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Homilía en la Apertura de la Asamblea Sinodal

Catedral de La Almudena, 22.I.2005

(Is 8,23b-9,3; Cor 1,10-13.17; Mt 4, 12-23)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

I.    Hemos llegado al momento culminante del III Sínodo Diocesano de Madrid. Con esta solemnísima celebración de la Eucaristía en la Catedral de Nuestra Señora la Real de la Almudena, Iglesia Madre de la Archidiócesis, inauguramos la Asamblea Sinodal.

Si todo el recorrido de la fase preparatoria ha ido envuelto en la oración ferviente de la Iglesia diocesana que ha invocado constantemente a lo largo de sus dos años de duración la presencia y la acción del Espíritu Santo sobre todo el quehacer de los organismos y de los grupos sinodales, con tanta o mayor razón hemos de disponernos todos, pastores y fieles, en su etapa final, a intensificar ese clima espiritual de súplica, de alabanza y de acción de gracias al Señor. Sin duda alguna, la clave más importante para comprender los frutos eclesiales alcanzados ya en la vivencia de la preparación del Sínodo ha sido la de la oración que ha ambientado espiritualmente las reuniones de los grupos sinodales y mantenido vivo el interés por el Sínodo de toda la comunidad diocesana. Son bien elocuentes al respecto los testimonios de tantos sinodales sobre la experiencia vivida en sus grupos. Se han sentido tocados interiormente por el Señor, han descubierto como una gratificante novedad la dimensión apostólica de su vocación cristiana, han visto cómo renacían en sus almas el deseo y las ansias de Evangelización, o lo que es lo mismo, la conciencia de saberse testigos del amor de Cristo, compartido en la comunión eclesial, y que ha de ser transmitido con esperanza a los hermanos dentro y fuera de los límites visibles de la Iglesia, han caído en la cuenta de su responsabilidad en el ejercicio de la misión de la Iglesia en nuestra sociedad de Madrid… Los frutos del Espíritu Santo han sido palpables en la experiencia sinodal de la fase preparatoria. “Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí…”, decía San Pablo a los Gálatas (Gal 5,22). ¡Eh aquí la cosecha espiritual que hemos recogido ya en el camino sinodal recorrido hasta ahora!

¡Cuánto importa, pues, que la Asamblea Sinodal se sitúe desde el primer momento de su itinerario de trabajo en ese marco de la oración de la Iglesia que encuentra en la Liturgia Eucarística su máxima y plena expresión! La Eucaristía es la oración de la Iglesia por excelencia, la de su acción de gracias, alabanza y súplica al Padre por Cristo, con Cristo y en Cristo. El es el único mediador entre Dios y los hombres, el Sumo y Eterno Sacerdote, Pastor de nuestras almas, que actualiza el sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre en la Cruz por la salvación del mundo en este Sacramento admirable, incorporando a la Iglesia a su oblación de amor redentor. Porque de esto se trata, a fin de cuentas, en todo el proceso sinodal -en su fase preparatoria y en la conclusiva o final-, de que cada uno de nosotros y todos los fieles de la comunidad diocesana de Madrid se incorporen más auténtica y hondamente al Misterio de Cristo, a fin de que Él -su rostro, su palabra, su obra salvadora…- sea percibido con mayor trasparencia por nuestros contemporáneos como el Hijo de Dios, hecho hombre y muerto y resucitado por nosotros; lo acojan en sus vidas, se conviertan y se salven. ¡La Buena Noticia de Cristo, Salvador del hombre, ha de ser nuestra “noticia”, “la noticia” del III Sínodo Diocesano de Madrid!  Todos nuestros esfuerzos sinodales, nuestro paciente e ilusionado “caminar juntos” en los dos largos años de preparación y en los meses que nos esperan de sesiones de la Asamblea Sinodal hasta su conclusión el próximo 15 de mayo, merecerán la pena si nos dejamos cautivar de nuevo por Cristo y nos disponemos a ser sus testigos en la comunión de la Iglesia, si los madrileños de esta hora histórica se dejan fascinar y seducir por Él como nosotros.

¡Hagamos nuestra sin ningún género de relativización doctrinal, ni de dubitación personal o pastoral la solemne confesión de fe con la que el Concilio Vaticano II culmina la primera parte de la “Gaudium et Spes”, su Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo de nuestro tiempo:

“El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se hizo carne de modo que, siendo Hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, el punto en le que convergen los deseos de la historia de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones. El es Aquel a quien el Padre resucitó de entre los muertos, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y muertos. Vivificados y reunidos en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación de la historia humana, que coincide plenamente con el designio de su amor: Restaurar en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra (Ef 1,10).
Dice el mismo Señor: He aquí que vengo presto y conmigo mi recompensa para dar  a cada uno según sus obras. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin (Ap 22,12-13).” (GS, 45).

Y, sobre todo, deberíamos ser capaces, desde ahora mismo, en esta celebración eucarística, en el umbral de la Asamblea Sinodal, poder sentir en nuestro corazón y decirle a Cristo como Santa Teresa de Jesús:

“Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que sola una vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio”.

