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El Cardenal
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Palabras en el acto de clausura del Congreso Internacional sobre la Encíclica Fides et Ratio

Clausuramos el Congreso Internacional sobre la Encíclica Fides et Ratio, organizado por la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid, en el que conocidos profesores de distintas Universidades y Facultades teológicas de Europa, América y Africa han puesto en común sus investigaciones y sus saberes.

No es mi intención en este acto de clausura, como Arzobispo de Madrid y Gran Canciller de la Facultad San Dámaso, impartir una lección académica sobre la citada Encíclica ni exponer sistemáticamente algún aspecto particular de la misma. El Congreso se ha abierto con una magistral conferencia del Cardenal Ratzinger y, a lo largo de la semana, los ponentes han desarrollado, con amplitud y hondura, los temas nucleares de la Fides et Ratio y han abierto nuevos capítulos de estudio.

Por mi parte me ceñiré a hacer alguna reflexión que rememore afirmaciones que han estado presentes en la mayor parte de las intervenciones, pero sin el propósito de avanzar un resumen ni de las relaciones ni del Congreso. Las Actas que, en breve, serán publicadas serán el mejor testigo de lo que han significado los trabajos académicos de estos días, y quisieran ser una sencilla aportación que se suma a anteriores, y ya conocidas, publicaciones y Simposios celebrados en Europa y fuera de Europa, sobre la Fides et Ratio.

La Facultad de Teología San Dámaso consideró necesaria la celebración de este Congreso Internacional sobre la última Encíclica del Papa Juan Pablo II, entre otras razones, para resaltar y llamar la atención sobre uno de los documentos más importantes del magisterio postconciliar, que recoge y prolonga enseñanzas eclesiales apuntadas en el Concilio Vaticano II y desarrolladas en otras encíclicas, especialmente en la Redemptor hominis —la primera de su pontificado, del año 1979- y en la Veritatis Splendor —del año 1993-, y en continuidad con el discurso que el Papa pronunció en la Pontificia Universidad de Salamanca con motivo de su viaje pastoral a España en el 1982.

Este Congreso quiso poner de relieve que la temática de la Encíclica Fides et Ratio es absolutamente fundamental para la investigación teológica. Así como la relación natural-sobrenatural condicionó el pensamiento teológico cristiano, de igual modo la relación fe-razón adquiere similar importancia y de ella depende, en gran parte, la concepción no solo de la teología sino también del cristianismo. Las grandes preguntas y las grandes cuestiones no dejan nunca de ser actuales. De ahí el interés por profundizar los contenidos de la Fides et Ratio que reafirma, como alguien ha escrito, que “la Teología en la Iglesia y la Teología en la Academia son dos ramas de un mismo árbol” (cf. Olegario González, Quién y cómo es un teólogo, RET LVII (1997) 27ss.).

La Facultad de Teología San Dámaso, con la celebración de este Congreso, ha querido ofrecer la presentación y el debate de las grandes cuestiones teológicas, descubrir grandes figuras del pasado y que siguen aportando aliento al saber filosófico teológico, tener la oportunidad de escuchar y encontrarse con maestros de otras latitudes, tener la ocasión propicia para reanimar los espíritus y continuar con más empeño la bella tarea del estudio de la filosofía y de la teología. La filosofía como ÔsabiduríaÕ manifestada en la vida, como una forma razonable de ser hombre (cf. L.A. Iturrioz, Seminarios XLV (1999) 67). La teología como el saber revelado por Dios sobre el hombre, sobre el mundo y sobre Dios mismo. El estudio es ante todo la noble tarea de acoger lo que otros han recibido de la historia de los creyentes, sobre la creación y las criaturas y sobre Dios. Con estas jornadas hemos podido dar unos pasos más en el camino de nuestro aprender.

En las distintas relaciones del Congreso se ha subrayado la importancia de la necesaria relación entre la fe y la razón, y se ha ahondado en la urgente necesidad de esta interrelación. Ponencias, réplicas, comunicaciones y debates dejaron bien claro que siempre merece la pena el correr el riesgo de atender y situar en el centro de nuestras preocupaciones académicas la cuestión que constituye el corazón de la teología: Dios, y aquello que constituye el primer referente de la criatura: la razón.

