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Homilía en la en la Misa de los Jóvenes por el Santo Padre Juan Pablo II

Explanada de la Catedral de La Almudena, 4.IV.05, 21’00 horas

(Lecturas de la Misa de la Anunciación del Señor)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor,
Mis queridos jóvenes:

Los jóvenes, ¿ante la muerte de un santo?

Celebramos esta Eucaristía por nuestro queridísimo Santo Padre, Juan Pablo, recurriendo de este modo a la forma de oración más eficaz a los ojos de Dios y la más valiosa que podemos presentar los hombres. Ofrecer el sacrificio eucarístico por él es la muestra de recuerdo emocionado y de amor -¡de vuestro cariño!- más auténtica y mejor que podéis tributarle en estas horas tan cercanas aún a su muerte, cuando su cadáver acaba de ser trasladado a la Basílica de San Pedro para la veneración de los fieles. Le habéis llamado amigo ¡tantas veces!; le habéis dicho en privado y en público ¡clamorosamente! que le quiere todo el mundo; habéis usado la expresión “padre”, ¡Santo Padre!, con toda la naturalidad propia de vuestro estilo juvenil, nada dado a fórmulas hipócritas cuando de lo que va es de amistad sincera y de afectos incuestionables, hondos y duraderos. ¿A quién mejor que a Jesucristo, del que Juan Pablo II fue Vicario en la tierra tantos años, de forma tan abnegada y transparente, y a éste Resucitado, podemos encomendar nuestras súplicas y deseos de que goce ya eternamente con Él de la Gloria de su Reino? Si es el mismo Señor que se pone a nuestro lado y el que por el ministerio del sacerdote va a ofrecer en esta celebración eucarística su oblación sacerdotal en la Cruz, su Carne y su Sangre, su vida entregada, para que la hagamos nuestra con toda la Iglesia: por la fe, por la esperanza y, sobre todo, por la caridad de nuestros corazones arrepentidos que ante el Señor en el Sacramento de la Penitencia han dicho no al pecado que nos mata el alma. ¡Vivamos así la Eucaristía de esta noche en la explanada de la Catedral de la Virgen de La Almudena ofreciendo por el Papa el sacrificio espiritual de un corazón limpio! Todo nos hace suponer que él participa ya gloriosamente en ese único y victorioso sacrificio que Jesucristo Crucificado, el Sacerdote eterno, presenta a la Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, intercediendo eternamente por nosotros: los vivos y los difuntos. ¡Seamos sinceros! ¿no nos sale del alma afirmar que el nombre que le cuadra a Juan Pablo II a la vista de todo lo que hemos conocido, vivido y recibido de Él como nuestro Padre y Pastor es el de SANTO? Lo que podría haber de convencional en esa forma de llamarle en vida “Santo Padre” ¿no desaparece y se diluye totalmente en esta hora de su llamada a la Casa del Padre? ¿Ante las imágenes que se nos acumulan en la visión interior del alma no estamos legitimados para confesar con toda verdad que Juan Pablo II vivió y murió como un santo?

Aquel joven Karol Wojtyla que perdió muy pronto a su madre y a su único hermano; más tarde a su padre; que sufre en directo los dos períodos de mayor persecución de los cristianos que conoció el mundo -el nacionalsocialista y el comunista-; que dedica toda sus extraordinarias dotes intelectuales, humanas y espirituales, su innata y noble forma de mostrar afecto, de ser generoso… al amor indiviso del Señor que le llama en su joven madurez al sacerdocio, muy pronto al episcopado que ejerce en sus tiempos de Arzobispo de Cracovia con el estilo propio de los testigos indomables de la fe y del amor cristianos; y que, luego, como Sucesor de Pedro, se mostró dispuesto a amar a nuestro Señor “más que a éstos” hasta dar la vida por Él y por los hermanos, sufriendo en su propia carne el golpe mortal del terrorismo enemigo del Evangelio y gastando y desgastando toda su vida hasta el último aliento al servicio de Cristo, el Salvador del hombre, como instrumento de su amor salvador a los hombres de nuestro tiempo… ¿no nos obliga a mirarle en nuestra memoria agradecida y conmovida de hijos y amigos muy queridos como un santo? Vosotros, queridos jóvenes, fuisteis sus amigos, de los más preferidos; os contaba y le contabais entre los mejores amigos. ¿Verdad que os sale del alma reconocer públicamente: fue un santo?

La fidelidad de vuestra amistad: ¡a prueba!

