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El Cardenal
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La prioridad del hombre

En torno al problema del asentamiento de las familias rumanas de Malmea

Mis queridos hermanos y amigos:

Hace ya más de una semana que los medios de comunicación se viene haciendo eco de un problema social y humano, muy doloroso, que afecta a un grupo de familias emigrantes de nacionalidad rumana, en su mayoría de costumbres nómadas, y que han llegado hasta Madrid en busca de posibilidades de trabajo y de condiciones de vida dignas para sí y sus hijos. Los niños son muy numerosos y, como siempre ocurre en situaciones semejantes, las principales víctimas de lo que está sucediendo. Les falta una casa y hogar estables. Resulta muy cuesta arriba garantizarles posibilidades reales de desarrollo personal y social y de educación, mínimamente suficientes. Son los que más nos duelen.

La Archidiócesis de Madrid viene siguiendo el problema de estos inmigrantes rumanos desde antes de que surgiese el conflicto del que se ha hecho eco la opinión pública tan vivamente en estos días. La Parroquia, Arciprestazgo y la Vicaría, donde estaba ubicado el asentamiento, a través sobre todo de sus Cáritas, han tratado siempre de estar cerca de las familias y de las personas, contando con el apoyo permanente de las Delegaciones Diocesanas de migraciones, caritas y de pastoral gitana e intentando ayudarles en la solución de sus problemas más elementales: desde la legalización de su permiso de residencia y de trabajo, hasta la alimentación y sustento diarios. Planteada y ejecutada la acción de la supresión del asentamiento, nuestras Delegaciones Diocesanas citadas han intervenido a favor de los afectados y, con espíritu de colaboración constructiva con las Administraciones Públicas, han propugnado y ofrecido cooperación plena en orden a una integración o retorno de los emigrantes rumanos en condiciones propias de la dignidad de la persona humana y del bien de la familia. A fin de contribuir a paliar los primeros efectos negativos de las medidas administrativas adoptadas hemos ofrecido además para la atención de los niños un Colegio Diocesano, como centro de día, garantizándoles transporte, desayuno, comida, higiene, actividades formativas en régimen de total gratuidad, por una parte, y de no separación de sus familias, por otra.

Naturalmente el caso de las familias rumanas del asentamiento de Malmea ha hecho emerger de nuevo una problemática más compleja, extensa y persistente, casi endémica y típica de las sociedades europeas occidentales, las de los países ricos de la Unión Europea. Nos referimos a la emigración masiva de ciudadanos del centro y del este de Europa y, sobre todo, del Magreb y de otros países de Africa y de las naciones hermanas de América. Una problemática que ha alcanzado ya hace más de una década a algunas ciudades y regiones de España; y, por supuesto, de forma muy acusada, a Madrid.

Abordarla con responsabilidad y en toda su integridad exige tener en cuenta variadas perspectivas: políticas, socioeconómicas, culturales…; pero también y en primer lugar, las éticas y morales, que tienen como punto normativo y supremo de referencia: el bien, la dignidad y el respeto que se debe a toda persona humana y a su primero y fundamental entorno social: la familia. Para la Iglesia y para los cristianos no puede haber otra forma y fórmula de enfocar y de ayudar a resolver el problema de los emigrantes que ésta que acabamos de enunciar. Es exigencia del Evangelio que predica, en el que cree, y del que trata de vivir toda su existencia y misión en la sociedad y en el mundo: el Evangelio del amor de Nuestro Señor Jesucristo.

De ahí se derivan sus criterios en relación tanto con las medidas jurídicas y políticas dirigidas a la regulación de la emigración, como con los procedimientos sociales y culturales de su puesta en práctica; y, muy especialmente, los principios y la inspiración de su propia y directa acción pastoral con los emigrantes. Por ello, no puede por menos de condenar con firmeza toda acción de violencia contra los emigrantes —siempre, nuestros hermanos— y todo comportamiento determinado por sentimientos y doctrinas racistas o xenófobas. Es más, por exigencia del Evangelio, los pastores y fieles en la Iglesia han de promover incansablemente de palabra y de obra la vigencia del postulado ético y jurídico de una integración digna del emigrante y de su familia, y el de la acogida generosa de todos aquellos que se han visto obligados a abandonar su patria por razones que atentan contra su vida, su libertad y sus derechos fundamentales. Los católicos españoles hemos de empeñarnos sin vacilación en la formación de un clima social y de una opinión ciudadana, abierta y receptiva para los emigrantes, que anime a nuestros representantes en las instituciones europeas a ser partidarios activos de una política de emigración orientada y guiada por el valor intangible y el bien de la persona humana, por el principio de solidaridad con los más débiles y de comprensión y relación cordial entre los pueblos. Sería una de sus contribuciones a la vida pública que más podrían influir en un futuro de fraternidad y de paz para la sociedad española.

Para ello, necesitamos de nuevo recordar y revivir el Mandamiento y la Gracia del Amor cristiano, del que es Madre y Modelo insuperable, la Virgen María, Virgen del Carmen, Madre de Cristo y Madre de todos los hombres.

Con mi afecto y bendición,