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El Cardenal
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Homilía en la Eucaristía del Bautismo de S.A.R. la Infanta Dª Sofía de Todos los Santos Borbón Ortiz

Palacio de la Zarzuela

15.VII.2007; 19,30h.

(Ez. 36,24-28; Gal. 3,26-28; Mt. 28,18-20)

Majestades

Altezas

Excmo. Sr. Nuncio de Su Santidad

Excmo. Sres. Arzobispos y Obispos

Excelentísimos Señores y Señoras

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

De nuevo, delante de la Ermita de la Virgen, del Palacio de la Zarzuela, nos reunimos para bautizar en el marco de la celebración eucarística a su Alteza Real, Dª Sofía de Todos los Santos, la segunda hija de los príncipes de Asturias. ¡Una gran alegría para sus padres, su hermana Dª Leonor de Todos los Santos, para sus abuelos maternos y paternos, Sus Majestades los Reyes de España, para toda la Real Familia y –podemos estar seguros– para todo el buen pueblo de España que sabe ver y apreciar en el acontecimiento lo que significa de don de Dios y de motivo de felicidad, humana y cristiana, para la Familia de sus Reyes y para la propia España.

Lo hacemos en Domingo, el día del Señor, en el que la Iglesia renueva semana tras semana a lo largo del año la memoria y la actualidad del Misterio Pascual: de la muerte y resurrección de Jesucristo. Precisamente del corazón abierto de Jesús, el Hijo de Dios vivo, mana para nosotros “el don nupcial del Bautismo, primera Pascua de los creyentes, puerta de nuestra salvación, inicio de la vida en Cristo, fuente de la humanidad nueva” (Prefacio de la Misa del Bautismo). Si la celebración dominical de la Eucaristía está siempre tocada del perfume espiritual del gozo profundo por la victoria de Cristo Resucitado, que es nuestra victoria y nuestra vida, cuánto más si a ella se une la celebración del Bautismo por el que una niña tan querida por todos los suyos se va a incorporar a ese triunfo y a esa vida nueva de aquél que nos la rescató y devolvió en plenitud, muriendo por amor al Padre, su Padre que está en los cielos, y a nosotros los hombres, llamados a volver, arrepentidos y convertidos, a la Casa y a la Gloria de ese Padre-Dios que nos quiere para ser sus hijos adoptivos: ¡verdaderos hijos suyos, en el tiempo y en la eternidad!

Sus Padres le han dado a esta niña, procreándola, como instrumentos del Creador y como fruto de su amor conyugal, la vida natural, don precioso de Dios, aunque se encuentre herida y afectada por el pecado primero y original, causa de toda muerte. Por el agua del Bautismo y la unción bautismal va a recibir de la Iglesia el don del Espíritu Santo, el don divino de la Persona-Amor dentro del seno del Misterio de la Santísima Trinidad, por el que vencerá al pecado y a la muerte y resucitará a la nueva Vida: Vida para ser vivida en la plenitud del amor, Vida que esconde en su seno la semilla de la auténtica felicidad y de la inmortalidad gloriosa.

La permanente aspiración del Pueblo de Israel a verse liberado definitivamente de “las inmundicias e idolatrías” en las que recaía una y otra vez olvidando la Alianza que Dios, movido por una infinita misericordia, había sellado con él, se verá cumplida sobrepasando toda medida humana por Cristo Jesús, por la Fe en El, por el Bautismo mandado por El y recibido en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los bautizados, incorporados a Cristo y revestidos de El, reciben el corazón nuevo y el espíritu nuevo, que había profetizado Ezequiel, arrancado de sus entrañas “el corazón de piedra” y cambiado por “un corazón de carne”.

El día de la Pascua del Señor comienza una nueva historia, la de los hijos de Dios: ¡una historia de luz y de salvación! ¡la historia de la igual dignidad de todo ser humano! San Pablo lo afirmaba con una hasta entonces desconocida claridad en su carta a los Gálatas: “Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos son uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 26-28).

En el día del bautismo de cada niño y por lo tanto, también de esta niña, la Infanta Dª Sofía de Todos los Santos, da comienzo una nueva historia para su vida: la de ser hija de Dios y la de poder configurarla y vivirla como experiencia creciente de amor a quien tanto la ha amado y a quien tanto nos ama. “Al atardecer de la vida nos examinarán del amor”, decía bella e insuperablemente San Juan de la Cruz. Santa Teresa de Jesús, su maestra, le había precedido en el canto de ese amor del Dios revelado en Jesucristo con una hondura espiritual sin par y con la forma literaria de una conmovedora y fascinante poesía:

“Vivo yo fuera de mi,

después que muero de amor,

porque vivo en el Señor,

que me quiso para si.

Cuando el corazón le di

puso en él este letrero:

Que muero porque no muero.”

O esta otra:

“Ya toda me entregué y di

y de tal suerte he trocado

que es mi Amado para mi,

y yo soy para mi amado.”

La Madre de ese Amor ¡Amor Hermoso! es la Madre del Señor, la Virgen María. A Ella le confiamos el presente y el futuro de esta niña: de su vocación de hija de Dios. A María, la Madre de la Iglesia y Reina de las familias, le encomendamos igualmente a Sus Altezas Reales, los Príncipes de Asturias, sus Padres, para que les asista en esa difícil pero gratificante tarea de su educación cristiana, junto con su hermana la Infanta Dª Leonor de Todos los Santos: educación que les facilite el camino para ejercitar y madurar en su vida el don del Amor de Dios, de acuerdo con sus preceptos y mandatos. Así darán satisfacción a su vocación de padres cristianos, llamados también y enviados por el Señor para anunciar a sus hijos la Buena Nueva de la salvación y para recordarles constantemente los dones de la gracia y de la ley nueva de Jesucristo. Pedimos también a Nuestra Señora, Virgen de La Almudena, por el bien y la felicidad de sus Majestades los Reyes y toda la Real Familia: ¡qué les acompañe en el arduo, noble y generoso cumplimiento de su servicio a todos los españoles! Y, finalmente, le pedimos también por España, “Tierra de María”, como gustaba llamarla el Siervo de Dios Juan Pablo II: ¡Quiera Ella, venerada y amada en todos los rincones de la Patria como Madre y Señora de los hijos y las familias de España, conservarla en la solidaridad fraterna, en la unidad y en la paz!

AMEN.