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El Cardenal
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En el Jueves Santo del Año 2000, Año Santo Jubilar-

Día del amor fraterno

Queridos hermanos y amigos:

Cada Jueves Santo trae a nuestra memoria y a nuestro corazón las entrañables palabras del Señor a sus discípulos: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22,15). La tarde en la que iba ser entregado se entregó El primero. Quiso anticipar la Pascua, la entrega, con los más suyos. En aquella tarde Jesús, el Maestro, nos dio lecciones inolvidables con gestos y signos insuperables. La Cena en el Cenáculo era el legado de sus mejores deseos y de sus últimas palabras. Era y es lugar de intimidad y de entrega, es el momento en el que el Hijo expresa de manera insuperable el amor al Padre y el amor del Padre a la humanidad.

Jesucristo expresa su amor con palabras, abriendo el corazón y manifestando sus más íntimos secretos. “Os he llamado amigos porque todas las cosas que he oído a mi Padre os las he dado a conocer” (Jn 15,15). Expresa su amor con gestos sorprendentes como el lavatorio de los pies. El Señor tiene conciencia de lo que es y de lo que hace abrazando voluntariamente la condición de siervo, revelando y regalándonos la lección más soberana de amor y de humildad. ¿Seremos nosotros capaces de sacar las consecuencias? No podemos olvidar que hay todavía muchos pies que lavar, muchas heridas que curar y muchos cuerpos que dignificar. El Señor Jesús expresa su amor con signos. Con el Pan partido y la Copa rebosante El quiere expresar todo su amor. Un amor que no retiene nada, que lo da todo y se da del todo. El pan y el vino transformados, por la invocación del Espíritu Santo, en su mismo Cuerpo y Sangre, se convierten en comida y bebida para todos. En efecto, la Eucaristía es el mejor de los dones de Jesús porque es El mismo el que se entrega: su Cuerpo, su Sangre y su Espíritu.

En la Eucaristía se nos da, asimismo, la gracia del mandato nuevo. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Esta es la gran palabra de Jesús en esta tarde, su deseo más ardiente, su voluntad última. El hermano débil y necesitado se hace presente en todas sus palabras y gestos. Si el Señor lava los pies a sus discípulos es para que nosotros hagamos lo mismo. Si nos entrega su Cuerpo y su Sangre es para que aprendamos a entregarnos mutuamente. Si nos ha amado tanto es para que nosotros nos amemos así. Los primeros cristianos bien supieron plasmar en sus vidas la exigencia del mandamiento nuevo cuando decían: “A todo el que te pida dale y no se lo reclames, pues el Padre quiere que todos reciban de sus propios dones” (Didaché I,5).

El amor a Dios y al prójimo no se contraponen ni se contrarrestan, sino que mutuamente se alimentan. El que ama a Dios encuentra razón y fuerza para amar a los hombres; el que ama a Dios es capaz de verlo en los hermanos, y el que ama a los hermanos ama a Dios (cf. 1 Jn 4,20-21).

La Eucaristía y el amor van siempre entrelazados. La Eucaristía, signo del amor supremo, es fuente y exigencia de todo amor. Dios nos ama para que sintiéndonos amados nos sintamos movidos y seamos capaces de amar. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5). Por eso el Señor nos pide que nos amemos con el mismo amor con que El nos ha amado. Lo que Dios quiere es que seamos portadores de su amor a los hermanos y, entre éstos, a los más necesitados: transeúntes que viven en la calle, drogadictos deteriorados, parados de larga duración, ancianos solos, emigrantes, los que no saben ni lo que es un techo ni calor de la fraternidad… Estos son los preferidos de Dios, los más necesitados, para los que Jesús proclamó las bienaventuranzas.

En medio de nuestra sociedad competitiva, interesada, pragmática, hedonista, insolidaria e individualista, que sufre el peso de la cultura de la muerte, nuestras comunidades cristianas deben ser portadoras del evangelio de la vida, deben ser un signo a favor de la fraternidad, testificando que la última palabra es el reconocimiento del hermano y sus necesidades, porque no es ‘otro’ sino que es, como toda criatura, hechura de las Manos de Dios, es ‘imagen y semejanza’ del Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

En este Año -Año Santo Jubilar en el que celebramos los 2000 años de la Encarnación de Jesucristo- se nos invita a que peregrinemos al encuentro de Cristo presente en los pobres, y a arrepentirnos de nuestras indiferencias para que no excluyamos a nadie de nuestro camino. El Año Jubilar es tiempo de gracia y de salvación. Si la gracia y la liberación que Dios quiere para sus hijos no llegase a los pobres, de muy poco valdrían nuestros sentimientos. “El Jubileo deberá confirmar en los cristianos de hoy la fe en Dios revelado en Cristo, sostener la esperanza prolongada en la espera de la vida eterna, vivificar la caridad comprometida activamente en el servicio a los hermanos” (TMA 31). Pero para recibir la gracia del Jubileo es necesario la conversión de nuestros corazones, el cambio de nuestras vidas: rescatando la honestidad y el gusto por el trabajo bien hecho; compartiendo los bienes con los demás y llevando una vida más austera; fomentando la fraternidad en lugar del individualismo; contribuyendo a que las leyes sean más justas con los más necesitados; no pasando de largo ante el sufrimiento de los demás. En palabras de un escrito de los tiempos apostólicos: “…vivid en paz entre vosotros, apoyaos mutuamente, preocupaos los unos de los otros y no acaparéis para vosotros solos la creación de Dios; por el contrario, haced partícipes de vuestra abundancia también a los necesitados” (Pastor de Hermas, Visión 3,9,2).

Con este fin os pido el apoyo y la colaboración, vuestra oración y aportación para llevar adelante los gestos que sean reflejo de la caridad y del testimonio cristiano en toda la diócesis. En concreto: un programa para rehabilitación de drogadictos, el apoyo a los poblados marginales de chabolas y la construcción de una casa diocesana para transeúntes, para los que no tienen techo.

Finalmente, os pido también que mantengáis encendido el fuego de la antorcha, en esta carrera de la Condonación de la Deuda Externa a las naciones más pobres de la tierra. No podemos cerrar nuestros ojos y menos nuestras entrañas a la dramática situación de los pueblos que difícilmente pueden soñar en un mañana mejor, como son muchas de las naciones africanas. Este fuego ha prendido en muchos sectores de la sociedad y se alza esta antorcha dentro y fuera de la Iglesia, aportando luz y esperanza a los más pobres. ¡Que este Año de Gracia y de Perdonanza toque el corazón de todos, especialmente de cuantos tienen en sus manos el destino de los pueblos!

Sintiendo el amor del Señor en nuestras vida y en nuestros corazones, pongámonos en camino peregrinando al encuentro de Cristo presente en los más necesitados, estableciendo en nuestro alrededor una circulación de amor, donde el que camina a nuestro lado no sea un extraño que pueda extraviarse, sino nuestro hermano. En palabras del Santo Padre, Juan Pablo II: “Toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacia la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicionado por toda criatura humana, y en particular por el hijo pródigo” (TMA 49).

Con mi afecto y bendición,