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El Cardenal
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Una llamada urgente para la acción pastoral con los jóvenes Verano 2004

“La mies es abundante y los obreros pocos”

Mis queridos hermanos y amigos:

Finalizado el curso -el escolar y, en buena medida, lo que venimos denominando desde hace tiempo el curso pastoral-, movimientos y asociaciones juveniles de toda índole, especialmente los de inspiración cristiana, y muchas de las parroquias y colegios de Madrid, preparan sus campamentos de verano con el objetivo de ofrecer un marco de tiempo libre, apto para la formación y la maduración de la personalidad de sus jóvenes a la luz del modelo de vida según el Evangelio de Jesucristo. La ilusión y entrega de sacerdotes y educadores es frecuentemente admirable y está transida de espíritu apostólico. Un gran empeño de pastoral juvenil sobresale en este verano sobre todos los demás: la gran peregrinación europea de jóvenes en la primera semana de agosto con motivo del Año Santo en Santiago de Compostela. Nuestra Archidiócesis de Madrid se suma a ella con un entusiasmo y compromiso por parte de todos sus responsables de este campo de su acción y servicio pastorales -tan decisivo para el futuro de nuestras jóvenes generaciones y para la nueva evangelización- fuera de toda vacilación y sospecha. El lema, en torno al cual se convoca a los jóvenes de España y de toda Europa, no puede sonar más estimulante y más actual: ¡los jóvenes, testigos de Cristo para una Europa de la esperanza! Efectivamente, en el que se consiga o no que los jóvenes de la Europa, que acaba de estrenar “constitución” para su nuevo futuro histórico, se decidan valientemente a dar testimonio entre sus compañeros y en el conjunto de la sociedad de la verdad, de la vida y de la gracia salvadora que viene del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, se juega el destino de ese proyecto de unidad, tan larga y pacientemente buscado y elaborado por todas las generaciones de europeos de buena voluntad desde finales de la II Guerra Mundial.

¡“La mies es abundante”!, les advertía Jesús a los discípulos cuando les envía a predicar el Reino de Dios “de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él” (Lc 10,1). ¡Era mucha la distancia de Yahvé y de su Ley, cuando no la ruptura de la Alianza con Él, la que se había producido en el Israel de los tiempos de Jesús! Por no extender la mirada al mundo pagano, tan envuelto en la fascinación de los viejos ídolos y en la corrupción moral de la cultura dominante en Roma y en su Imperio. Anunciar en estas circunstancias que Dios había irrumpido en el mundo de un modo absolutamente único y cercano a través de la persona y de la misión de Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios e hijo del hombre, podría parecer, con razón, una empresa humanamente imposible. Por eso añade en su admonición: “los obreros son pocos, rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies” (Lc 10,2). Se hacían necesarios “más discípulos”, dispuestos al seguimiento del Maestro -¡Maestro incomparable con cualquier otro conocido y por conocer!- y, sobre todo, había que ponerse humildemente en las manos de Dios Padre y contar incondicionalmente con Él, suplicándole su gracia y su misericordia. Ese método, tan netamente evangélico y verdaderamente espiritual, tuvo éxito entonces -“los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron (a Jesús): Señor hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10,17)- y lo tendría más tarde insuperablemente después de la nueva Pascua de Jesús en su Cruz y su Resurrección y de la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, cuando nace el nuevo y definitivo Pueblo de Dios: la Iglesia. No habrá otro ya hábil para hacer presente y efectivo el Reino de Dios entre los hombres, y su triunfo en las almas y en el mundo.

“La Mies es mucha” también hoy en Europa. El estado de salud moral y espiritual de “su alma” lo ha caracterizado Juan Pablo II, en la Exhortación Postsinodal “Iglesia en Europa”, como el de una “apostasía silenciosa”. Los europeos que sufren más y más dolorosamente sus consecuencias, son los jóvenes. En muchos casos, se les ha dejado de trasmitir las primeras y mas elementales noticias sobre Jesucristo y su Evangelio. El vacío y soledad interior, que padecen, resulta un hecho cada vez más generalizado, lacerante y angustioso. El campo histórico donde ha crecido Europa, el de la fe cristiana, se presenta yermo y sin cultivo en una gran parte del paisaje cultural europeo contemporáneo. El Señor, sin embargo, continúa buscando, llamando y convocando a jóvenes de corazón grande, prestos a sembrar el Evangelio de la Esperanza por todos los caminos de la vieja Europa. Jóvenes que le conozcan primero a fondo, desde lo más interior de sí mismos, y luego se entusiasmen pronto y apasionadamente con Él. ¡Qué magnífica y urgente labor de pedagogía espiritual y pastoral se puede llevar a cabo en las acampadas juveniles de este verano! ¡Qué magnífica oportunidad, la del viejo camino de la peregrinación jacobea, para preparar el encuentro de los jóvenes de Madrid, de España y Europa con Jesús, el Señor, Maestro y Amigo, el Salvador del hombre, su Salvador! Un encuentro que sea hondo, de corazón a corazón, de los que cambian la vida y la trastocan en una maravillosa aventura de entrega y apuesta por el Evangelio de la Esperanza: por el tipo y modelo, realizado y a realizar, del “hombre nuevo”, “a la medida de la estatura de Cristo”.

Y no olvidemos lo que les recordaba el Papa a los jóvenes en “Cuatro Vientos”: “Esta presencia fiel del Señor os hace capaces de asumir el compromiso de la nueva Evangelización, a la que todos los hijos de la Iglesia están llamados. Es una tarea de todos. En ella los laicos tienen un papel protagonista, especialmente los matrimonios y las familias cristianas; sin embargo, la evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas”.

Si nos confiamos filialmente, “como niños en brazos de su madre”, a la Virgen María, de La Almudena y del Camino, en este grande y bello empeño de pastoral juvenil del verano 2004, en la gran empresa apostólica de la peregrinación juvenil europea al Sepulcro del Apóstol Santiago, habrá nuevos, muchos y generosos “operarios” del Señor Jesús, jóvenes firmemente decididos a sembrar y a recoger la cosecha de su Evangelio para una Europa de la Esperanza.

Con todo afecto y mi bendición,

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