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El Cardenal
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Tiempo de vacaciones: Tiempo para la verdadera alegría

Mis queridos hermanos y amigos:

En la Eucaristía de este domingo, el XIV del tiempo ordinario vamos a iniciar la celebración con una súplica en la que se resume lo que quiere pedir la Iglesia para sus fieles como fruto de la vivencia hoy del día del Señor: el don de la verdadera alegría.

Hay verdaderas y falsas alegrías. La experiencia diaria nos lo enseña. Los éxitos fáciles, las promesas engañosas, el disfrute del placer por el placer, siempre efímero y frustrante, los proyectos egocéntricos de vida… constituyen otras tantas pruebas, muy corrientes, de cómo nos queremos procurar alegría por caminos falsos que la hacen en realidad imposible. La cultura y la industria del ocio en sus innumerables variantes se están especializando cada vez más en ser fabricantes de falsas alegrías. El hombre necesita diversión, descanso, es verdad; a la persona humana le es connatural la fiesta; pero no al precio de su propia dignidad —la de su alma y la de su cuerpo— ni a costa de la solidaridad y del amor al prójimo. Descubrir, conseguir, disfrutar la verdadera alegría —la verdad en la alegría—, no es un objetivo que esté al fácil alcance del hombre, ni se encuentra en verdad dentro de sus posibilidades reales de autorrealización; y menos en este mundo. Pensar que es una simple cuestión de mejor o peor carácter, algo que se logra por la vía de una buena psicología, denota una gran ingenuidad. El bien de la auténtica alegría, la honda, la imperecedera, la que se contagia a los demás, la que vence a la enfermedad, al dolor, a las desilusiones, a la tentación del mal y a la muerte, en una palabra, la verdadera alegría: es un don de Dios. De ese don de Dios tenemos noticia; noticia que anunciamos y celebramos todos los domingos en la Eucaristía: es la Buena noticia de la Resurrección gloriosa de Jesucristo Crucificado. Por ello el domingo es verdaderamente día del Señor, tal como lo vive y proclama la Iglesia, porque en su celebración Él nos quiere comunicar y hacer partícipes del don de la verdadera alegría.

Es precisamente éste el que constituye el objeto de la oración principal de nuestra celebración litúrgica de este domingo que coincide con los primeros días del tiempo vacacional de muchos madrileños y de otros muchos conciudadanos de España y de los países hermanos de Europa. Es el tiempo por excelencia del ritmo distendido de vida, del goce de la familia, de los amigos y de los bienes de la naturaleza y de la cultura. ¿Será también el de la alegría verdadera, la que reconforta, sana y estimula al hombre y a las sociedades en la edificación de un futuro mejor de comprensión mutua, de relaciones fraternas y de paz?

Vacaciones para la alegría verdadera debería ser nuestro lema y propósito, a actualizar en este verano. Si en la plegaria de este domingo lo incluimos como deseo y súplica y si tratamos de llevarlo a la práctica, comportándonos como verdaderos cristianos en nuestro lugar de descanso veraniego, las vacaciones del verano del 2001 nos restituirán la alegría si la hemos perdido y la incrementarán si no ha desaparecido del todo de nuestro interior. Hagamos vacaciones pensando en los demás —en los que no pueden permitirse ese lujo; en los que nos las hacen posibles con su servicio y trabajo; en nuestros enfermos y en los mayores, en los niños y en los jóvenes…—. Que sean un tiempo para refrescar la raíz humana y cristiana del amor matrimonial y de la unidad familiar y para el cultivo cultural y espiritual de nuestra personalidad y de nuestro entorno. Que sean un tiempo para Dios y para una más pausada oración; para poder participar con mayor sosiego en la Misa dominical, por ejemplo. ¿Y por qué no para el apostolado: para el testimonio de la fe ofrecido en la conversación particular, en las veladas familiares, en los encuentros con los vecinos, conocidos y amigos?

Que Santa María de la Almudena, nuestra Madre, con los Angeles de la Guarda, vele por todos los madrileños en este tiempo de las vacaciones veraniegas del año 2001: para que caminen por la senda de la verdadera alegría; la alcancen y crezcan en ella.

Con todo afecto y mi bendición,