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El Cardenal
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Once nuevas beatas madrileñas

ÍNDICE
Introducción
Llamados a la santidad
La gracia del martirio
Los santos, modelos de nueva humanidad
————————————————————————

INTRODUCCIÓN
(Índice)

Los obispos de la Provincia Eclesiástica de Madrid tenernos el gozo de anunciar a todos los que forman las diócesis de Madrid, Getafe y Alcalá de Henares que el día 10 de mayo serán beatificadas once religiosas, de las cuales diez sellaron su fidelidad a Cristo Con la gracia del martirio. Son las venerables:

* Rita Dolores Pujalte y
* Francisca Aldea del Corazón de Jesús,
Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesœs, que sufrieron martirio el 20 de julio de 1936.
* María Sagrario de San Luis Gonzaga,
Priora del convento de las Carmelitas Descalzas de Santa Ana y San José de Madrid, que murió mártir el 15 de agosto de 1936.
* María Gabriela de Hinojosa Naveros,
* Teresa María Cavestany y Anduaga,
* Josefa María Barrera Izaguirre,
* María Inés Zudaire Galdeano,
* María Celicia Cendoya Araquistain,
* María Angela Olaizola Garagarza y
* María Engracia Lecuona Aramburu,
religiosas del Primer Monasterio de la Orden de la Visitación de Santa María de Madrid, que padecieron el martirio los días 18 y 23 de noviembre de 1936.
* María Maravillas de Jesús.
carmelita descalza profesa en el convento de El Escorial y fundadora de varios monasterios de la Orden del Carmen, que murió con gran fama de santidad el 11 de diciembre de 1974.

La gracia y la alegría de este acontecimiento, que tiene lugar durante el tiempo pascual, es inseparable del triunfo sobre el pecado y la muerte que nos ha alcanzado para siempre la victoria de Cristo. Estas nuevas beatas son el fruto del amor de Cristo que, a través de su Espíritu, sigue fecundando a la Iglesia y enriqueciéndola con nuevos testigos del Señor que se nos proponen como modelos de vida cristiana. La Iglesia, que tantas veces aparece con el rostro desdibujado a causa de nuestros pecados, es al mismo tiempo la Iglesia santa, esposa de Cristo, que se renueva y embellece con la santidad de los que le han sido fieles a Cristo de modo heroico, sirviéndole y dando la propia vida por Él.

Este acontecimiento de gracia, que nos prepara a vivir en cierta medida el gran Jubileo del año 2000 de la Redención de Cristo, nos invita a dar gracias a Dios por el testimonio de estas hermanas nuestras y a renovar nuestro afán de santidad en el seguimiento de Cristo. Por ello os invitamos a bendecir y alabar a Dios que ha suscitado a estas nuevas beatas en el seno de nuestras Iglesias. Os invitamos también a que participéis en la fiesta de la beatificación, bien peregrinando a Roma, como signo del caminar de la fe que constituye la vida cristiana, bien uniéndoos desde vuestros respectivos lugares a la misa del Santo Padre Juan Pablo II en la que proclamará beatas a nuestras hermanas.

LLAMADOS A LA SANTIDAD

(Índice)

Queremos aprovechar esta ocasión para animaros sobre todo a vivir en toda su profundidad y belleza el misterio de la santidad en Cristo. Todos los cristianos, unidos a Cristo por el bautismo, estamos llamados a la santidad. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, dice Jesœs en el sermón de la montaña’; “sed santos en toda vuestra conducta”, repite San Pedro exhortando a los cristianos de su tiempo. El Concilio Vaticano II, en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium nos ha recordado que la santidad es la vocación y el destino de los bautizados llamados a ser en Cristo “santos e inmaculados en el amor”. La Iglesia, consciente de esta vocación a la santidad, reconoce cada día con más fuerza que el mundo de hoy necesita del testimonio de los santos para mostrar a todos los hombres cuál es la imagen del hombre nuevo realizada en Cristo y en quienes viven en él toda su existencia. El mundo de hoy necesita santos: “Precisamente en este tiempo, en el que “muchísimos hombres experimentan un vacío interno y una crisis espiritual, la Iglesia debe conservar y promover con fuerza el sentido de la penitencia, de la oración, de la adoración, del sacrificio, de la oblación de sí mismo, de la caridad y de la justicia. En circunstancias dificilísimas a lo largo de toda la historia de la Iglesia, los santos y santas fueron siempre fuente y origen de renovación. Hoy necesitamos fuertemente pedir a Dios con asiduidad santos”.

