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Homilía en la Solemnidad de Ntra. Sra. de La Almudena

Plaza Mayor 9.XI.2006; 11,00 h.

(Za. 2,14-17; Sal. Jdt. 13, 18bcde.19; Ap. 21,3-5ª; Jn. 19,25-27)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La Solemnidad de Nuestra Señora de la Almudena, Patrona de Madrid, nos impulsa una vez más a hacer Memoria de nuestra historia común en uno de los aspectos que más hondamente la han marcado: el de la historia del alma de sus hijos, historia interior de las convicciones religiosas y morales en las que han creído y que han sustentado sus vidas a lo largo de los siglos y a través de los avatares más diversos por los que han pasado: tristes y gozosos, dramáticos y gloriosos, felices e infelices. Nos se trata solamente de hacer caso a una vieja máxima de la sabiduría popular según la cual se debe aprender siempre del pasado si se quiere afrontar con lucidez humana y cristiana los retos que el presente y el futuro de esta comunidad y ciudad tan querida de Madrid nos deparan –¡hay que asimilar siempre las lecciones de la historia, Maestra de la vida!–, sino, sobre todo, porque la Liturgia de la Iglesia en su máxima expresión, la eucarística, se refiere siempre y esencialmente a la memoria de un acontecimiento absolutamente singular que actualiza constantemente lo que conmemora, convirtiéndolo en un renovado presente y en una prenda de un futuro de salvación: el acontecimiento de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo ¡su triunfo pascual sobre el pecado y sobre la muerte! Memoria en la que se incluyen todos los demás momentos de la historia de la Iglesia: los grandes y los pequeños, los más universales y los más particulares, como ese suceso aparentemente tan sencillo y humilde del descubrimiento en la Almudena del Madrid liberado por el Rey Alfonso VI de la imagen de la Virgen María, el 9 de noviembre de 1085, tan venerada por los cristianos madrileños de los primeros siglos. ¡Memoria festiva! No puede formularse ni celebrarse la memoria de los acontecimientos inscritos en la historia de la salvación después de Cristo, de otro modo, que festejándola, viviéndola como una Fiesta, al renovarse incesantemente con esa memoria eclesial las promesas indefectibles del Dios que es para nosotros “Camino, Verdad y Vida”.

LA MEMORIA HISTÓRICA DE LA ALMUDENA nos lleva a recordar, en primer lugar, un dato fundamental para entender la historia de Madrid en el Segundo Milenio de nuestra era: Madrid fue en todo este tiempo una comunidad humana creyente. Sus familias, la práctica totalidad de sus habitantes, creyeron y creían en Dios. De esa “ciudad de los hombres”, que va creciendo y formándose a lo largo de esos mil años del Madrid, medieval y moderno, se podría afirmar que en ella se había dado crecientemente cumplimiento a la Profecía de Zacarías, que hemos escuchado en la primera lectura, cuando anuncia a “la hija de Sión”, a Jerusalén: “Alégrate y goza… que yo vengo a habitar dentro de ti”. Los madrileños del segundo Milenio creyeron en Dios, como el centro de la realidad y de su propia vida. Más aún, creyeron en Él como Aquél que les ha creado y llamado a vivir la existencia como un programa de Amor bello, fascinante y vinculante a la vez: Amor a Él, al Dios que les ha sacado de la nada y les ha confiado el señorío cuidadoso y respetuoso de la creación, y al prójimo como a sí mismos. Creyeron en Él en el día a día de la existencia personal y en todo el curso de su vida, concebida como una peregrinación que nos lleva, más allá de la muerte, a la patria de la Vida eternamente feliz, a no ser que nos empecinemos en la negación del gran Mandamiento del Amor.

