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Homilía en la Solemnidad de Ntra. Sra. de La Almudena

Plaza Mayor 9.XI.2007; 11,00 h.

(Za. 2,14-17; Sal. Jdt. 13, 18bcde.19; Ap. 21,3-5ª; Jn. 19,25-27)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La “memoria histórica” de la Virgen de La Almudena: memoria del amor maternal de la Madre de Dios para con Madrid. Amor que nunca falló, ni fallará

La Fiesta de Ntra. Sra. la Real de La Almudena nos invita de nuevo a proclamar solemnemente en esta Plaza Mayor de Madrid nuestra devoción y nuestro amor a Ella, nuestra Patrona y Madre. Con las palabras del libro de Judit hemos vuelto a cantarle “¡Tú eres el orgullo de nuestra raza!” ¡Tú eres el orgullo de los católicos madrileños! ¡Tú eres el orgullo del Madrid cristiano siempre abierto al encuentro cordial y generoso con todos los conciudadanos venidos de cualquier rincón de la patria y de más allá de nuestras fronteras, hoy tan numerosos! Sí, la Virgen María, la de La Almudena, enseñó a los cristianos madrileños a lo largo del segundo Milenio de nuestra Era a contribuir a la edificación humana y espiritual de una ciudad y de un pueblo dispuestos a acoger sin reservas egoístas al hombre hermano con los sentimientos propios del amor cristiano y con el ofrecimiento del testimonio del Evangelio de Jesucristo, Salvador del hombre, fuese cual fuese su procedencia geográfica, social, política, cultural y religiosa.

María, la Madre del Señor, vino a habitar a Madrid con una renovada presencia cuando se deja descubrir –como reza la tradición– en la muralla de la Cuesta de la Vega el 9 de noviembre de 1085. Desde esa fecha histórica Madrid se alegra y goza con Ella que vela, cuida y acompaña con amor maternal a sus hijos madrileños en todas las coyunturas de la vida, las más dolorosas y tristes y las más plenas de esperanza y júbilo. ¡Nunca la Virgen ha abandonado a Madrid en ese largo período histórico de todo un milenio en que emerge y grana, cristiano y libre, siglo a siglo, como un lugar humano y espiritual clave para la historia de España, de Europa y del mundo! Con su presencia quedaba garantizada en medio de Madrid la presencia de su Hijo, Jesucristo, Hijo de Dios, Hijo del hombre –¡el Hijo!– y la influencia perdurable de su Verdad y de su Gracia. Oferta indefectible de la salvación para el hombre en el tiempo y en la eternidad. Con Ella quedaba entronizado en el corazón de los madrileños el Misterio de “Dios que es Amor” y de su manifestación y triunfo en la Crucifixión y Resurrección de ese Hijo entregado a la muerte por el amor infinitamente misericordioso de Dios Padre para con nosotros. Siempre fue posible y fácil para los madrileños en cualquier circunstancia de la vida, especialmente en el dolor, la enfermedad y la muerte, encontrarla al pie de la Cruz de su Hijo esperándoles con los brazos extendidos de la Madre que les quiere cerca en ese momento en que Jesús se los confía y así poder alojarse luego en sus casas. Nunca abandonó Madrid a esta Madre singular y nunca les falló ella, ocurriese lo que ocurriese.

La “memoria histórica” del amor de los madrileños a su Patrona y Madre, la Virgen de La Almudena: Amor descuidado y herido a veces, pero nunca del todo abandonado. Amor que nos impulsa hoy a la transmisión de la fe

En el itinerario cristiano de Madrid, desde que se consolida su personalidad histórica, no han faltado vaivenes y oscilaciones dramáticas en la vivencia de la fidelidad a la fe recibida en el seno de la Iglesia Católica, especialmente en los dos últimos siglos de su historia contemporánea. Y, sin embargo, incluso en sus años y días mas terribles, los del Martirio de muchos de sus hijos y de sus hijas, no se llegó nunca a rechazar el amor a su Madre, la Santísima Virgen María de La Almudena y a renegar de él. En la Cripta de su Catedral, al comenzar nuestra Guerra Civil, se quemaron bancos y confesionarios, se allanó el lugar para su uso como cuartel, pero su imagen fue respetada. Al terminar la contienda, en el día en que se recupera el espacio sagrado, se encontró su imagen intacta, con una soga al cuello, y con un cartel a sus pies que decía: “Respetadla”. El intento de derribarla había quedado frenado. ¡Un bello gesto de la devoción de todos los madrileños a la Virgen, fuesen cual fuesen su adscripción política y su ideología, y un ejemplo de tantos que señalaron el camino verdadero para lograr el perdón mutuo, la reconciliación y la paz! ¡Un bello gesto que rimaba bien con el sublime testimonio y ejemplo que habían dado los Mártires de Madrid y de España en aquel horrible período de nuestra historia patria!

