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Homilía de Su Eminencia Antonio Mª Rouco Varela Cardenal-Arzobispo de Madrid

Fiesta de Carlomagno

Aquisgrán, 25 de enero de 2004

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Celebramos de nuevo la Fiesta del gran emperador Carlos: Rey de los Francos “Pater Europae”, como lo honraron sus contemporáneos. Nosotros coincidimos con la devoción que le tributa hace más de un milenio un pueblo cristiano, que ha visto en él a uno de los grandes de la Iglesia, a un santo. Los signos de los tiempos indican un significado cada vez más relevante de su figura histórica para el presente y el futuro de Europa. Nuestra tarea es iluminar fielmente a la luz de la Palabra de Dios estos signos de la voluntad divina, e interpretarlos correctamente: tarea de la Iglesia particular de Aquisgrán, pero también tarea de toda la Iglesia, especialmente de la Iglesia en Europa.

Nos encontramos inmersos en un debate de amplias consecuencias sobre los elementos políticos básicos y los fundamentos espirituales de una Constitución europea ya planeada y que pronto saldrá a la luz. La mención o no de las raíces cristianas de Europa en su Preámbulo es uno de los puntos más apasionadamente discutidos. Es algo más que una mera cuestión retórica o un formulismo jurídico, como si el silencios obre este punto no afectase presuntamente los valores éticos de los derechos fundamentales –especialmente el valor del derecho fundamental de libertad religiosa-. Lo que está en juego, en realidad, es la imagen de la orientación espiritual, lo decisivo simbólicamente en la conformación actual de la Unión Europea, la cual se amplía a una concepción global que abarca a todos los pueblos históricos de Europa.

Relacionado con ello está una pregunta, que los cristianos europeos no pueden obviar, sobre el actual pulso moral y religioso de Europa. Los obispos europeos asumieron este desafío histórico de un modo valiente y clarividente en la segunda Asamblea del Sínodo para Europa en vísperas del gran Jubileo del año 2000. Resumieron su respuesta en una palabra clave: “El Evangelio de la esperanza”. Constataron que Jesucristo está vivo en su Iglesia, permanece y permanecerá vivo, y que, por ello, ha de ser considerado la fuente de la esperanza para Europa. Juan Pablo II recogió después las deliberaciones y resultados del Sínodo europeo en su escrito postsinodal “Ecclesia in Europa”, que hizo público en la fiesta de los Príncipes de los Apóstoles Pedro y Pablo del año 2003. Aquí convirtió las exposiciones sinodales en un verdadero y exigente programa pastoral para la Iglesia del tercer milenio en Europa.

Por otra parte, al atardecer del último día del año pasado, con la apertura solemne de la Puerta Santo en la basílica del Apóstol Santiago el Mayor (Patrono de España), comenzó un nuevo Año Santo en Santiago de Compostela. El inicio de este nuevo Año Santo Compostelano llama de nuevo la atención de un público cada vez más amplio, que en todos los países europeos se interesa cada vez más atentamente por la experiencia peregrinante del Camino medieval de Santiago. “Europa se formó peregrinando”, dice una famosa palabra de Goethe. Verdaderamente, Europa, en su vivacidad interior y en su fuerza creativa, volverá a resultar atractiva (en primer lugar para los propios hijos y pueblos, pero luego también para sus relaciones con las otras culturas y comunidades de la tierra) si aprende a peregrinar cristianamente, si se convierte y hace memoria de los orígenes de su identidad primera. Carlomagno, el primer emperador occidental cristiano, ofrece un brillante e impresionante ejemplo para esta tarea de gran actualidad. Su Europa, que en tantos aspectos es aún la nuestra, creció por las “magnas obras” de un gobernante cristiano profundamente creyente, el cual (como alaba el canto de la secuencia de la liturgia de la fiesta de Carlomagno en esta catedral) “doblegó reyes inicuos”, hizo “reinar las santas leyes en la justicia” y las protegió “con el fin” de “que unan derecho y justicia con misericordia”.

2. “Dichoso el hombre que se dedica a la sabiduría, y busca la inteligencia” (Sir 14,20), oíamos en la primera lectura. Y seguía: “Así hace el que teme al Señor, y el que abraza la Ley alcanza la sabiduría” (Sir 15,1). En la actual Europa necesitamos urgentemente volvernos de nuevo hacia la sabiduría. Es posible alcanzar aquel tipo de inteligencia de la realidad profunda del hombre y del mundo, el único que puede introducirnos en aquel saber pleno de la verdad que nos sane y libere. Si se pierde el miedo de la verdad (últimamente a la verdad de Dios), si se supera la cobardía para plantearse la seriedad de la vida y de la muerte, entonces comienza a brillar para nosotros la verdad: la verdad de Dios y de su Ley “santa”. Los ciudadanos de Europa, de la nueva sociedad europea necesitan el coraje espiritual y moral de superar cuanto antes la moda del relativismo y del escepticismo metafísico y estético. Sólo así se abrirá un espacio humanamente verdadero y fecundo para el conjunto del diálogo europeo, en el cual no tenga la última palabra el poder, sino el auténtico bien y salvación del hombre; dicho de otro modo, donde reine la verdad. Pues la verdad se impone sólo por sí misma, por su propio esplendor, que penetra suave y, al mismo tiempo, fuertemente en el espíritu, y no por la fuerza del desnudo poder, se le llame o se le presente como se quiera (cf. “Dignitatis humanae”, 1).

3. “Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo” (1 Cor 3,11).

