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El Cardenal
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La Cuaresma del 2004

Tiempo favorable. Día de salvación

Mis queridos hermanos y amigos:

La Cuaresma es en sí misma para todos los cristianos e hijos de la Iglesia un tiempo favorable para avanzar en el camino de la salvación cuando no para enderezar de nuevo el rumbo de la vida si por nuestros graves pecados nos habíamos perdido y desviado de él. Pero lo es, sobre todo, porque nos actualiza en el presente histórico y dentro del acontecer diario de nuestra existencia la hora definitiva de la gracia que nos ha venido por Jesucristo, muerto en Cruz y resucitado por la redención del mundo. El itinerario cuaresmal significa siempre una oportunidad excepcional para penetrar íntima y cordialmente en la inteligencia del Misterio de Cristo y para vivirlo en su plenitud. ¿Sabremos aprovecharla en este año 2004 dentro de la comunidad eclesial? ¿Notará la sociedad -el hombre de nuestros días- la actualidad de la gracia que se le ofrece con toda la próxima y, a la vez, sublime concreción de lo sucedido en Jerusalén hace dos milenios con Jesús, con su Pasión, Muerte y Resurrección?

El Santo Padre en su Mensaje para esta Cuaresma nos recordaba lo que es un presupuesto interior imprescindible para que el hombre caiga en la cuenta de que con Jesucristo y con su Pascua le ha llegado la hora de la gracia: el de aprender a interpretarse a sí mismo como un niño y a comportarse como tal cuando se enfrenta a las decisiones libres que inexcusablemente ha de tomar para dar curso y sentido a su vida y la forma de abordar su muerte. Solamente si retorna la humildad a su alma, si se reconoce pecador e indigente de perdón y de amor misericordioso, si descubre la falsedad de su autosuficiencia, sentirá la necesidad de Dios y descubrirá en la Cruz de Jesucristo los brazos abiertos del Padre que le espera para el abrazo de la conversión y de la paz. Escrutando no sólo la historia general de la humanidad sino su propia biografía personal, caerá en la cuenta de que el Señor ha salido desde el principio a la búsqueda del hombre -hijo pródigo-, llamando, interviniendo, mostrándosele de mil maneras hasta llegar a adoptar esa determinación insuperable de enviarle al Hijo Unigénito para hacerse uno de nosotros menos en el pecado. El Hijo de Dios se hace Hijo del hombre; asumiendo nuestro destino hasta la muerte y una muerte de Cruz. No podía darnos una muestra de amor más grande. ¡Misterio de gracia y de salvación que entienden muy bien los humildes y sencillos de corazón y no comprenden y rechazan los soberbios!

La soberbia ha tentado al hombre desde siempre. Su primer pecado, el original y propagador, fue un pecado de soberbia: “seréis como dioses”, susurró la serpiente a Eva. Ha marcado a unas épocas más que a otras. La nuestra no se queda a la zaga de ninguna cuando se trata de atreverse a emular orgullosa y soberbiamente a Dios, prescindiendo de él, ignorándole olímpicamente e, incluso, negándole. La tentación de cerrarle las puertas del corazón -del hombre y del mundo- ha alcanzado también con éxito inusitado a los cristianos contemporáneos. Lo confiesa abiertamente el Santo Padre en la Exhortación Postsinodal “La Iglesia en Europa” al denunciar “la apostasía silenciosa” que se está dando en la vieja Europa de milenarias raíces cristianas. Desenmascarar y vencer la soberbia que se ha adueñado de tantos canales y proyectos de la cultura actual y que se ha introducido insidiosamente con tanta frecuencia en nuestras vidas, eh ahí el reto de esta Cuaresma del 2004. Responderemos a él fructuosamente, si no olvidamos la lección que nos dio Jesús tentado por Satanás, usando de su más refinados y exitosos métodos, incluyendo el de la soberbia de ofrecerle el poder y la gloria del mundo a cambio de tributarle a él, el príncipe del mal, el soberbio por excelencia, adoración: la lección del ayuno, de la oración y del abandono en las manos de Dios, al estilo propio de los niños que se confían sin doblez alguna a los brazos protectores del padre y al regazo amoroso de la madre.

A Ella, a la Madre de Jesús, Madre de Dios y Madre nuestra, le pedimos que nos ayude en esta Cuaresma a descubrir en nuestra vida interior y a seguir en nuestra actividad pastoral el camino de “la infancia espiritual”, como lo vivieron los más grandes santos de la historia de la Iglesia moderna y contemporánea: Santa Teresa de Jesús, Santa Teresa del Niño Jesús, los Santos y Santas de las Canonizaciones del 4 de mayo del año pasado en la Plaza de Colón… y tantos otros. Así aprovecharemos bien la nueva hora de la gracia que nos es dada en el tiempo de esta Cuaresma que acaba de ser abierto con la Liturgia del Miércoles de Ceniza; nuestra vida se derramará en amor a nuestros hermanos, los más necesitados en el cuerpo y en el alma; y, de este modo, podremos ser auténticos y veraces transmisores de la fe como lo pedimos y buscamos en el III Sínodo Diocesano de Madrid. Todo el gozo que se nos promete en la Fiesta de la Pascua será nuestro si nos hacemos como niños. Un corazón nuevo y un espíritu nuevo serán su fruto.

Con todo afecto y mi bendición,