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La nueva dirección de la residencia del Cardenal Arzobispo Emérito de Madrid Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela, será:

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Homilía en el Funeral por el Excmo. Sr. D. Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo

Catedral de La Almudena, 8.V.2008; 20’00 horas

(Rom 6,3-4.8-9; Jn 6, 37-40)

Majestades
Altezas
Excelentísimos Señores y Señoras
Mis queridos familiares: esposa, hijos y nietos del difunto

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Hemos venido esta tarde a la Catedral de La Almudena para celebrar la Eucaristía –la Santa Misa– por nuestro querido hermano Leopoldo, a quien el Señor acaba de llamar a su presencia. La Eucaristía es la Gran Plegaria de la Iglesia, aquella en la que confluyen todos los momentos y formas de su oración: la pública y la privada. Más aún, de la celebración eucarística mana incesantemente la corriente espiritual del amor cristiano que alimenta el alma y el corazón orante de todos los creyentes. En la Eucaristía se hace presente y actual la oblación de Jesucristo Crucificado, por la cual fuimos salvados. ¿Salvados? Sí, porque en la Cruz de Cristo fuimos devueltos de la muerte a la vida. La Eucaristía es precisamente el signo sacramental por excelencia de que la vida ha vencido definitivamente a la muerte: de la aceptación por el Padre del sacrificio del Hijo en la Cruz, demostrada en su Resurrección de entre los muertos. Lo que significó para siempre la victoria de la verdadera vida: de la vida eterna y feliz.

2. Al participar en la Eucaristía, nuestra oración por nuestro querido hermano y amigo Leopoldo adquiere esa fórmula del recuerdo agradecido y del consuelo basado en la esperanza cierta y gozosa de que la cercanía del ser querido se pierde corporalmente, pero no en lo más hondo de nuestro corazón, porque lo que pedimos a Dios es que participe ya eternamente de la victoria de Jesucristo Resucitado: de la victoria de la Vida sobre la que la muerte no tiene ya ningún poder. Si sabemos, como enseñaba San Pablo a los fieles de la primera comunidad cristiana de Roma, que “Cristo una vez resucitado de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él”, nuestra plegaria, ofrecida en la comunión de la Iglesia, no puede ni quiere inspirarse por otra intención que no sea la de que el paso de nuestro hermano por la muerte física se haya convertido para él, unido fielmente a su Señor por una fe, una esperanza y un amor bien probados a lo largo de todo el itinerario de su historia personal, en la superación definitiva de la muerte por el encuentro pleno y glorioso con Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo; con el Dios “que es Amor”: ¡Amor misericordioso! Esa forma divina de amor, modelo y medida de la verdad de cualquiera de nuestros amores, que Jesús revelaba y aclaraba a la gente cuando les decía “ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día”, es la que ha envuelto la vida de nuestro hermano en su andadura terrena hasta el momento mismo de su fallecimiento inesperado y repentino.

3. La muerte y el dolor, con la progresiva disolución del cuerpo que frecuentemente la precede, es “el gran enigma de la condición humana”, enseña el Concilio Vaticano II (GSp 18). El hombre “juzga certeramente por instinto de su corazón cuando aborrece y rechaza la ruina total y la desaparición definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica, aunque muy útiles, no pueden calmar esta ansiedad del hombre; la prolongación de la longevidad biológica no puede satisfacer ese deseo de vida ulterior que ineluctablemente está arraigado en su corazón”. Lo que parece un enigma indescifrable, ante el cual toda imaginación humana fracasa, se ilumina a la luz del misterio de Cristo, muerto y resucitado. Cristo, el Hijo de Dios vivo, muere por amor; muere para librarnos de lo que es la raíz y causa primera de la muerte –de la muerte espiritual y de la muerte física después–: la rebelión del hombre contra Dios al rechazar el mandato primordial de su Amor.

