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Homilía en la Vigilia de la Inmaculada

La Vigilia de la Inmaculada:

una vigilia mariana de las familias de Madrid

Catedral de La Almudena, 7.XII.2002, 21:00 horas

Lecturas de la Misa de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La tradicional Vigilia con la que la Archidiócesis de Madrid se prepara para celebrar la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María se ha ido transformando insensiblemente los últimos años en esta su Catedral de La Almudena en una Vigilia de las familias madrileñas. Y es bueno así. Puesto que a la luz de esa gracia original, plena y desbordante, con la que fue adornada María desde el momento de su concepción, en previsión de la muerte de su Hijo, se descubre la importancia de su maternidad divina no sólo para la constitución de la Iglesia como “sacramento de la Salvación”, sino también para comprender el papel imprescindible de la familia cristiana en la transmisión de la vida nueva: la que el hombre espera, ansía y necesita para salvarse.

Con un nuevo y bellísimo título han querido honrar Pablo VI y Juan Pablo II a la Santísima Virgen María: el de “Estrella de la Evangelización”. No se podía acertar mejor con una expresión, teológica y poética a la vez, que captase tan penetrantemente el significado de la elección de María, la joven doncella y virgen de Nazareth, como Madre de Dios y, sobre todo, de su Concepción Inmaculada, en orden a la salvación del hombre, que ésta escogida con tanto primor por esos dos Papas del Concilio Vaticano II, los que lo realizaron y aplicaron después del impulso inicial del Beato Juan XXIII. Y tampoco pueden encontrar las familias una mejor explicación de su vocación y de sus responsabilidades humanas y cristianas, que sabiéndose unidas íntimamente a María en la imprescindible tarea -hoy más urgente que nunca- de anunciar y testimoniar al mundo el Evangelio de la Vida: el que se ha hecho carne en su seno, el que sale al encuentro del hombre año a año y época a época como lo nuevo por excelencia: el Evangelio de JESUCRISTO NUESTRO SEÑOR.

La Inmaculada: luz en las encrucijadas de nuestro tiempo

También Jesús, el Salvador, nos sale al encuentro en la encrucijada de nuestros caminos al alborear el nuevo año 2003, precedido por la figura purísima de su Madre que nos lo ofrece como el “CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA”, en el cual hemos sido bendecidos “con toda clase de bienes espirituales y celestiales”, “para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor”, a lo que “estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad” los hijos de los hombres (cfr. Ef 1,3-4, 12). La Fiesta de la Inmaculada Concepción se nos presenta siempre como una renovada oportunidad para acertar en la orientación de la vida y en el discernimiento de sus verdaderos caminos, siempre tan intrincados y espesos por la tenaz y persistente acción de los sembradores de oscuridades, de confusión y de pecado. ¡Aprovechemos hoy en esta Vigilia que le dedicamos la luz sobrenatural que se desprende de ella, la Purísima Virgen María: su luz de Estrella de la Evangelización! La que brilla especialmente clara y neta al proyectarse sobre dos aspectos de la realidad social y cultural que caracterizan actualmente la problemática y la suerte de nuestras familias en relación con su vocación inalienable e irrenunciable de ser fuentes de la vida y hogares del amor. Me refiero a la constante progresión de la atmósfera abortista y la creciente relativización ética de la función y valor insustituible y único de la familia nacida del matrimonio uno e indisoluble para el bien último de la persona y para la subsistencia misma de la sociedad.

El agravamiento del clima abortista

Van a cumplirse pronto, en el próximo febrero, cinco años de la Carta Pastoral que publicábamos los Obispos de la Provincia Eclesiástica madrileña, y que hemos titulado: “El aborto en Madrid. Un reto a la conciencia cristiana y ciudadana”. La situación que allí se describía no sólo no ha mejorado hasta el presente, sino que se ha agravado con cifras, que se disparan al contabilizar el número o promedio actual de nuevos abortos, y con la normalización de los métodos más brutalmente inhumanos empleados en su realización. A comienzos del año 1998 disponíamos de una sólida información que nos permitía hablar de la práctica de más de treinta abortos diarios -es decir, más de 10.395 al año-, en nuestra Comunidad Autónoma. Hoy, el uso legalizado de la llamada píldora abortiva (RU-486 o Mitepristone), distribuida sin demasiados escrúpulos, junto con otros factores, han elevado esos números más y más. Los nuevos datos sobre los abortos practicados en preadolescentes -verdaderas niñas-, a veces forzadas a ello por sus propios familiares y amigos, los modos de practicarlos en fetos de avanzado estado de gestación, y sobre todo la ineficacia de la acción de las autoridades para hacer cumplir las ya de por sí permisivas e inaceptables normativas vigentes, completan ese dramático panorama de la cultura de la muerte en el que se ve envuelta la familia actualmente entre nosotros.

