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El Cardenal
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Homilía en la Eucaristía de “la Divina Misericordia” por el Papa, Juan Pablo II, q.e.g.e

Basílica de Ntra. Sra. de Guadalupe, 3.IV.05; 18’00 horas

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Hemos querido celebrar esta Eucaristía desde que el Santo Padre uniese la celebración del II Domingo de Pascua al recuerdo y a la adoración de “la Divina Misericordia”, como aquella en que la culminación de la Solemnidad de la Pascua del Señor nos lo hace aparecer “Resucitado” y nos hace comprender el fruto principal de su Resurrección en la clave de “la Divina Misericordia”. La Resurrección del Señor es, por una parte, la que abre sobre el mundo definitivamente las fuentes de la Misericordia Divina; y, por otra, la constatación victoriosa y el triunfo de la Divina Misericordia sobre la muerte y sobre el pecado.

¡Ha triunfado Él que es la Vida, porque ha vencido el amor misericordioso derramado y mostrado en la Cruz!

¡Y hemos triunfado nosotros con Él -“Nuestra Vida”- cuando nos hemos convertido por la Fe y el Bautismo (y por el Sacramento de la Penitencia, en su caso) a la infinita Misericordia.

Hoy, en el día, el primero de la Semana, el de la Octava de la Pascua, que comenzaba pocas horas después del fallecimiento de nuestro queridísimo Santo Padre, Juan Pablo II, celebramos “la Divina Misericordia”, la que nace del designio infinito de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pidiendo a Jesucristo Sacramentado, que haya colmado ya para siempre con el fruto suavísimo de la Gloria de las Bienaventuranzas a Juan Pablo II:

En nuestra carta que dirigíamos ayer en las primeras horas de la noche a toda la comunidad Diocesana decíamos:

El Papa ha muerto, ha llegado ya al umbral de la Casa del Padre para el definitivo encuentro con Jesucristo Resucitado. Así lo esperamos firmemente y así  lo pedimos fervientemente al Señor a quien ha servido como su Vicario y como buen Pastor de su Iglesia con entrega y amor admirables durante más de un cuarto de siglo. Se lo confiamos a María, Madre del Señor y Madre nuestra, la Reina del Cielo, a la que Juan  Pablo II dedicó su vida y consagró su ministerio con ternura filial, declarándose “todo suyo” -“Totus tuus”-.

Si ha vivido con Cristo, abrazado a su Cruz, muriendo constantemente con Él para servir mejor a su Iglesia y a los hombres, también habrá resucitado ya con Él. Sí, es lícito afirmar a la luz de la biografía del Santo Padre, sobre todo desde el momento de su elección como Sucesor de Pedro hasta estos últimos días de su cruel enfermedad, que no vivió para sí mismo, que vivió siempre para el Señor y que muere para Él: ¡verdaderamente en la vida y en la muerte ha sido y es del Señor! (cfr. Rom 14, 7-9). Más aún, todo lo que nuestro recuerdo vivo -¡el recuerdo de los hijos!- nos trae a la memoria de su Pontificado, heroico y martirial como los de la primera hora del Papado, nos obliga a sostener que el Papa de este tiempo nuestro, el del paso del segundo milenio al tercer milenio de la era cristiana, no vaciló nunca en mantener viva la respuesta afirmativa a Jesús, ya Resucitado, que le preguntó el día de su elección igual que a Pedro a la orilla del lago de Genesaret: ¿“me amas más que estos”?  Efectivamente lo que sabemos de la vida y ministerio de Juan Pablo II, todo nuestra experiencia de hijos de la Iglesia vivida con él, el Vicario de Cristo para los años más decisivos de nuestra vida, es revelación conmovedora de un Sí de amor a Jesucristo nunca desmentido, afirmado y renovado desde lo más hondo del alma, siempre más y más. En ese amor a Cristo profesado y confesado con una intensidad interior y con una valentía exterior excepcionales se encuentra la clave de su Pontificado, o lo que es lo mismo, la clave para entender su modo y forma de cumplir con el mandato del Señor ¡“apacienta mis ovejas”!: sumamente cercana, cálidamente próxima ¡tan humana y tan sobrenatural a la vez!

