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Homilía en la Celebración Eucarística de la Vigilia de Pentecostés y Clausura de la Asamblea Sinodal del Tercer Sínodo Diocesano de Madrid

Explanada de La Almudena; 14.V.2005; 21’00 h.

(Gén 11, 1-9; Ez 37, 1-14; Jl 3, 1-5; Rom 8, 22-27; Jn 7, 37-39)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Clausuramos con esta solemnísima celebración eucarística de la Vigilia de Pentecostés las sesiones de la Asamblea Sinodal de nuestro  III Sínodo Diocesano.

Su objetivo fue: transmitir la fe en Madrid hoy; su aliento, la oración; su inspiración y fuerza, el Espíritu del Señor; su finalidad, la conversión al Evangelio: la conversión de nosotros mismos, de los que están cerca de la Iglesia y en la Iglesia y de los que están lejos. Ese camino diocesano de profunda transformación interior y de verdadera renovación personal y pastoral nos llevaba instintiva e inevitablemente al Cenáculo donde el Señor reunió a los suyos para la Última Cena en vísperas de su Pasión y de su retorno glorioso al Padre, y en donde Pedro y los demás apóstoles, temerosos, apocados y vacilantes, a pesar de haber recibido pruebas evidentes de su Resurrección y de su Ascensión a los Cielos, se recogieron en oración junto a María, la Madre de Jesús, con otras mujeres y sus hermanos, a la espera del Espíritu Santo prometido. El lugar físico y teológico -valga la expresión- de la institución del Sacramento de la Eucaristía iba a ser el de la venida del Espíritu Santo y el del nacimiento de la Iglesia. No había pues alternativa para la forma de iniciar y desarrollar las tareas de un auténtico “sin-odus”, de un camino eclesial hecho en común, que la de entrar y situarse plenamente en el espacio espiritual de la Eucaristía para poder impetrar eficazmente la venida del Espíritu: escuchando la Palabra, orando, reflexionando y examinando la conciencia, muy unidos a María y apoyados en la plegaria silenciosa y esperanzada de todos los hermanos. De este modo sería posible la renovación del prodigio de un nuevo Pentecostés en el seno de la Iglesia Diocesana de Madrid, con efectos sobre el pueblo y la sociedad madrileña, parecidos a las de aquel primer Pentecostés en Jerusalén. Así lo hicimos, desde los dos largos y fecundos años de la preparación sinodal y, luego, a lo largo de los catorce sábados de la Asamblea sinodal.

2. Porque éramos plenamente conscientes de la situación de la crisis de fe que afecta a amplios sectores de nuestra sociedad.

No son pocos los que la han perdido totalmente, muchos son los que viven en contradicción con lo que ella implica, e incluso alejados de toda práctica religiosa y no faltan aquellos a los que no ha llegado nunca la noticia de Dios y de Jesucristo. Y también sabíamos que, abierta, afirmada y extendida una crisis de fe en la vida del hombre, queda servida la crisis por excelencia del hombre mismo: se pone en juego su salvación temporal y eterna. ¿Cómo no iba a reaccionar la conciencia pastoral en primer lugar del Obispo Diocesano y de sus Obispos Auxiliares y de sus sacerdotes ante tamaño reto para cualquiera que sienta la caridad de Cristo que debe hacer arder sus corazones? ¿… y la de los consagrados y consagradas y la de los fieles laicos? Toda nuestra comunidad diocesana se sintió interpelada en lo más hondo de sí misma por su Señor y Salvador que nos movía a recordar las palabras de Pablo: “¡Ay de mí si no evangelizo!”.

Porque los hitos de la historia del pecado de los hombres y sus variantes, desde la del original de nuestros primeros padres hasta la de la apostasía explícita e implícita, por ejemplo, de los cristianos españoles, madrileños y europeos de nuestra época, reaparecen y se reavivan una y otra vez; ahora, después de Cristo, tocadas de una gravedad última. Su recordatorio nos viene dado con vivísima e impresionante actualidad por las lecturas de la Liturgia de la Palabra, que acaban de ser proclamadas:

– “Toda la tierra hablaba la misma lengua con las mismas palabras” (Gén 11, 1). Lo que el libro del Génesis nos describe en su relato de Babel es el capítulo de una especie de primera “globalización” del género humano, concebida e intentada como un proyecto de la soberbia humana que pretende ignorar, cuando no oponerse, a Dios. ¡El hombre sólo, con sus propias y únicas fuerzas, se dispone orgullosamente a construir “una ciudad” -la comunidad y la sociedad humanas- y “una torre que alcance el cielo” -su sistema y visión de la vida-… sin Dios! ¡Qué terrible error y qué sutil pecado! Sus consecuencias no pudieron ser ni pueden ser más dolorosas y catastróficas: frustrada la tentativa de crear “la ciudad”, sólo a la medida del hombre, viene la dispersión y la confusión y, luego, la separación y la división: ¡el hombre no se entiende a sí mismo y no se entiende con sus semejantes! ¡Ha triunfado Babel! ¿Y quién puede negar que en este momento del mundo, del nuestro, del más cercano en España y en Madrid, no se está cayendo en la tentación de una nueva Babel por querer edificar la existencia personal y la sociedad, comenzando por el matrimonio y la familia, sin Dios?

