con el que hemos comenzado un siglo y un milenio nuevos de la era cristiana, tiene que ser un momento de gran entusiasmo por continuar la labor que comenzaron aquellos que mientras rezaban con María, la madre del Señor, se llenaron de la fuerza del Espíritu Santo (cf. Hech 2, 1 ss). Dos mil años de santidad y de evangelización en el mundo nos hacen redescubrir la importancia de nuestra fidelidad y de la urgencia de tomar el relevo en el mismo compromiso.

Este es el mensaje que todos hemos recibido del Santo Padre en su última carta apostólica Novo Millennio Ineunte. Tras la acción de gracias al Padre por todos los beneficios que ha obrado en el hombre y en la Iglesia durante su larga historia, y más en concreto en el año jubilar, el Papa nos invita a tomamos cada día más en serio el empeño personal por buscar la santidad y encontramos con el rostro amable de Cristo. La lectura atenta y llena de fe de este precioso documento, nos ayuda a todos, pastores y seglares, a entender mejor el camino que tenemos que recorrer juntos en este nuevo momento de la historia. Como recordé al comienzo de mi labor apostólica en nuestra Diócesis de Madrid: “Permanezcamos sencilla y fielmente, en nuestra Archidiócesis de Madrid, en esta tradición siempre viva y siempre nueva de la vida cristiana -de la vida humana renovada por la gracia pascual del bautismo-; permanezcamos en la comunión de la Iglesia, guardando viva y operante la memoria de las grandes obras de Dios con nosotros., con nuestras vidas, con nuestra ciudad y con nuestro pueblo. El ‘olvido de Dios’, que algunos han querido alabar como la característica del hombre adulto pero que, en realidad, es ofuscación de la razón y señal de la presencia del pecado en el mundo (cf. Rom 1, 21), sólo puede ser superado por el testimonio vivo de que Cristo ha resucitado, y ha vivificado nuestra humanidad con el poder de su amor. Ese testimonio es el que hemos de dar toda la Iglesia diocesana, con obras y palabras” (1).

La celebración del día de Pentecostés nos propone, un año más, la consideración del apostolado de los seglares, verdadera misión de quienes han recibido de Dios la vocación a buscar la santidad en la transformación del mundo en el que el Señor ha querido que vivamos. Su Santidad Juan Pablo Il en la citada carta apostólica nos insta a “descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos, llamados como tales a ‘buscar el reino de Dios ocupándose de las realidad es temporales y ordenándolas según Dios’ (LG 11) y a llevar a cabo ‘en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde con su empeño por evangelizar y santificar a los hombres’ (AA 2)” (2).

La Comisión Episcopal de Apostolado Seglar ha elegido como lema para la celebración de este día ‘Cristianos laicos, Iglesia en el mundo’. Lema que ya se utilizó hace unos cuantos años y que dio título a un documento preparado por la Conferencia Episcopal Española el año 1991 y que expresa muy claramente el sentido de la vocación cristiana para aquellos que han recibido el encargo de manifestar el rostro de Cristo en las actividades y trabajos humanos.

Los seglares no son aquellos que por no haber recibido la vocación a consagrarse a Dios se tienen que ‘conformar’ con buscar la santidad en el mundo. El laico cristiano se sabe poseedor de una verdadera vocación, una verdadera llamada de Dios a vivir su entrega y su ser de Dios haciéndole presente en donde los hombres y mujeres viven, trabajan y desarrollan los talentos que Dios les ha dado. El seglar, como quien se ha consagrado a Cristo o ha recibido el don del sacerdocio ministerial, es Iglesia. No sólo la mantiene y recibe de ella la vida sobrenatural por la gracia de los sacramentos. Él es parte fundamental de esa Iglesia y siente la responsabilidad de sacarla adelante; de hacer que se desarrolle y crezca; de hacerla presente en la sociedad; de mostrar a sus coetáneos que la Iglesia “es como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (3).

