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La nueva dirección de la residencia del Cardenal Arzobispo Emérito de Madrid Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela, será:

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El Cardenal
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HOMILIA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

Catedral de La Almudena, 7.XII.2012, 21’00 horas
(Gén 3,9-15.20; Sal 97; Ef 1,3-6.11-12; Lc 1,26-38)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1.      Una nueva “Vigilia de la Inmaculada” nos reúne hoy en la Catedral de Ntra. Sra. la Real de La Almudena para celebrar a la Santísima Virgen en ese Misterio de su Concepción en la que fue preservada de todo pecado. Es el gozo de los hijos que comparten la alegría de la Iglesia que la ve y la contempla en ese momento tan decisivo de la historia de la salvación en la que le es anunciada por el Ángel Gabriel que iba a ser la Madre del Salvador, esperado y anhelado por los grandes Profetas y “los justos”, es decir, por los mejores hijos de Israel. El saludo del Ángel la había turbado aunque no desconcertado. Ella era aquella Virgen que Isaías había predicho y divisado en el horizonte de una nueva historia en la que el hombre iba a encontrar definitivamente la salvación: aquella que “está en cinta y da a luz a un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel”: ¡“Dios con nosotros”! No podía, pues, extrañarle del todo, en lo más íntimo de su relación personal con el Señor, que Gabriel le anunciase que había “encontrado gracia ante Dios” y que el hijo que concebiría y daría a luz se llamaría “Hijo del Altísimo” y que el Señor Dios le daría “el  Trono de David, su padre” y que reinaría sobre “la casa de Jacob para siempre” y que su reino no tendría fin. María, como observa finamente el Santo Padre, no duda de que será así, pero no sabe el cómo… “¿Cómo será eso pues no conozco a varón?”. La contestación del Ángel, que abría el paso a ese “Sí” suyo, humilde y obediente, y que nos abrió −¡al hombre! ¡a toda la humanidad!− la puerta de la salvación, despejaba todos sus interrogantes o posibles dudas: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios”. Si su anciana pariente Isabel “a la que llamaban estéril”, estaba embarazada de seis meses, “porque para Dios nada hay imposible”, ¿le iba a ser imposible hacer florecer el seno virginal de una doncella escogida de Israel? María no vaciló en su respuesta: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. “Y la dejó el Ángel”, relata San Lucas.

2.      En María se hacía realidad ese Misterio de elección y de bendición por parte de Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del que hablaría San Pablo en la Carta a los Efesios. Es, de hecho, el primer miembro de la familia humana en el que se realiza en la historia plenamente el designio de Dios Padre de ser elegidos y bendecidos “en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales”, antes de crear el mundo. Más aún, llena de Gracia desde el instante mismo de su concepción y bendita entre todas las mujeres, recibe el don de la gracia en plenitud precisamente para ser Madre de Cristo y Madre de la Iglesia ¡Madre nuestra! Lo cual significa que, en Ella y con Ella, Jesucristo inicia el tiempo nuevo y definitivo en el que el pecado y, con el pecado, la muerte serán vencidos para siempre. Por ella y de ella recibió el Hijo del Altísimo  nuestra carne y sangre con la que restablecerá en la verdad de Dios y para la salvación del hombre el Trono y Reino de David su Padre. Con ella comienza “nuestro tiempo”, el tiempo de la salvación definitiva, el tiempo de la gracia plena y de la plena santidad: ¡tiempo del amor verdadero y de la alegría auténtica!

