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El Cardenal
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Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Explanada de la Catedral de La Almudena, 17.VI.2001; 11’00 horas

(Gen 14,18-20; Sal 109,1.2.3.4; 2 Cor 11,23-26; Lc 9,11b-17)

Mis queridos hermanos y amigos:

La Eucaristía: signo supremo del “amor más grande”

La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo es siempre la celebración del Sacramento, fuente y culmen de la vida cristiana, y, por ello, también cada año, memorial actualizado del Misterio del Dios que se nos ha revelado en lo más íntimo de su ser divino, es decir, como el Dios que es Amor (cfr. 1 Jn 4,8), y que se nos ha dado, entregando al Hijo hasta la muerte y una muerte de Cruz, aceptando para siempre su oblación sacerdotal a favor de los hombres y enviando después de su Resurrección y Ascensión al Cielo el Espíritu Santo. ¡No se podría pensar una prueba mayor, ni más sublime y radical de amor!
Por ello la Eucaristía es verdaderamente el signo supremo del “amor más grande” que celebramos y veneramos todos los Corpus Christi de todos los años litúrgicos. Lo que alabamos y proclamamos con toda la emoción del alma, atraída y conmovida por tanto amor, especialmente en España, cuando cantamos “al Amor de los Amores”, parece de una especial actualidad en el Corpus del Año 2001 que nos abre a un nuevo e inédito capítulo de la historia de una humanidad que pide amor, que desfallece y enferma por carencia de amor: de amor practicado y vivido en las circunstancias más diarias de la existencia y en los grandes escenarios donde se labra el destino de los pueblos y se decide y elabora la suerte de la sociedad.
Los excluidos
De excluidos nos habla el lema escogido por CARITAS ESPAÑOLA para este día nacional de Caridad. Efectivamente son muchos los excluidos y lo son no sin nuestra culpa. Conviene recordar lo que denunciaba Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte” al comienzo del presente año: “nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana ¿Cómo es posible -pregunta el Santo Padre- que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quien está condenado al analfabetismo; quien carece de la asistencia médica más elemental; quien no tiene techo donde cobijarse?” (NMI 50). El Papa está apuntando directamente a la situación de una gran parte de la familia humana, de “una humanidad excluida” en gran medida por los comportamientos y actitudes de los países ricos, incluida España, fácilmente inclinados a pasar de largo, a mirar para el otro lado de ese paisaje de dolor y miseria creciente que afecta a continentes enteros como el africano.
Pero también excluimos “en casa”, en nuestra propia ciudad y comunidad diocesana. Desde los niños no deseados, a los que no se les da la oportunidad de nacer, hasta los abandonados y maltratados por su familia, su entorno y la propia sociedad; desde los adultos discapacitados -que se les considera como una carga cada vez más incómoda e insoportable- hasta los enfermos terminales y los ancianos abandonados; desde los parados endémicos hasta los inmigrantes que supuestamente compiten y molestan. ¿Y qué decir de los que excluimos de nuestra amistad y de nuestro afecto sin exceptuar el ámbito de la propia familia? ¿Y quién se ocupa de los tristes y heridos en su corazón por la desgracia y por el pecado? ¿Nos importa verdaderamente la conversión de los pecadores?
Y a nosotros, los cristianos de este siglo XXI, a los hijos de la Iglesia, nos ha sido dado también conocer EL AMOR… la fuente de donde mana y corre:
“Aquesta eterna fonte esta escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche”
La fuente que tan bellamente señalaba San Juan de la Cruz.
Sí, los cristianos somos beneficiarios excepcionales de ese Amor inaudito de Dios para con el hombre: ¡Amor Eucarístico! Y, por consiguiente, sus principales deudores: deudores de amor a Jesucristo Sacramentado, deudores de amor a los hombres, nuestros hermanos, a nuestros contemporáneos: al hombre doliente y excluido de esta época que tanto habla del hombre y tanto menosprecia a la persona humana.
Hemos conocido el Amor