No hay ninguna duda de que las palabras de san Pablo contienen una advertencia urgente a la que no se pueden hacer oídos sordos en la actual hora europea. Para alimentar a Europa “con el pan de la inteligencia” y “con el agua de la sabiduría” (cf Sir 15,3), ¿puede alguien imaginarse en serio otro camino que el de la plena confesión de Jesucristo, el Logos encarnado, la Palabra del Padre, que en la fuerza amorosa del Espíritu Santo, por su Cruz y su resurrección, ha redimido al mundo del error, la mentira y el pecado. Los arquitectos espirituales de la naciente Europa habían puesto bien los fundamentos en el paso hacia el segundo milenio de nuestra era, y no el último Carlomagno. Las piedras cristianas con que se edificó su cultura desde el llamado “Renacimiento carolingio” resistieron a todas las corrientes históricas hasta hoy, y además creativamente. Ni siquiera los nuevos modelos secularizados que la llamada Ilustración desarrolló para la comprensión del mundo y del hombre, de Dios y de la sociedad, pudieron negar honestamente sus huellas cristianas. El humanismo moderno europeo –con sus conceptos clave de la dignidad de la persona humana y sus derechos fundamentales– se alimentó siempre de nuevo de la inspiración de la imagen cristiana del hombre y de sus fuentes espirituales, la fe en Jesucristo, la fe que busca inteligencia –“fides quaerens intellectum”–, una fe que ni teme ni recela de la razón.

El desafío europeo se transforma ahora para la Iglesia en una pregunta sobre la vivacidad y autenticidad de la fe de sus hijos e hijas. En su escrito postsinodal sobre la “Iglesia en Europa”, el Santo Padre habla muy claramente de una “apostasía silenciosa”, de una pérdida de la fe que afecta cada vez más a todas las capas de la sociedad europea. Y como entonces, en aquella hora decisiva del nacimiento de la Europa latina imperial, el edificio político y jurídico fue precedida por un “renacimiento cultural”, y éste por una reforma espiritual y eclesial, así tiene que ser también hoy: a la construcción política y constitucional de la futura nueva Europa tiene que ofrecérsele la contribución decisiva de los cristianos: la contribución de su fe en el “Dominus Iesus”, en el Señor Jesucristo, nuestro Redentor y Salvador. El camino futuro del movimiento ecuménico aquí, en Europa -tanto en perspectiva espiritual y teológica como pastoral- está claramente señalizado: tenemos que avanzar unidos y decididos hacia un testimonio renovado, pleno y no reducido sobre nuestro Señor Jesucristo y su misterio pascual.

4. “Si tu cuerpo está enteramente iluminado, sin parte alguna oscura, estará tan enteramente luminoso como cuando la lámpara te ilumina con su fulgor” (Lc 11,36).

Jesús nos enseña que la luz de nuestra fe, que Él ha encendido en la Iglesia, tiene que ser colocada sobre el candelero de nuestra vida para que pueda iluminar a los demás: es decir, por el camino de un testimonio eclesial hecho propio e incorporado personalmente. En la Europa actual hacen falta con urgencia testigos de Cristo. Testigos en el anuncio de la fe, testigos de la fe en el diálogo cultural, testigos de la esperanzada y amorosa fuerza de la fe en todos los destinos personales y en medio de todas las preocupaciones sociales y políticas por una nueva Europa. Necesitamos de nuevo santos y mártires, como aquellos que, en el curso dramático del siglo pasado, en todos los países europeos, dieron testimonio de Cristo y de la dignidad irrenunciable de cada persona humana -llamada a la filiación divina- heroicamente “usque ad sanguinem” (hasta la entrega de su sangre). Todos conocemos muchos nombres, permítanme mencionar explícitamente sólo uno -muy significativo-, el de una santa Patrona de Europa: santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein.

Juan Pablo II, en su escrito postsinodal, señala la innumerable multitud de los mártires europeos del siglo XX, provenientes del Este y del Oeste, de todas las confesiones cristianas, como los mejores ejemplos y la garantía actual de un servicio renovado al Evangelio, comprendido y presentado como la Buena Noticia de la esperanza para la Europa actual y futura. También nosotros estamos seguros -junto con el Papa- de que las nuevas generaciones de la juventud europea se entusiasmarán por el anuncio, la celebración y el servicio del Evangelio de la esperanza.

Hace pocos días, desde esta antigua y venerable ciudad imperial de Aquisgrán, nos llegó la sorprendente noticia de que nuestro Santo Padre, este testigo de la Europa cristiana, ha sido distinguido con un Premio Carlomagno extraordinario, que se concede por primera vez. Tomemos también esto como un signo de esperanza, para una creciente comprensión de que la unión de Europa tiene que avanzar asimismo en la conciencia de sus raíces cristianas. En el próximo verano, como peregrinos en el Camino de Santiago, y en la Jornada Mundial de la Juventud el año próximo en Colonia, los jóvenes de Europa van a tener una singular ocasión de gracia para encontrarse con Jesucristo, el Señor de nuestra esperanza, para convertirse a Él con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.

Una nueva generación de cristianos empieza a brillar en el horizonte de la historia europea. ¡Sucederá! Especialmente, si nosotros hoy apelamos a María, la Madre de Dios y Madre nuestra, con las conmovedoras palabras de la Secuencia, según la tradición, bella y venerable, de los católicos de Aquisgrán y de la liturgia de su gran catedral:

“¡Oh María, estrella de los mares,
Salud del mundo y camino hacia la vida,
acompáñanos en este tiempo.
Dirige nuestros débiles pasos
hacia las puertas del reino de los cielos
y hacia la luz de la eternidad!”

Amén.