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El Cardenal
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Homilía en la Solemnidad de San Isidro Labrador

Colegiata de San Isidro; 15.V.2004; 12’00 horas

(Hech 4,32–35; Sal 1; St 5,7-8.11.16-17; Jn 15, 1-7)

Mis queridos hermanos y amigos:

“En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía”

Esa imagen de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén que nos refleja el pasaje del Libro de los Hechos de los Apóstoles que hemos proclamado como primera lectura de esta solemnísima Eucaristía de la Fiesta de nuestro Santo Patrono San Isidro Labrador, se podría aplicar en buena medida al Madrid de este año 2004, conmovido hasta lo más hondo de sus entrañas por el horrendo atentado del pasado 11 de marzo, hace poco más de dos meses. ¡Muy poco tiempo para las familias que han perdido a sus seres más queridos -el padre, la madre, los hijos, el esposo o la esposa, el abuelo o la abuela, el amigo o el compañero de trabajo…-! ¡Y también muy poco tiempo el transcurrido para que la Ciudad y la Comunidad de Madrid hayan podido olvidarlo psicológica y espiritualmente! El dolor sigue latente, como abiertas las heridas y vivas las secuelas efecto de la terrible masacre producida por el criminal ataque terrorista contra sencillos y pacíficos ciudadanos: la buena gente de Madrid y de sus alrededores.

Desde aquel día negro hasta hoy mismo, cuando celebramos festiva y gozosamente la memoria litúrgica de nuestro San Isidro, prototipo de ese madrileño, hombre de bien, que le da tono y rostro tan humano y cristiano a la historia del Madrid del segundo milenio, los ciudadanos de esta Villa y Corte pensamos y sentimos lo mismo sobre la necesidad de la compasión solidaria y activa con las víctimas de la inconcebible agresión terrorista: ¡todas y sin distinción alguna! Nos duelen nuestros convecinos y paisanos, nos duelen igualmente los que acudían a sus ocupaciones y estudios en la Capital desde otros puntos próximos a Madrid, y los emigrantes que conviven y trabajan con nosotros. Coincidimos en el deseo ardiente de que lo del 11 de marzo no vuelva a ocurrir nunca más -¡ojalá!-, ni aquí, ni en otro lugar del mundo. Y, muchos de nosotros -por supuesto, todos los hijos de la Iglesia- piensan y sienten que el recurso a la oración es imprescindible para la superación en raíz del fenómeno del terrorismo contemporáneo, nacido de odios ancestrales, de sed de venganzas y de revanchas históricas, de  apetitos de viejos y nuevos dominios… que se entrecruzan en el mundo globalizado de hoy día, saltándose fronteras geográficas y humanas de todo tipo, como una amenaza inédita para la paz del mundo, insidiosa y tenebrosa.

Por la puerta de la oración el corazón del hombre se abre a la acción providente de Dios que es Creador y Padre. Si se ora con Cristo, por Cristo y en Cristo, según el modelo del Evangelio, la respuesta divina no se hará esperar. Será la del Espíritu Santo que se nos da para que el hombre descubra el camino de la verdad y de la vida, y lo ande como una vía de arrepentimiento y de perdón, de misericordia, de esperanza, de amor y de paz. El recurso a la oración proporciona, además, aliento y vigor interior a todos los que han de velar por la prevención del crimen, la aplicación de la justicia y la colaboración ciudadana para la erradicación del terrorismo, nacional e internacionalmente, en el marco del Estado de derecho, respetuoso de la inviolable dignidad del hombre y de sus derechos fundamentales. Es ayuda ciertamente de naturaleza espiritual, pero de la que precisan mucho los servidores del bien común en estas tareas tan arriesgadas de la acción antiterrorista.

¡Sí, el mundo necesita hombres de buena conciencia, iluminados por la Ley de Dios, transformados por su gracia, animados por el amor verdadero! ¿Por qué no va a ser posible transformar la sociedad y civilización contemporáneas en “una civilización del amor”? ¿Una nueva civilización que no conozca fronteras? Para Dios, el Dios que es amor, que se nos ha revelado hasta un límite de condescendencia con el hombre de máxima humillación compartiendo en todo nuestro destino menos en el pecado, nada hay imposible.

San Isidro Labrador nos presenta un ejemplo preclaro de cómo se es y quién puede ser artífice de la civilización del amor en cualquier tiempo y lugar por la gracia de Cristo: a través de su humilde y sencilla forma de vivir las horas difíciles de un Madrid naciente a la gran historia, dominado y luego liberado; cultivando su fe y su vida de piedad eucarística y mariana personalmente y en familia, irradiando compasión entre sus compañeros de labranza, bondad entre sus vecinos, ofreciendo su casa y su mesa a los pobres….

También lo fueron las figuras insignes de los cinco Santos españoles, canonizados hace un año en emocionante ceremonia por Juan Pablo II en la Plaza de Colón: San Pedro Poveda, San José María Rubio, Santa Genoveva Torres, Santa Angela de la Cruz y Santa Maravillas de Jesús.

“Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor”

¿Coincidiremos todos los madrileños en aceptar como dicha el vivir en esa actitud que alababa el Salmista en el canto interleccional que hemos entonado como respuesta acogedora de la Palabra de Dios?

Coincidir en el reconocimiento de la Ley de Dios para conformar las ideas y el comportamiento de todos los días y, simultáneamente, en el rechazo de los consejos de los impíos y de las sendas de los pecadores, alejándose de las reuniones de los cínicos, representaría un magnífico objetivo en orden a lograr un futuro mejor, más solidario, próspero y pacifico para Madrid. Hacerlo valer, explicándolo y testimoniándolo convincentemente con obras y palabras, es tarea y vocación de los cristianos sea cual sea su estado y situación dentro de la Iglesia y en la sociedad.