– “En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí y, con su Espíritu, el Señor me sacó y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran innumerables sobre la superficie del valle y estaban completamente secos” (Ez 37, 1-2). Lo que el Señor quiso hacerle ver a Ezequiel era el estado al que había llegado su pueblo, el pueblo elegido por Yahvé: se asemejaba a un campo de la muerte, a un valle sin esperanzas. “Hijo de Adán, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: ‘Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados’” (Ez 37, 10-11). La visión del Profeta no estaba ni mucho menos lejos de la realidad histórica que iba a sobrevenir sobre un Israel, derrotado y arruinado por sus enemigos. Habían olvidado a su Dios, al Dios verdadero, a su Alianza y a su Ley, ¡los verdaderos senderos de la vida! La consecuencia: la muerte. ¿No nos movemos también hoy nosotros en un paisaje de muerte de enormes proporciones? Además de las víctimas de las guerras y del terrorismo desalmado, somos testigos, muchas veces mudos, de una eliminación masiva de los más inocentes, los no nacidos, como no se había producido nunca en la historia de la humanidad; bajo los más variados pretextos, que no logran ocultar el verdadero motivo de la silenciosa tragedia, a saber, el egoísmo colectivo consumado, y sus más hondas y dramáticas razones: ¡haber acallado la voz de la conciencia! Queridos hermanos: hemos pretendido enmudecer a Dios; nos hemos instalado cómodamente en la cultura de la muerte, como diría nuestro venerable Juan Pablo II.

“Hijo de Adán, ¡podrán revivir estos huesos?” le preguntó el Señor al Profeta que humildemente le confiesa: “Señor, tú lo sabes” (Ez 37, 3). Sí, el Señor lo sabía entonces y ahora. Si se escucha su Palabra, si se la proclama proféticamente con la fuerza y el vigor del Espíritu, revivirán los muertos, se pondrán en pie (cfr. Ez 37, 4-10). ¿Y quién estará dispuesto a ser ese profeta de Yahvé, del Dios de la vida, insobornable ante cualquier tentación del poder humano, dispuesto incluso a dar su vida por la vida de sus hermanos? Parecía empresa sobrehumana. Pero las promesas del Señor a Israel se reiteraban de forma cada vez más sorprendente. Basta oír al Profeta Joel: “Así dice el Señor: derramaré mi Espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones… Cuando invoquen el nombre del Señor se salvarán” (Jo 3, 1-5). ¿Cuándo llegaría ese tiempo? ¿Cuándo daría la hora de la esperada y anhelada Noticia de la Vida? A la llegada del MESÍAS: del Ungido por el Espíritu Santo, del Hijo enviado por el Padre. En esa hora estamos. Acudamos a Él, si queremos que fructifique en nosotros de nuevo el Evangelio de la Vida.

3. “El último día, el más solemne de las Fiestas, Jesús de pie, gritaba: ‘El que tenga sed que venga a mí; el que crea en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva’ decía esto refiriéndose al Espíritu que habrían de recibir los que creyesen en Él”.

Hacia Él hemos ido desde el primer momento de la convocatoria de nuestro III Sínodo Diocesano: en los grupos de preparación, en la Asamblea sinodal… Él, su Palabra, sus Sacramentos, la gracia y la nueva ley de su amor… se constituyeron en el centro de nuestra escucha, de nuestras celebraciones y de nuestros encuentros personales en el marco de una comunión creciente que abarcaba las dimensiones espirituales y humanas. Es a Él, presente en su Iglesia, a quien queremos anunciar, dar a conocer y a vivir en la plenitud de su realidad divino-humana, de su Misterio: a Jesucristo, encarnado en el seno de la Purísima Virgen María, crucificado y resucitado por nuestra salvación. Entregándolo así a nuestros hermanos de dentro y de fuera de la Iglesia, les entregamos la fuente de donde mana el Espíritu y sus dones o, lo que es lo mismo, le entregamos su salvación. Transmitir la fe hoy es transmitir a Cristo hoy sin recorte y rebaja alguna doctrinal o existencial.