MARÍA, la Virgen y Madre de Dios, venerada como la Mayor en el Madrid antiguo y, pronto, como la de La Almudena, en el Madrid medieval, les llevó siempre de la mano por el camino de una fe sólida y sencilla que alumbró toda una nueva cultura y un estilo de vida, inspirada en el amor fraterno. Amor, patente en el lugar central que ocupan el matrimonio y la familia en la vivencia de las relaciones personales y en la configuración social y cultural de la comunidad ciudadana y, ejercitado, de un modo muchas veces heroico, en el servicio a los más humildes y necesitados: ¡en el amor a los pobres, sin distinción!: amor a los pobre del cuerpo y a los indigentes de espíritu y de alma. La fe a la que condujo la Virgen de la Almudena a los madrileños era la fe no en un Dios cualquiera, sino en el Dios verdadero, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, su Hijo Unigénito, encarnado en su seno materno; Fe en Dios Padre, que nos entregó al Hijo hasta la muerte, y una muerte de Cruz, y que, habiendo aceptado la oblación sacerdotal de su Cuerpo y de su Sangre ofrecida en el Calvario por la salvación del mundo, nos envió al Espíritu Santo para hacer realmente posible en la peregrinación de este mundo la experiencia de la Caridad perfecta, del Amor sin límites, del Amor que santifica.

LA MEMORIA HISTÓRICA DE LA ALMUDENA nos lleva, por tanto, a reconocer la historia cristiana de Madrid, la de su Fe en Nuestro Señor Jesucristo y en la Buena Noticia de la Salvación que Él trajo para el hombre.

La fe en el Evangelio, sembrada como una semilla vigorosa y fértil en los primeros siglos del cristianismo en la Hispania romana, pudo ser recuperada en su primitiva frescura por los madrileños en los albores del segundo milenio, después de la recuperación plena de la libertad para profesarla y practicarla tras casi cuatro siglos de dominio islámico. Esos mil años del Madrid, lugar clave para la formación histórica de España, van a ser en sus rasgos más humamos y espirituales, por lo tanto ¡los decisivos!, los rasgos de una historia cristiana. La fe en Jesucristo iluminó para los madrileños de estos siglos su visión del mundo y del hombre. Pudieron comprender mejor la medida de la Ley del Amor para con Dios y para con el prójimo. No sería ya más la medida empequeñecedora del amor a sí mismo, sino la del amor infinito del Padre que nos entregó al Hijo para que éste a su vez se entregase a sí mismo por nosotros, totalmente, sin reserva y limitación humana alguna. Pero, sobre todo, pudieron alcanzar la fuerza necesaria, la de la gracia de Cristo, recibida a través de su Iglesia, para poder vivir en el amor y del amor de Dios, enfrentándose al pecado victoriosamente y dando la vida por los hermanos, cumpliendo así la Ley de Dios como una Ley Nueva, como una Ley de santidad interior, verdadera, auténtica. La historia de los Santos y Mártires madrileños del segundo milenio nos lo confirma ejemplarmente. No han faltado ciertamente los pecados y las negaciones teóricas y prácticas, las inconsecuencias con respecto al Evangelio entre los cristianos y los miembros de la Iglesia en Madrid en el tiempo de su historia medieval, moderna y contemporánea, pero debemos decir con gozo que entre ellos ha abundado mucho más la Gracia.

LA MEMORIA HISTÓRICA, LA ALMUDENA, celebrada eucarísticamente, nos obliga irremisiblemente a mirarnos en el presente de la Iglesia y de la sociedad madrileña.

La segunda lectura, del Libro del Apocalipsis, confirma que la profecía de Zacarías ha entrado en su fase definitiva de realización después de la Victoria pascual de Cristo, “el Cordero inmaculado”, y a través de su Iglesia. La voz potente que escuchaba el vidente de ese libro profético del Nuevo Testamento, conocido como “el de la Revelación de Juan”, sonaba inequívocamente como una promesa que se está haciendo progresivamente actualidad: “ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor”. Y, añade rotundamente: “porque el primer mundo ha pasado” (Ap 21, 3-5ª).

¿Resistirá la mirada de nuestra realidad madrileña de hoy, la realidad social y la realidad eclesial, la verificación histórica de esta afirmación del Apocalipsis? Es verdad que se mantiene viva la herencia creyente y cristiana de nuestra historia que hoy rememoramos festivamente en la celebración de nuestra Madre y Patrona, la Virgen de la Almudena. Y, sin embargo, la respuesta no es ni puede ser fácil ni engañosa. Nadie puede negar que la increencia se presente en la actualidad madrileña no solamente como un fenómeno aislado sin mayor significado e influencia social y cultural, sino como el marco último de la concepción y de la fundamentación de la vida de no pocos. Una increencia que se presenta unas veces como un rechazo sin más de la Iglesia y de la específica cosmovisión cristiana del hombre y de la moral; otras, en cambio, como negación radical o cuestionamiento sistemático de Dios mismo: de su existencia y de su providencia. Aunque naturalmente tampoco se le escapa a ningún observador objetivo del Madrid de nuestros días el florecimiento de la fe y del compromiso cristiano en amplísimos sectores de la sociedad madrileña, sin exceptuar a su juventud, ayer lo demostraron una vez más en la Vigilia de Oración de la Catedral, y su influencia en la configuración cristiana de la vida personal y social de los madrileños. ¡No, no ha pasado la hora del Madrid cristiano!

