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Homilía en la Eucaristía del primer aniversario de los atentados terroristas en Madrid ocurridos el 11 de Marzo de 2004

Catedral de La Almudena, 11.III.2005, 20’00 horas

(Sab 3,1-6.9; Sal 102; Jn 5, 24-29)

Majestades
Altezas
Excelentísimos Señores y Señoras
Mis queridos familiares de las víctimas de los atentados terroristas del pasado día 11 de marzo en Madrid, queridos hermanos en el Señor, saludo igualmente con mucho afecto a todos los familiares de las víctimas del terrorismo presentes en esta celebración:

“Hemos sido probados en el crisol”

Hace un año nos reuníamos en esta catedral de Nuestra Señora de La Almudena como los hijos que, ante un enorme drama, se aprietan junto a su madre para mitigar el dolor y enjugar sus lágrimas. La cruz de Cristo se había hecho presente de un modo inexplicable, absurdo y trágico en los terribles atentados terroristas que sacudieron la conciencia de nuestra ciudad, y del mundo entero, dejándonos con la misma impresión espiritual que describe el libro de la Sabiduría: la de haber sido probados en el crisol. Los muertos pasaron por la prueba del sacrificio de su vida; los vivos por la terrible experiencia de la muerte de seres queridos tan injustamente arrebatados de nuestro lado. Nuestra Catedral se convirtió, gracias al sacrificio de Cristo, en una dolorosa y ferviente plegaria por las 192 víctimas, por los heridos y por los familiares que, ante estos crímenes innombrables, buscan la paz en “el Dios que salva a los justos, el Señor compasivo y misericordioso”. La Iglesia en Madrid abrió sus puertas, como las abre hoy, al dolor inmenso de tantos inocentes para unirlo al de Cristo, muerto y resucitado, y suplicar la salvación eterna de los difuntos y la paz de los que vivirán siempre con el sabor de esta inmensa tragedia.

Hoy como ayer recurrimos a la plegaria y a la comunión fraterna que Cristo ha establecido entre los hombres para consolarnos mutuamente con la certeza de que la muerte no es la última realidad de la vida humana, porque ha sido vencida definitivamente por Aquel que murió asumiendo toda muerte, y resucitó para hacernos partícipes de la vida inmortal. Hoy, bajo la mirada materna de María, queremos estrecharnos con todos los que sufrís la pérdida de un ser querido en los atentados terroristas del 11-M y en los demás atentados terroristas de esta ya larga historia de dolor y sufrimiento causada por el terrorismo en las últimas décadas, en Madrid y en toda España, y deciros que, según el libro de la Sabiduría, sólo los insensatos que se atrevieron a segar sus vidas inocentes pensaron que acabarían con ellos, que los aniquilarían para siempre. No es así. La vida del hombre está en las manos de Dios, Señor de la vida y de la muerte. El corto plazo de vida temporal que nos es dado no agota el destino de eternidad al que Dios nos llama con un infinito amor. Por eso se nos dice que la vida de los justos e inocentes está en las manos de Dios, que los guarda para sí, y los conduce a la paz. Hoy confiamos de nuevo a nuestros hermanos a la infinita misericordia de Dios que “no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”.

La prueba de esta misericordia infinita nos ha sido dada en el misterio insondable de la cruz de Cristo, iluminada por su resurrección. En el texto evangélico que hemos proclamado, Jesús afirma abiertamente que “quien escucha su palabra y cree posee la vida eterna, porque ha pasado ya de la muerte a la vida”. Estas definitivas palabras nos hablan de una vida eterna que ya es poseída aquí, y de una muerte que ha sido vencida. Quien dice estas palabras no se ahorró el morir; más aún, bebió hasta el fin el cáliz de la pasión, y su cruz se ha convertido en el signo universal de la entrega de la vida ofrecida generosamente a los hombres. Jesucristo ha dispuesto de su vida, la ha dado plena y totalmente, para que los hombres confíen en Él, se abracen a su cruz y crean en la vida que viene de Él. Por eso puede decir que los “muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán”. La oscuridad, la zozobra, la angustia de la muerte no pueden arrebatar la paz de quienes, mirando a Cristo, descubren en Él al príncipe de la Vida, que, en su máxima compasión, nos ha abrazado con su muerte.

En este “misterio luminoso de la cruz gloriosa de Cristo” podemos hallar paz los familiares, amigos y todos los que hoy nos sentimos hermanos de las víctimas.

Toda la Iglesia, la ciudad y la comunidad de Madrid oran a Cristo como oraron aquel día funesto en el que espontáneamente quienes conocían la tragedia miraban al cielo, encendían una vela u ofrecían una flor, como sencillo sacrificio de súplica y de expiación. La eucaristía de esta tarde nos permite adentrarnos en la acción misma de Dios en la historia de la humanidad, que culmina en el Cristo crucificado y levantado hacia lo alto como manifestación del Dios compasivo y misericordioso, del Padre que “siente ternura por sus hijos” y cuya misericordia dura por siempre. Ante el misterio de la cruz de Cristo, san Pablo se preguntaba: Si Dios nos ha dado a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Cómo no se lo habrá dado ya a las víctimas del horrendo atentado de hace un año en Madrid y a las demás víctimas del terrorismo? Confiamos, esperamos, suplicamos, que sí: que se lo ha dado todo con El. Esta es la buena noticia del Evangelio: Si Dios ha permitido que su Hijo fuera a la cruz por nosotros, ¿cómo nos negará todo el consuelo, la paz y la certeza de la vida eterna? Dios no es un dios de muertos, sino de vivos. Por ello, al confesar nuestra fe en Cristo, afirmamos al mismo tiempo que aquellos por quienes Él ha muerto, viven para siempre. Y creemos que el inmenso poder de la muerte ha sido derrocado por la misericordia infinita del Dios de la vida, que nada tiene que ver con la muerte.

