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El Cardenal
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Homilía en la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret

Plaza de Colón, 30.XII.2007; 12’00 horas

( Jn 2.12-17; Sal 127; Col 3,15a.16a.)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Aquí estamos de nuevo fieles católicos procedentes de todos los rincones de España, presididos por sus Pastores, en la madrileña Plaza de Colón, lugar de dos históricos encuentros con el Siervo de Dios Juan Pablo II, en 1993 y en 2003, para las canonizaciones de Santos españoles y muy cerca de la Plaza de Lima en la que el 2 de noviembre de 1982, en su primer viaje a España, proclamó con un inusitado vigor el Evangelio de la Familia.

Hoy es obligado preguntarse qué hemos hecho después de un cuarto de siglo de aquella vibrante llamada del Papa a vivir plenamente la verdad del matrimonio, comunión íntima de vida y de amor entre el esposo y la esposa; abierto, por tanto, a la total donación mutua de la que nacen los hijos y en la que crecen y se educan como hijos de Dios. “La familia es la única comunidad en la que todo hombre ‘es amado por sí mismo’, por lo que es y no por lo que tiene”, nos recordaba Juan Pablo II. Con la suerte de la familia está y cae la suerte del hombre mismo y el presente y el futuro en paz de la sociedad y de los pueblos; también el presente y el futuro de España y de Europa.

2. La pregunta sigue hoy más lacerante y viva ante la formación de un medio ambiente cultural y social, en crecimiento continuo, donde se relativiza radicalmente la idea misma del matrimonio y de la familia y se fomentan desde las edades más tempranas prácticas y estilos de vida en las relaciones entre el varón y la mujer opuestos al valor del amor indisoluble y al respeto incondicional a la vida de la persona desde el momento de su concepción hasta la muerte natural. Realidad social posibilitada y favorecida jurídicamente por las leyes vigentes. Es verdad que el Viaje Apostólico de Benedicto XVI a Valencia el año pasado, el 8 y 9 de julio, con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias, nos sirvió para renovar nuestra escucha de la Buena Noticia de la Familia Cristiana, cauce imprescindible para la transmisión de la fe en medio de un mundo ideológico y social hostil a la familia. Los hechos, sin embargo, que siguen dominando y condicionando la opinión pública sobre la familia y la misma realidad familiar –la destrucción temprana de los nuevos matrimonios, la violencia doméstica, la escalada del número de abortos con el escándalo del aborto en las preadolescentes y el de los abortos tardíos…–, interpelan fuertemente a nuestras conciencias. ¡No hay duda! la familia se presenta como el problema objetivamente más grave e inquietante ante el que se encuentran las sociedades europeas y, por supuesto, la española. El Santo Padre, en el Mensaje de la Jornada de la Paz del próximo 1 de enero sobre la “Familia Humana – Comunidad de Paz”, llega, incuso, a afirmar: “la negación o restricción de los derechos de la familia, al oscurecer la verdad sobre el hombre, amenaza los fundamentos mismos de la paz. Por tanto, quien obstaculiza la institución familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de toda la comunidad nacional e internacional sea frágil, porque debilita lo que, de hecho, es la principal ‘agencia’ de paz” (Nos 4-5).

3. ¡No hay pues tiempo que perder! ¡Urge la respuesta cristiana a esta pregunta crucial para nuestro futuro, el de España, el de Europa y el de toda la humanidad! Y nuestra respuesta no es otra que la de la verdad de la familia, inscrita en el ser y en el corazón del hombre –varón y mujer–, restablecida en toda su plenitud, bondad y belleza por Jesucristo, el Redentor del hombre, y que hoy queremos proclamar como la única propuesta auténtica, la única capaz de renovar profundamente la sociedad desde sus raíces y las personas en lo más intimo de sus necesidades básicas, de sus deseos de salud, de felicidad ¡de su ansia de eternidad! Y, por consiguiente, la única que puede convencer a los jóvenes de que sí, de que es posible concebir y proyectar la vida como una gran experiencia de amor ¡como una vocación para “el amor más grande”!

Podemos y debemos ofrecerla a todos nuestros hermanos, los creyentes y los no creyentes, que sienten en sus vidas la inquietud interior de una búsqueda de respuestas vitales satisfactorias que no llegan por los caminos del egocentrismo individualista. Para nosotros siguen vigentes y actuales las certezas con las que Juan quería animar y confortar a los cristianos de aquellas primitivas comunidades, confrontadas con los ideales y la visión pagana de la vida y del mundo; comunidades en trance abierto o latente de martirio. También vosotros, padres de las familias cristianas españolas del año 2007, “conocéis al que existía desde el principio”. También vosotros, sus hijos, “ya conocéis al Padre”. Y vosotros, jóvenes cristianos, sabéis “que sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y que habéis vencido al Maligno. No améis al mundo ni lo que hay en el mundo”. Y todos sabemos, que “si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede el Padre, sino que procede del mundo”. Y no se nos escapa, sobre todo a los mayores, la necesidad espiritual de reconocer que “el mundo pasa, con sus pasiones, y que, solamente, el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

