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El Cardenal
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Homilía en la Vigilia de “La Inmaculada”

Catedral de La Almudena, 7.XII.2007, 21’00 horas

(Gén 3,9-15.20; Sal 97; Ef 1,3-6.11-12; Lc 1,26-38)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

María, Estrella de la Esperanza y Madre de la Divina Misericordia

En el camino del nuevo Adviento de este año 2007, y viva la memoria del viaje apostólico a España de Juan Pablo II hace 25 años como “Testigo de Esperanza”, nos encontramos con María en la espera y en la esperanza de una nueva venida del Señor a su Iglesia y, por medio de Ella, al mundo y a los hombres de nuestro tiempo. Lo hacemos en la vigilia de solemnidad de su Inmaculada Concepción. La Virgen es “la Estrella de la verdadera esperanza” al aceptar sin reserva alguna la vocación de Madre del “Hijo del Altísimo”, engendrándolo en su seno por obra y gracia del Espíritu Santo. Turbada por el saludo del Ángel y por lo que implicaba de aceptación obediente de una entrega sobrehumana, Ella, que no conocía varón, dijo “Sí”: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. “¿Quién, pues,           –como nos recuerda el Santo Padre en su bellísima Encíclica “Spe salvi”– mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su “sí” abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella, que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros?” (cf. Jn 1,14). En ese preciso momento de su bendito “Sí”, los hombres “que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios; sin esperanza porque estaban sin Dios”, recibieron el poder creer, esperando; o, lo que es lo mismo, el poder de profesar la fe que se hace esperanza. ¡Un poder que es el fruto maduro de una gracia singular de Dios, que había dispuesto desde toda la eternidad  amar al hombre con infinita misericordia.  Con toda razón, pues, hemos de proclamar a la Virgen María, ensalzándola e invocándola como sostén de nuestra esperanza, Madre de la Divina Misericordia.

Dios había creado al hombre como imagen suya; le había colocado en el Paraíso confiándole la guarda y cultivo amoroso del mundo creado; le encargó que conservase e incrementase su belleza primigenia, desplegando e irradiando todo su esplendor. Pronto, sin embargo, entró en escena “el Maligno”, el Ángel de la soberbia y de la rebelión contra Dios, y lo sedujo, halagando su orgullo: si coméis del fruto del árbol prohibido, el que está situado en medio del Jardín del Paraíso –el árbol de la vida, el árbol de la ciencia del bien y del mal–, “seréis como dioses”. Eva y, a continuación, Adán, nuestros primeros padres, cayeron en la tentación ¡El hombre comienza su historia, pecando! Las consecuencias no se hacen esperar. Son dramáticas: siente su desnudez, se avergüenza y se esconde de Dios; deviene frágil física y espiritualmente; conocerá la enfermedad, el engendrar hijos y cultivar la tierra con dolor, las desgracias naturales… ¡Conocerá la muerte! Y, lo que es peor, verá su libertad debilitada interiormente por el egoísmo que desvía hacia si mismo el movimiento instintivo del amor que necesita para sobrevivir, sintiéndose incapaz de un amor más grande. La tentación de amarse a sí mismo sobre todas las cosas le domina y le mueve a autoerigirse, en un gesto de sumo orgullo y altivez, en la medida del bien y del mal; o, lo que es lo mismo, a constituir su placer y su bienestar en el principio y el fin de toda su vida ¡en la última razón del amor!

¿Quién puede salvar al hombre?

