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El Cardenal
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Homilía en la Eucaristía de Exequias por el Excmo. y Rvdmo. D. Francisco J. Pérez y Férnandez-Golfín

Basílica del Cerro de los Angeles, 27.II.2004

(2 Cor. 12, 7-15; Salmo, 22; Mc. 15,33-39;16,1-6)

Mis queridos Hermanos en el Señor:

I. “Así pues vigilad porque no sabéis el día, ni la hora”, dice el Señor, refiriéndose a los últimos encuentros con El: los de cada persona y el que tendrá lugar al final de los tiempos con la entera familia humana (Mt 25,13;24,36). Así lo ha vivido nuestro querido hermano Francisco y así lo hemos podido comprobar una vez más nosotros con su muerte, tan inesperada y repentina. Sorprendió la noticia a sus más allegados -sus sacerdotes y seminaristas- a sus amigos y hermanos en el ministerio episcopal; luego, a todos los fieles de su amada Diócesis de Getafe, de la que había sido Pastor solícito y Padre cuidadoso: el la había conducido en las primeras horas de su nacimiento y consolidación pastoral, las más ilusionadas y también las más difíciles. La sorprendente noticia, que nos llegaba a medianoche del pasado martes, nos embargó de profundo dolor; pero sin ser capaz de robarnos la esperanza, hecha inmediatamente plegaria por él y sus diocesanos, y apoyada justamente en Jesucristo Crucificado y Glorificado, en quien él y nosotros creemos con toda el alma y a quien él amó y nosotros queremos amar todos los días de nuestra vida.

II. “Al llegar el mediodía toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde”.

Así describe Marcos el ambiente sobrecogedor en el que Jesús, Crucificado, va a clamar al Padre antes de morir: “Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?”. Se añadirán luego las burlas del “a ver si viene Elías a bajarlo” y el grito final de Jesús antes de expirar y la conmoción del centurión y su profesión de fe en “el Hijo de Dios”. La señal prodigiosa de velo del templo que se rasga en dos es bien significativa: ¡no, el Padre no había abandonado al Hijo muy amado al poder del “Príncipe de las tinieblas” ni a la fuerza del odio y de la muerte! Al contrario, le había sostenido en la prueba suprema del amor, la que consiste en dar la vida por los amigos; la prueba infalsificable del sacrificio de su cuerpo y de su sangre por la salvación del hombre y la redención del mundo. Lo había sostenido con la fuerza amorosa del Espíritu Santo -la Persona- Amor en el Misterio de la Trinidad Santísima- en el ejercicio de un amor divino-humano, ofrecido en totalidad, o lo que es lo mismo, configurado según un modelo insuperable, radicalmente nuevo: el del Sumo y Eterno sacerdocio con el que Jesús fue ungido por el Espíritu Santo desde el mismo momento de su Encarnación en el seno purísimo de su Madre, la Virgen Santísima. Lo sostuvo amorosamente para que llevase a cumplimiento pleno la misión sacerdotal para la que le había destinado y consagrado. Lo sostuvo hasta darle la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte.

La narración de San Lucas, al llegar el primer día de la semana, pasados el sábado y la Fiesta de la Pascua, se llena de luz: María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé se encuentran con la piedra de la entrada del sepulcro, donde habían depositado el cuerpo de Jesús, corrida, y con un joven vestido de blanco que les advierte que no lo busquen allí, porque “ha resucitado”. Es como un nuevo e increíble comienzo de toda la historia de la salvación. La oblación de Jesús, el Señor, el Sumo y Eterno Sacerdote había sido aceptada. El amor misericordioso se abría paso para siempre y se derramaba sin medida sobre el corazón de los hombres y sobre el mundo. La escena había cambiado por completo. El Crucificado es ya el Glorificado. La esperanza brota incontenible en el corazón de los discípulos, como expresión de un ansia ya realista y alcanzable de un amor más fuerte que el pecado y que la muerte. Cobijados por la Madre de Jesús, entonces, ahora y siempre sentirán un impulso misionero que no conocerá fronteras.

III. Nuestro hermano Francisco ha participado y vivido de esa esperanza de los discípulos  del Señor que se traduce en amor sacerdotal a El y a los hermanos durante toda su vida. En la hora oscura y dolorosa de su muerte brilla esa luz del sacerdocio bautismal y del sacerdocio ministerial que ha conformado toda su existencia: la de niño y de joven seminarista del Seminario de Madrid -¡”las Vistillas”!-, que percibe y afirma  en el fondo del alma su vocación hasta el día de su ordenación sacerdotal, como una llamada personal e intransferible del Señor, que le invita a un seguimiento incondicional y fiel sin reserva alguna; y, luego, la de presbítero, obediente, alegre, enamorado de su sacerdocio, al estilo de los maestros de espiritualidad sacerdotal que él había conocido en su seminario y presbiterio de Madrid -¿cómo no recordar aquí y ahora  al Siervo de Dios, D. José Mª García Lahiguera?-: y la de pastor, entregado en cuerpo y alma a sus feligreses de Alpedrete y de San Jorge de Madrid -¡cuántos recuerdos de servicios pastorales y afectos personales excepcionales van unidos por distintos motivos y en distintas épocas de su vida a estos nombres y comunidades parroquiales!-, y volcado siempre, y con un finísimo sentido de la paternidad cristiana, en sus seminaristas, en las varias generaciones de seminaristas y de sacerdotes jóvenes madrileños a los que acompañó y guió espiritualmente acertando a despertar en sus almas una ilusión por el sacerdocio, sobrenaturalmente honda, apostólicamente vibrante y pastoralmente fecunda.