4. Pero, sobre todo, podéis ofrecer vuestro testimonio expresado en palabras y desgranado día a día con el ejemplo de la vida, a imagen de la Sagrada Familia de Nazaret, cuya solemnidad hoy celebramos junto con toda la Iglesia, presidida por el Sucesor de Pedro, el Santo Padre Benedicto XVI. Hace tan sólo unos instantes que nos exhortaba con palabras luminosas y fervientes a ser los testigos de la familia cristiana. El Salvador y la salvación han venido al hombre por y en la Familia de Nazaret formada por Jesús, Hijo de Dios, salvador del hombre y por su Santísima Madre y por San José, casto esposo, encargado por Dios de la custodia de la Madre y del Hijo, amenazados desde muy pronto por los codiciosos del poder humano, obligándoles a buscar refugio y asilo fuera de su tierra natal (Cfr. Benedicto XVI, Jesús von Nazareth, 10).

Sí, Jesús es el que trae de nuevo plenamente a Dios a la raíz y al corazón de la familia humana: de cada una de las familias y de toda la humanidad, llamada a configurarse según el modelo de la familia, nacida del amor indisolublemente fiel del marido a la mujer y de la mujer al marido; es decir, del modelo que respondía al proyecto pensado y querido por Dios desde “el principio”, como recordaría San Pablo a los Efesios: “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne”. Y, añadía: “gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia” (Ef 5, 31-32).

5. En la respuesta de la familia cristiana a la crisis de la institución familiar por parte del entorno social y cultural que la envuelve, hay un núcleo o principio esencial sin cuyo reconocimiento teórico y práctico es imposible recuperar las raíces éticas y espirituales de una cultura familiar sana y fecunda con los efectos humanizadores imprescindibles para la subsistencia misma de una buena sociedad. Éste es: que el origen y el fin del matrimonio y de la familia, sus elementos constitutivos, sus propiedades esenciales y las normas de vida que han de regirla, vienen determinadas por Dios a través de la naturaleza del ser humano y de la norma moral natural que de ella se desprende y cuyo conocimiento “no es imposible para el hombre que entra en sí mismo y, situándose frente a su propio destino, se interroga sobre la lógica interna de las inclinaciones más profundas que hay en su ser” (Benedicto XVI, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, 1.I.2008, 13). Las perplejidades y dificultades que puedan encontrarse en esa experiencia de lectura clara y cierta de “esa gramática de Dios”, impresa en el corazón del hombre, se ven despejadas si se mira a Cristo en la Familia de Nazaret, si se escucha su Palabra, viva e íntegra en su Iglesia, y nos dejamos iluminar y guiar por Él, como le sucede a las familias sinceramente cristianas. Ni la familia, ni el matrimonio en el que se funda, ni el don de la vida –¡los hijos!–, su primer fruto, están a disposición de la voluntad de hombre alguno o de cualquier poder humano. Ni las personas particulares, ni los grupos sociales, ni la sociedad en su conjunto, ni la autoridad del Estado pueden manipular a su gusto sus orígenes, su naturaleza y sus propiedades esenciales, en una palabra, su razón de ser puesta por Dios, que no es otra que la de constituir “la primera forma de comunión entre las personas… la que el amor suscita entre un hombre y una mujer decididos a unirse establemente para construir juntos una nueva familia” (Mensaje 1).

6. La experiencia diaria nos enseña lo que sucede a las personas y a las sociedades cuando no construyen el matrimonio y la familia sobre el fundamento sólido de la institución divina: vidas rotas por la separación irreversible entre los cónyuges, sufrimientos, desorientación y desamparo en los niños y los jóvenes afectados por la ruptura familiar, la plaga del aborto, el envejecimiento imparable de la población… En cambio, cuando se elige la vía del amor crucificado, del seguimiento de la voluntad de Dios y se persevera en ella, el matrimonio se manifiesta como “la cuna de la vida y del amor” (Juan Pablo II, Christifideles laici, 40) y la familia, que de Él surge, como el lugar primero y fundamental donde se aprenden las primeras y más básicas lecciones de humanidad; más aun, las eternas lecciones del amor verdadero y de la paz. La vivencia de la justicia y del amor entre los hermanos y hermanas, la función de una autoridad desinteresada, que se revela y ejerce como un servicio de amor por parte de los padres, la dedicación preferente a los miembros más débiles –a los pequeños, a los ancianos, a los que están enfermos–, la disponibilidad siempre pronta para ayudarse mutuamente de los miembros de la familia entre sí y en cualquiera necesidad, dispuestos siempre para acoger al otro, para perdonarlo… ¡todo ello! cuaja como fruto cotidiano de la familia fundada y vivida según Dios.