Los organizadores del Congreso eran bien conscientes que “hablar acerca de Dios, aun diciendo la verdad, no es riesgo pequeño” (Orígenes, in Ps. I,2; PG XII,1080A), según advertencia del gran exégeta y teólogo Orígenes; pero sabedores, asimismo, que la labor de una Facultad de Teología es la de vivir gozosamente el riesgo de hablar de Dios a los hombres, y la de ayudar a que todos podamos colaborar en esta sagrada tarea.

La intención última de la Encíclica, como nos decía el cardenal Ratzinger en la conferencia del primer día del Congreso, es “rehabilitar la cuestión de la verdad en un mundo marcado por el relativismo… como tarea racional y científica, porque de lo contrario la fe pierde el aire en el que respira”; en una palabra es “animar a la aventura de la Verdad”. Rehabilitar la gran cuestión de la Verdad equivale a poner a Dios en el centro, en un mundo donde se proclama que ha muerto o, sencillamente, en un mundo en el que Dios ha sido silenciado.

Pero esto, bien lo sabéis, reclama, hoy como ayer, que una palabra acerca de Dios, sobre la Verdad, no puede prescindir de la filosofía, máxime en un momento en que el fideísmo y las propuestas de raíz deísta hacen muy difícil, cuando no imposible, que la teología muestre, en palabra humana, el significado y alcance de la Palabra revelada. “La filosofía —leemos en la Fides et Ratio- como ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la Verdad del Evangelio a cuantos no la conocen” (Fides et Ratio 5.93)

La teología siempre necesitó de la filosofía y de las ciencias para dar respuesta a las preguntas más radicales del hombre. Pues no se es hombre sin esa preocupación y sin esas preguntas radicales. Y, por otra parte, la filosofía necesitó asimismo de la teología. De esta manera el teólogo, tendiendo la mano a la filosofía y abriéndose a la acción de la gracia, vivirá entregados a la ciencia, poseerá una doctrina y una capacidad de búsqueda que le pone en relación con los tesoros escondidos de la sabiduría (cf. Orígenes, De princ., IV,1.3) para dar respuestas al hombre y a sus preguntas. Así la Fides et Ratio —tal como se acentuó en diversas intervenciones del Congreso- reclama la dimensión sapiencial del saber, también de la razón, frente a los peligrosos reduccionismos. Bien lo tuvieron presente los grandes teólogos que, al decir de Orígenes, “la más grande y más verdadera razón se alcanza en la inteligencia espiritual que está en el texto de la letra” (cf. Hom. In Iesu Nave VI,2).

La ausencia de la concordia entre la fe y la razón condujo, en todos los tiempos, al drama del alejamiento de Dios por parte del hombre, al olvido de la Verdad. La separación entre fe y razón comporta tales consecuencias que la Encíclica la ha calificado de “nefasta separación” (FR 45). No olvidemos que el alumbramiento de la Verdad es la tarea más necesaria y más concreta de nuestros días. A nadie, pues, se le oculta la urgencia de proponer cómo hablar de Dios y sobre lo que Dios nos ha revelado, y que transmitir esta palabra sobre Dios es posible en todo tiempo histórico y en todo horizonte geográfico, a pesar de las fronteras impuestas a la Verdad que se ofrece. Corrobora esta afirmación las excelentes obras de X. Tilliette, en las que presenta el drama de la separación fe-razón bajo los epígrafes de la filosofía clásica y el idealismo, la antítesis entre humanismo ateo y pensamiento cristiano, entre la no creencia y la fe del siglo XX, como uno de los más serios y graves problemas de nuestros días.