El hombre se colocaba así en una pendiente de perdición inevitable… La muerte en el tiempo podría convertirse en un morir para toda la eternidad. ¿Quién podría salvarle? Sólo Dios; sólo el perdón divino, fruto de su amor infinitamente misericordioso; Dios, que le había creado por amor y que quisiera redimirlo con un amor cualitativamente superior: un amor sin límites… ¡Y quiso! Y quiso de un modo admirable, enviando a su Hijo Unigénito al mundo, eligiendo a una mujer Virgen, a María, una Doncella de Nazareth, para que le ofreciese su carne purísima e inmune al pecado de Eva y estuviese en condiciones, desde el principio de su existencia, de prestarle una humanidad inmaculada y santa. Una mujer que a través de un modo de ser y ejercer como Madre, radicalmente nuevo, pudiera ser a la vez Madre de Dios y Madre de los hombres. Le da la vida humana al Hijo de Dios procreándolo en el tiempo, vela por Él y le acompaña con amor exquisitamente maternal en su vida oculta y en su vida pública hasta el momento de su oblación redentora en la Cruz. Recibe de Él, a sus pies, clavados en “el árbol de la verdadera vida”, el encargo de tomar como suyos a los hijos de los hombres, haciéndolos hijos suyos -de Ella-, a fin de que pudieran ser y vivir en este mundo como hijos adoptivos de Dios, llamados a la Gloria.

La victoria de la misericordia de Dios sobre el pecado y sobre su maligno y poderoso instigador, “el Príncipe de este mundo”, había comenzado con la elección de María, la Virgen Doncella de Nazareth, en el momento en el que el Ángel Gabriel le anuncia que va a ser la Madre del Hijo del Altísimo y Ella se inclina con amor humilde a la voluntad de Dios. ¡La esperanza comienza a ser realidad: la esperanza de milenios de historia de la humanidad, oscuramente vivida, y la esperanza mesiánica del pueblo elegido, alumbrada proféticamente en una historia multisecular de pugna espiritual y temporal por la fidelidad a la Alianza con Dios!

La esperanza salvadora se inicia con María Inmaculada y se prolonga en el tiempo hasta nuestros días

La esperanza de la salvación se inicia con María, la Virgen Inmaculada y, con Ella, entra en este mundo y en su historia. Historia, que llega hasta hoy mismo: hasta este tiempo de Adviento del presente año, más de dos milenios después, cuando la Iglesia espera una nueva venida del Señor. Esa “venida intermedia” de la que tan luminosamente nos habla San Bernardo en uno de sus profundos sermones de Adviento: “sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua Él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan… Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo” (Sermón 5 en el Adviento del Señor 1-3). Sí, en esta Vigilia de la Inmaculada del Año 2007 acudimos a María, limpia de pecado original, Madre de la Divina Misericordia, para poder encontrar a su Hijo de nuevo con el corazón preparado y bien dispuesto por el sacramento de la Penitencia; para poder verlo y contemplarlo como los elegidos de los que nos habla San Bernardo. Aquél, que decía: ¡venid a mí! los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré porque mi yugo es suave y mi carga, ligera, Cristo el Señor, el  que es la causa del amor misericordioso que nos salva y nos hace hombres nuevos… ¡Ése! Ése es el Hijo de María.

Las angustias de los hombres de nuestro tiempo, las penas de las familias de hoy:  la cultura de la muerte

Muchas son las penas, los dolores y los sufrimientos de los hombres de nuestro tiempo. Muchas son las penas y los dolores de las familias de nuestra sociedad…; porque son muchas nuestras infidelidades y abundantes nuestros pecados. Acaba de hacerse pública una situación estremecedora: en no pocas clínicas abortistas de España se elimina sistemáticamente con impávida frialdad la vida de fetos en avanzado estado de gestación, sirviéndose de procedimientos de una crueldad feroz, que espanta. “El nefando crimen del aborto”, en expresión del Concilio Vaticano II (GSp 51), deja al descubierto en estas prácticas su rostro más siniestro, manifestándose como lo que es: una gravísima violación del mandamiento de Dios –¡no matarás!– y un atentado sangriento contra el derecho a la vida de los más inocentes. ¡Cuánto dolor y angustia la de esos niños sacrificados antes de nacer y cuánto el sufrimiento físico y espiritual de sus madres! Se destroza por dentro a las familias y, frecuentemente, por fuera; alcanzando con sus efectos de ruina moral a otras muchas personas implicadas en la tragedia y a no pocas de buena voluntad que las conocen. Nuestra responsabilidad delante del Dios de la Vida y de Jesucristo, el Salvador del hombre, a la vista de lo que está sucediendo, es enorme. Con el paso de los años, desde que se fueron abriendo las puertas de la cultura proabortista, apoyada y favorecida por legislaciones cada vez más relativistas desde la perspectiva de las irrenunciables exigencias éticas, el peso de esa responsabilidad se ha ido acumulando hasta límites insoportables.