4. Los frutos sinodales de la Asamblea Sinodal. Las propuestas.

Los frutos del III Sínodo de Madrid están ya a la vista. En primer lugar, en nosotros mismos. Nos teníamos por discípulos, pero no siempre a la escucha del Maestro; elegidos para ser apóstoles cada uno según su vocación y misión, pero no siempre fieles y entusiasmados con ella; enviados con la fuerza del Espíritu Santo para ser testigos del Señor Resucitado en Madrid y hasta los confines de la tierra, y nos quedábamos frecuentemente acobardados en la comodidad de nuestras casas y nuestro modo habitual de vida. ¿Verdad que algo muy importante ha cambiado en nuestro interior después de la densa experiencia sinodal? Ya no nos es posible seguir con la rutina de una piedad sin el fondo de la experiencia espiritual, de un trato más íntimo y frecuente con el Señor, y con una fe sin vibración apostólica. Ya no nos vale una esperanza mortecina, fácil presa de las desilusiones y disgustos del día a día sin el horizonte de la Cruz Gloriosa del Señor. Y menos aceptable es aún el intento de vivir la verdad y las exigencias del amor cristiano al margen de la ley de Dios y del Evangelio olvidando sus consecuencias en el matrimonio y en la familia, en la vida privada y en la pública, en la atención a los enfermos y a los necesitados, en la acogida fraterna y responsable de los emigrantes, en la preocupación por los pecadores y los más necesitados…

Un fruto evidente e irrenunciable es ya el de la experiencia real y cercanamente vivida del Misterio de Comunión que es la Iglesia de Jesucristo. Nos hemos conocido personalmente, hemos descubierto la amistad cristiana, nos ha enriquecido el intercambio de nuestros varios dones y carismas, de nuestras vivencias espirituales y apostólicas. Hemos podido percibir muy próximamente la importancia decisiva del ministerio y de la persona del Obispo y del sacerdote para la vida y la misión evangelizadora de la Iglesia.

Toda esa riqueza de dones y gracias experimentadas personalmente en el Sínodo ha cuajado en la larga y valiosa lista de las Propuestas Sinodales en torno a los grandes cinco temas de las Ponencias de la Asamblea Sinodal. Su valor pastoral es evidente. Constituyen el fruto eclesial primero del III Sínodo Diocesano de Madrid que nos permitirá hacer realidad en el futuro inmediato de la Iglesia en Madrid con mayor clarividencia, generosidad y entrega el programa de la nueva Evangelización, formulado ya por Pablo VI en sus líneas básicas en la “Evangelii nuntiandi”: se trata de “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de Salvación” (EN. 19); y que Juan Pablo II maduraría e impulsaría con la llamada: ¡abrid las puertas a Cristo!

5. Concluidos los trabajos de la Asamblea Sinodal, se abre pues ante nosotros una inmensa tarea. ¡Hay que mantener vivo y creativo espiritual y apostólicamente el espíritu sinodal! ¡Hay que poner en práctica las propuestas sinodales!

El surco abierto en la vida de las comunidades parroquiales, de los movimientos y asociaciones eclesiales, en las comunidades de la vida consagrada y, sobre todo, en las familias de tantos sinodales… debe de continuar recibiendo la siembra pastoral, propiciada por las Parroquias y por la propia Archidiócesis.

Las propuestas sinodales han de ser recogidas y ordenadas en las Constituciones Sinodales debidamente promulgadas. Nos servirán en un futuro próximo como la base pastoral para su desarrollo y concreción canónica y como punto de partida y fuente de inspiración de la acción y misión de la Iglesia diocesana en los próximos años.

Y, sobre todo, habremos de mantenernos vigilantes en la oración unánime en torno a Nuestra Madre, la Virgen de La Almudena, instando la asistencia y el don del Espíritu Santo. El es “el que escudriña los corazones”, el que “viene en ayuda en nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”. El es el que “intercede por nosotros con gemidos inefables” (cfr. Ro 8, 22-27).

¡Oh María Santísima, Hija del Padre, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo, ruega a tu Hijo para que derrame en este nuevo Pentecostés de la Iglesia en Madrid, en esta ilusionada hora de la acogida de los frutos sinodales, sobre sus Pastores y fieles, los dones de su Espíritu y que no deje de realizar hoy en el corazón de sus fieles “aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica” (Colecta de la Misa del día de Pentecostés).

Invocamos como intercesores a todos los santos y mártires madrileños, singularmente a nuestro Patrono San Isidro Labrador a quien estamos a punto de festejar; y acogemos en nuestras plegarias a nuestro querido e inolvidable Juan Pablo II, al que tanto debemos en la peregrinación de la Iglesia que ha iniciado el camino del nuevo milenio anunciando al mundo de nuestros días: ¡Jesucristo es el Salvador del hombre!

Amén.