Hoy, en esta Solemnidad de La Almudena del año 2007, queremos pedirle a la Madre de Dios y Madre nuestra que sostenga y anime a los católicos madrileños en el empeño y compromiso apostólico de transmitir integra y plenamente la fe en Jesucristo, “Camino, Verdad y Vida”, como testigos valientes de su Evangelio, con hechos y palabras; especialmente a las jóvenes generaciones. Ese Evangelio es el único que salva y no hay proyecto o propuesta humana de vida fuera de él que pueda llevarnos a la plenitud y a la felicidad. ¡No vacilemos ni dudemos! si Dios no “mora” en Madrid, si no “acampa” entre las personas y las familias de nuestra sociedad madrileña, no cesarán ni disminuirán el luto, el llanto, el dolor, la muerte… No hay otra fórmula para que se impongan el bien, la solidaridad, la justicia, la libertad y la paz que la de la ley de la gracia: ¡la del amor a Dios y al hombre hermano!

En esta “memoria” reciente e imperfecta de todo lo que ha significado y significa la Virgen de La Almudena para el Madrid de hoy, formulada y ofrecida en el marco sacramental de la celebración de la Eucaristía, presencia actual y viva del Sacrificio de la Cruz de Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros y por la redención del mundo, se incluyen, además de la confesión católica de la fe, el consuelo de la esperanza cristiana, apoyada en la certeza del triunfo de la gracia del Espíritu Santo, y el dinamismo del Amor sobrenatural que impulsa a la “Misión”: a la nueva Evangelización de Madrid, a continuar con nuevo entusiasmo apostólico “la Misión Joven” y a llevarla a las familias de Madrid, dedicándose con especial atención a las más jóvenes. Evangelización a la que nos animó siempre Juan Pablo II y, ahora, Benedicto XVI, concluido el IV Sínodo Diocesano de Madrid. “En una sociedad sedienta de auténticos valores humanos y que sufre tantas divisiones y fracturas, la comunidad cristiana –nos decía nuestro Santo Padre el 4 de julio del 2005– ha de ser portadora de la luz del Evangelio, con la certeza de que la caridad es ante todo comunicación de la verdad”.

Hace 25 años, Juan Pablo II en Madrid y España, peregrino y “Testigo de Esperanza”

Se cumplen hoy 25 años del día final del Viaje Apostólico de Juan Pablo II a España. Del 31 de octubre al 9 de noviembre de 1982 el Papa, venido de Polonia, “eslavo entre los latinos y latino entre los eslavos”,   –como se definía a sí mismo en el Acto Europeísta de la tarde de ese mismo día en la Catedral de Santiago de Compostela, el último de una peregrinación de diez jornadas agotadoras por los pueblos y las ciudades más significativas en la historia católica de España–, nos animaba a amar el patrimonio cristiano legado por nuestros antepasados como uno de los más preciosos y valiosos de la historia de la Iglesia Universal; a amarlo con la intensidad y la hondura con que él mismo lo amaba y apreciaba. Las declaraciones de amor a España de aquel Juan Pablo II, vigoroso física y, sobre todo, espiritualmente, plenamente recuperado un año después del atentado del 13 de mayo de 1981, nos conmueven todavía hoy profundamente e interpelan. El Papa nos confesaba en su saludo del Aeropuerto madrileño en la mañana del 31 de octubre, víspera de Todos los Santos, dirigido a sus Majestades los Reyes, a la Iglesia y al pueblo de España, que admiraba su historia: “admirable de fidelidad a la Iglesia y de servicio a la misma, escrita en empresas admirables apostólicas y en tantas grandes figuras que renovaron a la Iglesia… y le dieron nuevos hijos en enteros continentes. En efecto -continuaba el Papa– gracias sobre todo a esa sin par actividad evangelizadora, la porción más numerosa de la Iglesia de Cristo habla y reza hoy en español”. Y concluía su discurso con aquel emocionante “¡Gracias, España; gracias, Iglesia en España, por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo!”.