¡No! ¡No se puede arrogar el hombre ni ningún poder humano la facultad de disponer del derecho a la vida de los demás y, mucho menos, atribuirse el poder de decidir el cuándo y el cómo se comienza a ser hombre y en qué consiste el ser del hombre! Si no se le reconoce al ser humano, incondicionalmente, desde el momento mismo de su concepción, la cualidad de lo humano, la de ser persona –ser humano y ser persona se identifican–, no habrá ya –así lo vamos constatando a través de las más variadas propuestas político-jurídicas– quién pueda poner límites “al poder” en su pretensión de disponer del derecho fundamental a vivir. ¿Es que estaremos volviendo a aceptar la clasificación de la vida del ser humano entre la que es digna de ser vivida y aceptada por la sociedad y la que no? Sí, el embrión tiene derecho a la vida; y el anciano y el enfermo incurable, también lo tienen: un derecho inviolable por el que Dios mira y por el que nos pide y pedirá cuentas ya en el tiempo y, por supuesto, en la eternidad. En una cultura de la muerte en la que se relativiza el valor ético de la vida humana y se instrumentaliza de forma utilitarista a la persona ¿cómo nos extrañamos de que crezca y se difunda un clima de violencia creciente ente los jóvenes, fáciles presas para todos los fanáticos del terrorismo, como se está viendo con dolor, también estos días, en España?

El dolor y la esperanza en las rupturas familiares

¡Cuánto pesar y cuántos conflictos surgen también de situaciones de matrimonios y de familias rotas! Rotas por la ligera e irresponsable superficialidad con la que se contrae ese vínculo. Vínculo de amor, por su propia naturaleza, entre el varón y al mujer: amor entregado, amor fecundo, abierto generosamente al don de la vida ¡a los hijos! ¡Amor para toda la vida! Rupturas propiciadas y favorecidas por valoraciones sociales y corrientes culturales que reducen el matrimonio a una pura y simple convención o acuerdo de conveniencias mutuas y a una forma pragmática de vida sin relación con la vocación natural del hombre a la donación mutua del esposo y de la esposa, que, amándose,  aseguran la pervivencia y el bien integral de toda la familia humana. Vocación inscripta en el mismo ser del hombre, espiritual y corporal, diferenciado y complementado sexualmente.

¿Quiénes son las principales víctimas de las separaciones y divorcios de los padres? Sus hijos, los niños y los jóvenes, cuyo marco de vida y, sobre todo, su mundo interior se verá afectado por graves trastornos psicológicos, depresiones, crisis morales y espirituales que les marcarán para toda su vida; sin que se les ahorre la crisis de fe y de conocimiento del único que salva y que les puede salvar, Jesucristo: el que sí les ama y espera siempre.

Gracia y Testimonio de la Familia Cristiana ¡Familia en Misión!

