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El Cardenal
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El Día del Señor

Mis queridos hermanos y amigos:

El Santo Padre acaba de regalarnos una Carta Apostólica bellísima. Podría extrañar el uso de este adjetivo para calificar un documento doctrinal del Magisterio del Papa. Sin embargo, cuando las enseñanzas contenidas en el mismo rezuman verdad y bien y están expresadas con un estilo literario tan trasparente y fluido, ¿cuál otro le podría cuadrar mejor? Sí, Juan Pablo II nos ha escrito a todos los pastores y fieles de la Iglesia, sin excluir a ningún otro destinatario de buena voluntad, una bellísima carta sobre el Domingo, al que él llama y valora: como Día del Señor –”Dies Domini”–, Día de Cristo –”Dies Christi”–, Día de la Iglesia –”Dies Ecclesiae”–, Día del Hombre –”Dies Hominis”–, y Día de los días –”Dies Dierum”–.

Merece la pena que nos hagamos eco de ella. Y no tanto por informar correctamente de su contenido y del sentido fundamental de su mensaje, a la vista de las tan parciales y caricaturescas versiones que nos han ofrecido en el momento de que se hiciese pública los medios de comunicación social –es curioso; pero ni una sola vez aparece la palabra fútbol en el largo texto de la carta pontificia, unas 34 páginas–, cuanto por lo luminoso de sus enseñanzas y su actualísimo significado para la vida de los creyentes y aún del hombre sin más, en el contexto de la cultura y de la sociedad contemporáneas.

En el trasfondo pastoral de la Carta Apostólica El Día del Señor, laten como dos preocupaciones teológicas fundamentales: la de la recta comprensión del tiempo como determinante decisivo de la vida y del destino del hombre en este mundo, y la de la plena acogida y vivencia por su parte de la acción salvadora de Dios dentro del tiempo y de la historia humanas, cuyo momento culminante es Jesucristo, muerto y resucitado: Su Pascua.

En pocas épocas de la historia se ha tomado una conciencia tan intensa, aunque muchas veces tan dramática y agónica, de lo que significa y vale el tiempo en la configuración de la existencia humana, como en la nuestra. En el siglo de las filosofías existencialistas –una de sus obras cumbres se titula: “Ser y Tiempo”, “Sein und Zeit”–; del ritmo trepidante de la vida, condicionada por una técnica de la producción y del trabajo extraordinariamente organizada y efectiva; de la búsqueda del éxito económico y material a toda costa, no es extraño que creciese en muchos de nuestros contemporáneos la sensación de angustia y de rebelión ante el dolor y la muerte. En una palabra, que se perdiese la perspectiva de la dimensión más profunda del tiempo y de su íntima y constitutiva relación con la eternidad; de que el tiempo nace de Dios y conduce a Dios. Los días, los años, la sucesión de todas las horas desde el principio del mundo hasta su final forman el marco en que Dios Creador y Providente ha colocado al hombre para que colabore con él en el cultivo y desarrollo de toda la creación para su Gloria, la Gloria de Dios, que es también la nuestra: la gloria del hombre. El Domingo, nos enseña el Papa, debe ser ese primer día de la Semana, en que toda la experiencia religiosa, moral y humana del Sábado veterotestamentario se renueva y actualiza, de tal modo que el hombre en la oración y en el culto a Dios recobre también hoy a finales del siglo veinte su propio valor, el de su existencia, y la responsabilidad personal y colectiva de su último y verdadero destino.

Con esta conciencia del tiempo y de la historia, tan problemática, ha corrido pareja también entre los creyentes y en la Iglesia una percepción cada vez más clara de la necesidad de subrayar, en el testimonio y la experiencia del Evangelio que se muestre al mundo de hoy, que Dios no ha dejado solo al hombre en su tiempo y con su tiempo, sometido a las fuerzas del pecado y de la muerte, sino que le ha buscado y amado misericordiosamente hasta el extremo de entregarle a su Hijo, que se anonadó hasta tomar “forma de siervo” y de asumir la muerte y “una muerte de cruz”. Con ese Misterio de la Pascua de Cristo la creación y el tiempo han sido radicalmente puestos en el camino de la Salvación: de la Vida y de la Gloria de los hijos de Dios. Con el Misterio de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo ha comenzado un nuevo y definitivo tiempo: el de la nueva creación por la efusión del Espíritu Santo y el ministerio de la Iglesia. El hombre está, pues, ya, llamado y capacitado para vivir el tiempo en la esperanza y con la esperanza victoriosa de la Resurrección y de la Gloria, para experimentarlo y saborearlo con la alegría verdadera, la que no pasa.

Celebrar el Domingo, nos recuerda el Papa, equivale a actualizar justamente aquel día primero de la semana judía, cronológicamente fijable, en que Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, muerto en la Cruz, ha resucitado para siempre y por nuestra salvación: el día imperecedero de su Victoria y de lo que está llamado a ser nuestra Victoria. Actualizarlo con una celebración que en su forma y en su contenido él mismo confía a sus Apóstoles hasta que Él vuelva; es decir, con la celebración del Sacramento de la Eucaristía, del Sacrificio y Banquete de Su Cuerpo y de Su Sangre derramada por nosotros. Con una celebración que supera, por tanto, infinitamente toda fórmula humana de culto a Dios, sea la que sea.

Cuidar con nuevo interés, con primor pastoral, tal como nos lo pide el Papa, la celebración litúrgica y festiva del Domingo, integrar en ella a la familia y a su tiempo de descanso semanal, no sólo responde a una particular exigencia de las tradiciones más populares de la historia cristiana de España y de la naciones europeas –oscurecida, pero no caducada–, sino, lo que es más decisivo, a la entraña misma de la experiencia del ser cristiano y del misterio de la Iglesia. Incluso más, se trata de una cuestión en las que se juegan con mayor urgencia y gravedad las posibilidades de una auténtica evangelización del hombre de nuestro tiempo y la viabilidad de recto enfoque y solución de los problemas personales y sociales que más pesan sobre su presente y sobre su inmediato futuro.

Con estos supuestos de fe y de vida, hablar de grave responsabilidad de los pastores de la Iglesia de cara a la atención central que merece el servicio ministerial al Domingo, Día del Señor; y de la de todos los fieles, miembros de la Iglesia, en la edad y en las condiciones debidas, en relación con su participación en la celebración eucarística dominical y con la adecuada configuración religiosa y humana de toda su jornada, debería de parecer superfluo, una pura obviedad, una evidente consecuencia de una existencia cristiana coherente.

¡Quiera la Virgen María, Madre del Señor, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, guiarnos y alentarnos para una decidida y perseverante recuperación del aprecio, sólidamente cristiano y humano, del Domingo, Día del Señor, y de su celebración litúrgica y pastoralmente renovada!

Con mi afecto y bendición,