La figura universal de Teresa de Jesús, cuyo IV Centenario de su muerte se celebraba, iluminó toda aquella memorable visita del Vicario de Cristo, sellada con su despedida en el Aeropuerto compostelano, reafirmando su expresión de un amor excepcional a aquella España, de raíces católicas, nación de una humanidad noble, cordial, abierta generosamente al hermano, desbordante de cariño filial al Sucesor de Pedro y que él acababa de visitar: “Los brazos abiertos del Papa quieren seguir siendo una llamada a la esperanza, una invitación a mirar hacia lo alto, una imploración de paz y de fraternal convivencia entre vosotros. Son los brazos de quien os bendice e invoca sobre vosotros la protección divina, y en un saludo lleno de afecto os dice: ¡Hasta siempre, España! ¡Hasta siempre, tierra de María!”.

¡Qué bien suenan todavía hoy, o, mejor dicho, cómo suenan hoy de bien y de actuales las palabras de nuestro querido e inolvidable Juan Pablo II! ¡Qué bien suenan en este Madrid de la Fiesta de la Virgen de La Almudena del año 2007! La Memoria histórica de la Visita Pastoral del Papa Juan Pablo II, el Pastor de la Iglesia Universal, a España y a Madrid hace 25 años, nos emociona intensamente. En nuestra ciudad desarrolló el Papa los días 2 y 3 de noviembre un intensísimo programa  –de una realización casi imposible ¡inconcebible! teniendo en cuenta las exigencias de tiempo y energías físicas que implicaba– con dos momentos culminantes: los de la Misa con las familias en la Plaza de Lima y el encuentro con los jóvenes en el Estadio Bernnabéu, respectivamente. Proféticas fueron sus palabras sobre la verdad del matrimonio nacido del amor esponsal mutuo, fiel, indisoluble, entre el hombre y la mujer y sobre la necesidad de la apertura del acto mismo del encuentro conyugal al don de la vida, como lo había enseñado Pablo VI con clarividencia histórica y con una fuerza heroica ejemplar en su Encíclica “Humanae Vitae”. Y, pronunciada con una vibrante fuerza profética, fue la denuncia de Juan Pablo II de lo que comenzaba a ser la aceptación social de ese atentado contra la vida de los más inocentes, los no nacidos, que es el aborto: “quien negare la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida –clamaba el Papa–, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el fundamento de la sociedad”. Y no menos profética e impulsora de un nuevo y contagioso dinamismo para la esperanza fue su propuesta de las Bienaventuranzas como el único programa de vida auténticamente valioso y entusiasmante para una juventud dispuesta a comprometerse de verdad en la noble y sacrificada lucha de “vencer al mal con el bien” en el umbral del III Milenio. Y advertía que dos son “las condiciones o dimensiones esenciales que el Evangelio pone para esa victoria: la primera es el amor; la segunda, el conocimiento de Dios, como Padre”.

¡Que la Virgen de La Almudena nos conceda también hoy convertir esa “memoria” bendita del primer Viaje Apostólico de Juan Pablo II a España en propósito y ánimo decidido para no desfallecer en nuestra vocación y misión de ser portadores del Evangelio a nuestros hermanos y hermanas del Madrid de hoy! ¡Portadores auténticos del Evangelio de Jesucristo, de su Amor que nos salva! Que la Virgen nos conceda la perseverante e ilusionada fortaleza y constancia para que ante los nuevas generaciones de Madrid y entre los nuevos madrileños, venidos de la emigración, pongamos en práctica –en la práctica pastoral y social de la Iglesia y de los católicos madrileños– lo que el mismo Juan Pablo II en su tercera y última visita a Madrid, la de la conmovedora despedida de España, nos dejaba como su último mensaje: “España evangelizada, España evangelizadora, ese es el camino. No descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el reto intrépido para el futuro”.

No hay otro camino para ser testigos creíbles de la fe, es decir, para la misión, que el del “martirio” diariamente experimentado y vivido; incruento las más de las veces, pero nunca descartable del todo en su forma cruenta y total. Lo recordaba a los jóvenes madrileños el pasado 9 de agosto en Castelgandolfo nuestro Santo Padre Benedicto XVI: “… habéis podido entender mejor por qué la fe en Jesucristo, al abrir horizontes de una vida nueva, de auténtica libertad y de una esperanza sin límites, necesita la misión, el empuje que nace de un corazón entregado generosamente a Dios y del testimonio valiente de Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida”.

¡Que nuestra Madre la Virgen de La Almudena nos conceda vivir así “la Misión Joven” ¡la Misión de la Iglesia! en este año 2007 para el bien de todos los madrileños: de los niños y de los jóvenes, de las familias y de los mayores, de nuestros hermanos los emigrantes, de los enfermos y de los ancianos, de los más necesitados de alma y de cuerpo! ¡De todos!

Amén.