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El Cardenal
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Santiago Apóstol.

Una Fiesta para el futuro de España

Mis queridos hermanos y amigos:

La Fiesta de Santiago Apóstol, celebrada en Toronto, en el Canadá, con millares de jóvenes españoles, entre los cuales se encuentran muchos madrileños, en el día de la acogida de Juan Pablo II que va a presidir los actos centrales de la XVII Jornada Mundial de la Juventud, nos llenará el alma de evocaciones emocionadas que no debemos callar.

Se nos hace presente, en primer lugar, España, Santiago Apóstol es su Patrono. De la herencia jacobea, recibida y transmitida fielmente a través de una historia más que milenaria, ha adquirido los rasgos más sobresalientes de su personalidad histórica que no han logrado borrar ni el paso de los siglos ni los cambios culturales ni sociales del presente. De ahí viene la España de raíces cristianas, la de una comunidad de pueblos y de gentes que han vivido y viven lo más hondo de sus experiencias humanas, personales y sociales en el seno de la comunión de la Iglesia Católica, que estos días experimentamos aquí, en Toronto, con una frescura singular: la de los jóvenes de todo el mundo reunidos en torno al Papa. En esa España, en la que se anunció el Evangelio muy tempranamente, como lo predicó el primer Aspóstol Mártir, se encuentra el solar común donde hemos recibido la gracia -y las gracias- de nuestra vida de creyentes y su proyección a los grandes horizontes abiertos por el amor salvador de Cristo y por la vocación misionera de ser sus testigos siempre y en todas partes, acercándonos al hombre que lo necesita en el cuerpo y en el espíritu, sea quien sea, esté donde esté.

¿Habrá una fuente de aguas más limpias para regar y sostener la voluntad de unidad y solidaridad de cara al futuro que palpamos estos días tan viva entre todos los jóvenes de España, que la que brota del legado jacobeo? ¿el del Evangelio de Jesucristo, profesado y amado con pasión y entrega juveniles? La respuesta a esta pregunta nos parece, desde la vivencia eclesial de este encuentro mundial de la Juventud Católica, más que obvia. ¡No, no la hay! Es ésta una respuesta que, por evangélica, ha de saber respetar otras influencias y presencias culturales, intelectuales y religiosas que se han hecho notar en el pasado y en la actualidad española, sin desdibujar, sin embargo, la propia identidad y las responsabilidades de testimonio y diálogo que de ella nacen. En todo caso, la pregunta se convierte, cada vez que se acerca el 25 de julio, en una cuestión de conciencia colectiva, y que es la siguiente: cuando tanto escasean los momentos celebrativos y los motivos simbólicos que nos vinculan en la gran memoria de la fe y de los valores espirituales y humanos comunes, ¿cómo se explica que la Fiesta de Santiago, tan tradicional en toda la geografía de las comunidades autonómicas de España, no haya sido restablecida oficialmente como Fiesta Nacional? ¿Cuánto se va a tardar todavía en reconocer este fallo histórico y en repararlo eficazmente?

También se nos hace evocación viva en Toronto junto a nuestros jóvenes el Camino de Santiago, tan conocido por ellos como itinerario de peregrinación cristiana, por el que se ha labrado, y se continúa labrando, una creadora comunicación entre personas, gentes y pueblos de toda España y de toda Europa. El Camino, que ha llevado a los españoles t europeos hasta el Sepulcro de Santiago Apóstol en el segundo milenio de la cristiandad, ha sido siempre vía de entendimiento mutuo, de fraternidad cristiana y de paz. Ese es el espíritu de la unidad española y de la unidad europea que nos florece de nuevo en los labios y en el corazón como fruto de esta peregrinación al Canadá de los jóvenes católicos del siglo XXI, con Juan Pablo II. Ese espíritu es el que sentimos como un deseo e impulso ardiente, a desgranar en esta festividad de Santiago, tan singular, en una oración compartida, cierta y segura de la esperanza de su cumplimiento.

¿Y cómo no? La España misionera, la de la Evangelización de América, nos ha venido, en tercer lugar, a la mente y a la voluntad en esta intensa semana de peregrinación americana por el norte y el nordeste del “nuevo continente” en la forma de una llamada nueva a abrir el corazón de las jóvenes generaciones a esa vocación tan esencialmente cristiana y, por ello, tan universal, de ofrecer a los hombres y pueblos de la tierra el servicio del Evangelio: servicio de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, del amor, la justicia y la paz. La historia misionera de España, contemplada desde América, es un magnífico trasfondo para llenar de vida y compromisos nuevos para el Tercer Milenio el lema de la Jornada Mundial de la Juventud de Toronto: “Vosotros sois la luz del mundo. Vosotros sois la sal de la Tierra”.

La Fiesta de Santiago del año 2002, celebrada por tantos jóvenes españoles con sus educadores, sacerdotes y Obispos, tan lejos de la patria y tan cerca de todos los que la queremos, la encomendamos a la Virgen María, la del Pilar, y la de todas las advocaciones con que la veneran y aman los españoles. A Ella, nuestra Madre bendita, nos confiamos, rogándole que no nos abandone y nos muestre siempre “a Jesús, fruto bendito de su vientre”.

Con todo mi afecto y bendición,