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El Cardenal
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Homilía en la Eucaristía de Acción de Gracias por los XXV años de Pontificado de S.S. el Papa Juan Pablo II

Catedral de la Almudena; 18.XI.2003; 19:00 h.

(Ez 34,11-16; Pe 5,1-4; Jn 10,11-16

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La Palabra de Dios que hemos proclamado enmarca teológica y litúrgicamente la acción de gracias que los obispos de España, reunidos en Asamblea Plenaria, elevamos a Dios por los XXV años de pontificado del Papa Juan Pablo II. aA nuestra acción de gracias se unen -estamos seguros- todas nuestras comunidades diocesanas. El poder de la Eucaristía, acción de gracias por excelencia cuya eficacia supera los límites del espacio y del tiempo, nos permite unirnos a toda la Iglesia y dar gracias a Dios al tiempo que manifestamos nuestra adhesión, nuestra gratitud y nuestro gozo al Papa Juan Pablo II porque, como Pedro, ha sido durante un cuarto de siglo para toda la Iglesia “testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que ha de manifestarse” (1Pe 5,1), es decir, testigo de la redención de Cristo que culminará con el triunfo de la venida gloriosa del Señor.
“Testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que ha de manifestarse”
Éste es el primer y fundamental motivo de acción de gracias, un motivo que parte de la fe en el Primado de Pedro, icono visible del Único y Supremo Pastor, Jesucristo, que ha dado la vida por su grey. Damos gracias a Dios porque desde el día de su elección hasta hoy, con heroica caridad, Juan Pablo II se ha conformado a Cristo haciendo suya la definición con que Cristo se autoproclama Buen Pastor: “El buen pastor da la vida por las ovejas… yo doy mi vida por las ovejas” (Jn 10,11.15). El profeta Ezequiel había anunciado que Dios mismo pastorearía a sus ovejas, las apacentaría, vendaría a las heridas y cuidaría a las enfermas. En su profecía, sin embargo, no se describía ni se adivinaba siquiera el modo concreto con que Dios llevaría a cabo su pastoreo. Ha sido Cristo quien nos los ha desvelado mediante el don de su propia vida. Los rasgos del Buen Pastor han quedado fijados para siempre en el sacrificio que ha hecho de sí mismo revelando así el amor sin medida, el amor hasta la consumación (cf. Jn 13,1).
Se explica, por tanto, que cuando Pedro exhorte a los presbíteros, destinatarios de su carta, se apoye en su condición de testigo de la pasión de Cristo. La pasión de Cristo es el fundamento de su título de Pastor. Porque al dar la vida ha salvado a sus ovejas y puede llevarlas a los pastos de la vida sin fin. Pastorear como Dios quiere, con generosidad sobre la heredad de Dios, exige convertirse en modelo del rebaño; y este modelo que ha conformado la grey es Cristo, el “Pastor de las ovejas” (Heb 13,20), que, en virtud de su sangre, las ha rescatado del pecado y de la muerte. Ser modelo del rebaño conlleva estar dispuesto a protegerlo y defenderlo con la propia vida hasta el derramamiento de la sangre si preciso fuere. Por eso Jesús, contrapone el buen pastor al asalariado, y la I de Pedro, a los que buscan su propia ganancia e interés.
Al dirigir hoy nuestra mirada a quien ocupa la sede de Pedro, resulta espontáneo agradecer al Dueño de la mies que llamara a un pastor bueno, fiel y solícito que, identificado con Cristo, realiza su pastoreo con las actitudes del Buen Pastor dando la vida cada día por su pueblo. Hemos visto que ha gastado y desgastado su vida predicando la verdad evangélica a tiempo y a destiempo, buscando a las ovejas perdidas e intentando reunir a las descarriadas. Con sabiduría y ternura de padre no ha dudado en acudir allí donde la Iglesia de Cristo necesitaba la presencia del Pastor que quiere llamar a cada uno por su nombre. Se ha hecho todo con todos para revelar el rostro de Cristo cercano, a toda cultura, a todo hombre y a toda circunstancia. Lo hemos visto perdonar y pedir perdón; proclamar la Verdad a todos los vientos y sufrir en silencio las incomprensiones que conlleva el ejercicio del supremo ministerio. Ha gritado en las plazas y azoteas los derechos del hombre y de la Iglesia; ha defendido la fe y la ha propuesto con valentía apostólica a todos los hombres que han querido escucharle y acoger su palabra autorizada. Ha confirmado a los creyentes en la fe y ha despertado en el corazón de muchos hombres el anhelo de Dios, la pregunta por la Verdad y el deseo auténtico de felicidad.
La gratitud de los Obispos de España
Como obispos de España, muchos son los motivos de gratitud que podemos añadir a los que toda la Iglesia le debe. Todavía está reciente su último viaje a nuestra patria, broche de oro de otras cuatro visitas pastorales que avivaron la fe y el testimonio apostólico de nuestras iglesias particulares. A todos nos conmovió su confesión personal, ante la inmensa multitud de jóvenes, en la que nos decía: “Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!” . Este testimonio personal, refrendado por una vida marcada desde el inicio del pontificado con el signo de la cruz, nos remite a la conciencia más viva y honda de su ministerio que, como el de Pedro, tiene su origen en una singular llamada: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 16.17). Ejemplo para todos nosotros, los Pastores de las iglesias de España