7. Éste es el don que hemos descubierto y que habéis recibido, queridas madres y padres cristianos, cuando os habéis sentido llamados por Dios a la vocación matrimonial y habéis respondido a ella con el Sí decidido y gozoso de vuestro amor mutuo, en el que se incluía “el sí” consciente y responsable de los hijos que habéis ido recibiendo de Dios en un itinerario de amor desprendido y de generosas e íntimas acogidas, fruto maduro de una cotidiana oblación de vosotros mismos al Señor. Así, amorosamente, fuisteis construyendo vuestra familia como esa íntima comunidad de amor y de vida que hace posible que la humanidad entera se pueda ir configurando como una gran familia en la que reine “la civilización del amor”. Sí, queridas familias cristianas de España, en la Comunión de la Iglesia, la familia de los Hijos de Dios, sois las imprescindibles protagonistas de la realización de ese objetivo de Civilización del amor ¿Quién si no sois vosotras puede hacerlo? ¡Nadie más!

8. Queridas familias cristianas, vosotras habéis conocido el amor que Dios nos tiene y habéis creído en él. Habéis creído en “el Dios que es Amor”. Habéis conocido “al Amor de los Amores” y querido permanecer en Él y así permanecéis en Dios y Dios en vosotras (Cfr. Ef 1; Jn 4,16). Vuestro testimonio ante el mundo y la sociedad contemporánea no es otro ni debe ser otro que el de que el Amor es posible y que vivirlo en su plenitud, consisten la vocación del hombre y el único criterio de verdad y de vida que puede salvarlo. Si alguien nos pregunta por el significado de esta gran celebración habría que contestarles: Las familias cristianas de España han querido ofrecer un testimonio público, festivamente expresado, de que en la experiencia cristiana de la familia se descubre, recibe y vive el gran Don del Amor como primicia y vía imprescindible para vivir de amor y con amor en todas las circunstancias privadas y públicas de la vida y como la única fuerza que permite andar la peregrinación de este mundo con esperanza. “Porque amor saca amor”, diría Teresa de Jesús. Ésta es la aportación siempre antigua y siempre nueva de las familias cristianas a sus contemporáneos, sean creyentes o no, y a la sociedad: el mantener siempre abierto y abonado el surco de la vida para recibir el gran Don del Amor y para hacerlo fecundo y activo en todos los contextos en los que se desenvuelve la existencia humana, de camino a su último destino.

9. Ofrecemos nuestro testimonio. No lo imponemos. Pero sí pedimos a Jesús, María y José, que sea comprendido, que sea aceptado; más aún, que contribuya a que la conciencia social y la valoración cultural por parte de la sociedad española en relación con el reconocimiento del valor insustituible del matrimonio y de la familia según el proyecto de Dios para el bien de las nuevas generaciones y de su futuro, que tanto deniegan o escatiman, gire y gire pronto. Más aún, pedimos que con vuestro testimonio constante y gozoso de la verdad, la bondad y la belleza de la familia cristiana, en la vida privada y pública, apoyados en la oración de toda la Iglesia, especialmente de sus comunidades contemplativas, seáis capaces de que se produzca una verdadera conversión de las conciencias de las personas y de los distintos grupos e instituciones sociales en su concepción y en su aprecio de la familia; ¡que de nuevo sea vista y apreciada la familia, fundada en el verdadero matrimonio, como “la célula primera y vital de la sociedad” y “la primera e insustituible educadora de la paz”! (AA, 11; Mensaje, 3); tanto en la opinión pública como en la estimación popular, en la valoración política y en la legislación del Estado.

10. Nos entristece tener que constatar que nuestro ordenamiento jurídico ha dado marcha atrás respecto a lo que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas reconocía y establecía hace ya casi sesenta años, a saber: que “la familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado” (Art. 16/3). Volvamos de nuevo, sin argucias dialécticas ¡diligentemente! a ese punto inicial del camino de lo que quiso representar una nueva civilización jurídica, capaz de garantizar y desarrollar el ideal siempre frágil y siempre urgente de la paz frente a las amenazas internas, como las del terrorismo, que siguen acechándonos en España, y las externas, como son las guerras y los conflictos internacionales.

11. No desfallezcamos en nuestro empeño de evangelizar a las familias españolas. Nos sostiene a todos, pastores, consagrados y fieles laicos, el amor y la gracia de Aquél, que muriendo en la Cruz por nosotros, triunfó en la Resurrección.

Por Cristo Salvador del hombre, con Él y en Él, se asienta y se afirma vuestra esperanza, queridas familias cristianas, y la nuestra; en la oración de su Madre y nuestra Madre, María, encuentra un precioso apoyo maternal y consuelo constante.

En Pentecostés, con María, “el reino de Jesús”, tan distinto de cómo lo habían podido imaginar los hombres, inicia aquella hora irreversible de su presencia salvadora en la historia de la familia y de su renovada vocación de ser santuario de la vida y del amor que le es propia y en la que nadie puede sustituirla. Por ello podemos suplicarle hoy a María, con confianza filial, haciendo nuestras las palabras de Benedicto XVI en su última Encíclica “Spe salvi”: “Madre de la esperanza, Santa María, Madre de Dios, Madre Nuestra, enséñanos a creer, a esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino”: el de ser testigos valientes y gozosos del Evangelio de la Familia.

Amén.