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Homilía en la Solemnidad de Nuestra Señora de La Almudena

Plaza Mayor; 9.XI.2003; 11:30 h.

(Za 2,14–17; Jdt 15,9d; Ap 21, 3–5ª; Jn 19,25–27)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

I. Descubriendo a la Virgen de La Almudena. Descubrir a Cristo.

De nuevo, reunidos en esta Plaza Mayor de la Villa y Corte de Madrid, lugar por excelencia del encuentro de los madrileños a lo largo de una historia pluricentenaria, queremos honrar a la Virgen de La Almudena, nuestra Patrona, con la celebración de esta solemnísima Eucaristía y de la procesión que llevará su imagen de retorno a su Catedral.
Ella, María, la pequeña y humilde doncella de Nazaret, la Madre del Salvador, escondida su imagen más venerada desde los inicios de la Comunidad cristiana de Madrid en la Torre de la muralla de la Cuesta de la Vega ante el peligro de la ocupación musulmana, había sido descubierta por sus hijos del Madrid liberado al comienzo del segundo milenio en un año difícil y trascendental de su historia, en aquél lejano 9 de noviembre de 1085, como un hallazgo consolador y gozoso que les permitiría reemprender el camino de su futuro, libres para creer en Jesucristo y sin yugo alguno, impuesto por dominación extraña, para hacer de esa fe fuerza transformadora de la vida: de la personal y de la colectiva.
Desde ese momento hasta hoy mismo, este día solemne de su Festividad en el año 2003, apenas iniciado el tercer milenio de una historia compartida ya por toda la humanidad, Nuestra Señora de La Almudena, la Virgen María, ha ayudado a Madrid a realizar generación tras generación la siempre nueva, sorprendente e iluminadora experiencia del descubrimiento del Evangelio como la Buena Noticia de la Salvación del hombre: como la fuente perennemente viva y fecunda de la verdadera esperanza. No hay duda histórica posible: también en Madrid hemos podido verificar en la vida concreta de su Iglesia diocesana y de su ciudad que no ha dejado de cumplirse a lo largo de toda su historia la profecía de Zacarías: “Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”. Ni María ha dejado de habitar entre los hijos de Madrid desde los orígenes más remotos de su fe cristiana, ni Madrid ha dejado de encontrar por su intercesión y guía maternal al Hijo, al Señor, Él que nos eligió y llamó para ser hijos y hermanos en su sangre derramada en la Cruz. Madrid se mantuvo fiel a sus raíces cristianas durante todo el segundo milenio sin vacilar nunca
Si queremos, pues, acertar y “proseguir con esperanza la construcción de una sociedad basada en la serena convivencia y en la elevación moral y humana de cada ciudadano” (Cfr. Juan Pablo II, Saludo a la llegada al Aeropuerto de Barajas, 3 de mayo de 2003) acudamos con renovada disponibilidad de corazón y ágiles de espíritu a “la Escuela de María”. El Papa se lo inculcaba a los jóvenes de Madrid y de España entera en aquella magna, emocionada e inolvidable vigilia de oración mariana en “Cuatro Vientos”, el pasado 3 de mayo, con el tono cálido y convincente de los padres: “Queridos jóvenes, os invito a formar parte de ‘la Escuela de la Virgen María’. Ella es modelo insuperable de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora. Ella os enseñará a no separar nunca la acción de la contemplación”

II. “En la Escuela de María”: La lección de la interioridad y de la contemplación o se aprende al lado de María o no se aprendería nunca.
Vida interior y vivencia contemplativa son valores olvidados por la cultura actual hasta límites sumamente peligrosos para su misma subsistencia; también, aquí, en Madrid. Juan Pablo II no se recataba en afirmar en aquel atardecer juvenil de la última primavera madrileña, y como un reto ineludible para las nuevas generaciones, que “ el drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación”. Vale la pena recordar íntegras las palabras del Papa: “Sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma. ¿De qué es capaz la humanidad sin interioridad? Lamentablemente, conocemos muy bien la respuesta. Cuando falta el espíritu contemplativo no se defiende la vida y se degenera todo lo humano. Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad”. ¿Quién puede negar, si se es sincero consigo mismo y, sobre todo, con Dios que escruta los corazones, que esa respuesta refleja nuestra misma experiencia personal, y que equivale a una constatación inequívoca de lo que nos está ocurriendo a todos y a cada uno de nosotros al perder la vida interior, la vida de oración?
María nos enseña a recuperarla por la vía más sencilla, la del trato con su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, íntimo y contemplativo, al hilo de los Misterios de su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección, como lo sugiere y facilita el rezo del Santo Rosario. En la forma como Ella misma lo cultivó: siempre cerca del Hijo, discreta y comprensiva; siempre amándole y cooperando con Él en su obra salvadora hasta el momento supremo de su donación al Padre en la Cruz; rehuyendo protagonismos y primeros planos humanos. Como lo practicaron y cuidaron los santos. Los cinco Santos del cuatro de mayo en la Plaza de Colón y Santa Teresa del Niño Jesús, cuyas reliquias han visitado a Madrid y visitan actualmente otros lugares de España. Es esa contemplación de Jesucristo Crucificado y Glorioso la que lleva a la gran reformadora del Carmelo, Teresa de Jesús, y a su hija, Teresa del Niño Jesús, a considerar y vivir su vocación como “el amor en el corazón de la Iglesia”. Contemplación que, como nos enseña San Ignacio de Loyola, termina siempre “por alcanzar amor”.
Toda la Iglesia en Madrid, en el itinerario emprendido de su Tercer Sínodo Diocesano, ha optado por seguir esa pedagogía espiritual de la contemplación orante y del consiguiente examen de conciencia personal y comunitario, sentándose a los pies de la Virgen de La Almudena y acogiéndola en su casa como lo hizo Juan en la dramática y dolorosa hora de la Crucifixión. A Ella le suplicamos, especialmente en este día de su Fiesta, que no permita que nos alejemos nunca de su regazo de madre

