Homilía en la celebración de la Eucaristía del Bautismo de S.A.R. la Infanta Dña. Leonor de Borbón Ortiz

Capilla del Palacio de la Zarzuela 14.I.2006; 12’30 horas

(Ez. 36, 24-28; Sal 22; Jn. 7, 37b-39)

Majestades,

Altezas,

Excmo. Sr. Arzobispo,

Excelentísimos Señores y Señoras.

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El día del Bautismo de un niño es siempre un día de gran alegría –en el fondo, una alegría única y singular– para sus padres, su familia y para toda la Iglesia, la gran familia de los hijos de Dios; en el caso de esta niña, que vamos a bautizar, doña Leonor, una alegría, sin duda, que comparte España entera. El Bautismo es como el segundo nacimiento; o, mejor dicho, como el llevar el primero a su plenitud de sentido y de horizonte de vida para el niño recién nacido.

Todavía el Domingo pasado celebrábamos la Solemnidad del Bautismo del Señor en el Jordán. La Iglesia desde los primeros siglos de su Liturgia valora y hace presente este episodio de la vida de Jesucristo como Epifanía o manifestación de quién es Él y de cuál es la misión que Dios Padre le confía para la salvación del mundo. Pero también como aquel momento decisivo en su vida –el inicio de su vida pública– que es preciso conocer bien, si se quiere captar en toda su novedad el sentido profundo de lo que ocurre en el Sacramento del Bautismo. Cuando Jesús va de Nazareth al Jordán para pedirle a Juan el Bautista con insistencia inapelable que le bautice, se coloca entre aquellos de su pueblo que reconocen que un nuevo comienzo en la historia de Israel –¡sólo imaginable ya como la historia del Mesías!– únicamente es posible por el camino del arrepentimiento de los pecados, de la penitencia y de la conversión a Dios: a su ley y a su Alianza. Bautizándose en el Jordán, Jesús dejaba claro que con El comenzaba el nuevo y definitivo capítulo de esa historia nueva de la superación del pecado y de la muerte que el hombre tanto anhelaba: ¡con Él comenzaba la historia de la nueva vida en gracia y santidad! “Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva”. Así lo confirmarán la voz del Padre, rasgando el cielo, y la infusión del Espíritu Santo en forma de paloma, tal como lo relata el Evangelio de San Marcos. Se cumplía la profecía de Ezequiel: “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar, y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo”.

Con el Bautismo de un niño comienza también para él la historia de esa especial relación con Dios que por el don y la gracia del Espíritu Santo le libera de la esclavitud del pecado y de la amenaza de la muerte y le abre al camino de la vida, como nueva vida: ¡la vida de Cristo! ¿Cómo no vamos a hablar, pues, de alegría y de alegría verdadera –alegría perdurable porque se funda en Dios– cuando bautizamos a esta niña? En el Bautismo, en el momento de su regeneración y de su nuevo nacimiento como hija de Dios, no está sola: se encuentra acompañada por la fe de sus padres, los Príncipes de Asturias, y de sus padrinos, Sus Majestades los Reyes de España. Una fe hondamente sentida en el seno de la Real Familia desde generaciones y generaciones ininterrumpidamente: desde los mismos albores de la historia más que milenaria de la Monarquía Española. Una fe profesada y vivida en comunión, nunca rota, con la Iglesia Católica. En la fe de la Iglesia, Una Santa Católica y Apostólica, recibe Dña. Leonor el Sacramento del Bautismo: el don de la nueva vida que la capacitará para asumir y realizar todas las riquezas de su personalidad humana y el futuro de su vida como una trayectoria marcada por la verdad, la esperanza y el amor, triunfando día a día sobre las asechanzas del mal espiritual y del mal moral –¡del pecado!– y superando, etapa tras etapa de la existencia, los dolores y sufrimientos propios de la peregrinación por este mundo –incluida la muerte– en clave de entrega amorosa a Dios y a los hombres. Que ésa y no otra es la trayectoria de la felicidad verdadera que florecerá en la Gloria de Dios eternamente.