El Señor nos los anticipa en estas nuevas beatas que vivieron su anhelo de santidad en la vida consagrada. Observando los consejos evangélicos segœn el espíritu y la regla de cada una de sus congregaciones, las nuevas beatas aspiraron a la santidad con la radicalidad que supone el seguimiento de Cristo. Se entregaron a la oración y contemplación asidua, a la penitencia en favor de la Iglesia, necesitada siempre de conversión, a la educación de los niños y niñas pobres y a la promoción de la vida espiritual. En las nuevas beatas salta a la vista que en la vida cristiana acción y contemplación se dan la mano y que la Iglesia respira al mismo tiempo con la oración fiel y constante de los contemplativos y la acción apostólica de quienes se entregan a la extensión del Reino de Dios. La misma vida contemplativo, por la que optaron nueve de las once beatas, está orientada a sostener, alentar y hacer fecunda la acción apostólica de la Iglesia entera. Así aparece en el caso de la Madre Maravillas de Jesœs quien, desde la entrega total a la oración segœn el magisterio de santa Teresa de Jesœs y sin abandonar la clausura, fue infatigable a la hora de extender el amor de Cristo más allá de las paredes de sus monasterios fomentando iniciativas apostólicas que beneficiaron no sólo a su propia Orden, sino a sacerdotes y seminaristas, a los pobres y otras congregaciones religiosas.

LA GRACIA DEL MARTIRIO (Índice)

En el centro de la vida consagrada aparece ya la oblación con que diez de estas beatas consumarían su existencia con la gracia del martirio. La profesión de los votos supone una renuncia radical de sí mismo que sitœa a la persona en una oblación permanente de su vida en plena adoración de Dios. Supone, sobre todo, una consagración a Jesucristo, pobre, virgen y obediente, que justifica la entrega de la propia vida da Aquél que dio la suya para consagrarnos al Dios vivo. De ahí que la vida consagrada sea “memoria iente de existir y de actuar de Jesœs como Verbo encarnado ante el Padre y los hermanos”‘. La gracia del martirio vino, pues, a confirmar una existencia entregada plenamente a Jesucristo y a desvelar el sentido œltimo de la redención que Cristo nos ofrece.

El mártir, en efecto, revela que la vida de todo redimido por Cristo le es debida a Él. Segœn la enseñanza de San Pablo, “ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor: en la vida y en la muerte somos del Señor”. Este “pertenecer al Señor” se hace especialmente expresivo cuando el cristiano, antes que renunciar a Él, ofrece su vida para ser consumado, como Cristo, en el amor. Su martirio se convierte en una auténtica confesión de fe en el señorío de Cristo sobre su propia persona, sobre su vida y sobre su muerte. Así, la muerte de un mártir es un acto perfecto de amor: de amor de Cristo que le invita a unirse a Él como sacrificio agradable al Padre y amor del mártir hacia Aquél que fue el primero en dar la vida por él. Se explica así que la Iglesia, desde sus orígenes, haya visto en la muerte de los mártires el testimonio perfecto del amor que constituye la esencia misma de la santidad.

La muerte de los mártires va siempre acompañada del signo del perdón. Las nuevas beatas, que padecieron el martirio, murieron perdonando. La muerte de Cristo, paradigma de la muerte de los mártires, es el gran acto de reconciliación que Dios ofrece a los hombres. En su muerte “Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo no imputándole sus delitos y puso en nosotros el mensaje de la reconciliación”,. Este mensaje o palabra de la reconciliación, que la Iglesia hace eficaz en el sacramento del perdón, es la nota distintiva de quien muere mártir de

Cristo: sabe que su muerte es signo de reconciliación y de perdón quedará su fruto en el corazón de quienes se arrepientan y vuelvan su mirada a Cristo crucificado. El perdón ofrecido por los mártires nos invita a todos los que celebramos con gozo su beatificación a unimos a su actitud de perdón y a ofrecer a todos los hombres el don de la paz que viene de la muerte de Cristo. La Iglesia, que ha recibido de Cristo el ministerio de la reconciliación, desea que Cristo sea verdaderamente “nuestra paz”, la paz que brota de su sacrificio por todos los hombres y que nos constituye en instrumentos de su misericordia.

LOS SANTOS MODELOS DE NUEVA HUMANIDAD (Índice)

A la luz de estas consideraciones podemos comprender mejor el gozo de las diócesis de la Provincia Eclesiástica de Madrid que se ve enriquecida con estos testimonios heroicos de caridad en los que brilla por encima de todo el primado de Dios y el amor fiel a Jesucristo. En nuestros tiempos de secularismo exacerbado y cerrado a la trascendencia y de bœsqueda hedonista de uno mismo, la santidad de estas mujeres es la mejor proclamación del principio evangélico: “quien quisiera salvar su vida la perderá; mas quien perdiere su vida por mí la salvará”. Aquello que el mundo no entiende, o estima como necedad y locura, se ha convertido para estas mujeres en el camino de la libertad verdadera danto la vida por amor. Dejándose llevar por la “ley del espíritu que da vida en Cristo Jesœs”, las nuevas beatas se nos presentan en los albores del gran Jubileo del año 2000, y en este año dedicado al Espíritu Santo, como testigos del Espíritu en los que se ha realizado “la plena dimensión de la verdadera libertad del hombre”. Ante el hombre de hoy, esclavizado por viejos y nuevos determinismos, “derivados especialmente de las bases materialistas del pensamiento, de la praxis y de su respectiva metodología”, los santos aparecen como la verdadera propuesta de libertad y de amor sincero: Nadie es tan libre como el que da la vida; nadie ama tanto como el que da la vida con entera libertad. En los santos Dios nos ofrece la gracia de contemplar la dignidad humana en todo su esplendor y de experimentar la renovación de la faz de la tierra”.