III. El método mariano de la vida interior es el que abre las puertas para el testimonio cristiano en el mundo. “Contemplata aliis tradere” -“lo que hemos contemplado, entregarlo a los demás”- enseñaban los viejos maestros de la vida espiritual
El Papa subrayaba también esta verdad fundamental de la vida cristiana, exhortando a los jóvenes con una energía personalmente comprometida a través del testimonio de su propia experiencia personal de cincuenta y seis años de sacerdocio y, por ello, extraordinariamente veraz y auténtica: “¡Id con confianza al encuentro de Jesús!”. Y, como los nuevos santos, ¡no tengáis miedo de hablar de Él! pues Cristo es la verdadera respuesta a todas las preguntas sobre el hombre y su destino”.
Ser testigo de Cristo incluye también, y necesariamente, el testimonio de su amor y de su paz. Las concreciones del Papa al respecto en “Cuatro Vientos” resuenan hoy sin haber perdido ni un ápice de su acuciante actualidad cuando encarece a los jóvenes católicos a “ser operadores y artífices de la paz. Responded a la violencia ciega y al odio inhumano con el poder fascinante del amor -les dice-. Venced la enemistad con la fuerza del perdón. Mantenéos lejos de toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia. Testimoniad con vuestra vida que las ideas no se imponen, sino que se proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar por le mal!”. El diagnóstico de fondo que subyace a las palabras de Juan Pablo II sobre la situación histórica a la que hay que dar hoy respuesta evangélica resulta extraordinariamente lúcido y certero para el mundo de hoy en general, y para Europa, España y Madrid en particular.

IV. ¡Se necesita pues una nueva Evangelización! Urge más y más, cada día que pasa.
Los cristianos y la Iglesia en Madrid quieren renovar hoy ante su Madre y Patrona, la Virgen de La Almudena, y a su lado, el propósito de ser sus testigos, “testigos de Jesucristo Resucitado” entre sus hermanos y conciudadanos, asumiendo íntegramente las exigencias del Evangelio y llevando así el aliento de la caridad y el amor de Jesucristo a toda la sociedad madrileña; en especial a los que más sufren en ella por la enfermedad, la soledad, los conflictos y crisis del matrimonio y de las familias, la falta de trabajo, por las dificultades inherentes a la condición de emigrantes…; sin olvidar a los que han perdido la fe y la esperanza en que Dios les ha salvado, por Jesucristo, de todos los males más profundos de sus vidas: del pecado y de la muerte.
En la renovación de nuestro compromiso apostólico de ser testigos incansables y valientes del Evangelio se abre la perspectiva de la esperanza de que “la morada de Dios con los hombres”, tal como la percibía el Vidente del Apocalipsis, se haga realidad creciente en Madrid, donde “ya no habrá ni muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor”, en la que el viejo mundo vaya dando paso al nuevo y definitivo, instaurado por el amor del Corazón de Cristo.
Y, por ello, invocamos hoy con renovado fervor a nuestra Patrona y Madre en esta mañana solemne y gozosa de su Fiesta, glosando la oración de Juan Pablo II al final de su encuentro con los Jóvenes en Cuatro Vientos
¡Dios te salve, María, llena de gracia!
Hoy te pido por todos los madrileños,
especialmente por los jóvenes de Madrid,
llenos de sueños y esperanzas.
Ellos son los centinelas del mañana,
el pueblo de las bienaventuranzas:
son la esperanza viva de la Iglesia y del Papa.
Santa María de la Almudena, Madre nuestra,
intercede para que seamos testigos de Cristo Resucitado,
apóstoles humildes y valientes del tercer milenio,
heraldos generosos del Evangelio.
Santa María de La Almudena, Virgen Inmaculada
reza con nosotros,
reza por nosotros. Amén.