El don de la nueva vida

Ese don de la nueva vida, –¡vida sobrenatural!, según la caracterización y lenguaje multiseculares de la Iglesia– es preciso cuidarlo con tanto o más esmero que el don de la vida natural. Los padres, apoyados por su padrinos, han de ser los primeros que trasmitan la fe a sus hijos, sobre todo desde el momento de su Bautismo. ¡A ello se comprometen delante de Dios y de su Iglesia! Es un compromiso del más alto y fino amor. Se hace posible el cumplirlo en el cultivo de la oración en familia y si no faltan la palabra creyente y el ejemplo cristiano del padre y de la madre. De ellos depende en destacado lugar el que los hijos reciban pronto, en el mismo momento de su despertar religioso, las primeras noticias del Evangelio. De los labios de sus padres han de conocer los nombres dulcísimos de Jesús y de María.

Nuestro Papa, Benedicto XVI, en la audiencia especial concedida a los peregrinos de Madrid, el pasado cuatro de julio, con motivo de la clausura del III Sínodo Diocesano, nos alentaba a ser trasmisores de la fe con estas palabras: “En una sociedad sedienta de auténticos valores humanos y que sufre tantas divisiones y fracturas, la comunidad de los creyentes ha de ser portadora de la luz del Evangelio, con la certeza de que la caridad es ante todo comunicación de la verdad”.Tarea ciertamente no fácil en tiempos en que recobran nuevo vigor las propuestas de vida y de “visión del mundo” –que diría Romano Guardini, a quien era tan cara esa expresión “visión del mundo”: “Weltanschauung”– de distanciamiento cuando no de ruptura entre la ciencia y la fe; más aún, cuando se desconfía radicalmente de la capacidad de la razón para conocer la verdad objetiva, incluso, aproximativamente.

En su homilía de la Navidad de 1980, el entonces Cardenal Ratzinger, Arzobispo de Munich, y hoy, nuestro Santo Padre, expresaba el origen de ese mal del escepticismo de nuestro tiempo con un diagnóstico que no ha perdido un ápice de actualidad. Decía el Papa: “cada vez me resulta más claro que la muerte de la humildad constituye la verdadera razón de nuestra incapacidad para creer y con ello de la enfermedad de nuestro tiempo, y cada vez comprendo mejor por qué San Agustín había explicado la ‘humilitas’, la humildad, como el corazón del Misterio de Cristo. El mismo había sido una de aquellas almas quisquillosas que sólo trabajosamente bajan de su alto pedestal intelectual, y sólo a través de muchas vueltas y muy difícilmente encuentran el camino de la Cuna”: ¡La Cuna del Niño Jesús! No la encontraremos si nosotros mismos no nos hacemos como niños; y si no sabemos acogerlos como los acogió El: como sus predilectos en el Reino de los Cielos.

Pero, a Belén se llega pronto si se acierta a pedir orientación y ayuda a María y a José; sobre todo, a María: Madre solícita, de ternura inigualable, portadora y depositaria del Misterio del Amor más grande que haya podido soñar nunca el hombre; siempre dispuesta a la acogida: acoge a los pastores, a los Magos de Oriente… a los sencillos y limpios de corazón; valiente y fuerte en el cuidado del Niño, pero generosa sin límites para mostrarlo y ofrecerlo para la salvación de todos. A Ella encomendamos a esta niña que va a recibir las aguas del Bautismo –las aguas del mismo Jordán en las que se bautizó el Señor– y el crisma y don del Espíritu Santo. Se la encomendamos como hija suya. A Ella, a la Virgen de Nazareth, y Virgen de la Almudena, dirigimos también nuestra plegaria por sus padres, los Príncipes de Asturias; por sus padrinos, Sus Majestades los Reyes de España; y por todos sus familiares. ¿Y cómo no? A Ella, venerada y amada por tantos españoles desde tiempos inmemoriales como la Madre de España, la “Tierra de María” –en expresión inolvidable de nuestro querido Juan Pablo II–, le encomendamos también nuestra Patria.

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