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El Cardenal
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Carta Pastoral con motivo del día de la Campaña contra el Hambre-Manos Unidas

“El futuro del mundo, compromiso de todos”

Mis queridos diocesanos:

Desde hace más de cuarenta años, el mes de febrero tiene para todos nosotros la resonancia de la Campaña contra el Hambre. La generosidad de todos los cristianos se manifiesta en muchas ocasiones ante las desgracias propias y ajenas en las que nos volcamos buscando a Cristo en aquellos que sufren la injusticia y el odio de los hombres.

“Dios ama a quien da con alegría” (2 Cor 9, 7). La Escritura insiste a tiempo y a destiempo que no se puede amar a Dios, a quien no vemos, si no se ama al prójimo a quien vemos (cf. 1 Jn 4, 20). Y ese prójimo es especialmente el hombre que padece, que pasa hambre, que está abandonado, que no tiene lo necesario para vivir con la dignidad a la que el Señor le llama.

Manos Unidas propugna como uno de sus primeros objetivos recordar a los hombres y mujeres de nuestra sociedad rica que hay una parte del mundo, la más grande, la más populosa, que no dispone de medios para salir por sí misma del subdesarrollo en la que se encuentra. Esta asociación de fieles, estrechamente unida a sus Obispos y a la Conferencia Episcopal Española, con sus campañas anuales pone ante nuestros ojos a los millones de niños, jóvenes y ancianos que padecen hambre en el llamado tercer mundo.

Vivimos y nos encontramos en un mundo global, cambiante y conflictivo. Toda la humanidad está interrelacionada. Nada de lo que ocurre en esta parte de nuestra Europa es indiferente para el resto del mundo. Se habla mucho de globalización. Este es un término importante en la vida social y política de los pueblos. Es cierto que hoy nos encontramos más cerca de todos los hombres, por lejos que puedan estar las diferentes naciones. Las fronteras económicas, políticas, financieras y culturales se van disipando irremisiblemente, dando pie a un mundo más universal. El cristianismo en su raíz más profunda es manifestación de la globalización verdadera a la que los hombres han sido llamados a vivir. Pero hoy “quizá más que antes, los hombres se dan cuenta de tener un destino común que construir juntos si se quiere evitar la catástrofe de todos” (SRS 26).

Manos Unidas, va a plantear sus campañas anuales durante el trienio que comienza este año de 2004, centrando su atención en este problema complejo y a la vez apasionante. “Hagamos del mundo la tierra de todos” va a ser el lema de fondo hasta el año 2007. La globalización nos interpela inaplazablamente y conviene que los cristianos ofrezcamos la visión de lo que debe entenderse por una buena globalización al servicio del bien común de la humanidad. La explicación de “Hacer del mundo la tierra de todos” nos va a llevar a una lectura de las primeras páginas del Génesis que nos hará ver cómo Dios manifiesta la grandeza del mundo por Él creado, y cómo nos pide cuidar aquello que nos ha dado para la vida de cada hombre y, de todos los hombres. Manos Unidas quiere y debe tomar en serio este compromiso por el hombre, por su dignidad y su situación en el mundo, y consiguientemente no puede extrañar que durante los próximos años trate de iluminar la conciencia de la sociedad española sobre una materia tan compleja pero tan decisiva para el bien del hombre contemporáneo. Es preciso apoyar esta iniciativa para que un tema por el que hay tanta sensibilidad en la sociedad actual sea esclarecido a la luz de la doctrina social de la Iglesia.

El primer desglose del lema general se formulará como “El futuro del mundo, compromiso de todos”. No podemos permanecer indiferentes ante el futuro de la sociedad en la que vivimos. No lo podemos confiar solamente a los políticos o a los técnicos en materia económica. Nos incumbe a todos. Y, por supuesto, a los cristianos, conscientes como pocos de ser ciudadanos de este mundo: “Se apartan de la verdad quienes, sabiendo que nosotros no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que por ello pueden descuidar sus deberes terrenos, sin advertir que precisamente por esa misma fe están más obligados a cumplirlos, según la vocación con que cada uno ha sido llamado” (GS 43).

Conviene que recordemos con “Manos Unidas” tres principios básicos que no deberían olvidar quienes son los responsables de cuidar y salvaguardar el bien común. El primero y más fundamental de todos exige que la globalización no se puede llevar adelante sin contar con las personas. Cada persona tiene derecho a defender su dignidad. Nunca una decisión política, económica, cultural o social puede ir en contra de la dignidad del ser humano. El fin no justifica los medios, y, desde luego, nunca el bien personal se puede construir a costa de la negación de los derechos de los demás. Todo hombre es titular del derecho a ser protagonista de su propia historia y eso presupone el reconocimiento de su dignidad personal, con una serie de derechos y de deberes irrenunciables como ciudadano y miembro de una comunidad familiar, social, cultural y política, y como hermano, capaz de recibir y aportar solidaridad. Si no se logra suficiente claridad en este punto, es fácil que la globalización se haga de un modo injusto.

Para evitarlo, la globalización debe procurar el bien de todos, y éste es el segundo principio. Es evidente que el proceso actual de globalización va a influir en la vida de todos los pueblos. Los hombres y mujeres de los cinco continentes no podrán eludir sus consecuencias, sean buenas o malas. Por eso hay que dejar bien sentado el imperativo moral de la decidida orientación al mayor bien de todos.

Por último, y como tercer principio básico, no puede olvidarse que los primeros beneficiados han de ser siempre los que se encuentran en peores condiciones dentro de la búsqueda de ese bien general para todos. Los pueblos más hundidos en la miseria, el hambre, la desolación, el abandono, la guerra… deben ser los primeros beneficiarios de esta globalización, sin olvidar que en no pocas ocasiones esas situaciones se dan como fruto del abuso injusto por parte de los países ricos del llamado primer mundo.

Quiera Dios que estas ideas básicas vayan calando en el entendimiento de los que dirigen los destinos de los pueblos y en la conciencia social, y que todos los cristianos y los hombres de buena voluntad acojamos este reto como algo propio, a fin de que pueda ser llevado a la práctica el criterio de la dignidad y la grandeza de la vocación a la que el hombre ha sido convocado: la de ser hijo de Dios.

En esta nueva campaña de la Iglesia contra el hambre en el mundo deseo invitar a todos los diocesanos de Madrid a involucrarse en esta tarea hermosa de evangelización de la sociedad que plantea y realiza con tal fiel y creativa perseverancia, año tras año, Manos Unidas. Agradezco de corazón el servicio y entrega de quienes estáis comprometidos con esta misión de modo gratuito y generoso, y, de modo especial, animo a tantos cristianos que pueden dedicar parte de su tiempo y de sus energías a sacar a delante estos proyectos.

A nuestra Señora de la Almudena encomiendo la campaña de este año 2004, para que los madrileños demos testimonio con nuevo fervor de nuestra generosidad cristiana, nacida y alimentada por el amor de Jesucristo, ante las necesidades tan graves del mundo de nuestros días.

Con todo afecto y mi bendición,