¡Cristo es nuestro premio y el premio del hombre! ¡Oh, cómo necesitan saberlo y hacerlo suyo y apropiárselo -permítasenos la expresión- los niños, los jóvenes, los matrimonios y familias, los enfermos, los ancianos, los pobres, los emigrantes… toda la sociedad de Madrid!

II. El escenario histórico, en el que vamos a iniciar los trabajos de la Asamblea Sinodal, se asemeja en muchos de sus rasgos culturales y sociales al que caracterizaba “el país de Zabulón y el país de Neftalí… camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles” en tiempo del Profeta Isaías. Israel, al que los Reyes descendientes de David son incapaces de mantener unido, se ve en el sur y en el norte, sin exceptuar la ciudad santa, Jerusalén, desolado y llevado al exilio. Las soluciones que se arbitran para detener la catástrofe militar y humana apuestan por la vía del puro poder humano en la acción política, social y religiosa, olvidando a Yahvé y a su ley y corrompiendo su culto. La ruina se acelera. El final no pudo ser más catastrófico. Isaías responde con las profecías del EMMANUEL: sólo los caminos de Dios conducen a la esperanza. ¡Su Mesías, su Ungido, los salvará y liberará para siempre de la iniquidad y de la muerte!

Pero más significativo aún para comprender la gravedad del actual momento histórico es el hecho -por cierto, histórico-salvífico- de que somos sabedores de que Jesús, el Mesías, ha llegado y “se estableció en Cafarnaún, junto al lago”, precisamente el territorio de Zabulón y Neftalí, como la luz grande que había profetizado Isaías para iluminar al pueblo que andaba en tinieblas y a todos los que habitaban “en tierra y sombras de muerte” (Mt 4,16); y de que, después de haber sido bautizado con agua por Juan en el Jordán y por el Espíritu que descendió sobre su cabeza en figura de paloma, había sido identificado por el Padre como su Hijo amado: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17). Y sabedores aquí, en Europa, en España, en Madrid. Lo sabemos desde hace prácticamente dos mil años: desde los comienzos mismos del acontecimiento cristiano. ¡Nosotros hemos conocido al Mesías y hemos creído en Él! En las raíces de nuestra cultura, de nuestra patria, de nuestra ciudad y de nuestros pueblos, en la cuna de nuestras familias se ha sembrado la semilla de la fe cristiana desde el principio de nuestra historia común.

Y, sin embargo, grandes y poderosas corrientes de pensamiento e influyentes centros e instituciones del poder económico, cultural y político se han propuesto prescindir hace tiempo de toda referencia y atención a la voluntad de Dios a la hora de trazar los marcos sociales y jurídicos de la vida y del futuro de los ciudadanos, incluso en la forma como es reflejada en la misma naturaleza de las cosas. Predomina una convicción: la de que la clave de la felicidad y, por lo tanto, la facultad omnímoda de establecer los criterios del bien y del mal se encuentran única y exclusivamente en las manos y en el poder del hombre. Es tan vasta e intensa esta convicción que ha logrado obnubilar la conciencia colectiva. La visión del dolor, de la miseria física y moral, de la desestructuración de las personas y de las familias, la constatación de la frustración y de la desesperanza que embarga a tantos de nuestra sociedad se oculta y encubre sistemáticamente. Ni siquiera la terrible experiencia del terrorismo que nos acecha y de su último y espantoso atentado el 11 de marzo del pasado año, nos hace despertar. Se peca masivamente; con osadía, unas veces, y, otras, con displicente ligereza. La “apostasía silenciosa”, de la que habla el Papa en la Exhortación Postsinodal “Iglesia in Europa”, comienza a ser realidad entre nosotros.

Los peligros que se ciernen por la negación del Evangelio por parte de sociedades que fueron cristianas, los predecía y anunciaba ya en los años que siguieron inmediatamente a la II Guerra Mundial Romano Guardini: la pérdida del valor sagrado de todo ser humano, la inviolabilidad de la persona y de sus derechos fundamentales, el significado del verdadero matrimonio y de la familia, la deshumanización de la sociedad… “cada hora de la historia -decía él- que excluya la posibilidad de la influencia de esta verdad -la verdad objetiva de la Revelación cristiana-, se encuentra amenazada en lo más íntimo de sí misma” (Romano Guardini, Das Ende der Neuzeit, 1986, 10ª ed., pag. 87-88). Su pronóstico se está cumpliendo al pie de la letra. ¿Qué hacer? Abrir los corazones a la esperanza aquí y ahora como entonces en Galilea, junto al lago, la tierra antigua de los gentiles, escuchar y seguir a Jesús: “Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos” (Mt 4,32).