4. El hombre por naturaleza nunca había sido “un ser para la muerte” –“Sein zum Tode”– como lo quiso interpretar el existencialismo “Heideggeriano”, sino un ser para la vida. Si no ocurrió así desde el principio, fue a causa de su historia: de su primera decisión, libremente tomada, de infringir la Ley de la Vida, la de la obediencia a Dios, que es el Amor, obstruyendo deliberadamente la fuente de donde brota el verdadero amor humano. Comenzaba así la historia bajo el signo del pecado que conduce a la muerte. Historia superada radicalmente por la victoria de la Cruz de Cristo Resucitado: por el Hijo de Dios hecho hombre, a quien el Padre entregó a la muerte para librarnos de nuestros pecados y de la muerte eterna. Reencontrándonos con Él por la vía del amor misericordioso, de la gracia y del perdón, se nos ha abierto de nuevo el camino de la verdadera vida, o, dicho con otras palabras, el camino de la vida nueva: ¡el camino del amor más grande!

5. Ese camino, el del amor cristiano ¡camino de la nueva vida! iniciado, consumado y abierto para el hombre de todos los tiempos y lugares por “el autor de la salvación”, Jesucristo Resucitado, fue el que siguió nuestro hermano en todo el trayecto de su dilatada y fecunda vida en este mundo. Camino iniciado el día de su Bautismo, pedido por sus padres, profundamente cristianos, que profesaban la fe católica de sus mayores con la fiel connaturalidad de una familia gozosa y firmemente enraizada en la tradición viva de la Iglesia, vinculada con hondos vínculos humanos, culturales y espirituales a la historia de España. “Por el Bautismo, nos recuerda San Pablo, fuimos sepultados con Él –con Cristo– en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”. Vivir y andar en “la vida nueva” caracterizó la rica biografía de nuestro hermano Leopoldo, desde los años en que se forma y madura espiritualmente la personalidad de un muchacho que ha conocido a Cristo desde su niñez y que se ha sentido atraído y fascinado por Él, hasta ese período otoñal de la edad avanzada, cuando la mirada retrospectiva de la memoria personal, iluminada por la luz del Resucitado, permite valorar y discernir en la perspectiva de la eternidad cuáles son los verdaderos valores: los que quedan como cosecha definitiva de la vida y cuáles no. Todos los que le hemos querido y apreciado con el estilo del amor cristiano, del “amor más grande”, su esposa, en primer lugar, con sus hijos y nietos y, luego, familiares y amigos de tan distintas procedencias y amigos por tantos y variados motivos personales e institucionales, sabemos muy bien cómo el horizonte de la fe cristiana y su fruto existencial más precioso y característico, “el amor-ágape” –amor de oblación desprendida y de desinteresada y sacrificada entrega–, marca y explica los capítulos más importantes de su vida: personal, de esposo y padre, de universitario de fina perspicacia intelectual, de católico seglar, atento y delicadamente sensible a todo lo que significase auténtica renovación de la Iglesia, y de profesional y hombre público, dedicado por entero al servicio de su pueblo y de su patria, fuesen cuales fuesen las dificultades del momento, incluso en las más dramáticas, cuando la lealtad, esa virtud tan ligada a la auténtica verdad de lo humano, se pone a prueba. Su adhesión a una concepción cristiana del hombre, de la sociedad y del mundo, en medio de todas las oscuridades de la frágil existencia humana, le distinguió siempre.

¿Cómo, pues, no vamos a esperar, con la confianza propia de la esperanza pascual, forma propia de la esperanza cristiana, que nuestra oración perseverante por nuestro hermano haya encontrado el eco gozoso que reflejan las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan que acabamos de proclamar? “Dijo Jesús a la gente: Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”. Sí, si confiamos a María, la Asumpta al Cielo, Virgen de La Almudena, la Madre de Jesús y nuestra Madre, ese paso final de nuestro hermano de la muerte a la vida con Cristo, nuestra esperanza de que nuestro querido hermano Leopoldo haya sido acogido por Jesucristo en la Casa y en la Gloria del Padre, se hará inconmovible.

Amén.