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El Cardenal
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Carta de Adviento

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Con el primer Domingo de Adviento comenzamos una vez más, en nuestra vida y en comunión con la Iglesia universal, un nuevo año litúrgico. A lo largo del ciclo anual de celebraciones seguiremos los pasos de Cristo Jesús, desde la espera de su venida hasta la Navidad y, desde su ministerio y vida, la Pascua, su pasión, muerte y resurrección hasta contemplarlo nuevamente, al final del año que ahora empezamos, como Rey del universo y Señor de nuestra propia historia. Durante el ciclo litúrgico, la celebración de los misterios de la salvación va configurando a toda la Iglesia con Jesucristo, el Salvador, y nos va identificando progresivamente con Él.

Con la invocación “¡Ven, Señor, Jesús!” en Adviento volvemos a expresar el deseo profundo de que el Señor venga a nuestra existencia diaria mientras caminamos peregrinando por este mundo a la espera de su venida definitiva, “hasta que Él vuelva”.

Atentos a la Palabra de Dios, con el anuncio y el testimonio de los profetas Isaías y Juan el Bautista que nos ponen alerta, y asidos con amor de hijos de la mano de la Madre de Dios, la acompañamos hasta la celebración del Nacimiento de su Hijo, Jesús y, a la vez, nos dejamos acompañar por ella, Nuestra Señora de la esperanza. El Adviento es un tiempo mariano por excelencia, ya desde el comienzo, cuando la piedad popular une su devoción a la Liturgia, en la novena de la Inmaculada, su vigilia y solemnidad, hasta el final, cuando nos admiramos también en la Liturgia de las Horas del misterio ya próximo de la Virgen Madre. La recitación del Rosario, individual o comunitaria, que en el “año del Rosario” el Papa ha puesto de relieve por el valor y el fruto de esta forma tan sencilla y a la vez tan profunda de la piedad mariana, nos ayudará también a comprender los “misterios gozosos” que no sólo vamos a recordar sino a celebrar real y sacramentalmente.

En la primera celebración de la Eucaristía del Adviento tomamos en este año litúrgico, una vez más, el leccionario del “Ciclo C”. Con él proclamaremos la Palabra de Dios siguiendo la lectura continuada del Evangelio según san Lucas. Desde el primer día disponemos, pues, nuestro corazón abierto para acoger al Señor, a la escucha atenta de la Palabra de Dios no sólo en este Adviento sino también durante el nuevo año litúrgico. Con un fin similar ofrecemos, especialmente a los más jóvenes de nuestra iglesia diocesana, una edición preparada del Evangelio de san Lucas de modo que puedan leer, individualmente o en grupo, orar y aplicar a su vida la Palabra de Dios siguiendo la práctica cristiana de la de la “lectio divina”. Muchos de ellos, como también muchos de nosotros, durante el año próximo 2004, Dios mediante, peregrinaremos a Santiago de Compostela por ser “Año santo compostelano”. El camino de oración, de búsqueda de Dios y de conversión, hasta -después de remontar el “monte del gozo”- llegar a confesar la fe junto al sepulcro del Apóstol, patrón de España, nos insertará en la vida de gracia y en medio de este mundo que tanta sed de Dios experimenta aunque no siempre sea consciente de que sólo Dios puede calmarla.

En este tiempo fuerte o privilegiado del año litúrgico que es el adviento y que nos prepara para la Navidad, la vigilancia y la espera se significa en muchos lugares con la “corona del Adviento”. En las cuatro semanas, Domingo a Domingo, una luz más nos indica la proximidad del Señor que viene, que va a llegar y que nos iluminará con la “claridad de su presencia”. Encendamos también esa luz en nuestras propias vidas, como signo de la espera vigilante del Señor que “está a nuestra puerta y llama”.

Con este deseo os animo a que en las parroquias, comunidades, movimientos y grupos, durante el Adviento los sacerdotes se ofrezcan tanto para la celebración individual de la Penitencia como para la celebración comunitaria del mismo sacramento de la reconciliación con la absolución individual, para que todos los fieles podamos celebrar la Natividad del Señor con corazón limpio.

Que las celebraciones de la Penitencia y de la Eucaristía en el Adviento nos impulsen a practicar la virtud de la caridad con quienes están necesitados de nosotros, de tal forma que reconozcamos y acojamos a Cristo que nos viene en cada uno de los que sufren, de los enfermos, de los que están solos y de los que han llegado desde lejos buscando entre nosotros una nueva vida. Lo que hagamos con cada uno de ellos, a quienes el Señor llama sus “pequeños”, lo hacemos con Él mismo.

Si celebraremos la Navidad con la familia, también podemos prepararnos durante el Adviento con la oración en familia, iniciando así a los niños, para que el Jesús niño, cuya imagen, en el “Nacimiento” o en el “Belén” estará en nuestras casas, esté presente también en la vida cotidiana de nuestras respectivas familias. La Iglesia, que es familia universal, vive en cada familia cuando ésta es “iglesia doméstica”.

Intensifiquemos, así mismo, durante este tiempo de Adviento y de Navidad del Año del Señor 2003, nuestra oración al Príncipe de la paz: para que desaparezcan las guerras en el mundo, cese el terrorismo que se extiende por tantas partes y llueva la justicia y la paz en nuestras vidas que quieren abrirse una vez más a la salvación de Dios.

Que Santa María de la esperanza sea nuestra Maestra en el Adviento. Que Ella nos enseñe a permanecer despiertos, gozosamente vigilantes, en la espera de la cercana Navidad.

Con mi afecto y bendición,