La celebración de Pentecostés, en que la Iglesia en España celebra el Día Nacional del Apostolado Seglar y de la Acción Católica, nos debe recordar a todos que los seglares están llamados a una verdadera santidad, que consiste en vivir plenamente la unidad de vida: “este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos ‘genios’ de la santidad . Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este ‘alto grado’ de la vida cristiana ordinaria” (4) . El seglar no aspira a una santidad de segundo grado, o a una vida interior de segunda categoría. Es también portador de la gracia divina, y en sus obras manifiesta las grandezas de Dios. El Bautismo le ha identificado con el Maestro y le ha dado la dignidad de hijo de Dios, por ello, nos dice el Papa, “se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida ( … ), estos no sólo serían cristianos mediocres, sino cristianos ‘con riesgo” (5) (N MI 3 4).

La misión de la Iglesia está también sobre los hombros de los seglares. No es una tarea exclusiva de quienes tienen una vocación específica. La evangelización de nuestra sociedad, la transformación del mundo laboral, legislativo, cultural, deportivo … es la ocupación propia de los seglares. Con la ayuda del Espíritu Santo los cristianos laicos hacen presente a Cristo en todas las ocupaciones nobles en las que los hombres trabajan. La vocación cristiana, por la recepción de los sacramentos del bautismo y de la confirmación, es vocación al apostolado (cf. AA 2). Por todo esto, el texto que la Conferencia Episcopal Española tituló Cristianos laicos, Iglesia en el mundo termina con esta rotunda afirmación: “La nueva evangelización se hará, sobre todo, por los laicos o no se hará” (6).

Me gustaría aún llamar la atención de todos sobre otra de las afirmaciones que Juan Pablo 11 hace en la Novo Millennio Ineunte: “tiene gran importancia para la comunión el deber de promover las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu” (7). Es fundamental para la articulación de la pastoral y para un testimonio de vida congruente promover entre los fieles las asociaciones apostólicas que les ayudan a vivir la fe y a asumir un compromiso apostólico serio y estable.

Ciertamente no es necesario para encontrarse con Cristo la pertenencia a ningún movimiento o asociación, pero no se puede negar, y la experiencia lo demuestra claramente, que los seglares se ven muchas veces desprotegidos y sin capacidad de iniciativa evangélica. Estas asociaciones aseguran en cierto modo la formación de sus miembros, el acompañamiento en sus compromisos apostólicos y el apoyo espiritual y moral que necesitan los seglares que gastan su vida dándose a los demás en los más diversos ámbitos de la vida.

Entre las asociaciones tradicionales no puedo dejar de nombrar la que tanto el Santo Padre en su exhortación apostólica Christifideles Laicis (8) como el documento ya mencionado Cristianos laicos, Iglesia en el mundo (9) de la Conferencia Episcopal Española, mencionan de modo expreso. Se trata de la Acción Católica. Hace poco tiempo tuve la suerte de acompañar a muchos de sus militantes en la beatificación de un grupo considerable de mártires de esta asociación que se celebró en Roma. Su entrega, disponibilidad y amor a la Iglesia y a Dios les llevó a entregar su vida como testimonio de su fe. Hoy, en muchas parroquias de nuestra Archidiócesis, los militantes de Acción Católica están promoviendo, con verdadero espíritu de entrega y de amor a la Iglesia, la comunión de los diferentes agentes de pastoral, y luchan por llevar en silencio pero con disponibilidad, el Evangelio a todos los hombres. Animo a los sacerdotes a acoger este don del Espíritu Santo para su Iglesia que es la Acción Católica. Es una forma concreta de promover un apostolado asociado tan diocesano.

Al tiempo que aliento y bendigo a cuantos entregan sus vidas al servicio de la Iglesia en plena comunión con sus pastores, pongo a los pies de nuestra Señora de la Almudena todas estas asociaciones, sus empresas e inquietudes, a la vez que animo a todos sus miembros a asumir con espíritu de responsabilidad los retos que el mundo y la Iglesia a través de sus pastores nos están proponiendo. Con la ayuda y la protección de nuestra Señora el Apostolado Seglar seguirá dando muchos frutos de santidad y de evangelización.

Os bendigo de corazón,

LEYENDA

1. Evangelizar en la comunión de la Iglesia 22.
2. NMI 46.
3. LG 1.
4. NMI 31.
5. NMI 34.
6. CLIM 148.
7. NMI 46.
8. ChL 31.
9. CLIM 95.