La armonía fe-razón ofrece el auténtico sentido de la existencia humana. Rota aquella el hombre es un peregrino a la deriva o en permanente búsqueda del sentido (cf. FR 3). La concordia fe-razón posibilita el descubrimiento del sentido y destino de la cristura y se distancia de la osadía de querer conocer todo acerca del hombre sin antes dar prioridad a saber quién es el hombre. Ante los urgentes desafíos cientifistas y éticos la interrelación fe-razón favorece la respuesta a la existencia humana para que ésta no sea una mentira, la respuesta a las preguntas de la vida, tal como reza el título de un escrito de un autor español que alcanzó en solo mes tres ediciones (F. Savater, Las preguntas por la vida, Barcelona 1999) y se dirigía “a los que no lo tienen todo claro”. La Verdad ilumina y salva. Al mundo que ansía certezas, y que navega en el océano de la duda, la Encíclica dirige su mirada y le ofrece respuesta, adelantándose a las ofertas gnósticas difuminadas en amplios sectores de nuestra cultura. Como botón de muestra sírvanos el título El hombre-Dios o el sentido de la vida de Luc Ferry, recientemente traducido al español por la editorial Tusquest.

El reciente Sínodo de los Obispos sobre Europa preocupado por el momento actual por el que atraviesa, sintió la necesidad de una auténtica renovación teológica para que la fe siga inspirando el desarrollo moral y espiritual y sea alma, espíritu y razón del viejo Continente, pero para que así sea es primaria la adhesión personal a Jesucristo, y que ésta sea íntimamente renovada y consolidada, el reavivir la fe en el Hijo de Dios. La Iglesia que peregrina en Europa no debemos dejar caer en el olvido la recomendación de Hugo de San Victor: “Theologus prius credit, post intellegit, iuxta illud: Credite et intelligetis” (PL 177,804).

Si la filosofía se puede definir como amor a la sabiduría, la teología es amor a Dios. A nadie se le oculta que la experiencia de la presencia del pensamiento cristiano en Europa pasa por el entendimiento positivo entre fe y razón. Cada día se nos antoja más acertada la afirmación de H. De Lubac cuando señalaba que el trasfondo del drama del humanismo ateo se esconde la deformada comprensión de la relación entre naturaleza y gracia.

Cumplir con este imperativo es deber de los Centros académicos que tienen como tarea el acoger, pensar y entregar lo recibido como Palabra de Dios, que se hizo palabra humana, para que la distancia entre Dios y el hombre sea cada vez menor. Cuando la fe vive en armonía con la razón podemos hablar en verdad de una fe íntegra en el sentido que san Ireneo concede a la expresión (cf. Ireneo, AH IV,33,7): una fe clara y firme, consistente y que compendia las verdades de la Regla de la fe y no sacrifica ninguna de ellas.

La valoración de la razón a la par de las exigencia irrenunciable a la Palabra de Dios (cf. FR 80) reclama una eclesialidad sin fisuras, pues la Iglesia es la responsable de la verdad (FR 101). “La teología es ciencia eclesial porque crece y actúa en la Iglesia”, decía Juan Pablo II en la Universidad Gregoriana (15 de diciembre de 1979). El teólogo ha de atender a las implicaciones filósoficas de la Palabra de Dios con devoción, con capacidad para la sorpresa, con alegría y con humildad. Y los filósofos han de cultivar el aprecio de la metafísica sin ceder al desánimo para no minusvalorar los horizontes abiertos por la revelación.

Sin abandonar la razón, la filosofía, podríamos seguir aceptando la validez de una página de K. Barth en la que describe a la Iglesia como sujeto de la especulación teología. He aquí sus palabras: “El sujeto de una ciencia sólo puede ser aquel que mantiene, con el objeto y la actividad consideradas, relaciones de presencia y confianza. Cuando afirmamos que el sujeto de esta ciencia es la iglesia, no le imponemos a la dogmática, en tanto que ciencia, una relación molesta y limitadora. La Iglesia es el lugar, la comunidad a la que están confiados el objeto y la actividad propia de la dogmática, es decir la predicación del evangelio. Al decir de la Iglesia que ella es el sujeto de la dogmática, entendemos con ello que desde el momento en que uno se ocupa de la dogmática, bien sea para aprenderla o bien para enseñarla, uno se encuentra en el ámbito de la iglesia. Quien quisiera hacer dogmática, colocándose conscientemente fuera de la Iglesia, debe hacerse a la idea de que el objeto de la dogmática le quedará ajeno, y no debe extrañarse de sentirse perdido desde los primeros pasos, o de hacer figura de destructor. En dogmática, como en otros lugares, debe haber familiaridad del sujeto de la ciencia con el objeto que él estudia y este conocimiento íntimo tiene aquí por objeto la vida de la Iglesia” (K. Barth, Esquisse d´une dogmatique, Neuchatel 1968, 6-7).