Nosotros somos los receptores y destinatarios directos en la actualidad de aquella “tradición” que había recibido San Pablo, procedente del Señor, y que transmitía a los corintios: la del pan y la del vino transformados substancialmente en su Cuerpo y en su Sangre para que lo comamos y bebamos hasta que Él vuelva, proclamando su muerte y renovando la nueva alianza sellada con su sangre. Nosotros somos los conocedores y partícipes de este gran sacramento del Sacrificio y del Banquete del Cuerpo y de la Sangre de Cristo y de sus frutos de redención, misericordia y salvación. Sabemos muy bien que se han ofrecido en el Calvario por todos los hombres de todos los tiempos, que se pueden multiplicar sin límites, que son el alimento y la bebida por excelencia de la salud del hombre -del alma y del cuerpo-, inagotables en sí mismos y sus efectos. El milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que hoy hemos proclamado en el Evangelio de San Lucas, se hace realidad permanentemente en el altar y mesa eucarísticas. La bendición de Melquisedec -aquel Rey de Salèn, sin genealogía propia pero sacerdote del Dios altísimo- con la ofrenda del pan y del vino sobre Abraham, el padre de los creyentes y el llamado a encontrar y seguir los caminos de la paz de Dios, se cumple con creces en la adoración y en la comunión eucarísticas.
Debemos Amor
Si hemos “conocido el amor” en el sentido más pleno y saboreador de una existencia transformada por la gracia de Jesucristo y el don del Espíritu Santo, debemos corresponder con amor. Primero el del que, arrepentido de sus pecados y debilidades por la práctica penitencial y perdonado en el sacramento de la reconciliación, vive la participación en la celebración de la Eucaristía adhiriéndose interiormente a la oblación de Cristo al Padre y creciendo en el amor de su Corazón con la ofrenda diaria de la propia vida con todas sus cruces y alegrías. Y, luego, el de la compañía adoradora y contemplativa del Sagrario tantas veces olvidado, si no abandonado. Aún fue ayer cuando el Santo Padre declaraba Beato en la Plaza de San Pedro a un excepcional Obispo español del siglo XX, Don Manuel González, Obispo de Málaga y Palencia, conocido como el apóstol de “los Sagrarios abandonados”.
Cuando se paga bien la deuda eucarística de amor con Jesucristo, el que dio la vida por sus amigos -nosotros somos sus amigos- entonces se salda sin recortes egoístas y mezquinos la deuda de amor con los hermanos, especialmente los más necesitados de cada hora de la historia. Estos son hoy “los excluidos” de los bienes más elementales de la vida material y los alejados de los valores más preciosos e íntimos de la vida humana, moral y espiritual. Los que nos están pidiendo a gritos que pongamos en movimiento lo que Juan Pablo II ha llamado “una nueva imaginación de la caridad que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno”; en una palabra, una caridad creativa que se traduzca en “la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano” (Cfr. NMI 50 y 49).
Testigos del amor
De ese Amor que recibimos como un don inmerecido, y de ese Amor que debemos como una deuda de una justicia superior, queremos hacernos hoy testigos públicos con esta Eucaristía solemnísima y con la procesión por las calles del Madrid más señero centro y capital de España. Mostrando a Jesucristo Sacramentado, cantando su alabanza y la acción de gracias por su Nombre, el único que nos salva, suplicándole la gracia definitiva de su paz para los corazones de cada persona y para la ciudad y la patria, queremos ofrecernos también nosotros como testigos e instrumentos verdaderos y activos de su amor que no excluye a nadie, sino que incluye a todos los que no lo rechazan. Nos proponemos y queremos proclamar a todos nuestros conciudadanos y a toda la sociedad: hay amor, es posible el amor, el auténtico, el que se da gratuitamente, el que ofrece la vida. Es más, el Amor, aunque velado bajo las especies de pan y de vino, presente y operante en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, es la realidad más consistente y más fuerte en medio de la historia. Este amor eucarístico, EL AMOR, triunfará.
¡Que María, la de La Almudena, la Madre del Amor Hermoso, interceda por nosotros, nos anime y sostenga en los caminos del testimonio del Amor de Jesucristo, su Hijo, Nuestro Señor y Salvador!
Amén.