3.      María sería la mujer elegida por Dios, desde el inicio de la humanidad, para hacer realidad lo que le había dicho a “la serpiente” tentadora de Eva, la compañera de Adán: “ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón”. María sería la nueva Eva, la Madre de la nueva estirpe de los hombres que viven en el respeto y en la obediencia de la ley de Dios sin miedo a las hostilidades que puedan emprender contra ellos los que prefieren ser y seguir siendo considerados como “la estirpe” de “la serpiente”. El Sí de María, el Sí de la nueva Eva a los planes salvadores de Dios, el Sí de la verdadera Madre de los creyentes, abrió al hombre la posibilidad de “cantar al Señor un cántico nuevo” porque, con ella y en ella, comenzaba el tiempo de “la victoria de nuestro Dios”, el tiempo de las maravillas que nos tenía reservadas desde antes de todos los siglos: ¡desde la eternidad! Maravillas y victoria que se sintetizaban en una sola palabra: ¡Jesucristo, el Hijo y Enviado del Padre, ungido por el Espíritu Santo, el Hijo de la purísima Virgen María! Con el Sí de María a lo que el Ángel Gabriel le anunciaba, quedaban franqueadas las puertas del corazón del hombre para su Sí al Dios verdadero, que se le muestra como Padre que entrega a su propio Hijo para redimirle y llevarle a la condición de hijo por adopción. Un nuevo y, hasta ese trascendente momento, desconocido Sí a Dios que ha de seguir el modelo del Sí de María, tratando de acogerse y cobijarse en él. El Sí de María, ¡un Sí de Madre de Dios y de Madre de los hombres! es “Sí” de la fe, obediente, vibrante de amor por el Hijo, el Mesías de Dios, seguro y gozoso, transido de una esperanza que no puede defraudar. El día de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, la Virgen María, comenzó la nueva y definitiva época del inequívoco y pleno “Sí del hombre a Dios” en la historia humana. En esa época nos encontramos. En esa Época, la de la novedad definitiva y última, discurrió la historia de nuestra patria, España: ¡discurrió nuestra propia historia!

4.      Hoy, celebrando de nuevo solemnemente su Fiesta, en el Año de la Fe y con el recuerdo de la JMJ 2011, tan viva en la memoria de nuestras almas, el Señor nos urge a que nos hagamos la pregunta de qué hemos hecho y de qué estamos haciendo con “el tesoro de la fe cristiana” recibida de nuestros padres desde el mismo siglo en el que tuvieron lugar aquellos primeros acontecimientos salvadores: la Concepción Inmaculada de María, el Anuncio del Ángel, su Maternidad divina, la espera del Nacimiento de Jesús, su divino Hijo… La necesidad de que nos hagamos la pregunta se hace incluso lacerante a la vista de la evidente apostasía explícita e implícita de muchos de nuestros hermanos, que reniegan, rechazan, olvidan o pasan de largo ante el anuncio y la verdad de Jesucristo, Redentor del hombre; que desprecian y/o ignoran el significado de las palabras “pecado” y “gracia” para los proyectos personales de su vida y su “estar” y “comprometerse” con el bien común en la cultural en la sociedad y en la comunidad política. El fenómeno contemporáneo de la increencia se agrava y agudiza con las experiencias y las consecuencias de “la crisis” económica y social que tienen lugar, sobre todo, en las familias. Sus efectos destructores de los vínculos matrimoniales, de la unidad familiar, del desarrollo humano y espiritual de los hijos, descubren la profundidad moral y espiritual de sus causas, que nos remiten directamente a la crisis de la fe en Dios como su raíz última. Crisis ciertamente intelectual y, más aún, crisis vital y existencial: crisis del hombre y de su conciencia que se autoafirma en el orgullo personal y colectivo, negándose a reconocer dónde está y cuál es el futuro que le espera más allá de la muerte.