Por esto mismo se consideró conveniente una convocatoria académica en la que se remarcase, a tenor de la Encíclica Fides et Ratio, que cuando se busca y encuentra la armonía entre fe y razón se alcanza la unidad del saber, se aprecia el valor de lo que nos adviene de Dios y de lo que ya encontramos en nosotros mismos, se aleja el peligro de establecer dos formas contrapuestas de conocimiento: fe y razón (cf. Vaticano II, GS 59), se acoge con confianza que una y otra, la fe y la razón, tienden a la misma Verdad (cf. Vaticano II, GE 10), y se evita la grave tentación de pensar —como no es infrecuente en nuestro entorno cultural- que las realidades divinas son inaccesibles a la razón humana (cf. Vaticano II, DV 6), o que son una mera construcción de nuestros hallazgos. J.H. Newmann, con el mismo sentir de los Concilios Vaticano I y II, supo traducirlo en su predicación cuando defendía que en “en nuestro estado natural, alcanzamos la verdad mediante razonamientos implícitos o explícitos; y la conseguimos de la misma manera en el estado de gracia” (Sermón XIV, ap. 6). Recuperar la unidad del saber es recuperar al hombre. “El hombre —leemos en la Fides et Ratio- es capaz de llegar a una visión unitaria y orgánica del saber” (FR 4.85).

El Congreso ha querido, tanto en su programación como en su desarrollo, dar a conocer desde una sede académica —más allá de las fáciles y apresuradas apreciaciones de primera hora que aparecieron en foros públicos, y siempre alejadas del texto- la estima y la confianza que Juan Pablo II deposita en la razón. Es todo un programa la expresión del Papa en la Fides et Ratio: “A la parresía de la fe debe corresponder la audacia de la razón” ( FR 56). Los santos son un ejemplo de confianza en la razón. Interesa a este propósito traer a la memoria las anotaciones de un santo y teólogo tan cercano a nosotros, Juan de la Cruz: “En la Noche del sentido todavía queda alguna luz, porque queda el entendimiento y razón que no se ciega” (Subida 2,1,3). Y en otro pasaje de la misma obra, en la Subida del Monte Carmelo, leemos: “Y así lo quiere Dios, porque en aquellos que se juntan a tratar la verdad se junta El allí para declararla y confirmarla en ellos, fundada sobre razón natural…” (Subida 2,22,11). Los santos y los testigos han sabido encontrar la justa valoración —que no sobrevaloración- de la razón (cf. FR 20).

Junto al respeto y reconocimiento es de apreciar el atrevimiento, o mejor dicho la parresía del Papa para proponer correcciones a los límites y abusos de la misma: el agnosticismo, el relativismo, el pluralismo indiferenciado, la desconfianza hacia la verdad, el reducir todo a mera opinión” (Fides et Ratio 5), o llevar al extremo el conócete a ti mismo de Delfos o el fragmento de Heráclito: me he investigado a mi mismo y no tengo otro maestro que no sea mi yo; características de una cultura herida por el abandono y la crisis de la metafísica.

Estima y corrección de la razón, porque lo que alguien denominó la aventura de la razón está garantizada por la fe y por el núcleo de nuestra fe: la persona de Jesucristo —Dios y hombre-, paradigma y prototipo de todo lo humano y, por lo tanto, arquetipo asimismo para la razón, como sugerente y hermosamente indicó la Gaudium et Spes: “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22).

La temática del Congreso siendo tan propia de la teología, lo es en no menor grado de aquellos que buscan la verdad y no pertenecen a la Iglesia. La oportunidad de adentrarse en la comprensión de la Fides et Ratio es una oportunidad para estar vigilantes a llegar a los que en el camino de la verdad, peregrinos del saber, están esperando la luz de la fe. Somos interlocutores académicos para ser testigos de la Verdad que nos sustenta.