Su corazón sacerdotal se reveló en toda la riqueza de su generosidad pastoral, finalmente, como Obispo; primero, en su oficio de Obispo Auxiliar de Madrid y, luego, en sus trece años de Pastor de esta novísima Diócesis de Getafe, la Diócesis de Ntra. Sra. de los Angeles y del Carmelo santificado por la reciente Canonización de la Madre Maravillas de Jesús, a la que se le ha confiado el cuidado de una esmerada devoción al Sagrado Corazón de Jesús y de la siembra evangelizadora en el medio social y cultural del Madrid del Sur. Un Madrid que se encuentra en el epicentro de un desarrollo demográfico y urbano aceleradísimo: poblado de jóvenes, pletórico de actividad, con problemas y retos humanos y cristianos de todo orden y ansioso de Evangelio.

IV. Han sido trece años de ministerio episcopal entre vosotros, muy queridos diocesanos de Getafe, aparentemente largos según el calendario que mide los acontecimientos ordinarios de la vida; a lo mejor, sin embargo, cortos y muy intensos para la percepción de los querían y esperaban todavía tanto del impulso espiritual y pastoral de D. Francisco. En cualquier caso han sido los años debidos según los cálculos de Dios, del supremo e invisible Pastor que rige la Iglesia: Jesucristo, el Señor Resucitado, que la guía y alimenta incesamente por su Espíritu.

El texto de la segunda carta de San Pablo a una de sus comunidades más amadas, la de Corintio, desvela certera y entrañablemente el mejor de los secretos del ministerio apostólico de vuestro Obispo. ¡Nunca quiso seros gravoso! No le interesaban vuestras cosas. Le interesabais vosotros mismos. El “ahorró” para vosotros, sus hijos. Se gastó y se desgastó por vosotros y, estoy seguro, que vosotros, al contrario que los fieles de Corintio con San Pablo, no le amáis menos, porque él os haya amado más. Precisamente en esta hora de la celebración del Santísimo Sacramento de la Eucaristía en sufragio por él y por su eterno descanso  -por su vida en el seno del Padre, unida para siempre a la intercesión sacerdotal del Hijo glorioso, en la comunión plena del Espíritu Santo, junto con María, la Madre de los Sacerdotes, la Reina del Cielo, y con los Angeles y los Santos-, tenéis la mejor ocasión para mostrarle ese amor no cicatero: amor agradecido que perdurará en el recuerdo de la oración comunitaria y de nuestras plegarias personales, que no le faltarán.

La impronta de su personalidad apostólica, espiritual y humana ha marcado decisivamente la primera andadura de esta joven Iglesia Particular de Getafe, y lo continuará haciendo: para su bien y su fecundidad evangelizadora en medio del pueblo y entre los que más necesitan del Señor, de la gracia de su amor misericordioso, y del servicio de los hermanos. Los pobres  han sido evangelizados aquí en Getafe con un nuevo y sincero aliento, nacido del Corazón Sacerdotal de Cristo. Y así será en el futuro.

La sociedad de esta zona tan compleja y tan entrañable del Madrid joven también sabe y quiere reconocer, estimar y agradecer el ministerio pastoral de un Obispo, dotado de una extraordinaria humanidad y simpatía, que quiso amar a Cristo y confíarse al amor de su Madre María, la Reina de los Angeles, para encontrar de este modo insuperable el mejor camino del amor y del servicio a los hombres, sus hermanos.

Retornemos de nuevo a la contemplación de la escena del Evangelio de San Marcos y proyectémosla sobre el itinerario sacerdotal de D. Francisco, ¿verdad que podemos afirmar con confianza cristiana seguros y ciertos de la misericordia del Señor que, no nos sentimos abandonados? ¿más aún que, reunidos en el dolor de la despedida y en la tristeza del adiós terreno al ser querido, y conscientes de los difíciles interrogantes de este momento queremos ser testigos de esperanza?. No nos queda otra cosa ahora que correr al sepulcro para oír del Angel -del joven vestido de blanco- como lo hicieron las tres mujeres en aquella mañana gloriosa de la nueva y definitiva Pascua: “Ha resucitado. Mirad el sitio donde le pusieron”.

AMEN.