La fidelidad de vuestra amistad la ponéis a prueba hoy y todos estos días en vuestra oración y en vuestras manifestaciones públicas de amor al Papa de vuestras vidas, al Papa de vuestra juventud. ¡Es preciso que deis un paso más! Que no olvidéis todo lo que os ha encarecido y encargado en los inolvidables encuentros vividos juntos, sobre todo en los de España y, muy en especial, en los de Madrid. Retornad con vuestros recuerdos al último, el de “Cuatro Vientos”, atardecer del tres de mayo del año 2003:

“Queridos jóvenes, os invito a formar parte de ‘la Escuela de la Virgen María’. Ella es modelo insuperable de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora. Ella os enseñará a no separar nunca la acción de la contemplación, así contribuiréis a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu. Una Europa fiel a sus raíces cristianas… decidida a aunar sus esfuerzos y su creatividad al servicio de la paz y de la solidaridad entre los pueblos”

“Venced la enemistad con la fuerza del perdón. Mantenéos lejos de toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia. Testimoniad con vuestras vidas que las ideas no se imponen, sino que se proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar por el mal! Para ello necesitáis la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con Cristo…”

“Queridos jóvenes, ¡id con confianza al encuentro de Jesús! y, como los nuevos santos ¡no tengáis miedo a hablar de Él! pues Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino…”

“Esta presencia fiel del Señor os hace capaces de asumir el compromiso de la nueva evangelización, a la que todos los hijos de la Iglesia están llamados. Es tarea de todos…; sin embargo, la evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas. Ésta es la razón por la que deseo decir a cada uno de vosotros, jóvenes: si sientes la llamada de Dios que te dice: ‘Sígueme’… no la acalles. Sé generoso, responde como María ofreciendo a Dios el sí gozoso de tu persona y de tu vida”

“¡Un joven de 83 años! Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!”

¡Queremos ser testigos de Jesucristo!

Queridos jóvenes de Madrid: ¿vamos a desilusionar ahora, precisamente ahora, al Papa? Respondedle con corazón comprometido y ferviente: ¡queremos ser testigos de Jesucristo! ¡Queremos ser los protagonistas de un mundo nuevo en una España y en un Madrid, nuevos! ¡Estamos firmemente decididos a llevar las aguas siempre y eternamente frescas del Evangelio a las raíces más profundas de las personas y de la sociedad! ¡Estamos dispuestos a empeñar nuestras vidas! El Papa confesaba gozoso a los jóvenes de Madrid reunidos por centenares de millares en el Estadio Bernnabéu también en un atardecer, el del 3 de noviembre del año 1982, en su primer viaje apostólico a España como “Testigo de Esperanza” lo siguiente: “No me habéis desilusionado, sigo creyendo en los jóvenes, en vosotros”. Lo que les propuso en aquél momento jubiloso fue el programa de las Bienaventuranzas para vencer al mal con el bien, y les habló de Jesucristo y de su amistad como el único camino para conseguirlo: “Haced la experiencia de esta amistad con Jesús”.

Sí, ¡hacedla, queridos jóvenes de Madrid, vosotros, la juventud del Tercer Milenio, la juventud del Papa -como os gusta denominaros a vosotros mismos-, sin miedo, valientemente! ¡Entonces comprobaréis cómo se os llenará el corazón de la gracia del Resucitado, de la vida plena y feliz, que salta hasta la vida eterna! ¡Así no defraudaréis a vuestro gran amigo y padre, el Papa Juan Pablo II!

Se trata pues de decirle “sí” al Señor con nueva creatividad y perseverancia como María el día en que le fue anunciado por el Ángel que iba a concebir en su seno a la Palabra: que iba a ser la Madre de Jesús, el Hijo del Altísimo, la Madre de Dios. No lo dudó, se introdujo en el dinamismo sobrenatural de la propia obediencia de su Hijo Jesucristo, que cuando “entró en el mundo dijo: ‘Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’… Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre” (cfr. He 10.4-106).

Incorporarse al Sí de María

Este es nuestro gran reto, queridos jóvenes: ¡incorporarnos al sí de María para que se haga realidad en nosotros el sí de Jesucristo, siguiendo el ejemplo de los santos! “¡No tengáis miedo a ser santos!”, nos animaba Juan Pablo II en el Monte del Gozo compostelano en la mañana luminosa del 20 de agosto de 1989 en la Eucaristía de la inolvidable     IV Jornada Mundial de la Juventud con una fuerza de convicción espiritual y con un tono vibrante que nos arrebataba.

¡Que vuestra fórmula de despedida al Papa en la tierra, al Papa que tanto habéis querido, sea la de la confidencia íntima de corazón a corazón, comunicándole: ¡queremos perder el miedo a ser santos! ¡caminaremos por la senda que tú nos has marcado…! Y, por ello, con tus mismas palabras, las de tu oración a María en “Cuatro Vientos” al finalizar la vigilia de oración con nosotros, le rogamos hoy a Santa María Inmaculada, Virgen de La Almudena:

“¡Dios te salve, María, llena de gracia!
Esta noche te pido por los jóvenes de España,
jóvenes llenos de sueños y esperanzas.
Ellos son los centinelas del mañana,
el pueblo de las Bienaventuranzas;
son la esperanza viva de la Iglesia y del Papa.
Santa María, madre de los jóvenes,
intercede para que sean testigos de Cristo Resucitado
apóstoles humildes y valientes del tercer milenio,
heraldos generosos del Evangelio.
Santa María, Virgen Inmaculada,
reza con nosotros,
reza por nosotros.”

¡María! lleva a quien ha sido “todo tuyo”, a Juan Pablo II, el Vicario de tu Hijo en los años de nuestra juventud, cerca de Él para que lo introduzca como al servidor bueno y fiel en la Asamblea de los Ángeles y de los Santos por toda la eternidad.

Amén.