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Homilía en la Eucaristía de Acción de Gracias con motivo de la Restauración y Apertura de la Catedral de la Magdalena

Getafe, 23 de enero de 2007

(Sab 7,7-10.15-16; 2 Tim 1,13-14; 2,1-3; Lc 6, 43-49)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

«Cantaré eternamente las misericordias del Señor».

Estas palabras del salmo responsorial recogen perfectamente los sentimientos con que celebramos esta eucaristía en acción de gracias por la restauración de esta catedral de la Magdalena que hoy abre sus puertas para celebrar de nuevo habitualmente el culto cristiano. Cantar las misericordias del Señor es la misión de la Iglesia de modo que la alabanza de Dios llene toda la tierra y los hombres reconozcan la grandeza del Creador. Dios ha tenido misericordia con el hombre al enviarle a su Hijo Jesucristo como Redentor, y desde Pentecostés hasta la Parusía la Iglesia proclamará a los cuatros vientos esta misericordia. Eso hizo la Magdalena, en cuyo honor está dedicada la catedral, cuando fue enviada por Cristo como testigo de la Resurrección; eso hizo san Ildefonso, cuya fiesta celebramos hoy, cantando especialmente las glorias de María en quien Dios manifestó plenamente su misericordia, y a esto nos convoca hoy la liturgia: a hacer de nuestras vidas una alabanza constante a nuestro Dios.

1.    El don de la Iglesia

La Iglesia catedral es, en cierto sentido, el símbolo de la Iglesia diocesana que se edifica en torno al obispo, sucesor de los apóstoles, que tiene aquí la cátedra donde enseña y el altar donde santifica. Enseñando y santificando, pastorea al pueblo que Cristo le ha confiado y lo edifica sobre la verdad revelada y transmitida por la Tradición que se remonta al mismo Señor y al colegio apostólico. La belleza del templo catedralicio, y en especial la del culto que en él se realiza, nos habla de la belleza misma de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que se edifica con las piedras vivas que somos todos y cada uno de los bautizados. Por eso, el templo que contempla nuestros ojos, restaurado después de varios años, nos remite a la realidad misteriosa de la Iglesia, formada por los redimidos por Cristo en las aguas bautismales y santificados por los sacramentos, los que formamos el Pueblo santo de Dios, peregrino en la historia hasta la consumación de los siglos. La apertura de este templo nos invita a la acción de gracias por los trabajos concluidos y por quienes los han llevado a cabo con generosidad y competencia; pero, más allá de este motivo histórico, nos invita sobre todo, a dar gracias a Dios por el don mismo de la Iglesia que se edifica día a día mediante la santidad de todos sus miembros. Edificar la Iglesia: esa es la misión que Cristo encomendó a los apóstoles después de resucitar y la que hoy os pide a todos los diocesanos de Getafe.

2.    Edificar sobre Cristo

Las lecturas de esta liturgia giran precisamente en torno a la edificación de la Iglesia sobre el único que la hace posible y la sostiene: Cristo el Señor. Hemos escuchado una hermosa parábola en la que Cristo nos recuerda que invocarle como «Señor» significa hacer lo que él nos dice, acoger y cumplir sus palabras, ser fieles a su alianza. De nada sirve llamarle «Señor» si no cumplimos su voluntad expresada en el evangelio y en la vida que recibimos en el bautismo. Si queremos poner cimientos sólidos a nuestra vida cristiana, personal y eclesial, sólo tenemos un camino, el de acercarnos a Cristo y permanecer fielmente en él. Esta Diócesis joven de Getafe, que tiene ante sí el hermoso reto de consolidar la tarea que inició con tanta generosidad su primer obispo, Mons. Pérez y Fernández Golfín, será una casa edificada sobre roca si cada uno de sus cristianos se acerca a Cristo con amor, y hace de él el Señor de toda su vida, creciendo en la fe, esperanza y caridad y viviendo en todas las circunstancias de su existencia como verdadero templo de Dios y testigo de su amor en medio del mundo. Los misterios que celebraremos en este templo, y de modo especial la eucaristía, no son ajenos a nuestra vida, sino que exigen la entrega total de nosotros mismos, de forma que, unidos a Cristo, nos convirtamos también nosotros en culto agradable a Dios, como dice san Pablo a los cristianos de Roma: «Os exhorto, hermanos, a que presentéis vuestros cuerpos como víctima viviente, santa, agradable a Dios, que ha de ser el culto vuestro espiritual» (Rom 12,1). Sólo así podremos llamar a Cristo «Señor», correspondiendo con la entrega de nuestra vida a la confesión de su señorío sobre nosotros. Lo contrario, llamarle «Señor» y actuar de espaldas a su voluntad, es como edificar una casa sobre arena: sólo lleva a la ruina personal y eclesial de nuestras comunidades.

