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El Cardenal
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XX Jornada Diocesana de Enseñanza

“Educación cristiana para un mundo globalizado”

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Vamos a celebrar en nuestra Archidiócesis, como cada año, la Jornada de Enseñanza, que se desarrollará durante el sábado 6 de marzo. Además de ofreceros una nueva ocasión para seguir afianzando vuestra vocación educativa, que debéis de ejercer con la responsabilidad propia del cristiano, tendréis la oportunidad de encontraros en un clima de convivencia y oración, todos los educadores que trabajáis en el campo educativo a favor de una renovada presencia de la Iglesia, Madre y Maestra.

Si bien es cierto que la educación cristiana desborda el ámbito escolar, puesto que a ella contribuyen -además de la escuela- la familia y la parroquia, el Concilio Vaticano II nos recordó lo bella que es y la gran trascendencia que encierra “la vocación de todos aquellos que, ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber y actuando en representación de la comunidad humana, asumen la tareas de educar en las escuelas” (Gravissimum educationis, 5). La importancia de esta labor ha llevado a la Iglesia, ya desde sus comienzos, a estar presente en la escuela con el fin de ofrecer a los niños y jóvenes la necesaria formación integral que ha de procurar todo proceso educativo.

El lema escogido para la Jornada de este año, “EDUCACIÓN CRISTIANA PARA UN MUNDO GLOBALIZADO”, quiere poner de manifiesto cómo la complejidad del mundo contemporáneo, consecuencia del proceso de globalización que caracteriza el horizonte del siglo recién estrenado, requiere de los docentes cristianos su colaboración para que la escuela sea lugar de evangelización, de educación integral, de inculturación y de aprendizaje de un diálogo verdadero y vivo entre jóvenes de religiones y de ambientes sociales diferentes (cf. La escuela católica en los umbrales del tercer milenio, 11). El acompañamiento al alumno para que pueda tomar decisiones libres responsables y coherentes, que le vayan encaminando hacia la búsqueda del sentido de su vida, está exigiendo del profesor cristiano el crecimiento en el cultivo de la interioridad como un medio imprescindible para poder escuchar la voz de Dios, entre tantas llamadas que requieren su atención. Todavía resuenan en nuestros oídos las palabras de Juan Pablo II, dirigiéndose a los jóvenes, en Cuatro Vientos: “El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma. Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad”.

Los muchos retos a los que se enfrenta la tarea del educador al comienzo de este nuevo milenio, y las urgencias que provocan, no pueden hacernos olvidar un principio fundamental que debe asimilar el educador cristiano: en todo proceso educativo, la persona -su bien- debe ser siempre el fin, nunca medio, o simple instrumento, que se ordene a otros fines ideológicos, políticos o culturales. Es lo que presupone, exige y comporta una recta concepción del hombre y de la vida. Una escuela que entienda y ejerza su misión como la transmisión de unos saberes, pero que se despreocupe de educar al alumno en todas las dimensiones que integran la personalidad del hombre y de iniciarlo, consiguientemente, a la vida social a la que pertenece, olvida lo que es la formación integral que ha de procurar todo proceso educativo. El humanismo que promueve la fe cristiana tiene en cuenta a toda persona y a toda la persona, convencido de que “el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado” (GS, 22). De ahí que un proyecto educativo que se dirija a la totalidad de la persona, deba resaltar la dimensión ética y religiosa de la cultura, trate de despertar la dimensión espiritual del sujeto humano y de alcanzar así un sentido de la libertad que se fundamente en la verdad y en los valores trascendentes. El oscurecimiento de la esperanza que se cierne sobre gran parte de nuestro continente europeo, y que se manifiesta en signos preocupantes como la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, el miedo a afrontar el futuro, la fragmentación de la existencia y el creciente decaimiento de la solidaridad, tiene su raíz “en el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo” (Ecclesia in Europa, 9).

Uno de los mejores y principales cauces que tiene la Iglesia para hacerse presente en la escuela es el de la enseñanza religiosa. La enseñanza religiosa favorece la formación integral que debe procurar toda educación escolar, bien sea en la escuela estatal, donde dicha enseñanza tiene cabida en virtud del derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus convicciones, bien sea en la escuela católica, en la que contribuye a iluminar y fundamentar la referencia explícita a Jesucristo que se ofrece a los jóvenes como la clave de lectura de la realidad en la que viven. Este es el sentido de la nueva propuesta que se contempla en la recién estrenada Ley de Calidad al introducir el área o asignatura de “Sociedad, Cultura y Religión” en el currículo escolar por el carácter educativo de la misma. Confío y espero que esta nueva regulación ponga fin a la postergación académica que venía padeciendo la enseñanza religiosa escolar.

Estamos en la segunda etapa de la preparación del III Sínodo Diocesano. Tal como os recordaba en mi Carta Pastoral, Discípulos de Jesucristo, testigos de la esperanza, la decisión de convocar y preparar el Sínodo ha estado motivada por la necesidad urgente de un anuncio misionero del Evangelio a nuestra sociedad, hambrienta de Dios. Lejos de caer en la tentación del pesimismo, que nos lleva a pensar que resulta poco menos que imposible conseguir que la sociedad actual acoja el Evangelio, reconocemos que nuestro tiempo está necesitado de vivir la verdadera Esperanza. No debemos permitir que se diluya en la indiferencia y el agnosticismo la herencia cristiana que hemos recibido.

¡Quiera Dios que esta nueva Jornada de Enseñanza aliente el ánimo y la esperanza de toda la comunidad educativa! Pongamos en manos de María, Madre de la esperanza y del consuelo, el futuro de la Iglesia en Europa y el de todas las mujeres y hombres de este Continente.

Con mi cordial afecto y bendición,