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Homilía en la Eucaristía del Bautizo del nieto de S. M. el Rey, D. Miguel de Todos los Santos Urdangarín y de Borbón

Capilla del Palacio de la Zarzuela 23.VI.2002; 12’00 horas

Ez 36,24-28; 1 Cor 12, 12-30; Jn 7,37b-39

Majestades
Altezas
Excelentísimos Señores y Señoras
Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El milagro de la vida que se manifiesta en el nacimiento de cada niño, de forma que supera radicalmente cualquier otra expresión de la vida que podemos observar en el universo, adquiere el día de su bautismo toda la belleza y gozo a la que está llamado el hombre desde el momento de su concepción. Esa vida, que es fruto del amor -del amor creador de Dios y del procreador de sus padres-, adquiere por el agua del bautismo y por el Espíritu Santo, que se recibe en él, aquella recreación que viene de Jesucristo, de su amor redentor, y que la capacita para la victoria sobre el pecado y sobre la muerte, a fin de alcanzar la plenitud de la vida propia de los hijos adoptivos de Dios.

Con este trasfondo de la verdad del acontecimiento que celebramos ¿cómo no vamos a compartir la alegría clara y radiante de los padres de Miguel de Todos los Santos y de sus dos hermanitos en este día del bautizo del nuevo hijo y hermano, en el que lo acogen como un renovado y maravilloso regalo de Dios? Se alegran jubilosamente sus egregios abuelos, los Reyes de España, toda la Real Familia, sus abuelos y familia paterna, y todos los innumerables amigos que les quieren y aprecian. Y no en último lugar los españoles que ven en la Corona y Casa Real de España aquel símbolo de la unidad y permanencia de una historia más que milenaria, viva y fecunda a través de los siglos, y a la que consideran irrenunciablemente suya. Somos incontables los que hoy nos sentimos felices con los Reyes y sus hijos.

En el bautismo de este niño, Miguel de Todos los Santos, se hace realidad de nuevo el cumplimiento de aquella palabra del Señor que transmitía el Profeta Ezequiel como una promesa cierta, adivinada en la lontananza de la historia humana, seguro de la fiabilidad infinita de Dios: “Derramará sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” (Ez 36,25-26). Realidad que se hace posible por Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por su obra y por su gracia, que a través del ministerio de la Iglesia llega hoy en el sacramento del Bautismo hasta él.

En los campos de la historia, incluso en la del pueblo elegido de Israel cuando hablaba el profeta, los surcos de la humanidad -los corazones humanos- seguían secos y amenazados de muerte: de la del alma y la del cuerpo, sin mucha esperanza; y, en el caso de Israel, sin una clara y decidida actitud de apertura a Yahvé: el Dios verdadero, el que había establecido con ellos una singular Alianza; sin un fiel reconocimiento de su Ley. El hombre tenía sed de verdadera vida cuando llega el tiempo de la Encarnación del Hijo de Dios en el seno purísimo de María, cuando irrumpe el tiempo de JESÚS. La escena, que nos relata el Evangelio de San Juan, en la que Jesús aparece puesto en pie, gritando, “el que tenga sed que venga a mí; el que cree en mí beba”, revelaba con un vigor profético desconocido que el viejo tiempo del subyugamiento por las fuerzas del pecado y de la muerte había concluido y que se iniciaba el nuevo tiempo, el definitivo, el del agua viva y del Espíritu. De “sus entrañas manarán torrentes de agua viva”. San Juan comenta con esta cita veterotestamentaria las palabras de Jesús añadiendo: “Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él” (cfr. Jn 7,38-39).

Los progenitores de Miguel, con su amor paterno, transido de esperanza e iluminado por la fe, han traído a su hijo hoy hasta “las entrañas de Cristo”, al Sacramento del bautismo, para que reciba “su agua”, el Espíritu Santo que lo engendrará a la Nueva Vida. Están acompañados por los que han elegido como padrinos del niño, por sus familiares y amigos, que les rodean con su cariño, participan de su esperanza y los apoyan en la profesión de su fe. Lo han colocado en el seno de la Madre Iglesia, “nacida -según la feliz expresión de sus primeros maestros de la Fe, los conocidos Padres de la Iglesia- del costado abierto de Cristo, del que salió sangre y agua”. En la fe de esta Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, y profesándola padres y padrinos con todos los presentes en su rica plenitud, recibirá Miguel de Todos los Santos el agua del Bautismo, que es sacramento de Cristo, Esposo divino de la Iglesia. Desde ese momento Miguel beberá de ese “sólo Espíritu”, del que hablaba San Pablo a los Corintios, y que hace de la Iglesia “un solo cuerpo” y de él, uno de sus miembros.

El día del bautismo de un niño es ocasión única para la gozosa acción de gracias al Señor, para la fiesta y la alegría, y, a la vez, para la mirada responsable hacia el futuro. El DON de la gracia divina, gratuita e inefable,  transforma al bautizado, pero a manera de semilla que ha de ser cultivada con el cuidadoso primor del amor de su madre y de su padre, dentro de la delicada e insustituible experiencia de la relación con sus hermanos, vivida como amor fraterno; semilla que ha de crecer y madurar a través de todo un proceso de educación humana y cristiana, en el que no han de faltar ni el sostén de los abuelos, ni la compañía de los padrinos, ni el aliento de toda la familia.

¡Cuánto necesitan los padres cristianos -quizá hoy con más urgencia que en otras épocas-, de la oración de toda la Iglesia en el camino, tantas veces arduo y complejo, de la educación de sus hijos y de la edificación de la  familia como una comunidad de fe, de amor y de vocación para la verdadera vida! Desde ahora mismo se la queremos ofrecer con todo nuestro afecto a la Infanta Dña. Cristina y a su esposo, uniéndolos a nuestra plegaria Eucarística con una especial intención; y confiando el niño, y sus hermanitos, junto con toda la Real Familia, a la protección maternal de MARÍA, la Madre de Cristo y de la Iglesia. ¡María! a la que los españoles desde todos los rincones del suelo patrio veneran bajo variadísimas y bellísimas advocaciones como la MADRE de todos: la Madre común de España. Juan Pablo II en las palabras de despedida, pronunciadas en el Aeropuerto de Labacolla en aquella memorable jornada de Santiago de Compostela del 9 de noviembre de 1982, el último día de su primera e inolvidable visita pastoral a nuestra patria, finalizado el acto europeísta en la Catedral del Apóstol en presencia de sus Majestades los Reyes, D. Juan Carlos y Dña. Sofía, nos lo confirmaba con aquel emocionante adiós; “¡Hasta siempre, España! ¡Hasta siempre, tierra de María!”.

En esta “tierra de María”, nosotros sus hijos, queremos hoy pedir especialmente por España, por sus pueblos y por sus Reyes, por la Real Familia, y, de modo especialmente cercano e intenso, por Miguel de Todos los Santos, sus padres y hermanos.

Con la fuerza de la oración y el compromiso generoso de los mejores hijos de España con ese bien supremo del respeto incondicional del derecho a la vida y a la libertad será posible ahuyentar para siempre esa sombra siniestra del terrorismo de ETA, vencida por la luz inextinguible de la paz de Cristo.

¡Que María nos ayude para que, “fortalecidos por el Espíritu de la adopción filial, caminemos siempre en novedad de vida”!

Amén.