5.      ¿Qué estamos haciendo con nuestra fe? ¿Qué responsabilidad nos incumbe ante la crisis de la fe que produce tanto dolor, pobreza y miseria material y espiritual entre tantos hermanos nuestros? La Vigilia de la Inmaculada del presente Año 2012, a la espera de una nueva venida del Señor, “el fruto bendito de su vientre”, debe de suponer una fuerte llamada a la conversión personal, compartida entre y por todos los hijos de María, la Madre de la Iglesia, que nos conduzca al Sí de la fe plena, hecha arrepentimiento, dolor por nuestros pecados y propósito de la enmienda en “la confesión” sincera ante el Ministro de Jesucristo en el Sacramento de la Penitencia. “Un Sí” que en su propio dinamismo interior conduce a elegir el camino de la santidad personal y comunitaria como el fin y realización “bienaventurada” de nuestra existencia. Sí, con María la Inmaculada se puede avanzar firmemente en el camino de la santidad cuidando la vida interior en la oración asidua, en la recepción de los sacramentos, atentos a la Palabra de Dios, siendo los testigos y portadores del amor de Jesucristo a nuestros hermanos en la vida privada y en “la plaza pública de la historia” (Benedicto XVI). Si nos comprometemos como “apóstoles” del “Evangelio” −de la buena y gozosa Noticia de la Salvación− seremos los testigos y servidores creíbles y auténticos de la Verdad que es Cristo, y que el mundo de hoy necesita con urgencia. Sin miedo a los “poderes del mal” −el demonio, el mundo y la carne− y a “sus hostilidades”. Empeñándonos en que se abran y queden abiertas, de un vez por todas, los cauces de la libertad de la educación y formación en la fe: de la libertad de proponerla y de testimoniarla en la vida de las familias, en los centros educativos, en los ámbitos de la cultura y los medios de comunicación: en la sociedad en general. El testigo y el servidor de la Verdad del Evangelio encuentra en María Inmaculada el ejemplo sublime e insuperable y la protectora más delicada y discretamente eficaz para no decaer ni equivocarse en el empeño evangelizador. El Evangelio “se propone, no se impone” (Juan Pablo II). No se reduce a la sola y simple palabra, sino que se traduce en formas y estilos de vida impregnadas del perdón y del amor misericordioso de Cristo. La fe sin las obras de la caridad −que incluyen y superan las de la justicia− pierde autenticidad; la caridad sin la fe, pierde su fuente de inspiración y de alimentación, se vacía de contenidos y de generosidad, se queda vacilante y sentimental en su acción y presencia en el mundo (Benedicto XVI).

6.      “Misión-Madrid”

         La llamada de la Virgen a la Iglesia hoy, en la Solemnidad de su Inmaculada Concepción, suena nítida e inequívoca, y no distinta de la que se oyó en el siglo pasado en Fátima y no menos apremiante que en aquel momento tan dramático de la Europa contemporánea: ¡convertíos y confesad con nuevo vigor, con entrega y ardor apostólico, con sincera y humilde autenticidad “el Sí de la Fe”! ¡Sed testigos y servidores de la Verdad! ¡Vivid vuestra fe “misioneramente” en este Madrid, de profundas raíces cristianas, para que las vuelva más vivas y fecundas en este año tan crítico material y espiritualmente! ¡Irrádiala en España y en Europa, principalmente! No olvidéis la amplia y todavía extensa geografía de los que todavía esperan la primera Noticia del Salvador de los hombres. Hablar de “la Misión-Madrid” y asumirla seria, generosa y audazmente es “Voluntad de Dios”, amonestación materna de la Virgen Inmaculada y Nuestra Señora de La Almudena. “Toda la diócesis es el sujeto de esta misión”, decíamos en nuestra Carta Pastoral, convocando la Misión Madrid, de 15 de junio pasado: “nadie puede quedarse indiferente cuando se trata de anunciar el Evangelio de Cristo. Aunque exista un equipo diocesano encargado de ponerla en marcha, todos los cristianos debemos sentirnos llamados, según nuestra vocación y estado, a trabajar humildemente en la viña del Señor (…) Cada uno debe discernir dónde le sitúa el Señor, en las circunstancias normales de su vida, donde trabaja o convive con otros, para hacerse allí servidor y testigo de la Verdad”. Esto es lo que espera el Señor de todos nosotros. Es lo que no pide “la Inmaculada” en esta solemnísima Vigilia de su Fiesta en el nuevo Año de Gracia, que acabamos de comenzar en la Liturgia de la Iglesia, mirando ya la cercanía del Señor que de nuevo no nacerá para nuestra salvación.

 

Amén.