El reto de la Evangelización se nos presenta pues formidable. El tiempo y el terreno para proclamar y recibir un nuevo anuncio de la Palabra de Dios están bien preparados.

¿Cuántos son los contemporáneos nuestros, especialmente los jóvenes de Madrid, que sienten nostalgia y necesidad de Dios? ¿Cuántos están percibiendo en lo más íntimo de su ser, en “el sagrario de su conciencia”, la necesidad del encuentro con Jesucristo, “el Dios con nosotros”, que les comprenda, que les cure y que les ame? En medio de la pluralidad cultural y religiosa de nuestra sociedad se constata como un secreto deseoso, una ansia escondida, de una vuelta del hombre de nuestro tiempo, tan ciegamente seguro de la eficacia insuperable de su poder científico y tecnológico, al amplio campo de la razón que busca la verdad –¡las verdades últimas!– por la vía del encuentro mutuo y confiado con la luz de la fe. Las palabras de Su Santidad Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona suponen y significan una invitación en este sentido. También en el Madrid de hoy se necesita asentar de nuevo los fundamentos éticos de la vida en común, económica, social, cultural y política, sobre los principios de la dignidad inviolable de la persona humana, creada y redimida por Cristo, de sus derechos fundamentales y de los del verdadero matrimonio y de la familia, atendiendo siempre a las exigencias solidarias del bien común. Lo que está ocurriendo con el tratamiento, verdaderamente desalmado, del derecho a la vida del no nacido, incluso en los últimos meses del embarazo de la madre, es decir, con la práctica de los llamados abortos tardíos, clama al cielo.

En esta tarea de una verdadera humanización de nuestra vida en común estamos comprometidos todos los hijos de la Iglesia, seguros de la comprensión y colaboración de todos los cristianos y de todos los ciudadanos de buena voluntad. No debe, por tanto, extrañar que hayamos convocado a la Iglesia en Madrid a la Misión, después de la celebración del III Sínodo Diocesano, enfocado todo él a impulsar la transmisión de la fe a nuestros hermanos, los viejos y los nuevos madrileños y, más precisamente, a “una Misión Joven”, que lleve a Cristo a las nuevas generaciones de los madrileños o, lo que es lo mismo, que, acercándose a ellos sencilla y amorosamente, los lleve a Cristo. Hoy le oímos de nuevo, clavado en la Cruz, decir a su Madre –como en todas las Fiestas de La Almudena–: “Mujer ahí tienes a tus hijos”: las familias madrileñas, sus hijos, los jóvenes de Madrid, los nacidos en Madrid y los venidos de otros países y pueblos, buscando entre nosotros un futuro mejor y más humano; a los madrileños enfermos y necesitados de ayuda material y de cariño y compañía espiritual. Y de nuevo también, le queremos responder –al indicarnos que ahí, al pie de su Cruz, está nuestra Madre–, que la recibimos en nuestras Casas con el corazón abierto, con un renovado amor filial de hijos suyos. A Ella, nos encomendamos confiadamente con las palabras de la oración de Benedicto XVI delante de la Columna de la Virgen en la Plaza de María, en el centro de la ciudad de Munich, el pasado 9 de septiembre:

“Tu poder es la bondad. Tu poder es el servicio. Enséñanos a nosotros, grandes y pequeños, gobernantes y servidores, a vivir así nuestra responsabilidad.

Ayúdanos a encontrar la fuerza para la reconciliación y el perdón.

Ayúdanos a ser pacientes y humildes, pero también libres y valientes, como lo fuiste tú a la hora de la Cruz.

Tú llevas en tus brazos a Jesús, el Niño que bendice, el Niño que es el Señor del mundo. De este modo, llevando a Aquel que bendice, te has convertido tú misma en una bendición.

¡Bendícenos, bendice a esta Ciudad y a esta Comunidad!

¡Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre!

¡Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.