A la hora de dar gracias a Dios por Juan Pablo II y por su ministerio, debemos agradecer no sólo que nos haya confirmado en la fe, en ocasiones débil o adormecida, sino de modo especial su afán por recordarnos las raíces cristianas de nuestro pueblo y la historia de santidad y misión apostólica que nos distingue. La llamada a seguir generando santos, que nos dirigió en su última visita, es inseparable de la responsabilidad a vivir la fe cristiana en todos los ambientes de nuestra sociedad con el talante de los confesores de la fe y de los mártires que son la gloria de nuestra Iglesia. En realidad, si lo miramos bien, la gratitud que, como españoles, debemos a Juan Pablo II responde a haber avivado la conciencia de la herencia de santidad que, desde los tiempos apostólicos, ha marcado nuestra historia. “Al dar gracias a Dios por tantos dones que ha derramado en España -nos decía el Papa el pasado 4 de Mayo- os invito a pedir conmigo que en esta tierra sigan floreciendo nuevos santos. Surgirán otros frutos de santidad si las comunidades eclesiales mantienen su fidelidad al Evangelio que, según una venerable tradición, fue predicado desde los primeros tiempos del cristianismo y se ha conservado a través de los siglos” .
Nuestra respuesta al reto de una nueva floración de santidad en España
Nuestra respuesta al reto de una nueva floración de santidad em España es la mejor ofrenda que podemos hacer al Santo Padre en sus bodas de plata como Vicario de Cristo. Responder a este reto, de modo que se cumpla lo que dice la liturgia: que el progreso de los fieles sea el gozo de su pastor. Para ello, bastaría seguir las orientaciones de su magisterio y el ejemplo de su vida generosamente entregada al servicio de la Iglesia. Al celebrar esta acción de gracias en el marco de nuestros trabajos en la Asamblea Plenaria del episcopado, debemos mirar nuestro propio ministerio como lugar teológico de la propia santificación personal. Ser pastores del Pueblo de Dios nos exige vivir en el gozoso trance de dar la vida para que las iglesias que nos han sido confiadas vivan enraizadas en Cristo y en la tradición apostólica y sean para el mundo el signo elocuente de la presencia de Dios entre los hombres. Nos compete, pues, hermanos, como primera responsabilidad, la de ser santos según el modelo de Cristo. Nos lo ha recordado recientemente el Santo Padre a los Obispos en su exhortación Pastores Gregis: “El fundamento de toda acción pastoral eficaz, ¿no reside acaso en la meditación asidua del misterio de Cristo, en la contemplación apasionada de su rostro, en la imitación generosa de la vida del Buen Pastor? Si bien es cierto que nuestra época está en continuo movimiento y frecuentemente agitada con el riesgo fácil del ‘hacer por hacer’, el Obispo debe ser el primero en mostrar, con el ejemplo de su vida, que es preciso restablecer la primacía del ‘ser’ sobre el ‘hacer’, y, más aún, la primacía de la gracia, que en la visión cristiana de la vida es también principio esencial para una ‘programación’ del ministerio pastoral” .
La mirada a Cristo, a la que Juan Pablo II nos tiene tan acostumbrados, debe ser para cada uno de nosotros el primer compromiso espiritual, con sus connotaciones psicológicas y afectivas, para poder así ejercer este ministerio que nos identifica con su persona. Miramos a Cristo para imitarlo y ser transformados en Él. Lo miramos para amarle y ser amados. La gracia del sacramento del orden, recibida con plenitud en el episcopado, nos urge cada día a vivir la unidad entre ministerio y vida, conscientes de que nada de nuestra vida, tiempo, capacidades y dedicación queda fuera de la influencia del Señor y de la dedicación esponsal a su persona. Somos sus siervos y siervos de los hombres por Cristo. Él ha tomado nuestra existencia, se ha apropiado de nosotros y nos enseña cada día el camino de la expropiación, para vivir única y exclusivamente en Él y, con Él, en Dios. “Para mí, vivir es Cristo” (Flp 1,21), decía san Pablo, en una síntesis admirable de vida y ministerio que sólo se explica a la luz de la intención de Cristo cuando llamó a los Doce: “Instituyó Doce para que estuvieran con Él” (Mc 3,14).
Nuestra súplica por el Papa
¡Demos gracias a Dios porque aquél que ha sido llamado a ser Cabeza del colegio nos da ejemplo permanente de estar con Cristo, de vivir en Él y para Él y de hacer de su ministerio una esforzada carrera por permanecerle fiel y por alcanzarle! También a nosotros nos ha confirmado con su magisterio y, de modo especial, con el ejemplo de su vida que nos estimula en la entrega a nuestro pueblo. Esta gratitud se convierte en súplica ferviente, como hacía la Iglesia de Jerusalén cuando Pedro se hallaba prisionero. Es la súplica de quienes reconocen todos los dones de Dios que nos han llegado por su persona y ministerio; la súplica de la Iglesia que se sabe asistida por el Espíritu de Dios a través de la meditación del ministerio de Pedro; la súplica, en definitiva, de los hijos que oran por el Padre para que el Señor lo conserve en vida, le libre de sus enemigos, y le otorgue la plenitud del gozo a quien ha hecho testigo de los sufrimientos de Cristo
Oremos, pues, por el Santo Padre y por la fecundidad de su ministerio, para que así toda la Iglesia se sienta confirmada en la fe que Pedro confesó y que es la vida del mundo. Que Santa María, invocada con tan bellos y antiquísimos títulos a lo largo y a lo ancho de la geografía española -la “Tierra de María” la ha calificado el Papa- y que en Madrid veneramos como Nuestra Señora La Real de La Almudena, acompañe siempre al Papa Juan Pablo II y le haga sentir con ternura de Madre que es “todo suyo” en el servicio de la Iglesia
Amén.