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Homilía en la Vigilia de la Inmaculada

Catedral de La Almudena, 7.XII.2004, 21’00 horas.

Lecturas de la Misa de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. La celebración de la Fiesta de la Inmaculada Concepción coincide este año con el 150 Aniversario del día en que el Beato Pío IX declaraba y definía que “la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles”. Aquél 8 de diciembre de 1854 con la proclamación dogmática de la verdad de la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen culminaba un capítulo de los más bellos y hondos de la historia de la Iglesia. Con la definición dogmática no sólo quedaba dirimida una difícil cuestión especulativa que venía ocupando a los teólogos desde hacía siglos en apasionadas y nada disimuladas controversias, sino que se daba expresión plena a la visión de María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia que la fe del pueblo cristiano había ido alimentando incesantemente desde los días del trato íntimo de los Apóstoles con Ella cuando esperaban en el Cenáculo de Jerusalén orando la venida del Espíritu Santo prometido hasta el tiempo maduro de la moderna piedad mariana. La Iglesia tomaba conciencia explícita, a través del acto de Magisterio extraordinario del Sucesor de Pedro, de lo que había sentido y vivido en su relación con la Virgen siglo tras siglo con creciente devoción y ternura, gustando cada vez con mayor finura espiritual de aquella “plenitud de la gracia” a la que aludía el Ángel Gabriel cuando le anunció su vocación de Madre del Hijo del Altísimo: “Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo”.

María, la que los hijos de la Iglesia habían conocido por el Nuevo Testamento desde la Asunción hasta Pentecostés presente y decisiva en los momentos más cruciales de la vida de Jesús, la que habían contemplado desde el principio envuelta en todo aquel esplendor de la “mujer vestida de sol” del libro del Apocalipsis, y que había jugado un papel único en  la historia de la salvación, el de ser la Madre del Hijo de Dios, Creador y Redentor del hombre por obra y gracia del Espíritu Santo, no podía ser otra cosa que Inmaculada, Purísima desde el momento de su concepción. ¡En ella había triunfado la gracia de su Hijo sin dejar el menor resquicio al pecado del que fue librada desde el primer momento de su existencia! De no haber sucedido así, María no hubiera podido ser Madre digna del Redentor y de los redimidos. Hace 150 años, la historia de fe y amor a la Virgen que el pueblo cristiano había ido trenzando a lo largo de casi dos milenios de vida eclesial maduraba en uno de sus más ricos frutos: en la proclamación de su Inmaculada Concepción. España había ido a la cabeza en ese itinerario de amor a la Virgen Inmaculada. La Iglesia desde entonces se comprendía mejor a sí misma y sobre todo a Jesucristo, el Redentor del hombre, y consiguientemente al hombre mismo que necesita y anhela “salvación”.
2. La proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María tenía lugar en un contexto histórico en el que parecía imponerse, a primera vista de forma arrolladora, una cultura del progreso centrada en el poder ilimitado del hombre sobre sí mismo y sobre el mundo. No habría más ley ni más referencia de bien o del mal que la que el hombres estableciese o reconociese autónomamente para sí mismo, sobre todo, a través del Estado y del ejercicio del poder que le es propio, el poder político. Opinaban muchos desde los días más terribles de la Revolución Francesa que prescindir de la ley y de la gracia de Dios totalmente, tanto en la vida social como en la personal, constituía la fórmula más segura -¡poco menos que infalible!- para que los pueblos avanzasen hacia las metas de un bienestar, concebido en términos puramente materialistas. Ni, por supuesto, habría otro poder que el poder humano, el que el hombre pudiese constituir por la vía de la ciencia, de la técnica y de la acción social, económica y política. En el Estado se creía encontrar la fórmula más eficaz y perfecta del poder: el poder soberano, desvinculado de toda instancia moral y espiritual trascendente. El contraste, dolorosamente dramático, lo formaba el tipo de sociedad, la sociedad industrial que si iba creando, donde reinaba la competencia ilimitada y en la que la explotación de los más débiles se convertía en un fenómeno masivo.

Entretanto, la Iglesia había atravesado por un verdadero calvario de despojos de sus bienes y de su libertad que la había dejado materialmente más pobre, si bien espiritualmente más rica: purificada en sus personas y en sus estructuras y unida en torno al Papa, el Sucesor de Pedro, como nunca. María, la que se presentaría a Santa Bernardette poco después de la definición dogmática en las apariciones de Lourdes como “la Inmaculada Concepción”, venía a alertarla y alentarla para que llamase la atención al mundo de lo que significaba la tremenda realidad del pecado: de cómo estaba acechando y minando el corazón de las personas y poniendo en peligro el futuro de la humanidad: su bien temporal y eterno: ¡la paz! Pero, a la vez, ofreciéndole la propuesta de la gracia que nos viene por Jesucristo al que nos conduce, ella misma, Madre de Dios y Madre nuestra, suavemente con la ternura de la mejor de las madres. ¡Urgía un gran movimiento de conversión, de vuelta al Dios Creador y Redentor del hombre que se nos había revelado y donado en el Misterio de Cristo, hijo de María, la Virgen Purísima! Conversión, asumida desde dentro de la propia Iglesia como una renovada y firme elección del camino de la santidad y del apostolado para todos sus hijos, sin distinción de vocaciones y de estados de vida y proyectada hacia el mundo a través del testimonio y compromiso público de los católicos con todas las causas que preocupaban a la sociedad en la que tanto se hablaba y se alardeaba de progreso, actuando sobre todo, en las que estaba en juego la suerte de los más débiles y necesitados -la enseñanza, la sanidad, la cultura, el mundo obrero, etc.-.

