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El Cardenal
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Ante la Fiesta de Santiago Apóstol, Patrono de España

Crisis de la vida – Crisis de la Fe

Mis queridos hermanos y amigos:

Estamos a punto de celebrar de nuevo la Fiesta de Santiago Apóstol, nuestro Patrono: ¡Patrono de España! Su conmemoración nos actualiza siempre cuáles y cómo fueron los orígenes de nuestra fe, cómo surgió, nació y se desarrolló el cristianismo en España, y cuáles fueron también los orígenes de la misma España: cómo en el solar ibérico se siembra, hace poco menos de dos mil años, una semilla cultural, humana y espiritual que crece y madura en esa realidad histórica que es y llamamos España.

Nuestra tradición, sólidamente fundada tanto en la memoria de la Iglesia como en datos verificados por la historia, nos habla de que el anuncio de Jesucristo y de su Evangelio de salvación se produjo pocos años después de la Pascua de su Resurrección. Fueron sus primeros protagonistas uno de “los Doce”, Santiago el Mayor, y, más tarde, Pablo. La acogida de la palabra apostólica se amplía desde los primeros siglos de la Era cristiana más y más y la conversión de los hispanos a la Fe en Jesucristo Resucitado va cuajando en la fundación de numerosas comunidades cristianas. La Iglesia penetra intensamente todo el tejido interior y exterior de aquella sociedad modelada en gran medida por la cultura pagana del Imperio Romano y la va transformando desde lo más íntimo de las conciencias personales hasta las formas sociales y comunitarias de la vida en este mundo y de sus instituciones. La conciencia del valor de la vida del ser humano, especialmente del más indefenso –del que va a nacer, del niño, del enfermo, del anciano, del pobre…– cambia substancialmente; así, como surge y se consolida socialmente el aprecio del matrimonio fiel e indisoluble y de la familia como comunidad primera de amor y de vida. Desde los primeros siglos de la evangelización apostólica de España, ésta no deja de desarrollarse y progresar como una gran comunidad cultural, social y política, inspirada y vivificada por el espíritu del cristianismo. Si se nos permite la analogía, diríamos que el alma, que da la vida a España y que la alienta y sostiene en los períodos más fecundos de su historia, es un alma cristiana.

Fe y vida van estrecha e inseparablemente unidas tanto en la experiencia personal de cada ser humano, como en la experiencia compartida de los pueblos y naciones. Por ello, la crisis de la fe cristiana arrastra pronto consigo una crisis personal de vida y, por supuesto, una crisis grave en la vida de la Iglesia. Y si la crisis de fe personal y eclesial se va extendiendo y agravando, también resultará inevitable una crisis en la vida moral, cultural y jurídico-política de la sociedad. La explicación de fondo de esta íntima interconexión de fe y de vida, singularmente de fe y de vida cristiana, es muy sencilla: “Dios es Amor” y el que no crea en Dios y lleve la negación de su fe hasta las últimas consecuencias no sabrá lo que es de verdad el amor y perderá con ello el sentido de su vida, o mejor, de la vida sin más. El que cree sinceramente en Dios –como nos lo vuelve a mostrar, con la luminosidad y belleza habitual de su Magisterio, el Papa Benedicto XVI en su Encíclica “Caritas in Veritate”– está en la verdad; la verdad que le descubre el secreto del amor imperecedero y le proporciona la vida en plenitud, es decir, la vida capaz de vencer definitivamente a la muerte.

Atravesamos hoy en España por un momento especialmente delicado, compartiendo una crisis que alcanza al mundo. Sus manifestaciones más visibles son de carácter económico, si bien implican dolorosas y, a veces, dramáticas consecuencias para las personas y las familias que la sufren. En el desempleo creciente, que afecta cada vez en mayor número a todos los miembros de la comunidad familiar, se revela la raíz profundamente inmoral e inhumana de esta crisis. Porque, ciertamente, analizando con mayor profundidad la naturaleza de la crisis económica que padecemos, como la hace nuestro Santo Padre Benedicto XVI, nos encontramos con una crisis de la conciencia moral que rechaza la ley natural y la ley de Dios como las instancias de luz y de vida que marcan al hombre el camino de su verdadero desarrollo en conformidad con su dignidad personal de hijo de Dios. Queda de este modo rechazado el único camino que puede llevar al hombre con éxito seguro al logro de la convivencia en justicia, solidaridad y paz. Crisis de la conciencia moral, en la que se quiebran y rompen, además, el matrimonio y la familia, y que apunta a la causa más decisiva de lo que está ocurriendo: una honda crisis de fe. Fenómeno que, en España y en Europa, se viene manifestando desde hace décadas en formas no pocas veces radicales de abandono y rechazo de aquella fe, la fe cristiana, que ha regado y alimentado sus raíces espirituales, morales y culturales más profundas desde los albores mismos de su historia.

La Fiesta de Santiago Apóstol del 2009, a las puertas de un nuevo Año Santo en su Ciudad, Santiago de Compostela, supone todo un llamamiento para un sincero, humilde y valiente examen de conciencia personal y colectivo de la Iglesia en España y de toda España: ¡una invitación a retomar “el camino” de la conversión! No hay otra fórmula verdaderamente eficaz y duradera para superar la crisis. Se van a cumplir 20 años de la IV Jornada Mundial de la Juventud en Santiago de Compostela, celebrada en la Tercera Semana de Agosto de 1989. Las nuevas generaciones de nuestros jóvenes necesitan más que nadie encontrarse con Aquél que da la última razón de ser a sus vidas: Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. A la vista de la nueva Jornada Mundial de la Juventud del 2011 en Madrid, hay que alentarles a que, “edificados y arraigados en Cristo”, permanezcan “firmes en la fe”.

Esa debe ser hoy nuestra Plegaria a la Virgen María, Madre de España, a quien veneramos en Madrid con fervor como Nuestra Señora de La Almudena. Ese ha de ser nuestro ruego a Santiago Apóstol, el primer evangelizador de nuestra Patria, nuestro Patrono, el Patrono de España.

Con todo afecto y mi bendición,