No son pocos los que, desde el saber teológico, hacen posible que el esfuerzo creyente enriquezca la razón humana. Un ejemplo, entre otros que se podrían citar, cercano en tiempo y lugar son las obras en las que se nos muestra como las grandes cuestiones, a saber, el sentido de la criatura en el mundo, su hambre de verdad, la libertad, el amor, la finitud y la divinidad, el dolor y el mal, son accesibles a la razón y pueden ser ofrecidas al hombre de nuestro tiempo (cf. Manuel Cabada Castro: el Dios que da que pensar. Acceso filosófico-antropológico a la divinidad (Madrid 1999).

Todos sabemos que el ansia y el interés por la filosofía para la reflexión teológica ha sido uno de los deseos del concilio Vaticano II. Valga como referencia la Gaudium et Spes 57 y la Optatam totius 15; en la actualidad, y en nuestra circunstancia concreta, un ansia el hambre compartida por muchos que, incluso desde la sola racionalidad quieren “tomar distancias con las derivas nihilistas de nuestra reflexión filosófica de fin de siglo y de milenio”, escribe Eugenio Trías en ÔLa razón fronterizaÕ (Ensayos/Destino, Barcelona 1999, p. 12), poco tiempo después de la publicación de la encíclica Fides et Ratio. Una vez más pedimos prestadas la palabra a J.H. Newmann: “Ninguna mente sensata puede caer en la noción disparatada de que en el fondo no hay en absoluto ninguna prueba que avale la profesión del cristianismo, o de que no nos es lícita requerirla” (Sermón X, ap. 44).

Pero esta ocasión excepcional en la vida académica—como es un Congreso- tiene que ayudarnos a percibir la belleza, el valor y el alcance de lo cotidiano, devolvernos a nuestra misión diaria. El esplendor de la Verdad se alimenta en la modestia y en la sencillez del día a día. El ambiente académico de estos días debe remitirnos al estudio sosegado, silencioso y continuado, a vivir la pasión por conocer “la verdad última a menudo oscurecida” (FR 5). Este es uno de los frutos que se debe recoger de este esfuerzo académico. No es bueno dejarse aprisionar por los resultados inmediatos. El estudio oculto, sin prisas, no buscará más que la fruición de la verdad y rehuirá de la peligrosa inmediatez y del no menos dañino pragmatismo o utilitarismo. La experiencia de hombre R. Guardini como hombre de estudio y reflexión no deja de tener actualidad y de ser un sano y necesario consejo: “El efecto inmediato me ha interesado cada vez menos. Lo que quise, al principio instintivamente, luego más conscientemente, fue esclarecer la verdad. La verdad es un poder, pero solo cuando no se le pide un efecto inmediato” (R. Guardini, Berichte über mein Leben, Düsseldorf 1984, p. 109).

Por otra parte no debemos olvidar que los esfuerzos de cada día deben mirar a la misión evangelizadora para llegar a los sencillos y a los alejados, a los que han abandonado la fe, y a los que viven una cultura de increencia. Para ello es necesario una nueva apologética que, aprendiendo de los mejores y más maduros momentos de la historia de la teología católica, sepa dar razón de nuestra fe y esperanza verdaderas; una apologética en la que se lleve al hombre de hoy, a nuestros contemporáneos, el mensaje global cristiano: que Jesucristo no es ni un mito, ni una reliquia histórica sino la Verdad, sino la verdadera el logos, la verdadera razón del hombre. En efecto, la Fides et Ratio es una invitación a tener la osadía de una nueva apología del acontecimiento cristiano, de su frescura y de su singularidad, de su permanente novedad y su actualidad, de su universalidad y su definitividad.

No podemos pasar por alto que este Congreso se ha celebrado en los inicios del Año Santo Jubilar de la Encarnación del Señor. Si todo esfuerzo en el saber de la teología es para mejor conocer al Señor, y para que conocido, lo sepamos transmitir con palabras y hacerlo accesible a los demás, también la presente celebración jubilar tiene que ser una ayuda para adentrarnos más el misterio insondable de Dios-con-nosotros. Como señalaba la Bula Incarnationis misterium, la encarnación es el acontecimiento de la Verdad en la historia.