Juan Pablo II se propuso desde el primer día de su ministerio pastoral que los hombres del mundo contemporáneo, por tantas razones atormentados, amedrentados y dolidos, no tuviesen miedo: ¡que le abriesen las puertas a Cristo! ¡de par en par!: las de su corazón, las de sus familias, las de su pueblo, las de toda la humanidad. Así se explica ese Papa amigo del hombre, de los hombres concretos de nuestro tiempo, de los más pobres y afligidos en el alma y en el cuerpo; ese Papa amigo de la verdadera paz que la opinión pública mundial destaca y reconoce en esta hora decisiva de su encuentro con el Señor Resucitado, Jesús Misericordioso, Juez de vivos y muertos. Así se explica también que su presencia en todos los lugares de la tierra y su palabra ardiente de testigo insobornable de Jesucristo -¡hasta el martirio!- y de maestro luminoso de la fe encendiese con tanto fulgor la esperanza en la Iglesia y en el mundo y que sus casi tres décadas de ministerio apostólico significasen una proclamación constante del Evangelio de tal modo que resonase en todos los rincones de la tierra como un “canto firme” de la esperanza en la victoria del Señor Resucitado: de su misericordia, de su gracia y de su gloria en el tiempo y en la eternidad. Una victoria operante ya en su Iglesia por la efusión del Espíritu Santo y por el testimonio de sus santos y de sus mártires, visibles en toda la geografía del planeta; victoria que hemos podido experimentar y podemos constatar también de la mano del Papa en la Iglesia que se ha adentrado ya en una nueva época de la historia: la del Tercer Milenio Cristiano.

Nuestras plegarias, las de toda la Archidiócesis de Madrid, se funden con las de la Iglesia extendida por todo el Universo para que la esperanza de la Gloria se haya convertido en realidad poseída por nuestro muy querido Juan Pablo II: ¡qué el Señor Jesús, el Resucitado, haya acogido a su siervo fiel y solícito por toda la eternidad en la Asamblea de los Ángeles y de los Santos!

¡Sabemos que Jesucristo, el Señor y Esposo de la Iglesia, no la abandona nunca! Nuestro corazón sabe también con la certeza, nacida del don de la sabiduría, que a nuestro lado vela María, su Madre y Madre nuestra, para que no le falte nunca a la Iglesia el servicio fiel del Vicario de su Hijo, dispuesto igualmente que Pedro a “amarle más que a estos” y “apacentar sus ovejas” hasta dar la vida por Él y por ellas.

España y Madrid le deben mucho a este Papa que el Señor ha llevado a su presencia.

En esta Iglesia, en la tarde del 31 de mayo de 1982, iniciaba su Visita Apostólica a España -la primera- con una Vigilia de Oración al Señor Sacramentado, en la que proclamaba: “¡Dios está aquí!” “¡Venid, adoradores! ¡Adoremos a Cristo Redentor!”.

En sus palabras de saludo a España al tocar y besar su suelo pocas horas antes en el Aeropuerto de Barajas, nos recordaba: “No ignoro, por otra parte, las conocidas tensiones, a veces desembocadas en choques abiertos, que se han producido en el seno de vuestra sociedad, y que han estudiado tantos escritores vuestros. En ese contexto histórico social, es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano. Para sacar de ahí fuerza renovada que nos haga siempre infatigables creadores de diálogo y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral del pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones, mientras exigís el justo respeto de las vuestras”.

21 años más tarde se despedía de nosotros con un mensaje semejante:
“La fe cristiana y católica constituye la identidad del pueblo español, dije cuando peregriné a Santiago de Compostela (Año 1982). Conocer y profundizar el pasado de un pueblo es afianzar y enriquecer su propia identidad! ¡No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra historia”.

“España Evangelizada, España Evangelizadora, éste es el camino”

“Se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo”

“Las ideas no se imponen, se proponen”

“¡Seréis mis testigos!”

¡Santa María de La Almudena acógele! ¡Ayúdanos a vivir fiel a la herencia que Él nos dejó”.

Amén.