Donde abunda el pecado, mayor es la gracia, nos recuerda San Pablo, alentándonos como a los cristianos de la primera hora. Las familias cristianas de hoy lo experimentan diariamente en el curso, tantas veces azaroso, de sus vidas de esposos y de padres, como  las de las primeras comunidades cristianas.  El Misterio del amor de Dios, que les ha amado en Jesucristo para siempre, se les revela una y otra vez como fuente de consuelo y de esperanza, como descanso para sus almas. ¿Cómo no entonar, precisamente en estos tiempos de crisis y rupturas del amor esponsal y de la vida familiar, el himno de San Pablo a los Efesios: “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos irreprochables ante Él por el amor” (Ef 1,3-6)? Las familias, nacidas en el sacramento del matrimonio del amor esponsal de Cristo a su Iglesia, saben cuan grande y maravilloso es el tesoro de gracia y de amor con el que Dios les ha regalado en sus vidas; que no les es lícito retenerlo para sí solas y que, por ello, han de trasmitirlo y comunicarlo a las demás familias y a toda la sociedad, máxime en una hora grave de nuestra historia, la de un país y de una patria, herederas de una de las más ricas tradiciones familiares cristianas del mundo, cuando corre un serio peligro de perderlas. Es histórica y espiritualmente evidente: las familias cristianas de Madrid, y de toda España, están llamadas  a “la Misión”: están  llamados a ser testigos, particularmente entre los jóvenes, del Evangelio del Matrimonio, de la Familia y de la Vida. Testigos de palabra y de obras. Testigos en la vida privada y en la vida pública. Testigos que proponen con amor, y no imponen, la verdad y el gozo de esa Buena Noticia: de que la rica, íntima y plena realidad, espiritual y humana, significada por las palabras -matrimonio, familia y vida- ha sido pensada, querida y creada por Dios; recreada, salvada y dotada de insospechadas e inmensas posibilidades para las más bellas experiencias del amor por el Misterio Pascual de Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios e Hijo de María, Salvador y Redentor nuestro.

Misión, Martirio y Victoria

La Misión ha costado siempre y cuesta hoy. Cuesta sufrimientos, incomprensiones, el tener que arrostrar paciente y benevolentemente enemistades, dificultades y hasta persecuciones. Son las pruebas y “la violencia” que hay que padecer por el Reino de Dios, de la que nos alertaba Jesús en el Evangelio. El itinerario apostólico de la misión incluyó desde el primer momento de la historia de la Iglesia, desde el día de Pentecostés, el martirio. No ha dejado nunca de ser así. Y menos en nuestros días. Pero no nos cansaremos de repetirlo: el Señor es nuestro descanso, nuestro consuelo, nuestra fortaleza. Y a Él podemos llegar, fácil y dulcemente, de la mano de su Madre y Madre nuestra, la Virgen victoriosa en el combate entre el pecado y la gracia ¡Victoriosa e invicta desde el instante divino de su Inmaculada Concepción! El Señor Dios lo estableció así, rotundamente, al decirle a “la serpiente”: “establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Gén 3, 14). Con María se inicia el tiempo nuevo: el del triunfo de la Divina Misericordia. De ella nos ha venido el Redentor del hombre que en carne y debilidad ¡en la Cruz! triunfa sobre el pecado y sobre la muerte por amor ¡resucitando! De Ella nos viene, ahora, Jesucristo en espíritu y poder, para que en el tiempo de nuestra peregrinación por la historia humana no desfallezcamos en nuestra esperanza. Y con Ella, la Reina del Cielo, vendrá  en gloria y majestad, al final de los tiempos, para hacernos entrar en el banquete eterno del Reino de los Cielos ¡en la Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!

A  María, Madre de Misericordia, dirigimos nuestra mirada en esta Vigilia de la Fiesta de su Inmaculada Concepción ¡mirada del corazón! ¡mirada que se hace súplica y plegaria por nuestras familias y por todas las familias de Madrid y de España! Mirándola con amor de hijos, que han venido a su lado para celebrar el Sacramento de la Eucaristía, el Sacramento del Sacrificio del Amor de su Divino Hijo, el Sacerdote eterno de la definitiva Alianza, nos viene a la memoria del alma, al festejarla como Inmaculada, aquella bellísima forma de invocarla que un milenio de primaveras cristianas ha ido renovando incesantemente, época tras época, Natividad tras Natividad, sin dejar que se marchite nunca:

“Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia.

Vida y dulzura ¡Esperanza nuestra!…

Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos

y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

¡Oh Clementísima, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María!”

¡“Stella Maris”! ¡Estrella del Mar! ¡Estrella de la Esperanza! ruega por nosotros para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Amén.