La oración que nos envolvió a todos en el día de los atentados, no sólo a los creyentes sino a muchos que no practican la fe y que dio paso a un profundo sentimiento de hermandad, fue un signo elocuente de que, cuando el hombre es agredido en su derecho más básico y elemental, como es el de la vida, algo trascendente se despierta en el corazón de sus semejantes, como si aflorara espontánea la conciencia de que el hombre no ha sido hecho para la muerte, sino para la vida; de que el hombre no puede ser destruido y aniquilado, pues está hecho para la inmortalidad y vida eterna. En realidad esa conciencia es el reclamo del Dios Creador que nos invita a vivir para Él, tender a Él, a caminar entre luces y sombras, hacia Él, que nos ha creado por amor y nos ha redimido en Cristo.

¿Cómo se puede explicar la respuesta admirablemente unánime y generosa, expresada en el auxilio sacrificado −y, en no pocos casos, heroico− prestado en aquellas horas dramáticas del 11 de marzo del pasado año a los muertos y heridos por los madrileños de toda condición y desde el ejercicio de las más variadas responsabilidades, públicas y privadas, sino por la fuerza de ese amor sentido implícita o explícitamente en su conciencia y en su corazón?

“Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos”

Según el evangelio proclamado, quienes escuchan a Cristo vivirán. Y a Cristo le escuchamos no sólo cuando escuchamos su palabra viva y directa, contenida en la revelación, sino cuando le escuchamos a través de los acontecimientos que nos remiten a la verdad básica de nuestro ser y que san Agustín formuló de manera admirable: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en ti”. Otro filósofo de nuestro tiempo, Gabriel Marcel, ha dicho que amar a alguien es decirle: “Tú no morirás jamás”. Pues bien, esto que todos desearíamos decir a nuestros seres queridos, nos lo ha dicho Dios en Jesucristo, cuando, en la última cena, que ahora actualizamos, Jesús dijo a los suyos que “nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos”. Dar la vida tiene, en estas palabras, un doble significado: Jesús da su propia vida física, como gesto de amor por nosotros; y Jesús nos da la Vida con mayúscula, la inmortal y definitiva que procede de Dios. No podemos por menos de situar en esta perspectiva del Jesús que se inmola por el bien y la salvación del hombre a los que han sido sacrificados por la acción criminal de los terroristas, cualquiera que haya sido la forma elegida por ellos para ejecutarla: la del asesinato selectivo o la de la masacre indiscriminada que se ceba en unas multitudes de personas, tan inocentes, como las del 11-M.

Os invito, pues, a mirar a Cristo en la cruz que nos preside y a mirarlo con fe. Y junto a Él, a mirar a las víctimas de los atentados terroristas, que con su propia cruz son ahora colocados junto a Cristo para que Él les otorgue la vida, y mirar también a sus familiares, amigos y seres queridos que tanto consuelo, comprensión y ayuda espiritual y material necesitan y esperan de todos nosotros. ¡Hay dolores que el tiempo mitiga, pero que sólo Dios y la Cruz de su Hijo curan y transforman en frutos de esperanza y amor! Y mirando la cruz recordemos aquellas hermosas palabras de santa Teresa de Jesús:

“En la Cruz está el Señor de cielo y tierra,
y el gozar de mucha paz,
aunque haya guerra.
Después que se puso en cruz
el  Salvador,
en la cruz está la gloria,
y el honor;
y en el padecer dolor,
vida y consuelo,
y el camino más seguro para el cielo.”

“No te dejes vencer por el mal; antes bien vence el mal con el bien”

En esa Cruz del “padecer dolor” estarán también vida, consuelo, el noble honor y la fuerza para la paz justa y verdadera que tanto necesitan también en esta hora histórica todos los que han empeñado y siguen empeñando lo más valioso de si mismo en la erradicación definitiva del terrorismo. El terrorismo no tiene ni tendrá nunca la última palabra ni en la vida de los pueblos ni en la determinación de sus destinos; tampoco en España. Entre las “Ideologías del mal”, que según Juan Pablo II en su último libro, “Memoria e Identidad”, han marcado tan trágicamente la historia del pasado siglo XX, hay que contar, sin duda alguna, las teorías contemporáneas que pretenden justificar y/o explicar el terrorismo actual, encubriendo el odio que las alimenta. El programa cristiano para desenmascararlas intelectual y éticamente se puede cifrar en la máxima paulina: “No te dejes vencer por el mal; antes bien vence el mal con el bien” (Rm 12,21). Este programa ha vencido definitivamente en la Cruz gloriosa de Cristo. Su victoria puede y debe ser nuestra victoria. La actualizamos constantemente en cada celebración eucarística; también en la de hoy.

Que Dios nos conceda entender esta sabiduría mística de la cruz, y que nos lo dé a entender la Virgen Madre de Dios que se mantuvo firme al pie de la cruz de su Hijo, como se mantendrá también al pie de cada cruz de todas las familias que hoy se agrupan junto a ella, en esta catedral, para aliviar su dolor y enjugar sus lágrimas.

Amén