III.    ¡No hay tiempo que perder! El Reino de Dios está cerca, el Señor ha venido ya; está presente y opera en su Iglesia; vendrá al final de los tiempos como Juez de vivos y muertos en Gloria y Majestad. Está pasando a nuestro lado en este momento excepcional de la vida de la Iglesia diocesana de Madrid para decirnos a todos los sinodales: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Nuestra respuesta no puede ser otra que la de Pedro y Andrés, de Santiago y Juan: dejar “las redes”, “la barca”, “al padre” y seguirle. Cada uno ha de responder de acuerdo con su vocación y misión dentro de la Iglesia. La invitación adquiere para el Obispo diocesano y sus Obispos Auxiliares un requerimiento absoluto en el que han de participar los Presbíteros y Diáconos según los grados del Sacramento del Orden recibido: su vida no tiene otro sentido ni otro campo de realización que la actualización fiel del testimonio y ministerio de “los Doce” al servicio incondicional de la Evangelización. Los consagrados y consagradas lo harán, encarnando en la existencia diaria el estilo de vida de Jesús, pobre, obediente y virgen. Los fieles laicos, testificando en medio de las realidades de este mundo con sus obras y palabras la verdad que nos salva: el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

La llamada del Señor va dirigida a todos; no sólo a nosotros, los que formamos la Asamblea Sinodal, sino también a los sacerdotes, religiosos y fieles laicos que han participado tan generosa y activamente en los grupos sinodales; ¡es más! todos los hijos de la Iglesia en Madrid deben sentirse aludidos. Y la llamada es acuciante; mucho más de lo que era aquel día del paso de Jesús junto al lago de Galilea en que llamó a sus primeros Apóstoles. Ahora nos llama desde la Cruz Gloriosa, sentado a la derecha del Padre, ofreciendo eternamente su sacrificio redentor por los hombres ¡víctima aceptada por el Padre! Nos llama Él, el Cabeza, Esposo y Pastor de la Iglesia sobre la que ha derramado y derrama incesantemente el Espíritu Santo: Espíritu del Padre y del Hijo. Oponerse, resistirse o pasar de largo ante su llamada que nos apremia a la evangelización de Madrid, equivale a un gravísimo rechazo de la Gracia, del amor infinitamente misericordioso del Padre que brota a raudales del Corazón del Salvador, y del don del Espíritu Santo. Significaría además inevitablemente negarse al amor fraterno, hurtarle al prójimo, a los que comparten con nosotros vida y destino en la sociedad madrileña, el bien más grande, la prenda y prueba más auténtica del amor: el Evangelio de Jesucristo, Redentor del hombre y la casa común de la Iglesia. Y, ello, cuando más lo necesitan: en una coyuntura histórica en la que una crisis cultural, moral y espiritual de enorme gravedad nos está conduciendo a todos personal y socialmente a un callejón sin salida.

IV.    El III Sínodo Diocesano de Madrid quiere ser un Sí de toda la Iglesia Diocesana a la Evangelización, a la actualización apostólicamente comprometida del testimonio de la Fe de nuestros mayores que generación tras generación renovaron con fidelidad inquebrantable siempre, y, no raras veces hasta el límite del martirio, su adhesión y amor a Cristo y a la Iglesia. Un Sí que puede y debe ser fecundo en frutos de renovación de toda la vida cristiana y de la misión pastoral de la Iglesia Diocesana. Un sí que puede y debe cuajar ya en la experiencia misma de la Asamblea Sinodal que se siente animada por la exhortación de San Pablo a los Corintios: “Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir”. ¡Estemos unidos en Cristo, dispongámonos a través de nuestra tarea sinodal “a anunciar el Evangelio… no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la Cruz de Cristo”, sino con la fuerza de la Palabra que es Él mismo (Cfr. 1Cor 1,10-13.17).

“Ad Jesum per Mariam”. Dejémonos guiar interiormente en toda la actividad sinodal por esta máxima de la espiritualidad cristiana, fruto exquisito de la mejor piedad mariana de la Iglesia. Invoquemos a María, la Virgen, la Madre Inmaculada del Señor, con la Iglesia que al concluir el Concilio Vaticano II la ha reconocido y honrado con el título de Madre de la Iglesia. Entonces reinará la caridad entre nosotros; buscaremos solamente a Cristo y nada más que a Cristo para transmitirlo cada vez mejor a nuestros hermanos; los madrileños experimentarán más cercanamente aquella verdad enseñada por el Concilio, y tan reiterada por el Magisterio de Juan Pablo II, de que “el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo con todo hombre” (GS 12) y todos sentiremos la alegría y el gozo de la fraternidad cristiana… En la Archidiócesis de Madrid alumbrará la esperanza con nueva luz y esplendor.

Celebramos esta Eucaristía de apertura de la Asamblea del III Sínodo Diocesano de Madrid en la comunión visible de la Iglesia Una, Santa y Católica y Apostólica que preside el Sucesor de Pedro, Juan Pablo II; inmersos en la comunión invisible de los Santos, especialmente de los numerosos Mártires y Santos madrileños de todos los tiempos; y, sobre todo, unidos con piedad y amor filiales a la Virgen, Nuestra Señora de La Almudena, nuestra Patrona y Madre… ¿cómo no sentirnos animados a emprender esta última etapa de nuestro camino sinodal con fe íntegra e inquebrantable, con confianza y fidelidad gozosa y con ánimo y amor ardiente? Orando y confiando en el Señor, los frutos de la Nueva Evangelización en Madrid serán seguros.

¡En Madrid alumbra la esperanza!

Amén.