Esta renovación tiene lugar en el corazón de la Iglesia, comunión de los santos, donde estas nuevas beatas alimentaron su fe y su santidad. La Iglesia que reconoce ahora sus méritos es la misma que las acogió en su seno por el bautismo, raíz de su consagración religiosa, y las alimentó con la Palabra y los sacramentos. Su pertenencia a la Iglesia, pueblo de santos, les estimuló en el camino de la santidad. También nosotros debemos sentimos hoy interpelados por su testimonio de santidad y aportar a la Iglesia “la misma santidad ivida” que constituye “la aportación primera y fundamental a la edificación de la misma Iglesia en cuanto ‘comunión de los santos'”. En la medida en que cada bautizado reconozca que su pertenencia a la Iglesia le urge y obliga a ser santo, en esa misma medida la Iglesia se manifestará como el Pueblo santo de Dios llamado a ser, en medio de todos los pueblos, signo e instrumento de la salvación de Cristo. Las nuevas beatas nos recuerdan, por tanto, la necesidad de vivir en la comunión de la Iglesia, es decir, acogiendo cada día los dones de esa comunión: la Palabra de Dios y los sacramentos de la gracia. Estos dones, acogidos con fe y piedad verdadera, nos capacitarán para vivir como testigos de Cristo enviados al mundo para anunciar su Evangelio y hacer presente su salvación.

En la perspectiva del año 2000, la Iglesia ha sido convocada por S. S. Juan Pablo II a dar gracias a Dios por la historia de salvación que arrancó de la Encarnación de Cristo y llega hasta nuestros días en espera de ser consumada cuando venga el Señor. Esta acción de gracias por el don de Cristo y de la Iglesia se extiende a “los frutos de santidad madurados en la vida de tantos hombres y mujeres que en cada generación y en cada É histórica han sabido acoger sin reservas el don de la redención”. Las diócesis de la Provincia Eclesiástica de Madrid quieren agradecer a estas nuevas beatas la acogida de dicho don y los frutos que para nuestras diócesis vienen y vendrán de su vida santa. Como pastores de nuestras diócesis os invitamos a esta acción de gracias unida a una sœplica a las nuevas beatas: que su testimonio de virtud cunda en nuestras comunidades, que la vida religiosa se renueve por la fidelidad a Cristo y por el celo apostólico, que cada bautizado sienta la llamada de Cristo a la perfección de vida y que nuestras diócesis sigan dando idénticos frutos de santidad para que el mundo crea.

Queremos finalmente hacer una llamada especial a los jóvenes a quienes pertenece el futuro del mundo y de la Iglesia. Vosotros estáis llamados a trasmitir con alegría la fe a las generaciones del nuevo milenio. No lo haréis sin unir vuestra vida a la de Cristo de modo radical. Sólo así podréis ser sus testigos. Entre las nuevas beatas, que padecieron el martirio, la hermana Cecilia Cendoya, de la Orden de la Visitación de Santa María tenía sólo 26 años. A pesar de su juventud y venciendo la repugnancia natural ante la muerte, puso su confianza en Jesucristo y entregó su vida con fortaleza. A un primer intento de huida correspondió el más definitivo de su entrega y consumó su vida en sacrificio. Este testimonio de fortaleza cristiana se os propone a vosotros, jóvenes, como una invitación a confiar en Jesucristo, el hombre fuerte, que puede transformar vuestras vidas dándolas pleno sentido. Arriesgad vuestra vida en el seguimiento de Cristo y luchad para que nada pueda apagar en vuestro corazón el espíritu de la verdad, la vida y la belleza del Evangelio. Os invitamos, ante el testimonio de los mártires, a ser fuertes y a vivir vuestra vida como una ofrenda permanente de vosotros mismos a Dios y a los hermanos.

Que Santa María de la Almudena, Reina de los mártires y de las vírgenes, nos conceda a todos la santidad de Cristo y el gozo eterno en la compañía de los santos.

Madrid, 14 de abril de 1998, martes de Pascua de Resurrección.

+ Antonio Mª Rouco Varela, Cardenal-Arzobispo de Madrid
+ Francisco-José Pérez y Fernández-Golfín, Obispo de Getafe
+ Manuel Ureña Pastor, Obispo de Alcalá de Henares.
+ Fidel Herráez Vegas, Obispo auxiliar de Madrid
+ César-A. Franco Martínez, Obispo auxiliar de Madrid
+ Eugenio Romero Pose, Obispo auxiliar de Madrid