No, no podemos seguir mirando para el otro lado y tranquilizando falsamente nuestras conciencias como si se pudiese construir futuro de vida, esperanza y solidaridad para la sociedad y para sus nuevas generaciones a costa de eliminar la vida de sus hijos en su propia fuente: el seno de su madre. El Señor que viene en un nuevo Adviento, al que nos señala la Purísima Concepción con su amor purísimo de Madre de quien es el Verbo de la Vida, nos impulsa y nos reclama para un decidido compromiso con el don de la Vida, sin limitaciones, reservas y restricción alguna, dispuestos a desenmascarar y a superar los modelos que nuestro egoísmo ha sabido diseñar y pretende mantener a costa de los más indefensos y débiles de la sociedad: los recién concebidos y/o los que adolecen de alguna malformación y enfermedad congénitas. No es compatible con la conciencia cristiana quedarse con los brazos cruzados ante lo que se considera una situación jurídica y cultural, supuestamente irreversible. El contentarse con tal actitud, cómodamente pasiva y pasota, que se da por satisfecha si se mantiene el actual marco legar, equivale a cerrar la puerta a la gracia de la conversión y a cualquier proyecto de renovación social.

Los intentos de normalización de las llamadas “parejas de hecho”

Y va a hacer solamente un año en que se hacía pública nuestra Nota “Ante la ley reguladora de las parejas de hecho”, de 10 de diciembre del año 2001. La norma, entonces en vía de trámite parlamentario, ha sido aprobada ya, lamentable y tristemente. Es verdad que se anuncian medidas legislativas inminentes a favor de la familia de efectos presumiblemente muy beneficiosos para los jóvenes matrimonios y para las familias numerosas, aunque se abriga fundadamente el temor de una nueva insistencia en su equiparación con las llamadas uniones de hecho que, por su radical imposibilidad para ser generadoras de la vida de los hijos y de hogares donde crezcan en el verdadero amor, nunca podrán equipararse con la familia nacida y constituida sobre el fundamento del matrimonio entre el hombre y la mujer, unidos fielmente para siempre. Sólo como fruto del matrimonio uno e indisoluble brota la nueva vida y la experiencia gratuita del amor. El hijo precisa para su desarrollo completo, un desarrollo digno del hombre, del amor del padre y de la madre, no intercambiables en su “roll” -o papel- dentro de la familia y menos sustituibles por otros, o por otras uniones incapaces por su propia naturaleza para engendrar vidas o, por su constitutiva fragilidad y discrecionalidad, sin posibilidad de crear amor incondicional y duradero.

Tampoco es posible en conciencia huir en este caso de la responsabilidad no sólo privada, sino también pública, de dar testimonio de palabra y de obra a favor de la familia en todos los foros sociales donde se cuestiona su razón de ser, tal como ha sido creada y restituida originariamente por Dios, en base al sofisma de su “multiformidad” o, lo que es lo mismo, argumentando con la ilimitada variedad de modelos familiares. Nos jugamos en ello nada más ni nada menos que el amor mismo o, lo que es lo mismo, el marco necesario para que pueda ser conocido, practicado y transmitido como don gratuito del que nace y florece la vida de los nuevos hijos, donde se experimenta la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, o, con otras palabras, el amor creador y redentor de Dios.

Eh aquí dos retos de máxima actualidad para las familias cristianas y para la Iglesia en Madrid, que María, la llena de Gracia, la Purísima Concepción, la Estrella de la Nueva Evangelización, nos hace ver y estimar como una urgencia apostólica de primera magnitud a la que habrá de prestar máxima atención en su Tercer Sínodo Diocesano. Sin evangelización de la familia, no prosperará ningún programa evangelizador. Con Ella, en cambio, con su fiel amor de Madre, podremos afrontar un nuevo futuro para la evangelización de Madrid, sin que nos falte ni la ilusión de la esperanza cristiana ni la seguridad en la victoria de la gracia.

Nuestra plegaria final por las necesidades de todas nuestras familias, especialmente por las que sufren las consecuencias de la catástrofe ecológica en las costas de Galicia

A María Inmaculada queremos encomendar en esta Eucaristía de su Vigilia del año 2002 las familias, todas nuestras familias, las de Madrid y las de España, en especial aquellas que se ven gravemente afectadas por la catástrofe ecológica que sufren sobre todo las costas de Galicia. Por esas familias y por todos los que como voluntarios y/o desde sus puestos como servidores del bien público trabajan en la superación de los daños inmediatos y de las secuelas que pudieran derivarse del hundimiento del petrolero “Prestige”, pedimos y suplicamos a Nuestra Señora, nuestra Madre, invocada desde tiempo inmemorial entre las gentes de aquel litoral, el del “Finisterrae” de España, como la Virgen de la Barca: que les conceda y procure con abundancia, y pronto, ánimo, consuelo y auxilio eficaz para recuperar solidariamente el buen estado de esos mares y costas tan queridos de todos. ¡Que les conceda y procure salud física, humana y espiritual!

AMEN