3.    Transmitir la fe

Esto es precisamente la recomendación que san Pablo hace a Timoteo en la segunda lectura que hemos escuchado: «vivir con fe y amor en Cristo Jesús». Esa es la tradición recibida de los apóstoles y que la Iglesia guarda como su más estimable tesoro con la fuerza del Espíritu Santo al que continuamente tenemos que invocar si queremos ser fieles en esta tarea. Pero san Pablo le dice algo más a su discípulo. Le exhorta a que lo que le oyó a él, garantizado por muchos testigos, lo confíe a hombres fieles, capaces de enseñar a otros. Tenemos aquí un precioso testimonio de lo que constituye la estructura misma de la Iglesia como Tradición: entregar a otros lo recibido. Así como este templo ha sido restaurado por la ineludible responsabilidad de transmitir a las generaciones futuras el rico patrimonio que constituye la identidad de nuestro pueblo enraizado en la fe cristiana que configura nuestra cultura y forma de vida, así el «precioso depósito» de nuestra fe debe ser confiado a hombres fieles capaces de enseñar a otros. Se nos exhorta, hermanos, a valorar el don de la fe cristiana y a educar mediante la enseñanza y la catequesis sistemática a hombres y mujeres que, a su vez, la transmitan a las generaciones sucesivas. Esta tarea es hoy especialmente urgente debido a la dramática y progresiva descristianización de nuestro pueblo que pone en peligro la pervivencia de la fe y de la vida cristiana. ¿Acaso no es ése el triste espectáculo de muchos cristianos cuya vida se derrumba estrepitosamente ante las embestidas de quienes, desde una visión materialista y laicista de la vida, pretenden hacernos vivir como si Dios no existiese y construir nuestra sociedad al margen de la ley de Dios inscrita en el corazón del hombre? ¿No nos recuerda insistentemente el Papa Benedicto XVI que debemos reaccionar ante el peligro de considerar la fe como un asunto meramente privado de las personas?

Ese mensaje hedonista, el de la visión de la vida y del mundo, puramente agnóstica y descomprometida que se hace llegar a los jóvenes con tanta frecuencia y desde tantos medios y centros de influencia social y cultural es el que los deja inermes moral y espiritualmente ante el reto de configurar su futuro responsablemente, como comprobamos una y otra vez en los sucesos preocupantes de violencia de los que son protagonistas. Conscientes de sus anhelos y necesidades más profundas, hemos puesto en marcha en las tres Diócesis de Madrid este curso “la Misión Joven”, sintonizando justamente con esa llamada constante, primero de Juan Pablo II y, ahora de Benedicto XVI, a ser testigos de la Verdad y de la Vida que viene del Evangelio: a ser testigos del Señor ¡a ser sus testigos!

4.    Suplicar la sabiduría

Edificar la Iglesia de Cristo lleva consigo «tomar parte en las penalidades como buen soldado de Cristo Jesús», como dice san Pablo a Timoteo. Las penalidades a que se refiere el apóstol son los obstáculos que el cristiano tiene que superar en el anuncio del evangelio y en la construcción de este mundo según el plan de Dios. Nos exigen actitudes de fortaleza apostólica para no desanimarnos ante los poderes de este mundo confiando en el poder mismo del evangelio y en «la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros». Un cristiano fiel a su Señor no debe olvidar nunca que la Iglesia ha nacido del costado abierto del Salvador, es decir, de la entrega total de su vida en el sacrificio de la cruz; y que la Iglesia, por tanto, no se edifica sin que cada cristiano esté dispuesto a soportar las penalidades que comporta el anuncio del evangelio hasta, si preciso fuera, dar la vida por Cristo.

Para comprender esto es necesario suplicar la verdadera sabiduría, la que distingue al cristiano como hombre prudente y sensato según la mente de Cristo. Por eso, en la primera lectura hemos escuchado el elogio de la sabiduría que no es equiparable a ningún tesoro de la tierra. El autor de este hermoso texto reconoce que Dios es «el mentor de la sabiduría y quien marca el camino de los sabios»; en las manos de Dios «estamos nosotros y nuestras palabras, y toda la prudencia y el talento». De ahí que debamos suplicar el don de la sabiduría y la prudencia para no actuar como necios e insensatos que construyen sobre arena arruinando sus propias vidas. Son muchos hoy los que presumen de sabios, los que miran con desprecio a los creyentes y ridiculizan la fe y las actitudes religiosas, los que presumen de vivir sin Dios y sin reconocimiento de su ley. De ellos puede decirse que todo su oro, al lado de la sabiduría, no es más que un poco de arena, la arena incapaz de sostener un edificio, y que toda su plata vale lo que el barro. Jesús nos ha dado también en el evangelio de hoy un criterio de discernimiento para saber dónde se encuentra la verdadera sabiduría que, en último término, se identifica con la bondad y la belleza: «por sus frutos los conoceréis»; «no hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano»; «el que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca». Dios ha querido confundir a los sabios de este mundo con el escándalo de la cruz y con lo que san Pablo llama irónicamente «locura de la predicación» (1Cor 1,21), para dejar patente que lo más débil de Dios es más fuerte que los hombres y la «locura divina» es más sabia que los hombres (cf. 1Cor 1,25). Aprender esta lección es fundamental si queremos construir sobre un verdadero y sólido cimiento, que no es otro que el mismo Cristo muerto y resucitado, piedra angular de la Iglesia y sabiduría del Padre. Sólo así, edificando sobre Él, esta Iglesia Diocesana de Getafe cumplirá con su misión en este momento histórico y durante  su peregrinación por este mundo; sólo así cantará las misericordias del Señor a través de todas las generaciones y verá fructificar las obras buenas de todos sus miembros.

Pidamos, pues, para la Diócesis de Getafe, que, unida siempre a su obispo, suplique y reciba el don de la sabiduría para que, como María, a quien veneramos con el título de nuestra señora de los Ángeles, cante siempre las misericordias del Señor, mantenga la fidelidad a Jesucristo, y sea para todos los hombres signo e instrumento de su presencia en medio del mundo.

Amén.