Una nueva época de la historia de la Iglesia iniciaba su andadura de la mano de María Inmaculada, la que nos conduciría hasta el Concilio Vaticano II y a la intrépida llamada de Juan Pablo II para una nueva Evangelización. Una época en la que el pecado adquirió en el mundo formas desconocidas de maldad y de refinamiento de insuperable crueldad -ahí está el ejemplo de las dos guerras mundiales, las más espantosas de la historia- pero también en la que la gracia triunfó con una inédita floración de santos y de mártires, nunca vista ni por su número ni por la forma de manifestarse en los períodos más gloriosos del pasado eclesial.

3. Por todo ello, nuestra celebración de la Inmaculada en este año 2004 ha de servirnos para la Acción de Gracias al Señor por los frutos espirituales y pastorales de su definición dogmática en aquel día bendito para la Iglesia y para el mundo que fue el 8 de diciembre de 1854. Pero, a la vez, ha de movernos a ahondar sin dilación en su vivencia espiritual y apostólica para el momento presente. La pérdida de la conciencia del pecado y de su significado destructor para el hombre como la causa profunda y última de sus males personales y sociales, físicos y espirituales, temporales y eternos, sigue incidiendo poderosamente en la conformación del pensamiento y de los modelos de comportamiento, más habituales en la sociedad y la cultura actuales de la España y de la Europa, que busca un nuevo marco jurídico para su unión y convivencia políticas. El dictamen según el cual no hay pecado, de que todo es factible y accesible al hombre si le conviene, se ha impuesto en el estilo de vida de amplios e influyentes sectores de nuestra sociedad. Se puede manipular todo: el ser humano desde el instante de su concepción hasta su muerte, el proceso educativo que le corresponde conforme a su dignidad personal, las formas básicas de su relación como hombre y mujer de acuerdo con las exigencias de la experiencia primera y fundante del amor fecundo, abierto a los hijos, a las nuevas vidas…; ¡todo! siempre que convenga. Las consecuencias de tales modelos de vida para las personas y la sociedad pueden comprobarse sin mayor esfuerzo. Crecen la presencia y la experiencia del dolor todos los días; el terrorismo pende sobre nuestro quehacer cotidiano como una tenaz pesadilla ¿cómo no recordar a las víctimas del atentado del 11 de marzo y los recientísimas acciones criminales de ETA en nuestra ciudad, aquí y ahora, en esta solemnísima Vigilia de la Inmaculada en su Catedral de La Almudena, dedicada a la Reina de la Paz?; los problemas de la familia y del los más indefensos socialmente -los niños, los jóvenes, los ancianos, los enfermos…- no van a menos. El camino de la negación del pecado lleva consigo a la ciega cerrazón a la presencia y a la fuerza luminosa y gozosa de la gracia, la única capaz de encender la esperanza, porque es la única que abre la vía a las trasformaciones interiores: las de los corazones que se convierten y de las vidas que se configuran según la ley de Dios y del Evangelio de Jesucristo.

¡Anunciar el triunfo de la Gracia con palabras y con obras en la vida diaria es a lo que nos llama la Inmaculada en la Fiesta de este año singular por tantos motivos! O, lo que es lo mismo, y siguiendo las indicaciones de Juan Pablo II en la Novo Millenio Ineunte: ¡es preciso que hagamos nuestra sin reserva alguna, con total transparencia en la manera de vivir nuestra vocación cristiana y en la acción pastoral y apostólica de la Iglesia, “la primacía de la gracia”! Así, no se harán esperar los frutos de la Nueva Evangelización: el III Sínodo Diocesano de Madrid acertará en abrir nuevas y fecundas vías para la transmisión de la fe; nuestra sociedad progresará en la verdad y en el bien auténtico, en el que se labra la salvación y la felicidad de las personas; madurará la paz en Madrid, en España y en Europa.

Con María Inmaculada, Madre de gracia y de Misericordia y por ello Reina de la Paz, recorramos con nuevo fervor los caminos de su Hijo, los de su Evangelio, y entonces granarán las nuevas y auténticas semillas de la paz.  A m é n.