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El Cardenal
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Madrid celebra la Virgen de la Almudena del Año 2002, bajo el signo de la PAZ y del III Sínodo Diocesano

Mis queridos hermanos y amigos:

Vuelve un año más la Fiesta de la Patrona de la Archidiócesis de Madrid. El próximo sábado, día 9 de noviembre, la celebraremos con el gozo y el fervor típicos de los madrileños que desde hace prácticamente un milenio han ido descubriendo cada vez más hondamente a la Virgen de La Almudena como aquella Madre común que les guiaba y acompañaba con un amor singular en todos los acontecimientos más decisivos de su vida personal y familiar y, también, de su historia eclesial y civil.

Queremos cantar de nuevo este año las alabanzas de Santa María, la Real de La Almudena, darle gracias por su amor de Madre, siempre solícito y misericordioso, y confiarnos a su corazón maternal con la renovación de nuestra consagración a Ella de todo lo que poseemos y somos. La vigilia de los jóvenes, la solemnísima Eucaristía en la Plaza Mayor, la procesión de retorno con su venerada imagen a su Catedral, la visita a la misma y la ofrenda de flores… nos servirán para ir desgranando públicamente las muestras de nuestro afecto filial y la plegaria por Madrid y por todos los madrileños. ¿Cómo no vamos a honrarla y aclamarla y a cobijarnos en su regazo cuando lo que nos ha ofrecido y sigue ofreciéndonos es lo más valioso de sí misma y lo infinitamente valioso para nosotros que es su Hijo, Jesús, nuestro divino Salvador? Este es el perenne e insuperable motivo de nuestra devoción a la Virgen de La Almudena: el habernos dado a Jesucristo, el Salvador del hombre -de todo hombre que ha venido, viene y vendrá a este mundo-, a través de esa forma multisecular en que se ha manifestado su presencia en la Iglesia y en la comunidad humana de Madrid, tan próxima a los avatares históricos de la vida de sus hijos, a los que no ha dejado de confortar e iluminar en el camino que les lleva a la verdadera vida: el camino de la fe, de la esperanza y del amor de Cristo. Con Ella, con su descubrimiento espiritual -tan bien simbolizado en el hallazgo de su antigua imagen en las murallas del Madrid medieval, liberado y recuperado para su tradición cristiana- los madrileños emprendían el milenio más fecundo de su historia espiritual y ciudadana. Bajo su amparo, que celebraremos e invocaremos con confiada y festiva alegría, nos proponemos afrontar los retos y las esperanzas del nuevo siglo y milenio que estamos iniciando.

Un bien precioso de sumo valor para el futuro temporal y eterno de todos los hijos de Madrid queremos poner en sus manos en su Fiesta de este año: la paz. Naturalmente la paz de los países sumidos en guerras abiertas, que destruyen y matan a los hombres y a los pueblos sembrando el odio en las almas. ¿Cómo no recordar con especial dolor la guerra en “Tierra Santa”, su Tierra y la de su Hijo Jesucristo? También la paz de los que sufren el acoso amenazador del terrorismo, siempre al acecho, dispuesto a sembrar miedo, destrucción y muerte de inocentes: un terrorismo organizado internacionalmente que golpea en los sitios y momentos más inesperados; un terrorismo que lleva las siglas de ETA en España, y que venimos padeciendo desde hace varias décadas con tantos sufrimientos, tantas víctimas y tanta amenaza, y no en último lugar en Madrid, escenario reiterado de horribles atentados terroristas. Esa paz, nuestra paz, libre de la guerra y del terrorismo, se la encomendamos y suplicamos con encendido acento a nuestra Madre de La Almudena. Y con esa paz, le pedimos el don pleno de la paz para las familias y la sociedad madrileña: la que se edifica todos los días a través de la concordia y amor entre los esposos, y entre los padres y los hijos; la que brota cotidianamente a través de la educación de las generaciones jóvenes en el aprecio y estima del valor supremo de la dignidad inviolable de toda persona humana; o, lo que es lo mismo, la que nace de una formación religiosa y moral que les aleje de las tentaciones de la violencia, de la droga y de las fórmulas degradantes a la hora del trabajo, de la diversión y del tiempo libre; la paz que ha de venir también, y necesariamente, por la integración plenamente humana y cristiana de tantos emigrantes: muchos, hermanos en la fe -la mayoría- y, todos, siempre hermanos por su vocación de hijos de Dios.

Y con esa paz plena, que se origina y alimenta en la paz de la conciencia y del corazón de cada uno, le pediremos a la Virgen de La Almudena por el Tercer Sínodo de la Archidiócesis de Madrid cuya fase preparatoria de oración y de consulta acaba de ponerse en marcha en toda la comunidad diocesana. Que ella nos ayude y nos acompañe maternalmente para que el Espíritu Santo, por quien concibió en su seno a su Hijo, el Redentor del hombre, ilumine a la Iglesia en Madrid a lo largo de su empeño sinodal de ser renovado instrumento del Evangelio entre todos los madrileños, a fin de que pueda mostrarles, como lo piden los nuevos tiempos, a Jesucristo, fruto bendito de su vientre.

Sí, a ti te lo pedimos, Madre: “Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María” de La Almudena.

Con todo afecto y mi bendición,