El Jubileo celebra el acontecimiento que nos habla de la creación, del Verbo de Dios encarnado para que el hombre en carne y mediante la carne tenga acceso a Dios, participa de la plenitud de Dios. En más de una ocasión el Card. Ratzinger ha hecho notar la importancia de la creación en la teología. En uno de sus últimos libros escribe: “Por diversas razones hay a veces en teología una especie de miedo a tratar el tema de la creación. Pero este miedo induce un encogimiento de la fe, una especie de ideología comunitaria, un acosmismo de la fe y una pérdida de Dios para el mundo, que es mortal para ambos. Cuando la creación se contrae en puro entorno, el hombre y el mundo no están ya en su sitio. Pero el lamento que deja escapar, cada vez más perceptible, la creación degradada en puro entorno debería recordarnos que el mundo aspira a la manifestación de los hijos de Dios” (J. Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, Sígueme, Salamanca 1999, pp. 79-80). Podríamos intercambiar el término creación por razón.

Frente a los peligros ya sean de estilo gnóstico, ya sean sean de sesgo marcionita, -unos y otros negadores de la carne, de la encarnación; es conocido es el ejemplo de Celso y Plotino- es necesario que surja de nuevo una apología de la razón que vaya unida, asimismo, a una apología de la fe, pues de este modo refulgirá que crea por amor y libremente al mundo y al hombre; y que la Verdad de la creación se le ragala al hombre por la fe y ésta revela, en todo su esplendor, la realidad del hombre, de su ser y de su razón.

Y ahora una palabra de agradecimiento a los que con tanto interés como acierto han organizado y seguido la preparación y realización de este Congreso. En primer lugar, agradezco en nombre de la Facultad y en nombre propio, al Sr. Cardenal Ratzinger el que haya aceptado nuestra invitación y que haya tenido la deferencia de venir a la sede de nuestra Facultad y con su palabra darnos aliento para seguir el camino del cuidado del estudio y vocación teológica para mejor servir a la Iglesia. Muchas gracias a las autoridades académicas, a los profesores y alumnos y cuantos hacen posible la labor, día a día, de la Facultad de Teología San Dámaso. Al Prof. Javier Prades, el responsable del comité organizador del Congreso. A los Señores Profesores ponentes, a los que han completado con sus réplicas las distintas aportaciones, a los Decanos de otras Facultades de Teología de España que han querido unirse a esta actividad académica, a los numerosos asistentes al Congreso, pues su presencia paga con creces el esfuerzo realizado en la organización del mismo. A todos Ustedes, miembros de la Facultad y amigos, que Dios os lo pague. Con la celebración de este Congreso la Facultad de Teología quiere levantar acta pública de querer prestar el servicio a la Iglesia y a la sociedad desde su misión específica: el cultivo de la teología, para que los que se preparan para el ministerio ordenado encuentren aquí el alimento sólido para el anuncio de Jesucristo resucitado; para que los que buscan puedan hallar una ayuda para el encuentro gozoso de la fe, y para que todos vivamos la certeza de la respuesta dada por Dios Padre en la persona de Jesucristo. Que lleguemos a poder decir, como nos enseñan Orígenes y San Agustín: “Solo esta palabra que es en ti es verdadera” (Orígenes, In Cant., I,5).

Sírvanme como colofón unas líneas de J. Guitton: “Muchas son las causas por las que el pueblo, en gran parte, se ha apartado de la Iglesia; de todas ellas, la más importante es, sin duda, que las inteligencias ya se habían apartado antes. Para que el pueblo regrese a la fe, son muchos los trabajos que los apóstoles deben ejercer; pero uno de los más urgentes es hacer que regresen a ellas las inteligencias”. Es una bella expresión del deseo de Juan Pablo II en la Fides et Ratio.

Finalmente, clausuramos este Congreso con las mismas palabras con las que H. De Lubac, apasionado por la gran pregunta sobre la relación entre naturaleza-gracia, cierra su Meditación sobre la Iglesia: Ipsi -a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo- gloria in Ecclesia. Amén.