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El Cardenal
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“La Inmaculada” del 2004

La actualidad espiritual y pastoral de un dogma 150 años después de su definición

Mis queridos hermanos y amigos:

La Fiesta de la Inmaculada de este año 2004 viene marcada por un aniversario que nos obliga a celebrarla y a vivirla con una renovada intensidad espiritual y pastoral. El próximo 8 de diciembre se cumplirán ciento cincuenta años de su proclamación dogmática. El Papa Beato  Pío IX proclamaba para la Iglesia y el mundo el mismo día del año 1854 “…que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado virginal en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano”.

Se dilucidaba de este modo, y definitivamente, un proceso de reflexión teológica, de devoción y espiritualidad popular que a lo largo de los siglos había ido descubriendo cada vez con una mayor concreción y hondura toda la riqueza que atesoraba la fe de la Iglesia en María, Madre de Dios y Madre nuestra, venerada y amada por la comunidad cristiana desde sus primero días: desde Pentecostés. A la vez que se le ofrecía al hombre, necesitado de salvación, una perspectiva teológica de la figura y del lugar de la Virgen en el Misterio de Cristo y de la Iglesia, extraordinariamente cercana y consoladora. Por un lado se le descubría la inesquivable realidad del pecado como un “misterio de iniquidad” que condicionó para siempre su historia desde sus mismos principios, lo que resultaba especialmente esclarecedor para aquel tipo de hombre, seguro y señor de sí mismo, nacido y desarrollado en la atmósfera cultural y social del racionalismo secularista y agnóstico, heredado de la Ilustración y tan actual e influyente en el momento de la definición dogmática; pero a la vez se desplegaba ante sus ojos, acostumbrados a mirar la realidad humana y social de forma pronunciadamente escéptica, superficial y utilitarista, la fuerza victoriosa de la gracia que es capaz de transformar todo el ser del hombre y convertirlo en hijo de Dios por Jesucristo y en Jesucristo. ¡María, por la plenitud de la gracia que viene del Hijo Jesús, el Hijo de Dios encarnado en su seno, triunfa sobre el pecado desde el momento de su misma Concepción y, acompañando a su Hijo hasta el árbol de la Cruz, se convierte verdaderamente en Madre de la gracia y en Madre nuestra! ¿Cómo no vivir pues con Ella, la Purísima Concepción, un nuevo tiempo para la esperanza? En realidad el factor más destructivo de la esperanza en la experiencia personal de la vida y en todos los intentos de renovación de la sociedad es el negarse al reconocimiento del pecado como el origen de todo el mal del hombre y el no estar dispuesto a aceptar que el camino de la auténtica regeneración de la persona y del verdadero progreso de la humanidad pasa por la búsqueda y acogida de la gracia de Dios.

Por ello, la actualidad de esta fe en la Inmaculada Concepción de la Virgen María, tan sentida y profesada por el pueblo cristiano de España en los siglos más cruciales de su propia historia y de la historia de la Iglesia, no ha perdido un ápice de actualidad en nuestro tiempo y, por supuesto, tampoco en Madrid. Nuestra devoción creciente a la Virgen de La Almudena, nuestra Patrona, ha incluido siempre, como su aspecto más esencial, una insistente invitación a centrar todo nuestro quehacer pastoral en el Misterio de Cristo, Redentor del hombre, y a someter toda nuestra vida espiritual y todos nuestros empeños pastorales a “la primacía de la gracia”. Ante el inmenso reto de la evangelización de una sociedad como la madrileña de hoy, fascinada por el progreso material, en constante desarrollo y transformación cultural y sociológica, pero también buscadora y, hasta nostálgica, de sus raíces cristianas, tomar conciencia de que el itinerario de la vivencia de la gracia sólo se logra y se hace fecundo si se acude a la intercesión, al ejemplo y, sobre todo, al amor maternal y purísimo de la Virgen Inmaculada, se muestra totalmente imprescindible si queremos que nuestro anuncio y presentación del Evangelio pueda ser captado y recibido por el hombre de nuestros días como el único mensaje y don que puede traerle la luz, el consuelo y la ternura de la verdad y el amor salvador de Dios.

Nos proponemos, por ello, en Madrid unirnos con todo fervor a la celebración del Año de la Inmaculada a la que nos anima e invita, en íntima conexión con el Año de la Eucaristía, la CEE, participando en sus momentos culminantes con activo entusiasmo eclesial: en las tradicionales Vigilias de la Inmaculada de este año y del próximo, que lo clausurará; en la Exposición que llevará por título “Inmaculada” y que se instalará en la Catedral de La Almudena; y, finalmente, en la gran peregrinación nacional de todas las diócesis de España al Santuario del Pilar de Zaragoza el próximo mes de mayo. ¡Quiera Ella, la Madre Inmaculada, que imitándola y mirándola, y guiada por su mano, la Asamblea del Tercer Sínodo Diocesano de Madrid, a punto de inaugurarse, sepa fijar sus ojos en Jesucristo nuestro Salvador, al que esperamos con anhelo renovado por el Adviento que acaba de comenzar, para que, dejándonos configurar por Él, acojamos la gracia de su Espíritu con humilde docilidad y sincera voluntad de conversión! De este modo -con Ella- es como se engendrarán en Madrid muchos y nuevos hijos de Dios: en virtud de la fuerza y de la gracia del Evangelio trasmitido fielmente por la fe de la Iglesia, por el testimonio gozoso de nuestra esperanza y por el servicio inagotable de nuestra caridad.

Con todo afecto y mi bendición,