No parece que pueda dudarse de que en la Europa del nuevo milenio nos enfrentamos a un grave problema de formación de las conciencias: de las personas y de la propia sociedad. El relativismo religioso y moral impregna difusamente todo el ambiente sociopolítico, jurídico y cultural que la envuelve. Es frecuente comprobar cómo se bagatelizan e, incluso, justifican actuaciones y hábitos personales y colectivos tan contrarios al bien del hombre como la blasfemia pública, la violencia juvenil y doméstica, el ataque y maltrato a la vida de los más débiles e indefensos: los nacidos, los enfermos crónicos y terminales, los ancianos. ¿Dónde se encuentran trazadas las fronteras del bien y del mal y con qué criterios objetivamente válidos se puede discernir lo que es bueno y malo en sí mismo y, por lo tanto, siempre y en cualquier ocasión, independientemente de intereses y ventajas particulares? La pregunta formulada en la Fiesta de San Isidro, en la encrucijada de un año tan dramático para todos nosotros, no puede tener otra respuesta que la del Salmista: la Ley de Dios, inscrita en la naturaleza y el corazón del hombre, siempre accesible a la recta conciencia, a la del hombre justo, bueno y misericordioso.

“Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor… Así pues, confesaos los pecados unos a otros, y rezad unos por otros”

Al escribir su carta a los cristianos de aquellas primeras comunidades, tan frágiles interna y externamente frente a los poderes del mundo, no le faltaban a Santiago motivos para exhortarlos a la paciencia y a compartir el perdón de los pecados y la oración. Perseguidos muchas veces, ridiculizados intelectual y culturalmente casi siempre por compatriotas de su Palestina de origen o por el propio poder de la sociedad y el Estado romanos, solamente serían capaces de afrontar el reto de anunciar y testimoniar el Evangelio de la Salvación con frutos de conversión y de cambio de vida entre sus conciudadanos, si se apoyaban firmemente en la esperanza de la Gloria y de la Gracia de su Señor Resucitado, Jesucristo, vivida en una constante purificación personal de sus conciencias y en la comunión de la oración eclesial. Lo consiguieron, comprometiendo su vida hasta el Martirio.

También hoy, los cristianos de esta hora avanzada de la historia de la salvación, al iniciarse el tercer milenio después de Cristo, conseguirán esos frutos de una conversión de las conciencias a la verdad de la Ley y de la Gracia de Dios, en las personas y en la sociedad, si renuevan su vida interior y reaniman el ritmo espiritual de las comunidades eclesiales a las que pertenecen. El III Sínodo Diocesano de Madrid, ya en su fase final preparatoria, nos trae a los cristianos madrileños un tiempo y una oportunidad excepcionales para una nueva y prometedora experiencia de la acción del Espíritu Santo sobre su Iglesia. ¡Mantengamos perseverantes en la esperanza! Sepamos aguardar, como San Isidro, “la lluvia temprana y tardía” que viene por los testigos fieles y generosos de la Gracia y del Espíritu de Jesucristo Resucitado; y, entonces, los frutos de una honda renovación espiritual y moral de Madrid no se harán esperar.

“Yo soy la vida, vosotros los sarmientos: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”

La figura de San Isidro Labrador, situado en la encrucijada de años decisivos para la historia de Madrid y de España en el siglo XII de nuestra Era, en los comienzos de su segundo milenio, constituye un permanente recuerdo y una inesquivable llamada de atención de lo que significan las raíces cristianas en el devenir multisecular y en la configuración espiritual y cultural de nuestro estilo de vida y en la formación de nuestra sociedad, inspiradas en la concepción de la dignidad inviolable de la persona, de toda persona humana. En los tiempos de San Isidro se vivía con pasión singular el empeño histórico de querer ser y vivir como cristianos, de recuperar la España perdida en los comienzos del siglo VIII. Permanecer en Cristo y en su Evangelio se convirtió en una cuestión decisiva para conocer, amar y seguir la Ley de Dios en toda su novedad evangélica. También hoy lo es, si queremos mantener abiertas y transitables las sendas de una cultura profundamente humanista y solidaria que favorezca al hombre en su itinerario de Salvación. San Isidro nos mostró el modo más eficaz de conseguir esa permanencia en Cristo de la que nos hablaba el Evangelio de San Juan: con el cultivo de esa vida piadosa, humilde y sencilla -a la que aludíamos más arriba-, entregada a la práctica del amor en su familia, en su trabajo, entre sus vecinos… y con una exquisita generosidad para con los pobres; en una palabra, a través de una vida “escondida en Dios con Cristo”.

Acudamos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen y Madre de La Almudena, para que sepamos sintonizar con la oración que Lope de Vega puso tan genialmente en labios del Patrono y Protector de Madrid:

“Señor, enseñad mi fe,
sed vos el maestro mío,
enseñadme sólo vos,
porque solamente en vos
lo que he de saber confío…”

Si los católicos madrileños, unidos cordialmente en “la comunión de la Iglesia” con sus Pastores, oramos así y vivimos la experiencia cristiana al estilo de los pequeños del Evangelio, alumbrará victoriosamente la esperanza para el presente y el futuro de un Madrid que acaba de pasar por momentos de enorme dolor, pero que se alegra también por el bien de España ante el gozoso acontecimiento de la próxima Boda del Príncipe de Asturias, uno de sus más ilustres vecinos.

Nuestras súplicas en esta Fiesta de San Isidro Labrador, tan nuestra, se dirigen con intenso fervor a la Madre de Dios y Madre Nuestra, pidiéndole el consuelo y la recuperación de los afectados por el atentado del 11 de marzo y por la felicidad de ese matrimonio, tan estrechamente vinculado al servicio y al bien de todos los españoles.

Amén.