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Homilía en la Eucaristía del Miércoles de Ceniza

Catedral de La Almudena

5.III.2003, 19:00h.

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

I. La Liturgia del Miércoles de Ceniza, que celebramos solemnemente en esta Catedral de Santa María de La Almudena en comunión con el Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, Pastor de la Iglesia Universal, y con los demás Obispos en todo el orbe católico, vuelve de nuevo a situar a la comunidad eclesial, a todos los hijos de la Iglesia, en el camino de la verdad de Cristo, el Salvador del hombre, y por consiguiente, ante la exigencia previa de reconocer su propia verdad. Quizá una de las raíces más hondas de los problemas y peligros que asedian a la humanidad en esta hora tan delicada de su historia, radica aquí: en la no aceptación por parte nuestra del reconocimiento de nuestra más íntima realidad de ser creaturas de Dios -imagen y semejanza suya-, y de que hemos pecado. Incluso entre los cristianos es difícil encontrar hoy quién se confiese humildemente pecador. Nada más valiente ni digno del hombre que reconocer su verdad: ser humilde. Ya lo decía bellísimamente el poeta castellano, del que se hace eco el Oficio de Lectura de este día:
“Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir;
allí van lo señoríos
derechos a se acabar y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y, llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos”
II. La Iglesia inicia siempre la Cuaresma invitando a sus hijos simultáneamente a “reconocerse polvo” y, a la vez, a convertirse, creyendo en el Evangelio. No es un mensaje, pues, el Cuaresmal, con contenidos sombríos y pesimistas; todo lo contrario, es una propuesta de renovación y de vida: la que se desprende y sigue del acontecimiento nunca pasado, siempre actual e imperecedero, del Misterio de Jesucristo muerto y resucitado por nosotros. La Cuaresma es, por definición, un itinerario de esperanza victoriosa, porque su horizonte y fin vienen constituidos nada menos que por la Pascua del Señor, de Jesús, que vence en la Cruz al pecado y a las fuerzas del mal: las que conducen a la muerte temporal y eterna; resucitando de entre los muertos para sentarse a la derecha del Padre, e interceder para siempre por los hombres, hasta que vuelva en gloria y majestad. Por ello la victoria de la Pascua es una victoria del amor trinitario de Dios: inefable, inabarcable, misericordioso, de ternura infinita. Hasta el punto de que San Pablo puede decirnos: “al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestros pecados, para que, nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios”.
III. Toda la fuerza del Miércoles de Ceniza se cifra, por ello, en un llamamiento a la conversión ¡Convertíos! oímos en el texto paulino de la segunda Carta a los Corintios: vivimos en un “tiempo favorable”, en un “día de salvación”. Las apariencias que caracterizan nuestro acontecer cotidiano, el día a día de la existencia, pueden hablar otro lenguaje -el del desaliento, el del dolor y el fracaso, el del desencuentro con lo más íntimo de uno mismo y su dignidad personal; el de la ofensa y desprecio mutuos, de un hermano para con el otro… etc.-; incluso, más, el discurrir de la historia puede presentarse como ensombrecido por el odio, la explotación y las amenazas contra la paz por la vía del terrorismo y por la fuerza de la lógica de la guerra en tantos escenarios internacionales. Y, sin embargo, es tiempo para el perdón, la misericordia, la conversión y, como su fruto más maduro, la paz. La paz interior de cada persona, la paz entre los pueblos, la paz del mundo.
IV. Esta llamada a la conversión resuena con el vigor indomable de los viejos profetas de Israel, inasequible al desaliento y tenaz ante la cobardía y, aún, ante el rechazo moral y la persecución por parte de su Pueblo. Como una vibrante profecía que viene desde los tiempos de las grandes ruinas históricas del exilio y la dispersión de Israel, a la manera de un grito, en el fondo de una esperanza que alguna vez, en un futuro posible y real, aunque desconocido, se cumpliría. La oímos ahora ya los cristianos y, con nosotros, todos los hombres que quieran oírla, como promesa cumplida en el Evangelio y por el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo: por la gracia que ha derramado en nuestros corazones su Espíritu, el Espíritu Santo. La oportunidad para la esperanza es en esta coyuntura tan dramática de la familia humana, cualitativamente mayor; pero nuestra responsabilidad para labrarla en la realidad de nuestra vida y en el curso de la historia dolorida de nuestro tiempo, insuperablemente mayor.
El Santo Padre nos ha exhortado a vivir este camino de conversión en la Cuaresma de este año, especialmente, este día del Miércoles de Ceniza, “con particular intensidad” dedicados “a la oración y al ayuno por la causa de la paz, especialmente en Oriente Medio”, implorando “la conversión de los corazones y la amplitud de miras en las decisiones justas para resolver con medios adecuados y pacíficos las contiendas que obstaculizan la peregrinación en nuestro tiempo”. Todavía hay espacio para que esa última expresión de la crisis de la paz, en la que está sumida desde hace décadas el Oriente Medio, la crisis de Irak, se pueda resolver sin recurso a la intervención armada, dentro de los límites éticos y jurídicos del derecho internacional. Para la fuerza suplicante de la oración fiel de los que creen en la misericordia de Dios, manifestado en Jesucristo, nada hay imposible, no hay obstáculos insalvables, sobre todo cuando oran con el espíritu de las Bienaventuranzas y se amparan en la omnipotencia suplicante de la Reina de la Paz, María, Virgen Santísima, la Madre del Amor Hermoso y de la Esperanza, de todos los que sufren, de los niños y de los ancianos y de los enfermos, de los amenazados por la violencia terrorista y por la guerra: de todos los pobres de la tierra.
Que en esta Cuaresma, que iniciamos hoy, con el horizonte de la visita del Santo Padre a España en “días pascuales”, trabajemos evangélicamente por la paz, la que nace de la reconciliación de los corazones; por Él, por su Paz, de modo que nos sintamos acogidos por sus palabras: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

Amén.